Sistemas políticos


"Lo malo no es la corona, sino que otros la posean"
Clovis

"Los sistemas políticos fueron creados para beneficio exclusivo de los políticos"
El webmaster

"¿Para qué sirven los votos cuando la mayoría puede equivocarse al ser influida por la demagogia?"
Sócrates

"La política es la ciencia y el arte de estar siempre en el lugar apropiado en el momento apropiado para el propio beneficio"
Fouché

"El poder público tiende siempre y dondequiera a no reconocer límite alguno. Es indiferente que se halle en una sola mano o en la de todos. Sería por lo tanto una ingenuidad absoluta, creer que a fuerza de democracia podemos esquivar el absolutismo; todo lo contrario: No hay tiranía más feroz ni autocracia más salvaje que la difusa e irresponsable del pueblo."
José Ortega y Gasset

"Los políticos son el cáncer de la democracia: se reproducen sin control alguno, se roban los recursos del resto de la sociedad, acaban con su vitalidad y, eventualmente, la llevarán al sepulcro."
El webmaster

"A fin de cuentas, un político no es sino reflejo de la sociedad que lo alumbra y tolera. En democracia, cada colectividad tiene lo que se busca y merece. Y sin democracia, también."
Arturo Pérez-Reverte

"Si hubiera una nación de dioses, éstos se gobernarían democráticamente; pero un gobierno tan perfecto no es adecuado para los hombres."
Juan Jacobo Rousseau

"En la democracia, las arbitrariedades de una minoría corrompida se sustituyen por las barbaridades de una mayoría incompetente."
George Bernard Shaw

"La democracia es sólo un sistema de convivencia. El menos malo de los que existen."
Adolfo Suárez, presidente del gobierno español en 1980

"El gobierno siempre defiende los intereses de la clase o el grupo que gobierna, menos en las cosas influidas por el miedo de perder el poder."
Bertrand Russell

"La democracia no rige al mundo. Hay que meterse eso en la cabeza. El mundo es regido por la violencia. Pero supongo que es mejor no decirlo."
Bob Dylan

"Verdaderamente es un día triste para la democracia cuando las personas inteligentes empiezan a presionar para que todas las facciones pierdan."
Jeff Israely

"¿Eso es la democracia, sólo una forma de conquistar el favor público, que ha de basarse en una organización de la apariencia y una estrategia del engaño?"
Quinto Tulio

"Democracia es el abuso del pueblo, por el pueblo, para el pueblo."
Oscar Wilde

"Ser independiente es cosa de una pequeña minoría, es el privilegio de los fuertes."
Friedrich Nietzche

"La república es la forma más autocrática de gobierno. Es mejor un solo monarca que una monarquía múltiple de hombres rapaces que, como sólo disponen de un tiempo corto en el cargo, roban y despojan con destreza febril y sin el menor escrúpulo."
Taylor Caldwell y Jess Stearn (La leyenda de Atlántida)

"La democracia sólo le sirve al pueblo para cambiar el nombre de su amo."
Fedro

"Nada puede ir bien en un sistema político en el que las palabras contradicen los hechos."
Napoleón Bonaparte

"Quien de joven no es comunista, es que no tiene corazón. Quien de viejo es comunista es que ya no tiene cabeza."
Willy Brandt

"Una gran democracia debe progresar o pronto dejará de ser grande o democracia."
Franklin D.Roosevelt

"La sociedad sin Estado se parece más al infierno que al cielo."
Hobbes

"El problema del capitalismo es la desigual distribución de la riqueza, mientras que la virtud del socialismo es la igual distribución de la miseria."
Winston Churchill

"De nada sirven las urnas si el que mete la papeleta es un analfabeto."
Arturo Pérez-Reverte

"La monarquía degenera en tiranía, la aristocracia en oligarquía y la democracia en violencia salvaje y caos."
Polibio

"No se puede acabar con el dominio de los tontos, porque son tantos, y sus votos cuentan tanto como los nuestros."
Albert Einstein

"Votar es elegir en secreto a quien te robará públicamente."
Xhelaz

"La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes."
Charles Bukowski

"La democracia son dos lobos y una oveja votando sobre qué se va a comer. La Libertad es la oveja, armada, impugnando el resultado."
Benjamin Franklin

"Con este sistema el que siempre pierde es el ciudadano común."
Carlos Enrigue

"Democracia es la teoría de que la gente común sabe lo que quiere y merece obtenerlo."
H.L.Mencken

"La constitución no es un instrumento para que el gobierno limite al pueblo, es un instrumento para que el pueblo limite al gobierno."
Patrick Henry

"Democracia es que se te permita votar por el candidato que menos te disguste."
Robert Byrne

"La gente siempre vota contra sus intereses: pobre educación, propaganda, etc. Pero en democracia hay que aceptarlo."
Irvine Welsh

"En México los ciudadanos estamos hartos del gobierno y de la clase política. No somos la excepción, en el mundo hay un descontento general con el desempeño de la democracia y del gobierno."
Santiago Joel

"Construir la democracia nos ha llevado casi 2000 años. Intentemos no perderla. Yo he terminado. Ahora les toca a ustedes. Buena suerte."
Giovanni Sartori


NOMBREDESCRIPCIÓN
FEUDALISMOUsted tiene dos vacas, el Lord se lleva parte de la leche para sus gatos.
SOCIALISMO BUROCRÁTICOUsted tiene dos vacas, el gobierno se las lleva a un corral comunitario junto con muchas otras. Son atendidas por excuidadores de gallinas. Usted tiene que cuidar a las gallinas que el gobierno les quitó a ellos. El gobierno le garantiza la leche y los huevos que están autorizados por el reglamento.
FASCISMOUsted tiene dos vacas, el gobierno se las lleva. A usted le pagan para que las vigile y luego el gobierno le vende la leche.
COMUNISMO PUROUsted tiene dos vacas. Usted tiene que cuidarlas. Entre todos se reparten la leche.
COMUNISMO RUSOUsted tiene dos vacas, el gobierno se lleva toda la leche.
COMUNISMO CAMBOYANOUsted tiene dos vacas, el gobierno se las lleva. Usted es fusilado.
DICTADURAUsted tiene dos vacas, el gobierno se las lleva. Usted es reclutado para el ejército.
DEMOCRACIA PURAUsted tiene dos vacas, los vecinos deciden quién se queda con la leche.
DEMOCRACIA UE (Unión Europea)Usted tiene dos vacas, el gobierno le dice cómo las debe alimentar y cuándo las va a ordeñar; luego le paga para que tire la leche al drenaje. Después se las lleva, mata a una y ordeña a la otra. Al final le obliga a llenar papeles justificando la falta de una vaca. Si en algún punto de la UE aparece la Fiebre Aftosa, o el "mal de las vacas locas", mata a la que queda y le obliga a llenar papeles justificando la falta de la otra vaca.
ANARQUIA PURAUsted tiene dos vacas, o vende la leche a un precio justo o sus vecinos lo matan para robársela.
CAPITALISMOUsted tiene dos vacas, vende una y se compra un toro.
HUMANISMOUsted tiene dos vacas, la "liga protectora de los animales" se las lleva para el zoológico.
HINDUISMOUsted tiene dos vacas, ellas le indican lo que debe hacer.
DEMOCRACIA MEXICANAUsted tiene dos vacas, por esto deberá pagar:
  • IVA: 16.0%
  • Impuesto sobre la renta: 34.0%
  • Impuesto estatal sobre nóminas: 3.0%
  • Tenencia: 2.81%
  • Verificación: 0.10%
  • Fondo de Promoción de la Secretaría de Turismo: 2%
  • INFONAVIT y AFORE: 7.0%
  • Reparto de Utilidades: 8.0%
  • Cuota de colonos: 0.10%
  • IPAB (Fobaproa): 9.0%
  • Cuota al sindicato: 3.0%
  • Impuesto a la gasolina: 1.0%
  • Fondo de incentivos al "agro": 10.0%
  • Cuota al IMSS: 15.0%
  • Fondo de incentivo a legisladores y burócratas (bono sexenal): 1.0%
  • Impuesto predial: 2.0%
  • Cuota de Salubridad: 0.10%
  • Donativo a la Cruz Roja: 0.05%
  • Fondo a repartir entre partidos políticos: 5.0%
  • Licencia municipal: 1.0%
  • Cuota para la policía: 0.10%
  • Fondo de coparticipación unitaria: 8.0%
  • Varios no previstos (mordidas y embutes): 15.0%
  • Honorarios del contador: 4.0%
En caso de que la actual legislatura aprobara una reforma tributaria (perdón, quise decir "hacendaria redistributiva"), próximamente deberá pagar los siguientes impuestos:
  • IVA a los alimentos de las vacas: 16.0%
  • IVA a las medicinas de las vacas: 16.0%
  • IVA a los libros sobre cría de vacas: 16.0%
  • IVA a la colegiatura de la escuela de vacología: 16.0%
  • Impuesto ecológico por la contaminación de las vacas: 5.0% promedio (6.0% si son vacas sucias ó 4.0% si son vacas limpias).
La SHCP le acepta las 2 vacas como adelanto al impuesto del próximo año, el importe de la leche producida será aceptado como parte del pago de las multas, recargos y ajuste inflacionario del año anterior, y le dará facilidades para hipotecar su granja y saldar su deuda. Por ahora puede quedarse con parte del suero. Estas condiciones son parte de una amplia Moratoria Impositiva (para apoyo del contribuyente, como parte de la "simplificación administrativa") y está sujeta a cualquier resolución en contrario emitida por las autoridades del ramo, lo que no lo eximirá de los adeudos anteriores y de otros impuestos que puedan inventarse. Pague sus impuestos. Usted puede, nosotros queremos.

Atentamente: Lolita.

Otras historias de vacas que no tienen que ver con sistemas políticos, sino con sistemas de producción

NOMBREDESCRIPCIÓN
CORPORACIÓN GRINGATienes 2 vacas. Vendes una y obligas a la otra a producir la leche de 4 vacas. Después contratas a un experto para analizar por qué la vaca cayó muerta.
CORPORACIÓN ESPAÑOLATienes 2 vacas, pero tienes que pagar tantos impuestos para que los políticos mantengan su ritmo de vida... que terminas dándoles de comer la leche que producen a ellas mismas... y tu arruinao.
CORPORACIÓN JAPONESATienes 2 vacas. Las rediseñas para que tengan una décima parte de su tamaño natural y para que produzcan 20 veces más leche que una vaca normal. Luego, lanzas una campaña de mercadeo mundial con un dibujo animado que se llama el "VacaMón".
CORPORACIÓN ALEMANATienes 2 vacas. Mediante un proceso de reingeniería las haces vivir 100 años, les das comer una vez al mes y les enseñas a ordeñarse solas.
CORPORACIÓN ITALIANATienes 2 vacas. No sabes dónde están. Decides ir a almorzar.
CORPORACIÓN CHINATienes 2 vacas. Tienes 300 personas ordeñándolas. Afirmas tener pleno empleo y alta productividad bovina. Arrestas al reportero que publica la verdadera situación.
CORPORACIÓN INDIATienes 2 vacas... ¡a las que adoras!
CORPORACIÓN BRITÁNICATienes 2 vacas. Las 2 están locas.
CORPORACIÓN RUSATienes 2 vacas. Las cuentas y tienes 5. Las cuentas de nuevo y te da 42. Vuelves a contarlas y tienes 2. Dejas de contar vacas y te tomas otra botella de vodka.
CORPORACIÓN AUSTRALIANATienes 2 vacas. Como el negocio va bastante bien, cierras la oficina y vas por unas cervezas para celebrar.
CORPORACIÓN VENEZOLANATienes 2 vacas. Si producen mucha leche, eres un asqueroso capitalista -sobrino de Mr. Bush- y te las quita Chávez personalmente; si no producen leche, eres un traidor a la patria, y de todas formas te las quita Chávez personalmente.
CORPORACIÓN SUIZATienes 5000 vacas. Ninguna te pertenece, pero le cobras a los dueños por guardarlas, haces polvo todo lo que producen y lo pones a la venta en latas, por todo el mundo; y lo peor es que por todo el mundo te lo compran.
CORPORACIÓN CHILENATienes 2 vacas. Las matas e invitas a tus amigos a una parrillada de la gran puta... y te quedas sin vacas y sin futuro, pero "lo comido y lo bailado" nadie te la quita. Luego le exiges al "Estado" que te ayude.
CORPORACION BANCARIATienes 2 vacas. El banco te las guarda para que no te las roben. Eso sí, se queda con toda la leche y sólo te da un litro cada mes. Tú tienes que llevar la pastura para alimentarlas.


Modelos alternativos
Enrique Canales
(v.pág.7A del periódico Mural del 15 de mayo de 2003).
La [definición de] libertad surge como respuesta a otra pregunta: ¿Independientemente de quien ejerza el poder público, cuáles deberán ser sus límites? Y responde: "ya sea que el poder público sea ejercido por un autócrata, ya sea por el pueblo, o ya sea por otra fórmula, no puede ser absoluto; todo individuo tiene derechos naturales inalienables".

En términos políticos, no hay peor confusión que ésta. Aquellos que han creído que la democracia es el camino garante de vida y libertad, confunden un medio provisional con un fin último. La democracia es un método político de gobierno, un arreglo institucional para llegar a decisiones públicas, legislativas y administrativas y por consiguiente incapaz de ser un fin en sí mismo.

Quienes promulgan la libertad prefieren un gobierno democrático por ser el más prometedor para ella. La democracia, por tanto, no es una institución revolucionaria, como algunos pretenden hacer creer. Al contrario, es precisamente el medio para prevenir las revoluciones y las guerras civiles; provee un método pacificador para ajustar al gobierno a la voluntad de la mayoría.

La mayor amenaza del estado democrático es la fragmentación institucional, ocasionada por la erosión de la política ante la inseguridad y la impunidad del crimen, el delito y la corrupción, debido a la ausencia de justicia y eficacia gubernamental.

Norberto Alvarez Romo, promotor de desarrollo sustentable
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 3 de julio de 2004).


Conforme crece el riesgo, la democracia prolifera alrededor del mundo, aun en los países cuyo desarrollo exige de gobiernos más estrictos. La democracia tiende a florecer en los países más ricos, mientras que en los más pobres se ve resquebrajada a los pocos años.

Cerca del 60% de los países del mundo son regidos por gobiernos democráticos, frecuentemente disfuncionales. ¿Lograremos abrir los ojos ante el panorama real que ofrece la democracia o seguiremos viviendo el amorío que se ha vuelto leyenda en las urnas electorales?

Fareed Zakaria, escritor hindú. "El futuro de la libertad" (Ed.Taurus).


Al momento de sufragar, el voto de un ilustrado vale exactamente lo mismo que el de un analfabeta, aun cuando el del primero sea producto de un conocimiento más profundo de la situación política o electoral que el voto del segundo. En términos de su utilidad pública, el voto de aquél vale mucho más que el de éste; sin embargo, la democracia es ciega ante esta distinción.

José Espina, coordinado de los diputados del PAN en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 22 de septiembre de 2004).


La democracia no produce buenos gobiernos, gobiernos eficaces, talentosos, creativos. Produce gobiernos elegidos libremente, por tiempos definidos, y la posibilidad de quitarlos sin necesidad de una rebelión. Produce también libertades públicas, sobre todo libertades públicas: derechos y garantías ciudadanas, espacios para las minorías, igualdad ante la ley.

La democracia no produce tampoco desarrollo económico, ni siquiera igualdad de oportunidades. El desarrollo económico es fruto de la inversión y la productividad. La igualdad de oportunidades es hija de la educación.

Los gobiernos son fundamentales para crear condiciones propicias a la inversión, la productividad y la educación. Pero no necesitan ser democráticos para eso. El fenómeno de eficacia económica y educativa que deslumbra al mundo, China, es posible en gran medida porque China es una dictadura.

La democracia, en realidad, dificulta enormemente las decisiones de los gobiernos. Las económicas y las otras, las buenas y las malas. Porque somete todo a una intensa negociación cuyo resultado suele ser el empate o el triunfo por unos cuantos votos, luego de largas batallas.

Héctor Aguilar Camín
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 23 de septiembre de 2004).


Actualmente la democracia es vista como el mejor sistema de gobierno, pese a que ha sufrido retrocesos tanto en la percepción de los ciudadanos como en la práctica. Por un lado, diversas encuestas han revelado que en América Latina la democracia ha sufrido una crisis de credibilidad ciudadana. Por el otro, la democracia ha sufrido retrocesos en su instrumentación. En EE. UU., con la Ley Patriota que mina los derechos de sus ciudadanos. En Rusia con leyes que otorgan al presidente Putin la autoridad para nombrar gobernadores. En México con líderes elegidos democráticamente, pero incompetentes y que parecen tener a los ciudadanos en un estado de naturaleza al estilo de Hobbes.

Genaro Lozano
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 1o.de diciembre de 2004).


México independiente nació con el sello del centralismo, nuestros ancestros los aztecas fueron centralistas hasta la piedra de los sacrificios y nuestros conquistadores tenían un gobierno monárquico que todo español lleva en la sangre. No es posible que nada más por haber copiado la constitución federalista de los Estados Unidos nos convirtiésemos al federalismo; tendrá que transcurrir mucho tiempo antes de lograrlo, que por lo demás, el centralismo bien manejado como lo hacen la mayoría de los países de la Unión Europea, no tiene nada de malo; como tampoco lo tiene la monarquía que a mediados del Siglo XIX algunos mexicanos, hartos de tanta pillería de liberales y conservadores, trataron de imponer. A propósito, los políticos se siguen comportando igual que hace 155 años, no han evolucionado.

Luis Jorge Cárdenas Díaz, contador público certificado
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 2 de diciembre de 2004).


Es un grave error pensar que lo popular corresponde a un movimiento democrático. Una marcha, una votación de plazuela, una porra en el futbol, una procesión del santo patrono, las marchas del movimiento del 68, las marchas zapatistas, la participación en un linchamiento no son movimientos democráticos. Ahí tenemos el caso de Marcos Guillén, gran enemigo de la democracia, que sin embargo es muy popular.

Los movimientos llamados "populares", aun llenando las plazas y las calles, normalmente no representan ni el 10% de la población. Sin embargo, en las votaciones de la democracia formal normalmente vota del 40 al 60% de la población dependiendo de lo atractivo de las opciones.

Las condiciones mínimas para una democracia se cumplen

  1. si casi toda la población tiene derecho y tiene procedimiento para participar en política;
  2. si hay contienda electoral con gastos de campaña auditables;
  3. si cada persona tiene derecho a votar en lo personal y en forma secreta para que nadie sepa la manera como decidió votar;
  4. si los votos se cuentan por una organización separada y confiable.
La democracia es formal para evitar que unos líderes o unos caciques manipulen las elecciones de su comunidad a su antojo.

Enrique Canales
(v.pág.9A del periódico Mural del 13 de enero de 2005).


Ser democráticos implicaría toda una cultura política que, en muchos sentidos, no habita entre nosotros. La democracia tiene que ver con prácticas de vida cotidiana, pública y privada, vinculadas a la tolerancia, al respeto ajeno, a la competencia leal, a saber ganar y a saber perder.

Flavio Romero de Velasco, licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras y exgobernador de Jalisco
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 22 de enero de 2004).


La manipulación de la gente por parte de un grupo gobernante siempre ha sido perniciosa. Más aún en países sin muchos antecedentes o evolución democrática, pues al no poderse convertir en democracias instantáneas, no se sostienen y son catalogadas como fracasos. La democracia es una forma de organización social que requiere de educación y de construcción de una cultura cívica, que tarda cuando menos una generación en edificarse, siempre y cuando sea consistente el aprendizaje. Cuando se quieren tomar atajos pensando que cambiar paradigmas es menos complejo, sucede lo que pasó en Europa del Este, donde varios países que caminaron del comunismo pleno a la libertad total, regresaron al viejo sistema, o en Haití, donde la imposición de un modelo democrático sólo generó muertes.

La democracia no puede trabajar sin un nivel adecuado de estabilidad política y social, lo que implica una cierta dosis de apatía política, por lo que, parafraseando a Robert Conquest, de la "Hoover Institution", todo aquello que evoque al fanatismo o a la dominación del debate interno normal por parte de "activistas", la obstaculiza.

Raymundo Riva Palacio
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 12 de marzo de 2005).


Dentro del liberalismo se vale encerrarse o se vale abrirse, a criterio de cada quien, lo que no se vale es quitarle las opciones a los demás. Dentro del sistema económico abierto existe la posibilidad de que un grupo de ciudadanos se cierren y solamente se compren y se vendan entre ellos, que formen sus cooperativas o "kibbutz", lo que no se vale es que cierren las calles y terminen con la libertad de elección y expresión de una persona en una comunidad.

Tenemos muchas discusiones y contradicciones civiles que podríamos resolver tratando de ser racionales y por eso no acepto, como argumento, conste, que alguien nos venga a imponer preceptos religiosos.

El problema de la religión dentro de la vida civil es que todas las religiones fomentan a personas dogmáticas y las personas dogmáticas no entienden otra cosa que su anhelo totalitario.

Estos dogmas impiden la construcción de una cancha en donde practiquemos el idioma de la razón, en donde a todos nos conviene que existan muchas maneras de vivir y convivir, donde no domine el grito imperial de un solo dogma.

Ojalá pronto reconozcamos la peligrosidad de cualquier fanatismo. El fanatismo clona a los fanáticos y como el cáncer se sacan copias unos de otros eliminando a las personas que piensan diferente.

Enrique Canales
(v.pág.8A del periódico Mural del 31 de marzo de 2005).


Los padres del estado moderno dijeron: "Cede tu libertad al gobernante que él te resolverá la vida". No recomendaron qué hacer cuando el rey, además de no proteger, exige y cobra caro sus pésimos servicios.

QRR
(v.pág.27 del periódico Público del 17 de abril de 2005).


A los políticos, y más a los mexicanos, les exaspera la voz ciudadana. Tienen razón. Se han preparado para tareas de gobierno con asiduidad, han cedido ideas y proyectos para mantenerse dentro del grupo dirigente o cerca, han tenido que estudiar para enfrentar a esa calamidad que se llama "medios de comunicación", aparte de ser necesitan parecer y, sobre todo, han de estar preparados para decir lo correcto, aunque tengan ganas de hacer otra cosa. Todo ese trabajo y de pronto unos "don nadie" le espetan contariedades y demandas. Cualquiera se exaspera y más si es un simple aprendiz, que no dispone de otra posibilidad que repetir lo que le piden repita. Por ejemplo, es el lamentable papel del vocero de la Presidencia de la República, entre otros, algunos locales, cuando desmiente lo dicho por su jefe, a pesar de haber quedado grabado y escrito. En democracia los "nadie" le mandan a todos. No hay otro modo.

Miguel Bazdresch
(V.pág.18 del periódico Público del 5 de junio de 2005).


Vale la pena retomar algunos fragmentos de la tesis profesional de Carlos Abascal Carranza [secretario de Gobernación], con la que se tituló como abogado: "Relaciones entre el poder temporal y el poder espiritual".

De la democracia dice: "La democracia es una farsa de la que se ha servido la masonería en México, como en todas partes, para hacer creer a una mayoría confundida y desorientada, que se está haciendo su voluntad y que ésta es forzosamente buena... La mayoría de los votantes hombres y mujeres desde los 18 años, vagos viciosos, ignorantes y gente honesta, ni siquiera puede entender los términos de problemas tan graves como, por ejemplo, la forma de gobierno más conveniente en México y la naturaleza de las relaciones que debe haber entre el estado y la Iglesia".

Para Abascal su rechazo no era sólo al concepto priísta de democracia. Dice más adelante, sobre el mismo tema: "Y no se puede objetar que estemos hablando de una democracia viciada y que se pudiera regenerar. No. Lo real es que los principios de la democracia liberal son falsos e inaplicables en sí mismos. La fuerza de la propaganda en un régimen de libertad liberal es tan decisiva a favor del error que cambia la mentalidad y las costumbres del pueblo de un día para otro".

Ricardo Alemán
(v.periódico El Universal del 5 de junio de 2005).


Las palabras "gobierno" y "estado" tienden a usarse indistintamente porque éstas se refieren a dos cosas que son fácilmente confundibles entre sí.

El estado, por contraste al gobierno, es el orden jurídico y político que regula las relaciones sociales en un ámbito territorial. Su legitimación autoritaria, que es sustentada sobre el monopolio de la fuerza física ejercida en un territorio geográfico delimitado e instrumentada a través de sus instituciones vigentes, crea del estado una situación de relación entre los hombres y las mujeres que le posibilita un sentido represivo que le otorga la dominación social en el territorio sobre el cual ejerce su soberanía. En un extremo, puede convertirse en un monopolio de la violencia; en el otro en anarquía. Por eso, se supone, tenemos al "ombudsman" de derechos humanos para vigilar los excesos y negligencias de las autoridades.

Un gobierno entonces, es la organización de personas a la cual se le adjudica esa toma de decisiones públicas, la resolución de disputas y la defensa de derechos individuales de sus conciudadanos, a través de la gestión de las necesidades públicas básicas que son: (1) La seguridad de la vida y propiedad de cada individuo, y (2) la administración de la justicia -incluyendo la administración de acuerdos y contratos privados. Quien se dice gobierno y no cumple mínimamente con esto es un simple impostor con disfraz. (Si en lo básico no se cumple equitativamente con el bien común, menos se esperaría en lo posterior).

En México, esta confusión de "gobierno" y "estado" ha dado lugar a peculiaridades en la vida pública, fomentando privilegios para las personas allegadas a quienes controlaron a la vez al gobierno y al estado bajo el disfraz de "los miembros de los partidos oficiales" (incluyendo cómplices y familiares) donde muchos funcionarios públicos están en sus plazas burocráticas por motivos personales (ya sea por compromiso o por amistad) y no por su capacidad y talento para brindar lo mejor en el servicio público. La vida pública está más bien al servicio del enriquecimiento del patrimonio privado. Y donde más se sufre la existencia de este sesgo es precisamente en aquellas áreas que se supone son las básicas que deberían cumplirse por el mismísimo estado y sus administradores: la seguridad y la justicia presentes y la capacidad de bienestar en el futuro.

Norberto Alvarez Romo, promotor de desarrollo sustentable
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 18 de junio de 2005).


La democracia descansa sobre dos columnas: la regla de la mayoría y el imperio de la ley. El primero traduce en términos prácticos el principio de la soberanía popular, el segundo, la existencia de una ley que se impone a todos y que garantiza el ejercicio de la libertad. El derecho sin pueblo es lo propio de los regímenes elitistas. El pueblo sin derecho es lo propio de los regímenes populistas.

En los regímenes elitistas la igualdad está en peligro. En los regímenes populistas es la libertad la que está en peligro porque el derecho no tiene como objetivo hacer respetar la regla de la mayoría sino los derechos de las minorías.

Jacques Julliard
(v.pág.22 del periódico Público del 10 de julio de 2005).


La democracia es algo que suena muy bonito; es el término ideal para la manipulación de las glebas, porque supuestamente es el gobierno emanado de la voluntad del pueblo, de la mayoría, de la libertad. Pero al fin de cuentas, todo esto no pasa de ser un ideal, y lo que es más preciso, una hermosa utopía.

De manera concomitante con la demagogia, que se puede considerar como una política empleada para halagar y manipular aquello que gusta a las masas, está la democracia, supuestamente aquella forma de gobierno en que el pueblo ejerce la soberanía, por lo que sus clamores y sus decisiones son tomadas en cuenta y llevadas a la realidad para que exista y prevalezca absoluta armonía entre los componentes de la sociedad, es decir, equilibrio como resultante del modelo deseado, la sociedad de los iguales; iguales, sí, pero todos contentos porque con el peso de las "buenas personas, que son las más", y la buena voluntad de los grupos de poder al fin de cuentas, se ha logrado la democracia; democracia multicolor, multiforme pero a pesar de todos democracia a la mexicana, en donde está la presencia omnimoda e inefable del gran gurú, del eximio tlatoani, repartiendo sonrisas y parabienes en espera del aplauso y de los vivas estentóreos porque nos ha salvado de regímenes pletóricos de ignominia y de perversión. El francés André Bretón, en la ocasión en que vino a México, exclamó lleno de sorpresa: "He aquí el surrealismo; éste sí existe, y ésta es la mejor prueba...".

Pero ahora, en los tiempos de la modernidad, además de esto, hay un mundo virtual, mediático, optimista, por lo tanto, falaz, retrógrado, contrario a los intereses del pueblo. La demagogia ha triunfado. ¡Viva la demagogia!

Manuel López de la Parra
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 13 de julio de 2005).


En opinión de Abascal, el principio democrático liberal no opera, porque la "famosa voluntad general" está modelada al gusto de los grandes medios de difusión manejados directamente por el estado y por capitales anónimos.

Considera que las bases fundamentales de una sociedad no deben ser fijadas mediante el voto universal, "porque los votos no deben contarse sino pesarse".

Dice que la fuerza de la propaganda en un régimen de libertad cambia la mentalidad y las costumbres del pueblo de un día para otro.

"Sin hablar de temas de alta política ni de difíciles especulaciones teológicas, ¿no lo estamos viendo con la votación popular por aclamación en favor de la minifalda, del control artificial de la natalidad y del amor libre?", plantea.

Claudia Herrera Beltrán
(v.periódico La Jornada del 21 de julio de 2005).


Hoy, nuevamente, se cuestiona desde muchos flancos si lo que tenemos es efectivamente un sistema democrático, si la democracia sirve para algo, si no hemos creado una pseudodemocracia en la que muy pocos ganan y deciden y en donde la mayoría sigue igual o peor que antes. Se han multiplicado las voces que reclaman la ineficacia de los partidos, el enorme gasto de las campañas electorales, el sentido mismo de la política y de los políticos, la ineficiencia de los congresos, la lentitud del ejecutivo, la corrupción política, el estancamiento económico. Esas voces están dentro y fuera de la clase política, de los políticos profesionales, o de los amateurs, lo que ha hecho que las aguas lodosas de nuestra vida política se vuelvan más espesas y más comunes y el entorno general de la política se vuelva más hostil, descompuesto y riesgoso que en otros tiempos.

Las izquierdas mexicanas organizadas, o lo que queda de ellas, han vuelto los ojos desde hace tiempo al discurso no democrático, antipolítico, de algún modo a las visiones antisistema, utópicas en cualquier sentido. Ese izquierdismo, como solía llamarle el propio Lenin, tiene su encanto: se nutre de la continua referencia a los pobres, a los explotados, a los excluidos, aunque nunca se sepa bien quienes son ellos, aunque se hable a nombre de ellos. Tiene por supuesto sus propios demonios: la globalización, el neoliberalismo, la partidocracia, la desconfianza a la democracia liberal, burguesa o de clase. Y tiene también sus ángeles: la felicidad, la igualdad, el ánimo justiciero, la bondad, el corazón bueno de los pobres de siempre. La derecha gobernante también tiene los suyos. La inmoralidad, la corrupción y el populismo son sus demonios de cabecera, la buena fe, la honestidad y el espíritu emprendedor suelen ser sus ángeles preferidos. La figuras representativas de estas tendencias las vemos todos los días, con sus contradicciones de siempre, con la indiferencia mayoritaria, también de siempre.

Adrián Acosta Silva
(v.pág.20 del periódico Público del 31 de julio de 2005).


El propósito estricto del estado moderno es proteger, mediante sus instituciones, los derechos de cada persona, salvaguardar el bien común, administrar la justicia y resolver sobre las disputas entre los individuos. En resumen, está para proteger la vida, la libertad y la propiedad de cada uno de sus ciudadanos, sin excepción alguna. Quien se dice gobierno y no cumple mínimamente con esto es un simple impostor con disfraz.

Norberto Alvarez Romo, promotor de desarrollo sustentable
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 6 de agosto de 2005).


Acabar con el patrimonialismo, la corrupción y la falta de transparencia es una necesidad impostergable para países como los nuestros, que vienen de una tradición colonial y postindependentista donde se confundió lo público con lo privado y donde tener poder era precisamente la manera de enriquecerse y de sostener los privilegios.

Ahora, acabar con la corrupción es una condición necesaria para la modernización de las economías. Para la confianza que tenga la sociedad en sus instituciones. Para la capacidad de ejecutar las decisiones difíciles que se necesitan, si es que en efecto se busca combatir la pobreza y reducir las desigualdades extremas. Enfrentar la corrupción es una condición de sobrevivencia para la democracia.

Manuel Camacho Solís, diputado federal del PRD
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 10 de octubre de 2005).


Podemos pensar que un gobierno nacional tiene dos grandes opciones: la primera es tratar de consolidarse, hacerse fuerte al exterior y al interior, gobernar para favorecer a los que lo soportan y tratar mal a sus opositores. La segunda opción es tratar de ayudar a que cada mexicano sea fuerte, sea dueño, pueda gobernar sobre sus circunstancias, sepa crearse las oportunidades de estudio, de empleo y aprenda a vivir por su cuenta y sin apoyos adicionales.

Al estado protector no le gusta la gente que puede vivir sola, que ya no lo necesita para nada, salvo para mantener la seguridad y el estado de derecho. En cambio, el estado libertador se pone muy contento cuando ve que los ciudadanos que antes eran dependientes aprenden a estudiar, competir y a salir adelante y ya no lo necesitan más que para mantener el orden democrático. El estado protector protege: mete en gremios o en redes, pero no libera.

Enrique Canales
(v.pág.11A del periódico Mural del 20 de octubre de 2005).


Bush es otra cosa y su mera existencia es algo muy inquietante: lo peor que le puede pasar al mundo es que la derecha religiosa comience a infiltrarse en los andamiajes de su democracia más emblemática. Porque las sociedades abiertas siguen siendo frágiles de necesidad. Su vulnerabilidad radica en su propia naturaleza: son estructuras siempre escindidas por el pensamiento crítico cuya esencial tolerancia a la diversidad puede propiciar la invasión de esos fanáticos siempre dispuestos a imponer por la fuerza sus oscuros dogmas.

Román Revueltas Retes
(v.pág.3 del periódico Público del 23 de octubre de 2005).


El sistema político mexicano por mucho tiempo descansó sobre una convenida farsa democrática sustentada en la subordinación de las instituciones públicas a un tejido enredoso de complicidades, relaciones formales (frecuentemente contradictorias) y compromisos sombríos que se convirtieron con el tiempo en complicados parches de equilibrios políticos donde se llegaron a confundir el estado, el gobierno y el partido oficial. Su existencia se debió a la sumisión plena al omniseñor de la Presidencia en esa famosamente llamada "Dictadura Perfecta". La clave de su éxito fue la alternancia asegurada por la no-reelección tras un periodo sexenal inamovible y una sucesión acordada y asumida según la situación política del momento. La preocupación menor era siempre ¿cómo minimizar la desfachatez de un proceso democrático simulado, tanto en elecciones como en el ejercicio posterior? Esto, naturalmente, dio lugar a una cultura de usos y costumbres políticos que todavía rigen y que no fácilmente se superan.

Norberto Alvarez Romo, promotor de desarrollo sustentable
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 14 de noviembre de 2005).


Cuando teóricos del Estado afirman -cotidianamente, en las aulas- que el Estado necesita una refundación, es porque refieren que éste ha sido concebido por y para la gente que está en el poder.

Han sido ellos, durante centurias, los pergeñadores de sistemas jurídicos y sistemas políticos afines a la contemplación de la realidad sólo desde la óptica de quien está al mando de los controles del poder público.

En México hay autores como Clemente Valdez -doctor constitucionalista- que afirman que en lo que va de la vida de la República siempre ha habido grupos con un gran parecido y afinidad en la primera estructura del poder. Y éstos han reaccionado de manera casi idéntica a la hora de materializar la concepción del Estado mexicano.

Valdez es autor de un libro que denominó "La Constitución como Instrumento de Dominio". Y en él sostiene la teoría de que el Estado en casi todos los países del mundo, particularmente el mexicano, está afincado por leyes que protegen la impunidad en el ejercicio del poder público.

Las leyes, de acuerdo a esa visión sobre el poder, han sido fabricadas con recovecos, vacíos y confusiones que dan pie a interpretar en más de un sentido en torno de un mismo hecho jurídico.

Están hechas así con un propósito evidentemente político: Dejar que un poder determinado, o un grupo en particular, decida cuál es la interpretación prevaleciente y decisoria de las circunstancias.

La evolución del derecho positivo mexicano no ha sido, sin embargo, lo suficientemente acelerada como para combatir, frontalmente, costumbres, fuerzas poderosas de cada momento, intereses.

Vicente Bello
(v.pág.10-A del periódico El Informador del 29 de noviembre de 2005).


Si en la tregua navideña (implorada para liberarnos de las sempiternas precandidaturas) no se ponen de acuerdo los protagonistas sobre su definición y cumplimiento, ¿qué podemos esperar en el siguiente capítulo de la obsesiva carrera presidencial que nos amenaza con un desenlace final de empates virtuales; que probará la entereza de nuestra democracia cuando tiemble en su centro la tierra, al sonoro rugir de los distintos reclamos partidistas por declararse vencedores?

Nuestro país vecino del norte (el presunto ejemplo del funcionamiento democrático) nos mostró en sus dos últimas elecciones presidenciales que la eventualidad del empate electoral cuestiona la esencia misma del pacto social: cuando la voluntad democrática de la mayoría realmente no gana debido a tecnicismos jurídicos. Asombra la facilidad con que se polariza la sociedad estadounidense, lo serio que se lo toman y la soltura con que se supera la feroz tensión generada. Algo que para otros pueblos provocaría grandes crisis internas, ahí se sobrepasa como un catarro leve. Detrás de este fenómeno está la sofisticada naturaleza bipolar del sistema político y la cultura institucional estadounidense.

El escenario ya se vislumbra para el verano próximo: frente a las competidas elecciones y la demora de las cifras oficiales, los partidos declararán el triunfo de sus candidatos; señalarán que hubo fraude electoral; prepararán estrategias para defender "su victoria"; convocarán a sus simpatizantes a marchar; alegarán irregularidades y se dirán víctimas de una elección desvirtuada por los demás.

La contienda se elevará a los tribunales. Los contrincantes, convencidos de su posible éxito, cambiarán las estrategias enfocadas en ganar urnas por la argumentación jurídica y la presión política.

Ante el empate tripartita no cabría un candidato ganador fuerte; cualquiera que fuere.

Aparecerá una nueva coyuntura de nuestra historia; el país se verá obligado a asumir, o no, la madurez democrática recorriendo un camino incierto. La respuesta está en la pregunta: ¿tenemos la capacidad de acatar, con paz y convicción, la resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación?

Norberto Alvarez Romo, promotor de desarrollo sustentable
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 19 de diciembre de 2005).


"Así es la democracia...", señala reiteradamente el presidente Vicente Fox cuando se refiere a las tensiones entre los poderes ejecutivo y legislativo y que impidieron avanzar en la aprobación de las reformas estructurales que el país requiere con tanta urgencia. Fox lo anticipó hace mucho: "El presidente propone y el congreso dispone...".

Una cosa parece clara: mientras las prácticas políticas estén permeadas por la improvisación y la falta de miras de sus protagonistas, mientras predominen los intereses de capilla por sobre los intereses nacionales, las políticas sociales para enfrentar los rezagos acumulados sólo podrán plantearse de manera retórica. En esta lógica, la democracia a la que hemos arribado en nuestro país con tanto esfuerzo terminará vaciándose de contenidos. El "así es la democracia..." lleva implícito un cierto derrotismo que sólo conduce al desánimo y al conformismo. Por ello, apelar a las contradicciones de la democracia para justificar las inconsistencias políticas o las deficiencias de una gestión es la peor manera para intentar cubrir las incompetencias.

Como quiera que sea, con o sin democracia, el problema de fondo subsiste en México y en muchos otros países: los rezagos sociales acumulados, la desigualdad y la pobreza extrema. De ahí que las ciencias sociales hayan introducido recientemente el concepto de "democracia sustentable" para referirse a la imperiosa necesidad que tienen muchos estados en el mundo de extender su acción social con fines de legitimidad y gobernabilidad.

Mientras que en el pasado instaurar y consolidar regímenes democráticos se concebía como una condición para promover un desarrollo económico y social más justo y equitativo, hoy se considera que promover un desarrollo económico y social más justo y equitativo es una condición para preservar y consolidar la democracia; es decir, los términos de la ecuación se han invertido. De ahí, precisamente, la noción de "democracia sustentable".

No basta pues, que haya un sistema democrático representativo para asegurar que los intereses representados sean correctamente concretados por los representantes, sino que la efectividad de la representación depende de la estructura institucional del estado. De ahí que sea necesario perfeccionarla para sustentar la democracia. En síntesis, la democracia es sustentable cuando su marco institucional promueve objetivos normativamente deseables y políticamente deseados, como la erradicación de la violencia arbitraria, la seguridad material, la igualdad y la justicia, y cuando, al mismo tiempo, las instituciones son capaces de enfrentar las crisis que se producen si esos objetivos no llegan a cumplirse.

César Cansino
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 28 de diciembre de 2005).


Contrario a la creencia común, democracia y libertad no tienen necesariamente que ver la una con la otra; sus tendencias hasta pueden significar opuestos. Son dos respuestas específicas a dos preguntas completamente diferentes. La democracia atiende la pregunta ¿quién ha de ejercer el poder público? Responde postulando que "el ejercicio del poder público pertenece al cuerpo de ciudadanos". No se refiere al alcance del poder público; solamente a quien le pertenece tal poder. Propone que todos reinemos, que seamos soberanos en todos los actos sociales.

La libertad, al contrario, surge como respuesta a otra pregunta: ¿Independientemente de quien ejerza el poder público, cuáles deberán ser sus límites? Alega: "ya sea que el poder público fuera ejercido por un autócrata, sea por el pueblo, o sea por otra fórmula, no puede ser absoluto; todo individuo tiene derechos naturales propios". Democracia es de muchos; libertad es de cada quien.

En términos políticos, no hay peor confusión que ésta. Aquellos que han creído que la democracia es el camino garante de vida, bienestar y libertad, confunden un medio provisional con un fin último. La democracia es un método político de gobierno, un arreglo institucional para llegar a decisiones públicas (legislativas y administrativas) y por consiguiente incapaz de ser un fin en sí mismo.

Por contraste, la libertad es inherente al ser humano y es defendida en los diversos principios de libertad política: el liberalismo concibe la libertad como ausencia de interferencias; el anarquismo la identifica con el poder que todos tienen para darse normas a sí mismo y para no obedecer a más normas que las que se dan a sí mismo; el republicanismo identifica a la libertad con la ausencia de dependencia ante la voluntad arbitraria de una o varias personas; la perspectiva libertaria considera que cada persona tiene el derecho de vivir su vida según su propio escoger, siempre que respete los derechos iguales de los demás.

Quienes promulgan la libertad prefieren un gobierno democrático por ser el más prometedor para mantener la paz doméstica. La democracia, por tanto, no es una institución revolucionaria, como algunos pretenden hacer creer. Al contrario, es precisamente el medio para prevenir las revoluciones y las guerras civiles; provee un método pacificador para ajustar al gobierno a la voluntad de la mayoría. En la democracia se pacta la fuerza contando cabezas, no quebrándolas. La mayoría se logra en números; la minoría no cede convencida de estar equivocada, sino solamente reconociéndose minoría.

Este verano buscaremos en las urnas el acuerdo político para elegir un primer mandatario. Paradójicamente, tratándose de cinco candidatos, la mayoría perderá.

Norberto Alvarez Romo, promotor de desarrollo sustentable
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 23 de enero de 2006).


Al perder los ideales se ha perdido también la confianza en un futuro mejor y esto puede resultar trágicamente peligroso porque una democracia sin ilusiones puede abrir la puerta a cualquier fenómeno totalitario, incluso a través de los caminos aparentemente más democráticos.

Dr.Antonio Cruz
"Postmodernidad", Clie, España 2003.


La verdadera fortaleza de una democracia no reside tanto en la condición de su estructura política como en la salud de la sociedad civil.

Ignacio Camacho
Periódico ABC de Madrid.


La democracia es ese principio, desde luego, pero dentro del respeto a las reglas de juego pactadas previamente entre mayoría y minoría. Respetando las reglas de juego, la mayoría lo puede todo; fuera de ellas, la mayoría no puede absolutamente nada.

Roberto L.Blanco Valdés
Periódico La Voz de Galicia.


La libertad política sin un mínimo nivel económico, sólo existe en la palabra. Si no hay riqueza para repartir, por mucha libertad declarativa que se tenga, lo único repartible será la miseria.

Flavio Romero de Velasco, licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras y exgobernador de Jalisco
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 11 de marzo de 2006).


Como en una democracia el voto de los necios cuenta lo mismo que el voto de los prudentes, y es probable que aquéllos sean más que éstos, pues...

Jaime García Elías, periodista y conductor radiofónico
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 15 de mayo de 2006).


La geometría política de izquierdas o derechas, no esclarecen nada; son conjuros; una manera de calificar y confinar a un extremo a quienes participan en la vida pública. Son los extremos convencionales a los que el pensador Ortega y Gasset calificó como "una de las formas políticas que el hombre escoge para ser un perfecto imbécil". Se puede ser indistintamente de ambos extremos, según la postura que se tenga frente a los variados problemas que vive una sociedad: Reformas sociales y laicismo, con otros agregados, pueden calificar como izquierda; y se puede a la vez ser de derecha, por oponerse sin distingos a todas las dictaduras, incluidas las de izquierda, o bien ser defensores a ultranza de la clase empresarial y de los excesos clericales que retan al gobierno y a la norma. ¿Se es de derecha por criticar los excesos de la izquierda, o se es de izquierda por criticar los excesos de la derecha? Una equilibrada posición liberal no se ubica en ninguno de los extremos, ya que su modelo de sociedad, no acepta fundamentalismos conservadores ni excesos izquierdizantes.

Flavio Romero de Velasco, licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras y exgobernador de Jalisco
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 20 de mayo de 2006).


Frente a los discursos reduccionistas para los que la democracia son sólo elecciones, debemos recordar que la democracia no es sólo un conjunto de reglas y procedimientos formales, sino, sobre todo, una forma de legitimación del estado que tiene como base a los ciudadanos. En un régimen democrático, la esfera pública es el lugar donde los ciudadanos, en condiciones mínimas de igualdad y libertad, cuestionan y enfrentan cualquier norma o decisión que no haya tenido su origen o rectificación en ellos mismos. Los representantes políticos sólo son legítimos cuando ejercen el poder en tensión creativa y permanente con la sociedad que los elige. Si las autoridades no toman en cuenta las propuestas que emanan de la sociedad entonces el poder corre el peligro del totalitarismo. En síntesis, la esfera pública es el factor determinante de retroalimentación del proceso democrático.

César Cansino
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 31 de mayo de 2006).


DEMOCRACIA, DEMOIGNORANTE

Somos un país honda y profundamente democrático.
Aquí cualquier cualquiera puede votar.
Aquí cualquier cualquiera puede ser candidato.

Los candidatos no tienen más requisitos que ser mexicanos, mayores de 30 años y eso sí, tener partido.
A los votantes les basta su credencial y estar vivos (a veces).

Con esta democracia tan demócrata (no como la griega), podemos darnos el lujo de tener los candidatos que tenemos y sobre todo de tener votantes ignorantes, desentendidos, viscerales y variopintos.

¿Qué sucedería si hubiera un examen mínimo de conocimiento, información, interés y criterio para poder votar?

Nos iría peor que al señor López con las preguntas de cultura.

¿Elección democrática?

Sí, Chuy.

Nemesio Maisterra
(v.pág.8 del periódico Mural del 22 de junio de 2006).


Vivimos ya la mayor amenaza de un estado democrático: la fragmentación institucional ocasionada por la erosión de la política ante la inseguridad y la impunidad del crimen, el delito, la corrupción y el deterioro del espacio común debido a la ausencia de justicia y eficacia gubernamental. Que no nos extrañe, simplemente se están cumpliendo las advertencias por no haber continuado con el proyecto de reformar al estado. Sin hacernos bolas, significa reescribir la constitución y renovar la república; revisar el acuerdo social y el pacto federal. Todo lo demás es remendar un traje que ni nos queda ni nos cubre bien.

Norberto Alvarez Romo, presidente de Ecometrópolis,A.C.
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 26 de junio de 2006).


Sobre la democracia se han escrito muchas frases que en estos momentos parecen tomar más sentido. Por ejemplo, recordemos la frase de Winston Churchill que define: "La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, con excepción de todos los demás". También es una joya de claridad la frase del periodista irlandés, George Bernard Shaw, que dijo: "La democracia es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos". Jorge Luis Borges, en relación al tema dijo: "Democracia: es una superstición muy difundida, un abuso de la estadística". La importancia de la democracia para la humanidad la define la frase del filósofo romano Cicerón: "La aspiración democrática no es una simple fase reciente de la historia humana; es la historia humana".

Hay quienes consideran que el mal sabor que nos dejaron de las campañas se debe a que por ingenuidad idolatramos la democracia. Tal vez esperamos más de lo que la democracia puede dar.

Víctor Manuel González Romero, profesor investigador y ex rector general, U. de G.
(v.blog 28 de junio de 2006).


A propósito de los cuestionamientos que hoy hacemos en México a la democracia, un analista político en la radio decía que una buena democracia no necesariamente erradica la pobreza o da más riqueza a un país, porque no es un modelo económico, y no proporciona caminos para arreglar esos problemas. La respuesta de la audiencia en sus llamadas fue curiosa, como no creyéndolo, algo desesperanzada: "¿y entonces qué?".

La activista india Vandana Shiva está por publicar un libro muy interesante. La escritora e intelectual explica que Democracia de la Tierra: Justicia, Sustentabilidad y Paz trata sobre el agotamiento del modelo en el mndo y hace una distinción al hablar sobre democracia muerta o viva.

"La muerte de la democracia se produce cuando la gente no tiene libertad, es una democracia muerta porque se sirve de las 'libertades' de las corporaciones para aniquilar a las personas; no responde ya a los deseos de la gente".

"Una democracia viva es aquella que afecta a todos los aspectos de la vida, no sólo de la vida humana, porque nos encontramos en un momento de la evolución en el que cualquier libertad de la especie humana debe incluir la de otras especies, si no nunca tendremos libertad humana".

Otro tema polémico que aborda Vandana Shiva es sobre los globalifóbicos.

"Me di cuenta de que los movimientos populares eran fuertes y podían serlo más si reconocían que no importaba lo diferentes que fueran -unos trabajando por el respeto a los derechos humanos, otros en defensa de las especies salvajes, otros por la soberanía alimentaria de los pequeños agricultores- porque cada uno de ellos era una pieza del mosaico, parte de un tejido en el que se combinaban el cuidado de la Tierra y la defensa de las condiciones de la vida humana en el planeta, al mismo tiempo que se esforzaban por conseguir la justicia social. Todos esos esfuerzos no eran aislados, eran similares y realmente eran esfuerzos por la paz".

Alejandro González
(v.pág.43 del periódico Público del 14 de julio de 2006).


En otros regímenes, se vale que el gobernante se emperre en hacer felices a sus súbditos... aunque éstos no quieran.

En una democracia debe gobernar el que la mayoría decide. Punto.

Jaime García Elías, periodista y conductor radiofónico
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 7 de agosto de 2006).


Para cambiar pacíficamente el rumbo del país sólo hay 2 caminos: el de la democracia directa o la democracia del consenso.

La crudeza de la democracia directa ha sido criticada desde tiempos de Platón, quien se refería a ella como "la tiranía de la mayoría". Otros estudiosos han argumentado que si la democracia se adhiere a los principios del consenso, para convertirse en una democracia deliberativa, entonces el dominio o tiranía de una facción se puede minimizar haciendo que las decisiones sean más representativas de toda la sociedad.

Esto último es lo que necesitamos en México: transformar la democracia directa que hace a las mayorías tiranas y a las minorías resentidas, en una democracia de consenso que privilegie la negociación y busque siempre formas de considerar los intereses y las necesidades de todos.

Ricardo Elías, arquitecto y empresario
(v.pág.8 del periódico Mural del 24 de agosto de 2006).


Teóricamente somos un país democrático. Sin embargo, la realidad cotidiana es otra.

¿Cuál forma de gobierno es la que realmente impera en México?

Si vemos de dónde salen nuestros gobernantes y la manera como conducen el país, notaremos que en muchas formas nos asemejamos a otros sistemas de gobierno.

¿Somos una aristocracia? ¿Esto es un país "gobernado por los mejores"? Esta forma de gobierno, herencia de las plutocracias (gobierno de los ricos), exigía un sentido de responsabilidad histórica y de "noblesse oblige" en cada una de las acciones de sus miembros. Los gobernantes mexicanos se creen nobles, pero no por su quijotismo o la bondad de sus acciones y sentimientos, sino porque la fortuna que amasan y el poder les hace creer que su sangre es de algún aristocrático color (azul-panista, amarillo-perredista, o verde-ecologista-priista).

¿Somos una autocracia? ¿Un estado en el que el poder lo tiene un solo individuo?

¿O una meritocracia? ¿Un país gobernado por los que "merecen" gobernar?

¿Somos realmente una democracia? ¿Esto es un país realmente gobernado por el pueblo, que participa en los procesos de decisión y que puede en la práctica designar y destituir a sus representantes?

¿Sera el despotismo la forma de gobierno preponderante en México?¿Un estado en el que sus gobernantes actúan como faraones de Egipto, símbolo del despotismo clásico?

¿O una dictadura? En la antigua Roma, la dictadura se refería a los magistrados que en tiempos de emergencia se les adjudicaban poderes absolutos. No obstante, ese poder absoluto no era arbitrario. Estaba obligado a la rendición de cuentas, estaba sujeto a la ley y a una justificación retrospectiva.

¿Somos ese tipo de dictadura ética, o somos una dictadura en la que a la autoridad tiene dominio absoluto de un liderazgo sin restricción o sujeción a ley o constitución alguna, ni a ningún factor social o político del estado?

¿Somos acaso una especie de monarquía en la que sólo accede al poder quien pertenece a ciertas dinastías, "realezas" o instituciones (partidos) que hacen a la clase dirigente una especie de representantes temporales y corpóreos de alguna una deidad, por ejemplo, el Emperador Celestial de China, los reyes mayas, Rey de Reyes, Señor de los Señores?

¿Somos una oligarquía (gobierno de pocos) en la que el poder político lo detenta un pequeño grupo de la sociedad, los más poderosos, ya sea por razones económicas, de fuerza militar, de relaciones familiares o de influencias políticas?

Algunos politólogos afirman (y yo coincido con ellos) que todos los gobiernos son oligárquicos independientemente de la forma de gobierno elegida. Y es que una sociedad se convierte en oligárquica como resultado de las alianzas de grupos y de la acumulación gradual de poderes económicos.

¿Seguimos siendo una dictadura de partido, o de un par de partidos aliados entre sí?

Un estado termina siendo gobernado por un solo partido cuando éste tuvo un rol preponderante en luchas de liberación, de independencia o revoluciones, o debido a ideologías fascistas, marxistas, estalinistas, o nacionalistas (Partido Nazi) que para subsistir requieren de un control total del gobierno y de la sociedad.

¿Podría subsistir una teocracia en México? ¿Esto es una forma de gobierno en la que poderes divinos (Dios) dirigen un estado terrenal, ya sea encarnado en una persona o como más comúnmente se ve, mediante representantes religiosos ocupando puestos de gobierno?

¿Soportaríamos una tiranía, esto es que una persona, grupo u organización posea el poder absoluto y haga con él lo que le venga en gana?

Si bien la democracia es la forma de gobierno que teóricamente hemos adoptado en México, después de preguntarme qué clase de gobierno tenemos, llego a la conclusión que en la práctica somos una rara, exclusiva y nada ética combinación de despotismo aristocrático con democracia oligárquica, o sea una "despoaristodemoligarquía".

No es casualidad que los países con mayores niveles de democracia y transparencia posean también un mayor ingreso per cápita, un mayor índice de desarrollo humano y un menor índice de pobreza. La democracia se manifiesta en el respeto a las leyes e instituciones creadas por el pueblo, no en su descalificación, y menos en su destrucción.

Ricardo Elías, arquitecto y empresario
(v.pág.8 del periódico Mural del 31 de agosto de 2006).


Quienes promulgan la paz doméstica en el marco de la libertad y el orden prefieren un estado democrático por ser el más prometedor para ello. La democracia, por tanto, no es una institución revolucionaria, como algunos pretenden hacer creer. Al contrario, es precisamente el medio para prevenir las revoluciones y las guerras civiles; provee un método pacificador para ajustar al gobierno a la voluntad de la mayoría en el marco del respeto a todos.

La mayor amenaza del estado democrático es la fragmentación institucional, ocasionada por la erosión de la política ante la inseguridad y la impunidad del crimen, el delito y la corrupción debido a la ausencia de justicia y eficacia gubernamental. Cuando el estado se acerca al precipicio, quienes gobiernan se ven forzados a pelear, a compartir el poder y encauzar el bien común de todos, o hacerse a un lado.

Norberto Alvarez Romo, presidente de Ecometrópolis,A.C.
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 20 de noviembre de 2006).


Siempre ha habido escépticos con respecto a las virtudes de la democracia... o, cuando menos, con respecto a la creencia generalizada de que la democracia es la versión moderna de la piedra filosofal que buscaban los alquimistas, capaz de convertir en oro cuanto toca... Fuller decía que "las muchedumbres tienen muchas cabezas, pero poco cerebro". Bacon afirmaba que "el aplauso del pueblo vulgar es generalmente falso y sigue más bien a los hombres vanos que a las personas virtuosas". Lamennais, finalmente -para efecto de este escueto muestrario de botones- se preguntaba: "¿Cómo se concibe que por mayoría de votos se determine lo verdadero y lo falso, lo justo y lo injusto?".

El hecho, como recordaba Gabriel Tortella (catedrático de la Universidad de Alcalá) en un artículo titulado "¿Demasiada democracia?" ("El País", Madrid, XI-20-06) es que el sistema de gobierno "del pueblo, por el pueblo y para el pueblo", según la definición consabida, que inventaron los griegos cinco siglos antes de Cristo, sólo se ha vuelto apetecible en todo el mundo a partir del siglo XX.

Que el pueblo, como decía Hegel -otro escéptico con respecto a las cacareadas bondades de la democracia- es "aquella parte del estado que no sabe lo que quiere", se demuestra con capítulos de la historia como las elecciones democráticas, entre muchos otros, de Hitler, Mussolini, Perón, Pinochet o Milosevic, o las reelecciones, verbigracia, de Nixon y George W. Bush en Estados Unidos.

Tortella concluye que lo que se necesita hoy en política es "fortalecer las instituciones"; y "no más democracia, sino menos"... Y no por añoranza del autoritarismo, sino por rechazo a las aberraciones -ya lo estamos viendo- que engendra un frecuente subproducto de la democracia: la demagogia.

Jaime García Elías, periodista y conductor radiofónico
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 22 de noviembre de 2006).


Sin duda, todo el mundo occidental quiere vivir bajo el régimen democrático y si China lo hiciera, sería 90% de la población la que viviría gobernada democráticamente. Donde está ausente, sus gobernantes insisten que es el pueblo el que desea otra forma de gobierno. En particular sucede en Oriente Medio donde, además de negar los valores de occidente, sólo desean que el gasto que hagan sus gobiernos sea efectivo; el resto lo asocian a los usos y costumbres de sus pueblos que defienden hasta con la inmolación, como lo vemos en esas poblaciones donde habitan agazapados detrás de esas viejas costumbres que anulan el ejercicio de la libertad, negando la propuesta de igualdad que propone la democracia, para seguir en la ignorancia, amenazados por los caciques que controlan todo, incluyendo la explotación infantil y la discriminación brutal a la mujer.

Martín Casillas de Alba
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 28 de noviembre de 2006).


Haces país todos los días, pagando tus impuestos, respetando la ley, tomando en cuenta el interés ajeno, teniendo alguna idea del interés común. Cómo se hace eso: no con gritos, cantos y todo lo demás. Es una reflexión; decimos, 'es que todo mundo piensa', no es cierto. Todo mundo tiene cerebro, pero no todo el mundo piensa. Todo mundo tiene patas, pero no todo mundo es corredor profesional. Vamos a utilizar el instrumento cerebro, eso no es evidente: tenemos un país que no ama la inteligencia, que no ama el pensamiento [...]. Todos hablan pero la palabra puede ser ruido, cuando se pone en la palabra la razón, se transforma en argumento [...] Cuando se decide escoger la democracia, eso significa que se aleja el recurso de la violencia, y no queda más que una sola arma: la palabra. Para que la palabra sea útil tenemos que poner adentro razones para que el ruido se transforme en argumento, para que todos los hombres de buena fe, esto es una condición esencial, puedan convencerse unos a otros; la democracia es esencialmente discusión, no es sólo la ley de la mayoría como lo entendemos muchos. La ley de la mayoría se da en la jungla, cinco leones fuertes, destrozan a un león solito y débil. Pero cuando hay discusión y buena fe, con uno que tenga argumentos y que pueda con esos argumentos convencer a los demás, entonces puede haber una relación civilizada que es la relación democrática. La vida política en el sentido amplio, es decir, la vida social, la vida política necesita otro tipo de inteligencia que complete la razón, y ésta es la astucia.

Ikram Antaki, filósofa social mexicana


El imperio lo encabezaba el emperador
y el que mandaba era el emperador.

La monarquía la encabezaba el rey
y el que mandaba era el rey.

La aristocracia la encabezaba el grupo de los mejores
y los que mandaban eran los mejores.

La democracia la encabeza el pueblo
y los que mandan son los políticos,
la publicidad y la mercadotecnia.

Dicen que la democracia es la única buena
y lo dicen de forma dictatorial.

Nemesio Maisterra
(v.pág.6 del periódico Mural del 1o.de febrero de 2007).


El delegacionismo es una modalidad de la "democracia" en la que los poderosos fomentan la indiferencia política mediante el hartazgo de las masas para poder actuar a sus anchas.

Juan Carlos Ortega Prado
(v.pág.7 del suplemento "Visor" del periódico Público del 18 de febrero de 2007).


[En el 2006] la nación se enfrentó a la brutalidad de la democracia, es decir, que cada quien pelea por sus intereses de manera abierta y echando mano de todos sus recursos.

Sergio Aguayo Quezada
(v.pág.5 del suplemento "Visor" del periódico Público del 11 de marzo de 2007).


La utopía es la negación de la democracia o, mejor dicho, la democracia es la negación de la utopía. La democracia es lo posible, lo imperfecto, parte del supuesto que la sociedad perfecta no existe ni va a existir nunca, que la sociedad sólo puede ser perfectible y que esa mejora sólo será una realidad si se encara simultáneamente en muchos ámbitos.

Mario Vargas Llosa
(v.pág.7 del periódico Mural del 5 de abril de 2007).


Los llamados "poderes fácticos" en nuestro país que en realidad controlan todo el quehacer gubernamental (elecciones, candidatos, política internacional, económica, etc.), son los empresarios, la Iglesia, los medios de comunicación y los banqueros. Por ello, el Premio Nobel portugués José Saramago ha sostenido que la llamada democracia en nuestra nación, no pasa de ser un régimen gobernado por plutócratas.

Flavio Romero de Velasco, licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras y exgobernador de Jalisco
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 19 de mayo de 2007).


Un sistema democrático no puede ser una aplanadora cuyo conductor es la mayoría. Las democracias contemporáneas -esto es, las liberales- conforman dispositivos de moderación, tales como el control judicial de las leyes, para evitar la formación de una tal aplanadora que aniquile la diversidad, suprima el debate o maltrate a las minorías.

James Madison, el gran genio del constitucionalismo norteamericano, afirmó que una república debía protegerse, no solamente de las arbitrariedades y excesos que pudiera cometer el poder político; sino también debía cuidarse de los abusos que una parte de la sociedad pudiera cometer (aprovechando su ventajosa posición en el mecanismo político -agrego entre paréntesis) contra otra parte de la sociedad. El órgano judicial tiene precisamente esa función: reexaminar las condiciones del debate democrático. No es una legislatura superior, no es un congreso por encima del congreso. Es un árbitro encargado de cuidar el procedimiento. El fundamento de una estructura democrática no es solamente el sufragio universal, sino también el acceso universal a los núcleos de decisión. Si ese acceso ha sido atrapado por intereses particulares, la judicatura debe reabrirlo.

Para ponerlo en otros términos, la democracia es un régimen en donde las decisiones son tomadas a través de un proceso abierto de discusión. El dispositivo electoral y la aprobación de leyes a través de la actuación de la mayoría parlamentaria son requisitos esenciales. Pero no lo son todo. Para cumplir con las exigencias de una democracia deliberativa, es importante que el asunto esté abierto a la intervención de de la ciudadanía y que, quienes han de decidir, estén libres de presiones.

Jesús Silva-Herzog Márquez
(v.pág.18 del periódico Público del 21 de mayo de 2007).


"La multitud cuando ejerce autoridad, es más cruel aún que los tiranos". Estas palabras de Platón, se corroboran con los cientos de ejemplos que la historia nos ofrece, como el de la Revolución Francesa, cuyos extremos inauditos aún estremecen a la Humanidad.

Decía Flaubert que la multitud es siempre idiota. Déseles la libertad, pero no el poder.

Flavio Romero de Velasco, licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras y exgobernador de Jalisco
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 26 de mayo de 2007).


El cuento de otorgar el poder a las mayorías ha sido cuidadosamente cultivado por casi todas las ideologías recientes y, sin embargo, al final del camino, un personaje, uno solo, es el que termina por ordenar a los demás lo que tienen que hacer. Los pretextos, naturalmente, son absolutamente perentorios y no están sujetos a discusión: la "Revolución" (con mayúscula), los "pobres", la "soberanía", la "nación", el "pueblo", etc. Hay que comenzar a inquietarse precisamente ahí donde un principio cualquiera es elevado a la categoría de un mito.

Las preferencias políticas -cuando pueden existir, es decir, en las democracias- son un asunto personal, optativo y voluntario. Una sociedad que permite el pensamiento crítico es una sociedad que no intenta avasallar a los individuos a través de las creencias; es laica por necesidad en oposición a las teocracias donde la religión es obligatoria. Curiosamente, muchas grandes causas -encarnadas casi siempre en la figura de un líder máximo, de un caudillo- no tienen la condición de alternativas preferibles, o deseables, sino que adquieren el rango de verdades absolutas que, en tanto que tales, no sólo son inmunes a la crítica sino que necesitan de la persecución, la amenaza y el terror para ser inoculadas, cual vacuna forzosa y universal, a todos los miembros de la colectividad. No hay aquí lugar para los disidentes que, en este sentido, serían casi como los leprosos de la antigüedad, individuos perjudiciales cuyo contagio hay que evitar. Hoy, no han sido proscritos a un barrio de enfermos repudiados sino encarcelados, desterrados y amordazados por aquellos regímenes que no toleran la más mínima expresión de desacuerdo.

Los autoritarios tienen una propensión prácticamente invariable: necesitan de enemigos. Los requieren de manera tan apremiante como los humanos precisamos de oxígeno. En las sociedades tranquilamente democráticas no suelen escucharse esos fieros discursos que braman los caciques. Aquí, el antiguo régimen solía machacarnos con el tema del nacionalismo y, hoy mismo, las víctimas hambrientas de la globalización se consuelan, mal que bien, con ese discurso de ricos contra pobres edificado sobre la tremebunda realidad de los "ricos y los poderosos".

Román Revueltas Retes
(v.pág.4 del periódico Público del 8 de julio de 2007).


Un artículo de la Constitución Mexicana sostiene que el pueblo mexicano decidió constituirse en una república. La palabra se pronuncia y se repite con la irreflexión de las frases hechas: república democrática y federal. Si la palabra tiene algún sentido significa que no hay reyes ni aristocracia en México y que no se conceden por aquí títulos nobiliarios. Significa también que el poder surge de elecciones periódicas y dura (relativamente) poco. Que México sea una república implica, en una palabra, que no hay poderes perpetuos. La periodicidad del voto es relevante: determina la duración de los encargos, enmarca el horizonte para alcanzar las metas de gobierno y fija un tiempo límite para la rendición de cuentas. La vida republicana se apega a un calendario y estructura la legitimidad de quienes ejercen el poder de modo provisional: eres presidente durante estos seis años; ocupas la diputación durante este trienio. Mientras el monarca lo es por siempre, el representante ciudadano puede serlo mientras dura su periodo.

Jesús Silva-Herzog Márquez
(v.pág.18 del periódico Público del 9 de julio de 2007).


En la contabilidad política de México, los resultados democráticos arrojan pérdidas. Durante los 185 años de vida independiente (1821-2006), sólo en tres periodos el país ha intentado vivir en la democracia: en la República Restaurada (1867-1876); el gobierno de Madero (1911-1913) y el gobierno del presidente Fox (2000-2006). Dieciséis años de libertad son casi nada comparados con los restantes. Esta vasta inexperiencia histórica tiene un agravante: no sólo no sabemos bien cómo funciona la democracia, sino que sabemos muy bien cómo hacen que no funcione.

Flavio Romero de Velasco, licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras y exgobernador de Jalisco
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 14 de julio de 2007).


¿Cuál es el papel que juegan los grupos políticos opuestos al régimen o al sistema económico nacional actual? ¿Se trata de intransigentes, aventureros y antisociales, inconformes con el estado de cosas, que quieren cambiarlo por la fuerza? ¿Su existencia es permitida por lo bajo, o significa una cierta impotencia del aparato represivo del estado?

La oposición es una necesidad en las democracias. De otro modo el gobernante hace, poco a poco, lo que le viene en gana. La oposición señala deficiencias, limita excesos, ofrece puntos de vista alternos, propone modos y puntos de vista diversos. Es el Pepe Grillo de la política. El gobierno tiene en la oposición un alter ego que atempera sus conductas y cuestiona sus actitudes. Además, en la situación mexicana, el gobierno tiene que convencer a la oposición de sus propuestas. Eso las mejora, pues se consideran otros aspectos antes de decidir.

Si la oposición se retira o se levanta de la mesa, el gobierno queda exhibido como inflexible y sectario. De ahí el cuidado que han de tener los gobernantes con los opositores, pues no pueden ignorarlos. Suprimirlos y reprimirlos es otra forma de ignorarlos. Hay fracciones de la oposición que son opositores incondicionales. Prefieren mantenerse "fuera" de las discusiones y apelar en directo a sus seguidores y a la población para hacer ver lo deficiente del gobierno y lo bueno de su alteridad. Su función la cumplen al ofrecer un discurso alterno.

La violencia es otra cosa. Es compleja, difícil de saber quién es responsable. El ejercicio de la violencia contra el gobierno es una forma extrema de oponerse. Es ilegal y criminal. Se propone derrocar al gobierno y con el sabor de lo prohibido invita a sumar adeptos. En realidad, casi siempre, produce simpatías con el gobierno, lo cual justifica persecución y represión de los "ilegales". Por eso a veces se sospecha que es patrocinada, por debajo, por organismos afines al gobierno.

En cualquier caso, la violencia política implica jugar con fuego. Y el fuego quema y destruye.

Miguel Bazdresch Parada
(v.pág.17 del periódico Público del 15 de julio de 2007).


Siguiendo a Tocqueville, podríamos hablar de la mediocridad de nuestras ambiciones. El viajero francés sorprendía a sus lectores cuando advertía un problema insospechado en la democracia. Mientras sus contemporáneos imaginaban al régimen democrático como una salvaje explosión de potencialidades, una fuerza capaz de arrasar todo lo antiguo bajo el sueño de una utopía, Alexis de Tocqueville sospechaba la enfermedad contraria. La democracia no anunciaba la coronación de la ambición política sin límites, sino su eclipse. Bajo el régimen de los contrapoderes y las elecciones frecuentes, los grandes proyectos quedarían enterrados en los pequeños cálculos y en las mezquinas ambiciones. Todo tendría que ser filtrado por el colador de lo vendible. No nos envenenaría la soberbia de un poder expansivo, nos asfixiaría el conformismo.

De ahí que Tocqueville se preguntara por qué en Estados Unidos había tantos ambiciosos y tan pocas grandes ambiciones. Todos querían salir de su condición original, cada uno de los ciudadanos estadunidenses buscaba mejorar, tener un mejor trabajo, comprar una casa más grande, aumentar sus ingresos. Pero pocos anhelaban grandes cosas, pocos se trazaban una ruta de vida verdaderamente hazañosa. Nadie osaba el desafío. Por eso temía la mediocridad de los deseos democráticos. No debemos desconfiar de la audacia de las sociedades democráticas. El verdadero problema es su reverso: la desgana, el aplacamiento de la pasión, la pereza. Muchos ambiciosos, pero pocas grandes ambiciones, ¿no es ese el pie de foto de nuestro paisaje?

Jesús Silva-Herzog Márquez
(v.pág.18 del periódico Público del 16 de julio de 2007).


Los gobiernos representativos naufragan con rapidez en la parálisis o la conspiración de sus adversarios; desembocan tarde o temprano en soluciones militares o políticas de gobiernos fuertes. Los gobiernos fuertes se despeñan rápidamente en la dictadura, la cual da paso a revueltas y restauraciones republicanas.

Constituciones van y constituciones vienen sin que logre resolverse el problema central del gobierno que, como se sabe, es gobernar. El dilema político continuo de nuestras nuevas naciones es oscilar entre gobiernos fuertes o gobiernos representativos, poder central o poder federal, ejecutivo fuerte o acotado por los otros poderes. Al final, en todo el continente [latinoamericano] se imponen las instituciones del régimen presidencial que presenta hoy en muchos sentidos rasgos característicos de los gobiernos débiles de nuestra independencia: gobiernos divididos, desafiados por los poderes fácticos, por la pluralidad política, por el faccionalismo regional o legislativo, y por usos y costumbres resistentes al cambio, amenazados por la globalización.

Héctor Aguilar Camín
(v.pág.4 del periódico Público del 23 de julio de 2007).


Aquellos que exageran el ascenso del poder-suave chino -y lamentan la pérdida del mismo por parte de los E.U.- tienden a hacer a un lado la democracia. En los E.U., suelen decir, ella produjo a George W.Bush, quien engendró el revoltijo de Iraq en nombre de la democracia. Pero Bush se habrá ido en un año y medio, y su partido ya ha sido lanzado fuera del poder en el Congreso. Mientras tanto, en China, el Partido Comunista estará todavía en el poder en 2009 y, apuesto, durante un largo tiempo más. Y 1,300 millones de personas, continúe o no el milagro económico, no tendrán opinión válida en el asunto. Eso, se puede decir, es un hecho duro.

Bill Powell
(v.pág.56 de la edición internacional de la revista Time del 30 de julio de 2007).


Tras el pretexto de que "un pueblo tiene el gobierno que merece", se ha confundido tanto a la "sociedad" con el "gobierno" que se deja poca distinción entre ellos, a pesar de que no sólo son distintos, sino que tienen orígenes distintos. La sociedad, dicho sea, es producto de lo que deseamos, queremos, necesitamos. El gobierno, por lo contrario, lo es de nuestra maldad; la primera fomenta nuestra alegría y satisfacción uniendo nuestros afectos, valores e intereses; el segundo lo hace restringiendo nuestros vicios, defectos y aberraciones. Esta alienta la interacción, el otro crea distinciones. La primera es benefactora; el segundo, castigador.

Se reconoce que si la sociedad es una bendición para los humanos, entonces un gobierno en el mejor de los casos es el mal necesario para compensar nuestros defectos, deficiencias, inmadurez. Ambos surgen de nuestra propia naturaleza.

En nuestra democracia, mientras los gobernados no entendamos que somos los corresponsables de que nuestros gobernantes no sean lo que queramos que sean, entonces nunca saldremos del círculo vicioso en que estamos atrapados.

Norberto Alvarez Romo, presidente de Ecometrópolis,A.C.
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 7 de agosto de 2007).


Querido Epigmenio [Ibarra]:

Apuntas en tu amistosa carta abierta (MILENIO 10/8/07) varias cuestiones dignas de reflexión a propósito de la violencia. Destaco tres:

  1. Que la vía violenta se escoge en la historia menos por ideología que por desesperación: porque no queda otra.
  2. Que los que escogieron la violencia en nuestro continente son también artífices de los cambios políticos democráticos.
  3. Que te estremece la idea de que México pueda hundirse en la violencia, pero que "la clase política nos acerca irresponsablemente a la confrontación".
Respecto de lo primero, mi creencia es que en la historia siempre hay opciones : siempre queda otra. La historia no es el reino de la fatalidad sino el de la libertad de los hombres. Es una libertad restringida, pero efectiva.

No son las condiciones objetivas las que imponen la violencia, es la elección de grupos y personas concretas. En la historia de la violencia guerrillera latinoamericana, esos grupos y personas fueron minorías. Las condiciones objetivas sólo eran intolerables para ellas, no para la mayoría de la población.

Me pregunto qué hubiera pasado si toda la energía increíble que los revolucionarios de esos países pusieron en hacer la revolución la hubieran puesto en la transformación democrática de sus sociedades. Mi convicción es que habrían llegado adonde están ahora, pero a un costo infinitamente menor para sus países.

Respecto del segundo punto, creo que tienes razón: la violencia ha sido un factor en el cambio, los violentos han jugado un papel en el camino a la democracia, pero no es la democracia lo que buscaban. Se resignaron a la democracia : buscaban la revolución, es decir, en tus palabras, "sustituir el control que una clase ejerce despiadadamente sobre la sociedad por el control de otra".

Por último, discrepo absolutamente de tu impresión de que la violencia asoma otra vez la nariz en México porque "la clase política nos acerca irresponsablemente a la confrontación". Los enfrentamientos políticos que vive la sociedad mexicana son parte de su vida democrática, no el saldo de una opresión intolerable.

Pensar que la violencia es inevitable porque se perdió una elección o porque un partido político grita fraude, es confundir las cosas.

En todo caso, lo inherente al compromiso democrático es rehusar la violencia, no validarla como inevitable por culpa o responsabilidad de otros. Es responsabilidad y elección de quien la asume, de nadie más.

Creo que las deformidades de la democracia deben ser corregidas con los instrumentos de la democracia, ninguno de los cuales incluye la violencia, entendible o no, justiciera o no.

Héctor Aguilar Camín
(v.pág.4 del periódico Público del 20 de agosto de 2007).


El ejercicio del pensamiento crítico, como lo machaca Karl Popper a lo largo de su formidable ensayo sobre la sociedad abierta, es fundamental para la buena salud de la democracia. Un sistema político debe cuestionarse de manera permanente, desestimar los dogmas en beneficio de la realidad y dar cuenta de sus errores. No hay otra manera de preservar la integridad del individuo soberano y de asegurarlo contra los abusos del poder. La crítica sistemática, la constante vigilancia de las políticas públicas y la rendición de cuentas contribuyen a ir perfeccionando el funcionamiento de las sociedades.

En este sentido, no podemos dejar de reconocer los formidables logros de las democracias liberales en oposición a aquellos regímenes en que la crítica no se puede ejercer: hay mucha más igualdad en la España democrática de nuestros días que en el rancio sistema "revolucionario" perpetuado por Fidel Castro en Cuba. Lo fundamental, en la nación ibérica, no es la figura de Zapatero. Tampoco fue Felipe González un prócer ni Aznar un caudillo. España, sin embargo, ha sufrido una extraordinaria transformación y su importancia económica, cultural y política es cada vez mayor. Por el contrario, Castro es un ídolo en Cuba, un cacique omnipresente, un todopoderoso emperador que fija personalmente el futuro de toda una nación. Nadie puede siquiera intentar caricaturizarlo en un diario ni contradecirlo públicamente; nadie le pide cuentas; nadie lo critica. Y a pesar de lo absurdo del modelo, de esa aberrante preeminencia de un hombre, uno solo, sobre el resto de los mortales de un país entero, hay gente -aquí, en un lugar donde cada quien puede decir lo que le da la gana- que lo defiende. Son los mismos, de seguro, que agachan la cabeza en el PRD, obnubilados por la efigie de un líder que nunca se equivoca y al que ninguno de ellos se atreve a cuestionar.

Román Revueltas Retes
(v.pág.4 del periódico Público del 20 de agosto de 2007).


Una de las características de nuestro sistema político es su mastodóntico inmovilismo, su persistente incapacidad de adaptación.

Román Revueltas Retes
(v.pág.47 del periódico Público del 3 de septiembre de 2007).


No está de más recordar, justamente, que los modelos democráticos son muy vulnerables en tanto que permiten el ejercicio del pensamiento crítico y que otorgan los espacios desde donde se puede, por así decirlo, conspirar contra el propio sistema.

Román Revueltas Retes
(v.pág.4 del periódico Público del 16 de septiembre de 2007).


Toda democracia tiene elecciones, pero no todo país que tiene elecciones es una verdadera democracia.

Nathan Thornburgh
(v.pág.13 de la edición internacional de la revista Time del 11 de octubre de 2007).


Con el pretexto de respetar la "voluntad del pueblo" se han cometido infinidad de estupideces desde que, justamente, las masas comenzaron a tener importancia en la estructura social.

Antes, era diferente. Para empezar, casi no había clases sociales. Por ejemplo, en la Edad Media (que, según parece, no una época tan siniestra como la imaginamos sino que había gente con ideas), estaba el clero -que era muy poderoso- y luego estaban los nobles, propietarios de las tierras y de toda la riqueza posible, y al final estaba la plebe, con perdón, que no tenía aspiraciones y que por ello mismo era razonablemente dichosa a pesar de sus terroríficas miserias.

Ocurre, encima, que el tal "pueblo" se caracteriza por ponerse violento de vez en cuando aunque, hay que reconocerlo, su paciencia es ejemplar en lo que toca a los abusos de los "ricos y poderosos". Digo, ¿quién mató al Comendador -que diga- quién masacró a los agentes de la policía en Tláhuac? Pues, el pueblo. Pero, tan sagrada es la fuerza popular que el alcalde del DeFectuoso en funciones -ya saben quién- no se atrevió a condenar abiertamente la barbarie de la canalla.

Ahora bien, de vez en cuando el "pueblo" ha escenificado también algunos momentos verdaderamente estelares, a pesar de todo. No estuvo nada mal la toma de la Bastilla, por ejemplo. Y el otro día, aquí, en estos pagos, las muchedumbres se soliviantaron y derribaron una estatua de Fox que no tenía por qué haber sido erigida. Bravo. Me estoy volviendo "populista".

Román Revueltas Retes
(v.pág.47 del periódico Público del 15 de octubre de 2007).


La democracia es un modelo sumamente desgastado que ha devenido en regímenes viciados, sostuvo el reconocido filósofo italiano Michelangelo Bovero ayer.

El catedrático de la Universidad de Turín habló de regímenes democráticos que han pasado a ser sistemas viciados, como Estados Unidos e Italia.

Afirmó que las democracias transitan a la autocracia y que, por esta causa, en Latinoamérica "incalculables masas se encuentran recluidas en condiciones miserables de existencia". Criticó la filosofía de poder absoluto que guía las campañas políticas en todo el mundo: "El que gana se lleva todo". Agregó que las minorías y grupos perdedores deben tomar un papel más activo y salir de la "idiotización mediática".

A la par, mencionó que en la última década se ha gestado la antipolítica, a la que definió como la que encabezan los neopopulistas. Como medida que contraataque propuso la información y el raciocinio.

(V.pág.19 del periódico Público del 26 de octubre de 2007).


Las democracias populistas, como bien sabemos en México, tienden a forjar dictaduras perfectas republicanas.

Norberto Alvarez Romo, presidente de Ecometrópolis,A.C.
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 20 de noviembre de 2007).


En general, los datos demuestran que la democracia en los países en desarrollo es un problema. Esto no significa que la democracia no sea deseable, es sólo que no ayuda al crecimiento económico. Según los países se vuelven más ricos, muchos adoptan la democracia. La democracia parece ser lo que los economistas llamarían un artículo de lujo. Su demanda crece con el ingreso.

Xavier Sala-i-Martin, economista de la Universidad de Columbia
(v.pág.41 de la edición internacional de la revista Time del 26 de noviembre de 2007).


Ya en tiempos de los romanos el historiador griego Polibio habló largamente de la "anaciclosis" que los modernos traducen como cambio cíclico de los regímenes de gobierno: la dictadura cae, los nuevos gobernantes se van haciendo dictadores y el pueblo los derroca para que vengan nuevos dictadores...

Jesús Gómez Fregoso, historiador y catedrático de la Universidad de Guadalajara
(v.periódico Público del 14 de diciembre de 2007).


Siglos de historia prehispánica con tlatoanis y emperadores absolutos, 3 siglos de absoluta dependencia en que la corte de Madrid y la Casa de Contratación de Sevilla reglamentaban toda nuestra vida, impedían que, por arte de magia, con la Constitución de 1824, cambiara nuestra vida política: siglos de autoritarismo y de callar y obedecer no eran la mejor preparación para un sistema político copiado de Estados Unidos con una vida política diferentísima a la de nuestros tatarabuelos de nuestros bisabuelos sin la menor idea de la democracia.

Jesús Gómez Fregoso, historiador y catedrático de la Universidad de Guadalajara
(v.pág.22 del periódico Público del 18 de enero de 2008).


Actualmente la vida política está centrada en las instituciones, olvidando la parte esencial de la democracia, que son los ciudadanos.

Los expertos, March y Olsen, expresan que una verdadera democracia debe contar con lo que ellos han descrito como: Una ciudadanía plena. Para estos estudiosos, votar no basta, es necesario avanzar hacia la ciudadanía completa que se da cuando cada individuo tiene la posibilidad y la libertad de elegir con capacidad suficiente para hacerlo, es decir, el ciudadano requiere estar alimentado, tener salud y, claro: educación e información, para que el ciudadano pueda elegir, desde la forma de vida, hasta las maneras como quiere insertarse en el desarrollo social, político y económico, es decir, sea un ciudadano pleno. Y, si tiene lo anterior, se da entonces que esta elección es realizada con toda libertad: No antes. Luego, si estas son las condiciones para una ciudadanía plena, y sin ella no hay verdadera democracia, lo que existe en este país es un preámbulo de ciudadanía, luego, un esbozo de democracia, si bien uno, institucionalmente, muy delineado, aún trazos de lo que deberá ser; camino a transitar lo más pronto y mejor posible, so pena de perder tiempo, ritmo y paso, dando al traste con ésta, tan preciada, oportunidad.

Lourdes Bueno, investigadora de la Universidad de Guadalajara
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 5 de febrero de 2008).


Es verdad que la democracia no resuelve los problemas económicos y sociales. Pero esta democracia mexicana, en la que vimos "transmutar muchos símbolos y hábitos de la sociedad" ha servido, sobre todo, para mantener los desequilibrios sociales. Y eso lo piensa la gente que ve que arriba, muy arriba, y en otros cielos, se decide su vida.

Jorge Medina Viedas
(v.pág.15 del periódico Público del 10 de febrero de 2008).


Buena parte de la militancia perredista sabe de la vida. Por ejemplo, que ésta es condición de la experiencia. Y una de las cosas que han aprendido en su rodaje por los santuarios partidistas y de la política, es que con la democracia se logra poco. Han descubierto, para su sorpresa, que los ciudadanos distribuyen el poder a su antojo.

Pueden haber llegado a conclusiones semejantes, luego de observar que las democracias avanzadas, incluida la inglesa o la francesa, o la sueca o la suiza, tienen un límite: la vida de la gente, en muchos sentidos, termina volviéndose monótona.

De modo que una perspectiva así para su partido y para la sociedad que ellos se imaginan construir, no les llama demasiado la atención. Es por ello que por ahora le dedican poco tiempo a ejercerla. Me refiero a la democracia y a su catálogo de normas jurídicas pero también morales, si se vale.

Jorge Medina Viedas
(v.pág.15 del periódico Público del 16 de marzo de 2008).


Me pregunto qué diría Jesús Reyes Heroles de lo que pasa hoy en nuestra vida pública y qué balance haría de la democracia mexicana. Creo que diría: "Ya está claro que la democracia no arregla nada, salvo lo que arregla la democracia".

Y yo pensaría que tiene razón. La democracia, dice el alcalde de Güemes, sirve para lo que sirve, para lo demás no sirve. Digo esto porque se ha puesto de moda el desencanto con la democracia, la mayor parte del cual es porque se pide de la democracia cosas que la democracia no da: crecimiento económico, empleo, equidad social. La democracia no da eso. Da libertades públicas y competencia política, y es bastante.

Héctor Aguilar Camín
(v.pág.4 del periódico Público del 17 de marzo de 2008).


Los medios de la democracia son pobres ante las estrategias de facto ("desestabilización", "insurrección", "golpe de estado", todas palabras excesivas para describir lo que sucede en México). Pero son los únicos medios que tienen los demócratas.

Son armas débiles en el corto plazo, pero hablan por lo que el país quiere y debe ser: son el futuro. A la minoría que obstruye el congreso debe vencérsele con el ejercicio de las reglas democráticas.

Que las mayorías del congreso no estén dispuestas, por ejemplo, a pedir la fuerza pública para ordenar su casa, es una debilidad democrática de la mayoría: falta de fe en el poder político de la ley, más allá de sus costos inmediatos.

A las mayorías del congreso no les falta valor, les falta convicción democrática. Son parte del mundo que impone la minoría, el mundo de la política dispuesto a negociar por fuera de las reglas de la democracia, porque "la política es así", como la aprendimos todos en la era del PRI.

Efectivamente, buena parte de la política es todavía "así", como la dejó el PRI. Y corregida y mejorada en algunas zonas, la sindical por ejemplo. Pero es la política de la que queremos salir todos, incluso el PRI.

¿Cómo? Mediante el ejercicio de los ingenuos medios democráticos. Por ejemplo: que la mayoría del congreso legisle con su mayoría, ordene su casa, gane el pleito de la opinión pública..

Eso no arregla nada, se dice, porque a la minoría obstruyente la tienen sin cuidado las elecciones y los medios. Bien, pero a los demócratas, no. Los demócratas saben, o deberían saber, que las elecciones llegarán y ahí los votantes ajustarán cuentas con todos, minorías y mayorías.

No hay que engañarse: la fuerza que la minoría exhibe hoy es la que le han dado los electores, no la que les da la calle.

La minoría obstruyente no tiene una fuerza por fuera de lo que ha ganado en la democracia, y que ahora usa contra ella. Su fuerza está en las redes de poder, las clientelas y presupuestos de partidos y gobiernos democráticamente elegidos.

Sin la democracia que la ha encumbrado, esa minoría sería muy poco, porque no es sino la beneficiaria del juego democrático cuya legitimidad objeta y cuyo funcionamiento quiere obstruir.

Héctor Aguilar Camín
(v.pág.4 del periódico Público del 25 de abril de 2008).


El nacionalismo es la cultura de los ignorantes, una entelequia ideológica construida de manera tan obtusa y primaria como el racismo, que hace de la pertenencia a una abstracción colectivista -la nación- el valor supremo y la credencial privilegiada de un individuo. Si hay un continente donde el nacionalismo ha hecho estragos, es América Latina. Esa fue la ideología en que vistieron sus atropellos y exacciones todos los caudillos que nos desangraron en guerras internas y externas, el pretexto que sirvió para dilapidar cuantiosos recursos en armamentos (lo que permitió las grandes corrupciones) y el obstáculo principal para la integración económica y política de los países latinoamericanos.

Flavio Romero de Velasco, licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras y exgobernador de Jalisco
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 10 de mayo de 2008).


Madame de Stael, que fue una de las guillotinadas en la época del terror de la Revolución Francesa, describió muy bien la actitud de los extremistas de izquierda en un ensayo denominado "Del Espíritu de Partido" en el año de 1796: "No oyen, no ven ni comprenden: con 2 o 3 razones hacen frente a todas las objeciones, y cuando han agotado sus argumentos, no saben ya sino recurrir a la represión... prefieren caer arrastrando a sus enemigos, que triunfar con alguno de ellos. Para el espíritu del partido, no hay sino guerra". Su radicalismo político está caracterizado por la intolerancia, el dogmatismo y el fundamentalismo. Ceder terreno significa para ellos claudicar a sus principios.

Flavio Romero de Velasco
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 26 de julio de 2008).


Sostener, a rajatabla, la veracidad axiomática del aforisma clásico "Vox pópuli, vox dei" (la voz del pueblo es la voz de Dios), raya, a veces, en la blasfemia. El perentorio "Crucificadle" de las turbas, en Jesusalén, en alusión al predicador acusado, precisamente, de blasfemia, sería el ejemplo perfecto. ¿Cómo podía sostenerse, en ese y en muchos otros casos en que los hechos dan la razón a Hegel cuando afirmaba que "El pueblo es aquella parte del estado que no sabe lo que quiere" y a Thomas Fuller cuando sostenía que "Las muchedumbres tienen muchas cabezas pero poco cerebro", que detrás del alarido de la plebe inculta, carente de elementos de juicio para pronunciarse acerca de temas trascendentales, puede estar nada menos que la voz de Dios?

Jaime García Elías, periodista y conductor radiofónico
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 30 de julio de 2008).


Una pregunta reiterada desde tiempos inmemoriales, es: ¿De qué me sirve la libertad, cuando mi estómago tiene hambre y mis hijos no tienen lo indispensable para desarrollarse y conformar una familia?

La filosofía y el pragmatismo no necesariamente están peleados, pero no siempre pueden caminar a la par, sobre todo cuando nos falta disciplina, fortaleza y certidumbre para llevar a cabo las tareas que nos corresponden, porque con el pretexto de la libertad podemos argumentar que si queremos trabajamos o estudiamos, y si no, nos dedicamos a grafitear paredes o hacer nada, lo que dará como resultado un delincuente y una sociedad podrida.

La mano dura mostrada por el Gobierno de China es una muestra clara de que no hay unanimidad en cuanto al quehacer político, pero aquí preferimos que nuestra universidad nacional permanezca un año cerrada en manos de delincuentes, o que un puñado de campesinos impidan la construcción de un aeropuerto, después de millones de pesos de inversión en todos los estudios necesarios, ¿ésa será la libertad?

"El famoso tigre asiático ya no duerme, ahora sirve de ejemplo económico, científico, cultural, educativo y disciplina de estado y social", lo que no es poco, ni fácil de emular, pero que seguramente con trabajo y empeño se puede conseguir. Los mexicanos no somos, ni tenemos menos que los chinos, así es que lo único que nos hace falta es un líder como el que ellos han tenido y mantienen fresco en una visión digna de admirarse.

Cuauhtémoc Cisneros Madrid, presidente de Comunicación Cultural, A.C., Asociación de Periodistas de Prensa, Radio y Televisión
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 11 de agosto de 2008).


Tessagy Agetro, el politólogo húngaro de moda hoy en Europa, propone una tesis en su libro más reciente, "Democracia popular" (Editorial Tollelege, Barcelona, marzo 2008), afirma que todo gobierno, aun el más popular, es por esencia aristocrático, pues se basa en la existencia de un pequeño grupo de hombres y mujeres con vocación política y capaces de ejercer autoridad. Esos pocos, añade, suelen tener mucho, ya sea en poder, en dinero o en educación. (En este último rubro la excepción es México). Su posición de privilegio hace nacer para esos "pocos mucho" una responsabilidad: la de gobernar en bien de los "muchos poco", es decir del pueblo, de los sin nombre, de los sin voz, de los sin rostro; ésos que tienen poco de todo: poco poder, poco dinero, poca educación. La buena política es, entonces, la más alta forma de altruismo. Se opone a la mala política -o politiquería- que es egoísmo pedestre, bajuna forma de medro personal. El político que no piensa en los demás es, por lo tanto, un mal político. La democracia, moderna forma de la aristocracia, debe ser entonces popular, es decir tendiente al bien del pueblo, no populista, que es sometimiento del pueblo por medio de la adulación.

Armando Fuentes Aguirre "Catón"
(v.periódico El Siglo de Durango del 16 de octubre de 2008).


El puesto más alto en una democracia no es el de presidente, sino el de ciudadano.

Juez Louis Brandeis
(v.pág.4 de la edición internacional de la revista Time del 17 de noviembre de 2008).


El 61% de los mexicanos encuestados contestó que "no le importaría que un gobierno no democrático llegara al poder si pudiera resolver los problemas económicos". En cambio en Venezuela y Bolivia "países con agudos problemas sociales y políticos" sólo 39% de los encuestados contestaron lo mismo, según el Informe Latinobarómetro 2008 publicado hace unos cuantos días. Para pensar en la calidad de nuestra democracia.

Samuel García
(v.pág.36 del periódico Público del 5 de diciembre de 2008).


Leí el más reciente libro de Edmundo González Llaca. En él nos habla del perfil que debe tener el ciudadano en una democracia. Ha ser racional, tolerante, abierto al diálogo, participativo. Y añade Edmundo otras 2 notas que no suelen citarse en otros retratos semejantes. El buen ciudadano debe tener fraternidad, "un sentimiento personal que le otorga a la democracia no únicamente un carácter humanista, sino una superioridad moral, que es un patrimonio de toda la sociedad". Pero además el ciudadano integral ha de saber reír. El sentido del humor, dice González Llaca, "democratiza los asuntos públicos porque los hace comprensibles, interesantes... Da ligereza, colabora a la tolerancia... atempera las relaciones y obliga a revisar con alegría todo aquello que nos separa y nos divide... Motiva a la autocrítica, tan necesaria en la democracia... Promueve la racionalidad y la calidad del debate democrático... Va contra la descalificación burda, la ofensa simple... Nos demuestra que la vida es más grande que los sistemas políticos, que hay otros valores humanos que son los que deben imperar: la espontaneidad, la cortesía, la fraternidad, la seducción, la alegría; la aventura mágica de las relaciones humanas... Es el mejor antídoto contra la pasividad, el dogmatismo la intolerancia y la tontería... Fomentemos el verdadero sentido del humor, aquel que, según Dickens, estimula la risa, pero también la introspección y, sobre todo, la piedad, la ternura y la compasión a favor de los que sufren...". Palabras bien sentidas y bien dichas éstas de González Llaca.

Armando Fuentes Aguirre "Catón"
(v.periódico El Siglo de Durango del 8 de enero de 2009).


La idea de la democracia, dentro de un esquema republicano, es que todos puedan votar y ser votados; porque existen las ideas de la libertad e igualdad, una conciencia colectiva en torno a que lo más importante son los intereses de la república, y que la lucha por la representación es en el sentido de quién puede ser el mejor para resolver las necesidades o problemas sociales.

Por lo anterior, la elección de los gobernantes o de quienes serán los administradores del estado, se realiza en el entendido de que el bien supremo es la república, el estado o la nación, ya que las personas, grupos, clases o partidos políticos, son agrupaciones o segmentos del todo; entonces, cuando los gobernantes realizan sus funciones, es hacia el bienestar general o para que la república, o todos, encuentren un bien común o justicia social.

José de Jesús Covarrubias Dueñas
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 4 de marzo de 2009).


Los mexicanos hemos inventado un recurso para usarlo cuando una elección se torna peligrosa. Ese recurso se llama "caída del sistema". Lo acaba de usar el PRD, aunque en su caso el recurso no se llama "deus ex máchina": se llama sencillamente "cochinero". Yo tengo una tesis de política. Las derechas manejan muy bien la teoría, y fracasan en el terreno de la práctica. Las izquierdas, en cambio, son pragmáticas, y las teorías les importan una pura y celestila ingada, si me es permitida esa ática expresión. En general -no siempre- las derechas buscan aplicar principios éticos a la política, y muchas veces chocan frontalmente con una realidad en que la axiología no tiene cabida, siendo que debería tener cabida en todo. Las izquierdas, en cambio, actúan con absoluto pragmatismo. Para ellas el fin justifica los medios, y no vacilan en aplicar ninguno que los ayude a conseguir el poder, y a mantenerlo. La tesis que propongo explicaría las fallas que ha demostrado el PAN en el ejercicio del poder, por su falta de práctica, y explicaría también la ausencia de ética y legalidad en algunas acciones del PRD, por su despego de nociones teóricas pertenecientes al campo de los valores.

Armando Fuentes Aguirre "Catón"
(v.periódico El Siglo de Durango del 19 de marzo de 2009).


He estado viendo unos spots en la televisión, en que varios ciudadanos del pueblo piden a la gente que le "piense a fondo" y vote.

En principio la idea de que la democracia crezca es excelente, pero es ingenuo pensar que una persona, que mal sabe leer y escribir, que no se interesa por la política ni sabe nada de ésta, pueda, después de "pensar a fondo", salir con una buena decisión para ejercer su voto.

Para poder esperar de una persona sin preparación un voto inteligente se necesita educación, y que dicha persona se interese por la política. La gente en México no lee.

En ese sentido, la democracia en cualquier país es un absurdo.

Eduardo Palomar Lever
(v.pág.10 "Cartas del lector" del periódico Mural del 9 de abril de 2009).


La democracia es el sistema político que institucionaliza la desconfianza en los líderes y la vigilancia sobre ellos por distintos medios.

Fernando Savater
(Diccionario del ciudadano sin miedo a saber, Ariel, 2007).


Acabo de leer 2 textos de José Saramago, premio Nobel de Literatura, sobre la formación de los jóvenes, en donde llama la atención a las universidades, a ver si quieren, a ver si pueden contribuir a la reinvención de la democracia.

Los textos se pueden leer completos en su blog "El cuaderno de Saramago" ("Formación 1 y 2"), pero me impactó sobre todo una frase que aquí presento: "Lo que llamamos democracia comienza a parecerse tristemente al paño solemne que cubre el féretro donde ya está descomponiéndose el cadáver. Reinventemos, pues, la democracia, antes de que sea demasiado tarde". El escritor portugués, como en "Ensayo sobre la lucidez", no se refiere a una ciudad o a un país. Queda claro que la descomposición de la democracia es mundial.

Pero al escribir "reinventemos" se incluye como responsable, y de manera tácita le concede lo que es para muchos un consenso: la forma de gobierno más viable.

Y dijo reinventar, no resucitar. Habría que agregar la ceremonia del entierro de lo que concebimos hasta hoy como democracia, por obra y gracia de una clase política que no ha hecho otra cosa que acabar con ella, desconocerla, adulterarla, prostituirla, manosearla, manipularla, desgastarla, carcomerla.

Laura Castro Golarte
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 27 de junio de 2009).


Lo razonado se enfatiza a manera de una invitación al aire pues sea o no sea razonado, el voto, la marca en la boleta, cuenta igual si es razonado por el emisor ciudadano o es mera intuición, volado o a dónde caiga a la mera hora. Es un poco inútil exhortar al voto razonado pues el voto irracional o impensado cuenta igual: un voto. Sin embargo, parece una obligación moral de los partidos políticos insistirle al ciudadano que piense bien lo qué va a hacer con su voto, pues el triunfador gana el poder y quien tiene poder inicia proyectos, toma decisiones y gobierna a todos. Lo que no dicen a la hora de la invitación es que votar, de manera razonada o no, equivale en los hechos a dar un cheque en blanco al ganador.

Miguel Bazdresch Parada
(v.pág.15 del periódico Público del 28 de junio de 2009).


Saramago es uno de los autores más críticos de la situación actual de la democracia, y es sobre todo una de las voces más controvertidas en estos momentos.

Durante una dentrevista, le dijo a Jorge Halperín: "Todo se discute en este mundo, excepto una cosa: no se discute la democracia. Porque parece que se parte del principio de que la democracia está ahí, y por tanto no vale la pena reflexionar sobre esto. Y yo creo que hoy se está necesitando un debate mundial sobre democracia, y quizá si lo hiciéramos nos daríamos cuenta de que esto que estamos viviendo y que llamamos democracia, no lo es".

Sí, es cierto que uno de los temas fundamentales que nos ocupa como sociedad es la discusión de la democracia. Tal vez, la novela más importante de Saramago sobre este tema es precisamente Ensayo sobre la lucidez, en la cual se habla de un país en el que la gente decide ir a votar para anular su boleta. Cuando el gobierno se percata de que el 70% de los votos están en blanco, decide convocar a nuevas elecciones. Sin embargo, los nuevos resultados son más alarmantes, pues ahora el 80% de los electores decidió anular su voto.

Ante esta situación, el gobierno entonces decide sitiar la ciudad e investigar la causa de estos resultados. "¿Se trata de una conjura internacional, de un grupo de anarquistas?", se preguntan los gobernantes. La primera medida consiste en imponer un estado de sitio para investigar este hecho tan insólito. Pero más adelante, el gabinete decide que el gobierno se retire junto con el ejército y la policía a otra ciudad.

Cuando esta novela apareció, muchos críticos la calificaron de "inquietante" porque sin duda es una crítica sumamente desencantada acerca de las democracias actuales. Como el propio autor lo manifestó en una entrevista en la que explicó lo que ocurrió en su novela: "la gente perdió la paciencia. Elecciones, elecciones y elecciones... y nada cambia. Ahora está la paradoja de gobiernos de izquierda que hacen política de derecha".

Sin duda, mucho de lo que dice Saramago es muy cierto. Por ejemplo, cuando presentó su novela, dijo con cierta tristeza: "Podemos quitar a un gobierno y poner a otro en su lugar, pero no podemos hacer otra cosa... El poder real está en otro lado. Fundamentalmente, en el poder económico, que como todos sabemos no es democrático".

A diferencia de la novela de Saramago, los políticos no se irán de la ciudad si reciben muchos votos nulos. Por el contrario, los votos nulos no podrán modificar la relación de fuerzas en el congreso.

Guadalupe Loaeza
(v.pág.5 del periódico Mural del 2 de julio de 2009).


En una república el talento es siempre sospechoso. Un hombre logra allí únicamente un gran puesto cuando su mediocridad le impide ser una amenaza para los demás. Y por esta razón una democracia no es nunca gobernada por los más competentes, sino por aquellos cuya insignificancia no puede despertar recelos en nadie. ¿Sabéis cuál es el cáncer de la democracia? Es la envidia y el miedo. Esos pequeños oficinistas tienen miedo de cualquiera de sus iguales, y antes que consentir en que uno de ellos gane reputación le impedirán tomar una medida de la cual pueda depender la salvación o la prosperidad del estado; y tienen miedo porque saben que en torno suyo no hay más que hombres que no se detendrían ni en la calumnia ni en la intriga para ponerles trabas a ellos mismos. ¿El resultado? El resultado es que se encuentran siempre más temerosos de hacer el mal que celosos de hacer el bien. Dice el refrán que los perros no comen perros; el que inventó este dicho no había vivido bajo un gobierno democrático.

Un príncipe tiene en cambio libertad para escoger a los hombres que han de rodearle con arreglo a su capacidad. No tiene que dar un puesto a un incapaz únicamente porque necesita de su influencia o porque tiene detrás un partido cuyos servicios han de pagarse. No tiene que temer a rivales porque está por encima de toda rivalidad; por esto en lugar de favorecerle la mediocridad, médula y ruina de la democracia, buscará talento, energía, iniciativa e inteligencia.

W.Somerset Maugham
("Entonces y ahora").


Hay una relación estrechísima entre la democracia y el libre mercado. El consumidor exigente y el votante juicioso van de la mano. Ambos tienen no sólo plena conciencia de sus derechos sino que están dispuestos a defenderlos en todo tiempo y en todo lugar. El ciudadano de las sociedades industriales avanzadas es, de tal manera, un individuo con prerrogativas extendidas que abarcan desde la facultad de decidir qué compra -y dónde lo compra- hasta la potestad soberana de nombrar a sus gobernantes. Estamos hablando de una persona que tiene la posibilidad de elegir: prefiere algunos productos y descarta otros, otorga un voto de confianza a una agrupación política y castiga a la que no le ha dado los resultados que esperaba, contrata servicios por un tiempo determinado y los cancela si ya no los necesita, etc. Cada una de estas acciones significa un saludable ejercicio de libertad en un entorno de feroz competencia: mercaderes y políticos buscan afanosamente los favores de un votante-consumidor que se deja cortejar. No es, tal vez, el mejor de los mundos, pero es el menos malo de los modelos.

No debe de extrañarnos, por lo tanto, que en los países avasallados por regímenes autoritarios o poco democráticos el ciudadano sea también un consumidor con facultades muy limitadas. La ficción colectivista, al decretar la extinción del lucro y la propiedad privada, restringió tajantemente los derechos del comprador, por no hablar de sus prerrogativas en el ámbito de la política: el estado, autoridad suprema, determinaría qué bienes y servicios debía consumir el individuo y, naturalmente, no le iba a otorgar siquiera la posibilidad de elegir a sus representantes en el gobierno. Se cerraba así un círculo de aplastantes restricciones a la soberanía individual justificado, oficialmente, por la imperiosa necesidad de sacrificar los impulsos de la persona -necesariamente espurios en tanto que perseguían un beneficio particular- en el altar del bienestar colectivo. Al final, todos se empobrecieron radicalmente excepto aquellos que frecuentaban los altos círculos del poder político: nunca, señoras y señores, han debido las elites de ningún sistema afrontar las penurias cotidianas del ciudadano de a pie.

Román Revueltas Retes
(v.pág.4 del periódico Público del 18 de octubre de 2009).


La transformación de los sistemas políticos no sólo depende de causas exteriores, depende más de las interiores y el estado social debe lograr su transformación por medio de un pueblo culto, que es un pueblo libre; un pueblo salvaje es un pueblo esclavo y un pueblo instruido a la ligera (a paso de carga) es ingobernable.

José de Jesús Covarrubias Dueñas
(v.pág.18-A del periódico El Informador del 23 de noviembre de 2009).


En medio de una crisis política que amenazaba con salirse de madre, llegamos, en 1996, a las reformas que crearon las instituciones democráticas llamadas de tercer generación y que permitieron el tránsito pacífico de este país a la democracia. Hoy esas instituciones viven serios problemas de credibilidad.

En el libro México, una democracia vulnerada, Alberto Aziz Nassif y Jorge Alonso Sánchez revisan de manera exhaustiva y puntual dos temas: por qué las democracias en todo el mundo están entrando a una crisis de credibilidad, y por lo tanto de operatividad, y qué pasó en la elección de 2006 separando, con la luz que da la distancia temporal, el trigo de la paja.

A diferencia del planteamiento de los 70 y 80 hoy en día ya no se puede hablar de democracia sin adjetivarla, o al menos darle contenido. Qué sentido tiene una democracia sin justicia, una democracia que excluye, que no genera igualdad de oportunidades y por lo mismo de capacidades de decisión. Los mexicanos llegamos tarde a la fiesta de la democracia. No llegamos siquiera a la borrachera del fin de la fiesta, sino a la cruda del día siguiente. Fue tan larga la batalla que no entendimos que la democracia no era un fin en sí mismo, un mecanismo de acceso civilizado al poder (que Aziz y Alonso resumen en una frase: "pasamos de un sistema de partido hegemónico a un sistema hegemónico de partidos") sino un medio para generar mejores condiciones de vida.

Como cada sexenio otra vez estamos a punto de entrar a una reforma política en la que los partidos van a discutir, una vez más, las reglas de acceso al poder, pero no está en la agenda ni el proyecto de país, ni la discusión central de qué democracia queremos y necesitamos, con qué adjetivos, matices y énfasis, para su construcción.

Diego Petersen Farah
(v.pág.3 del periódico Público del 4 de diciembre de 2009).


El apoyo a la democracia en el país disminuyó 9 puntos en 2009, comparado con el promedio de respaldo en el periodo de 1995 a la fecha, que fue de 51%, según el estudio de opinión pública que anualmente elabora la Corporación Latinbarómetro.

El apoyo de los mexicanos al sistema democrático fue de 54% en 2006, 48% en 2007 y 43% en 2008.

(V.pág.21-A del periódico El Informador del 12 de diciembre de 2009).


México es un país del continente Americano que cuenta con 105 millones de habitantes y 20 millones más en Estados Unidos y los cuales se componen de 80% de mestizos, 10% indígenas puros y 10% de criollos. El resto de los países en Latinoamérica se componen casi en porcentajes iguales y varios de ellos sufren actualmente de gobernantes mal llamados de izquierda y seudo demócratas, como son: Nicaragua, Bolivia, Argentina, Ecuador, Paraguay, Venezuela y ahora también Uruguay y que están llevando a sus naciones rápida o paulatinamente al caos y la anarquía. Estos gobernantes, como Evo, Kirchner, Chávez, Correa, Ortega, etc., han obtenido elecciones mayoritarias basadas en los votos de las chusmas o nacos (gente soez, improductivas sin cualidades intelectuales y morales y fáciles de manipular y engañar) y que ya en estos países y en México suman más de 50% de los electores.

Bien decía Montesquieu uno de los padres de la democracia junto con Diderot, Rousseau, Voltaire, Locke y Newton en sus libros de la Ilustración en 1770 que había que otorgar el voto a los ciudadanos de un país para elegir a los gobernantes que les convenía, pero no permitir que las chusmas o nacos lo hicieran pues estas gentes sin ser 100% culpables de su status social propiciaban las llegadas al poder de individuos que los habían manipulado y engañado y que lograban a través de sus votos convertirse en dictadores despóticos, que sin leyes que los controlen y de acuerdo sólo a su voluntad y caprichos gobiernan a una nación sumisa gracias a que usan el principio del miedo para regir.

Para el 2012 este es el caso de Andrés Manuel López Obrador en México, quien aprovechando el desastre provocado por la estupidez e ineptitud del PAN, en materia económica, educacional y de seguridad entre otras, y secundado por el PRI y PVEM, ve la puerta abierta para que engañado y manipulado como él sabe hacerlo a los 40 millones de nacos que votan en México, logre por fin su ambición de ser presidente y provocar con eso, la anarquía, el caos y la quiebra (ahora sí) final de este país, pues él y sus compinches van a ser cien veces peores que el PRI, PAN y PVEM juntos.

Juan Lions Posada
(v.pág.18 "correo" del periódico Público del 18 de diciembre de 2009).


En el Museo Regional de Guadalajara se llevaría a cabo el foro ¿Qué le falta a la reforma política (palabras tachadas) democracia?, donde diversas asociaciones (principalmente del movimiento del voto nulo) y teóricos emitieron sus opiniones sobre la reforma política planteada por el presidente de la república, Felipe Calderón. La justificación de la reforma es darle mayor poder a los ciudadanos en las decisiones del gobierno, tesis cuestionada, pues ayer se vaticinó que sólo servirá para afianzar el poder de los partidos y mermar la participación ciudadana.

Entre los ponentes se encontraba el académico Jorge Ceja Martínez, quien cuestionó la utilización de la palabra democracia para referirse al sistema de gobierno mexicano: "Así como el socialismo que existe no es socialismo, la democracia que existe no es democracia", dijo al citar a un autor inaudible para los espectadores de hasta atrás de la capilla.

Una conclusión provino de la historiadora Elisa Cárdenas Ayala, quien convino con otros en que el concepto de la democracia no es obsoleto, "pero no tenemos otro" (en referencia al régimen político mexicano que acaso usurpa ese nombre). Ella depositó sus esperanzas en que algún gran pensador futuro genere un concepto nuevo: la "algocracia", que no descartó que emerja de las masas.

(V.pág.10 del periódico Público del 18 de diciembre de 2010).


La discusión sobre la reforma institucional que ha sido objeto de debates, artículos, de iniciativas, desplegados y uno que otro despistado deslinde empieza a centrarse en puntos esenciales: reelección, referéndum, segunda vuelta y candidaturas independientes. Pero a partir de la llamada iniciativa Peña Nieto empieza el debate sobre lo deseable o no de mayorías presidenciales en el congreso. Propongo 3 tesis inevitables.

1a. Escoger entre un congreso fiel reflejo del sentir político nacional o uno donde se generen mayorías entre 3 fuerzas, como es el nuestro, es una disyuntiva polar: o se quieren mayorías o se quiere fiel representación proporcional. Ambas tienen ventajas e inconvenientes. La proporcionalidad perfecta como proponen el PRD y algunos analistas, inspirada en el modelo alemán, parece más democrática y sí permite la plena expresión de las minorías. Su desventaja es, como lo vemos en México, la parálisis. La generación de mayorías tiene la ventaja de la gobernabilidad y da al presidente una mayoría al menos 3 años para poner en práctica su programa. Su inconveniente radica en la sobrerrepresentación, que puede ser excesiva y con el riesgo de borrar minorías. Hay que optar: he optado por el sistema mayoritario desde mi libro Somos Muchos en 2004, y en particular en el ensayo con Aguilar Camín que publicamos en Nexos. Las posturas no son conciliables, se pueden atemperar pero no compatibilizar.

2a. Ni la proporcionalidad perfecta ni el sistema mayoritario son válidos para todos los países todo el tiempo. Depende de cada país en cada coyuntura. En Alemania la proporcionalidad perfecta ha funcionado porque ha existido un amplio consenso a lo largo de estos 5 años entre los principales partidos. En Francia, en los 80 cuando Mitterrand la restableció, no dio resultados. Para México hoy me parece preferible el sistema mayoritario, eso no quiere decir que sea permanentemente idóneo, ni para este país ni para otros. La razón es que el país requiere de capacidad de decisión. Las mayorías se pueden lograr mediante segunda vuelta en las elecciones legislativas o eliminando el candado de sobrerrepresentación y/o restableciendo la cláusula de gobernabilidad o alineando las elecciones legislativas con las presidenciales -propuestas ya adelantas por Aguilar Camín y por mí. Todas tienen ventajas y desventajas. Todas logran más o menos el mismo objetivo.

3a. Es la más importante y consiste en ubicar el momento del país. No comparto con quienes argumentan que ya tuvimos un sistema mayoritario bajo el PRI. Nunca existió un sistema mayoritario democrático, sí existió un sistema autoritario con mayorías automáticas e impuestas, y que nada tiene que ver con lo que se propone ahora. Otros argumentan que ya existe ese sistema mayoritario en los estados. También es falso. Si tomamos el caso del PRI, es cierto que en 12 de los estados donde gobierna posee mayoría absoluta en la legislatura local. Pero esas legislaturas carecen por completo del famoso "power of the purse": no recaudan ni asignan presupuesto. El dinero sustantivo viene todo del centro; y lo que no viene programado, los gobernadores lo reparten a su antojo. De tal suerte que ese sistema tampoco equivale a una democracia de mayorías donde el congreso tiene dientes y poder.

Si México nunca ha vivido un sistema mayoritario democrático, tampoco jamás ha necesitado tanto de reformas económicas, sociales, culturales, políticas, educativas y de seguridad de la envergadura como las que se requieren hoy. El país tiene un gran futuro sólo con reformas de gran calado. Por eso, hoy en día, se necesita un sistema que dé al Presidente la posibilidad de aplicar el programa por el cual fue electo, y que puede ser rectificado en elecciones de medio periodo si así quieren los ciudadanos. Entiendo la preferencia de otros por el empate tripartidista. No entiendo a quienes buscan conciliar ambos sistemas, ni a quienes evitan escoger entre ellos.

Jorge G.Castañeda
(v.pág.6 del periódico Mural del 25 de marzo de 2010).


No puede haber una real laicidad sin una democracia constitucional y una democracia, para ser tal de manera cabal, requiere ser laica.

Roberto J.Blancarte
(El Estado Laico).


La democracia es un sistema que permite a la gente elegir a sus propios sinvergüenzas.

Doug Larson


Reyes de tribus africanas, cada uno con su indumentaria fantástica. La mayoría ejercía un poder simbólico y religioso, pero no político. En algunos casos su salud y fertilidad representaban la salud y fertilidad del pueblo y la tierra y, por lo mismo, lo despachaban de un machetazo apenas se enfermaba o envejecía, a menos que tuviera la delicadeza de suicidarse. En cierta tribu el rey sólo duraba siete años en el trono; luego lo enviaban a mejor vida y su sucesor se comía su hígado.

[¿Y presumimos de estar más adelantados que los africanos? - pregunta el webmaster.]

Isabel Allende
("La suma de los días". Ed.Random House Mondadori, S.A.de C.V. México 2010).


Sólo hay democracia si gano.

Máxima política mexicana.


Como están las cosas en el país, la tentación de centralizar todo y controlar a los niveles bajos de gobiernos es enorme, pero poco factible.

El pecado original están en el diseño institucional. Hicimos una arquitectura maravillosa, a imagen y semejanza del que era en ese momento el país más moderno del mundo, Estados Unidos de América, en una tradición centralista monárquica de la Nueva España. El federalismo mexicano ha sido más una buena intención que una realidad. Las 2 etapas de estabilidad en el país, el Porfiriato y el desarrollo estabilizador posrevolucionario fueron tiempos en los que se fortaleció un gobierno central y se aniquilaron las instituciones estatales. En su mejores épocas, Díaz tenía virreyes, y Carlos Salinas, el último emperador, quitó en su sexenio a 10 gobernadores "electos".

El otro gran tema es qué hacer con el municipio. El censo de 2010 nos dirá con claridad qué está pasando, pero podemos apostar que entre 80% y 90% están en franco decrecimiento poblacional y no tienen futuro económico. Los que están creciendo están en zonas metropolitanas en las que la figura del municipio es un estorbo para el desarrollo. Tenemos pues municipios pobres y despoblados, o sobrepoblados e incapaces financiera y estructuralmente de dar soluciones a las necesidades de una gran ciudad.

Lo que es incontrovertible es que el diseño institucional que tenemos no está funcionando. El gobierno federal no tiene capacidad de proponer una visión de país en estados que van por su hebra, y los municipios tienen todas las atribuciones, desde la seguridad hasta el desarrollo, pero ninguna capacidad de ejercerla.

Hacer 32 policías estatales en lugar de 3,000 municipales, concentrar la organización de las elecciones o construir estructuras administrativas metropolitanas no va a resolver el problema de fondo. O hacemos una verdadera reforma hacia un país central, lo que a estas alturas del partido es imposible, o hacemos una reforma a nuestro sistema federal para reconstruir el país desde los municipios. Esto implica rehacer el mapa municipal, reducir el número de municipios y darles las atribuciones y la fuerza para generar sus propios recursos para operar la seguridad, la educación, el desarrollo económico.

Diego Petersen Farah
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 3 de julio de 2010).


Bajo ninguna tiranía desearía vivir, pero puestos a escoger detestaría menos la de uno solo que la de muchos: un déspota tiene siempre algún momento bueno; una asamblea de déspotas no lo tiene jamás.

François-Marie Arouet Voltaire


La democracia es un mecanismo que regula el acceso al poder (es fuente de legitimidad) y el ejercicio del poder (es fuente de legalidad), pero que no resuelve otros problemas que también son importantes, entre ellos la equidad social, la seguridad pública y el crecimiento económico.

Carlos Tello Díaz
(v.pág.22 del periódico Público del 16 de julio de 2010).


No sólo no sabemos bien cómo funciona la democracia, sino que sabemos muy bien cómo hacer que no funcione.

Flavio Romero de Velasco
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 24 de julio de 2010).


La democracia no será alcanzada hasta que cada mexicano capaz de votar se presente libre, desprendido, educado e informado a las urnas y elija entre sus iguales quién lo gobernará.

Juan María Naveja Diebold
(v.pág.17 del periódico Público del 17 de septiembre de 2010).


El siglo XIX vio surgir repúblicas sin republicanos, vio emerger logrados textos constitucionales que se inspiraron en las luchas independentistas de Estados Unidos y de Francia, pero que no se tradujeron en instituciones capaces de asegurar los derechos enunciados. Y, la voz de quienes desde el pueblo respondieron al llamado a gritos de independencia, no fue recogida por quienes gobernaron las primeras naciones independientes.

Las ideas emancipadoras de la revolución de la Unión Americana y de la Revolución Francesa, influenciaron las ideas independentistas de esta nuestra América. Empero, estas primeras independencias registradas en la memoria latinoamericana fueron copadas por criollos ilustrados que luego se convertirían en elites dirigentes.

Jaime Preciado Coronado
(v.pág.17 del periódico Público del 17 de septiembre de 2010).


Luego de 2 siglos, algo menos, de vida republicana, México es un país formalmente democrático: se celebran elecciones libres, hay alternancia en el poder, 3 distintos partidos políticos gobiernan en diferentes puntos del territorio, etc., etc. Pero esta realidad no contenta a los mexicanos: para muchos de ellos, la democracia es un asunto vagamente menor y no significa, como uno pudiera esperar, una condición irrenunciable para el ejercicio de la vida pública. Es más, un número significativo de personas se acomoda perfectamente a la idea de un régimen autoritario. Con tal de que se resuelvan los problemas, esto es. Pareciera, justamente, que el actual sistema no sirve para arreglar las cosas y de ahí a desear que la varita mágica del totalitarismo se encargue de ponerlo todo en orden no hay más que un paso.

No le falta razón a quienes cuestionan la colosal ineficacia del aparato político. Lo primero que podemos constatar, aquí en México, es que nuestra democracia no ha servido para generar bienes públicos: no propicia un buen crecimiento económico, no garantiza servicios adecuados y derechos efectivos a los ciudadanos de a pie y, peor aún, no asegura siquiera que los mexicanos tengamos seguridad y justicia. En términos prácticos, no funciona. No sirve. ¿Para qué la queremos?

No es menor el riesgo que entraña esta apreciación. Porque, una vez que se desconoce el valor supremo de los principios democráticos, entonces se abre la puerta para que el caudillo déspota se cuele y ponga las patas en la mesa. La tentación autoritaria está siempre ahí y, en el mundo real, la comparten tanto Berlusconi como Chávez, Evo Morales, el tenebroso líder de Irán y la pareja presidencial argentina, por no hablar de los auténticos dictadores de Cuba y Corea del Norte.

¿Qué queremos, un Inegi a modo que maquille los resultados de la inflación, una abierta persecución del poder para acallar las voces opositoras, un banco central al servicio del señor presidente, una nueva casta de politicastros impunes protegidos por el jefe máximo, un mandatario que no le rinda cuentas a nadie y se ponga a dilapidar criminalmente los recursos de la nación en armamento inútil, un congreso avasallado por la figura presidencial donde se apruebe al vapor cualquier ocurrencia del mandamás, una prensa obsequiosa que no informe y que no critique...? Todo esto ocurre, en mayor o menor grado, donde se han eliminado las trabas y los candados que el sistema democrático impone a la actuación de los gobernantes. El problema es que, en México, esas limitaciones se han convertido en un recurso instantáneo a disposición de los opositores para practicar el más descarnado obstruccionismo. Y así, casi nadie puede hacer lo que quisiera hacer: a Ebrard le hacen falta 12,000 millones de pesos para dar el mantenimiento que necesita la capital: pues, la federación le suelta 4,000 y muchas gracias. Hacienda requiere de impuestos para solventar la crónica estrechez de las finanzas públicas: el PRI responde con la amenaza de recortar el IVA. No hablemos ya de una auténtica reforma fiscal o laboral o energética. El signo de la democracia mexicana es un NO gigantesco. ¿Policía nacional? No. ¿IVA universal reducido a 10%? No. ¿Rediseño institucional? No. ¿Inversión privada en Pemex? No. ¿Aeropuerto en Atenco? No. ¿Presa en La Parota? No. ¿Tratado de Libre Comercio de América del Norte? Bueno, lo acordó Salinas, cuando todavía se podían hacer trasformaciones de fondo en este país. Hoy, sería punto menos que imposible.

Estamos hablando, justamente, del gran reto de la democracia mexicana: preservar, como sistema, los valores de la sociedad abierta y, al mismo tiempo, lograr la generación de bienes públicos. Hasta ahora, somos formalmente democráticos pero el sistema no nos resulta beneficioso a los ciudadanos. Esta disyuntiva, creo yo, es el problema más grave que afronta México de cara al futuro.

Román Revueltas Retes
(v.pág.4 del periódico Público del 26 de septiembre de 2010).


La característica fundamental de nuestro sistema político es un presidente de la república dotado de facultades y de recursos ilimitados. Este hecho lo convierte fatalmente en el gran dispensadores de bienes y favores y aun de milagros. Y claro, que quien da sin recibir nada a cambio, tiene que ser aplaudido sin reserva, pues la crítica y las mentadas sólo pueden y deben recaer en quien quita en lugar de dar.

Flavio Romero de Velasco
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 23 de octubre de 2010).


Sobre la democracia en México hay también abundante material, investigaciones y sesudos análisis que, sin embargo, no me han servido para entender qué clase de democracia es la de nuestro país. La hemos adjetivado de muchas formas: democracia inacabada, naciente, incipiente, inmadura, incompleta, en transición... en fin, pero la verdad es que no la encuentro. Porque no se puede decir que somos democráticos solamente porque después de décadas celebramos comicios en los que la gente sale a votar y se respeta el sufragio.

No la encuentro cuando nos enteramos de que los legisladores se ponen de acuerdo bajo la mesa luego de la suscripción de pactos que no tienen nada qué ver con los mexicanos a quienes representan; o en los estados, ejemplos como el de Jalisco son muestra de que la democracia está torcida. ¿Para qué los miles de millones de pesos que engordan los presupuestos de los órganos electorales cuyos consejeros, invariablemente, porque así están diseñadas las leyes, son elegidos por los partidos a través de sus diputados? ¿Para qué el rimbombante discurso que alienta el fortalecimiento de las instituciones? ¿Cuál representación popular? ¿En dónde está la defensa de los intereses ciudadanos que dicen encabezar alcaldes, gobernadores, el presidente y todos los legisladores, locales y federales?

No encuentro la democracia en México, no en la actitud, ni en la conducta y, por ende, tampoco en las decisiones. ¿En dónde están las acciones democráticas, entendidas como incluyentes, generosas, solidarias y equitativas, transparentes y ciertas?

Laura Castro Golarte
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 4 de diciembre de 2010).


Si uno sigue a Habermas todo estado democrático de derecho depende de su legitimidad y ésta no se puede fundamentar únicamente en la pura legalidad. Un estado democrático no puede esperar la obediencia ciega e incondicional porque no está conformado por súbditos sino por ciudadanos. Para Habermas, los actos de desobediencia civil son propios (y necesarios) de una sociedad democrática y son instrumentos correctores e innovadores en una democracia y pueden dar paso a leyes más justas.

Antulio Sánchez
(v.pág.40 del periódico Público del 14 de enero de 2011).


Lo que antes se llamaba pueblo, simple y llanamente, de repente, sin dejar de ser exactamente lo mismo, pasó a denominarse "sociedad civil". El resultado fue que, para algunos, acceder a esa denominación, sin mérito ni culpa de su parte, fue como haber recibido una transfusión de sangre azul. Los ayer plebeyos, venidos a más merced a su nueva etiqueta, asumieron, ipso facto, un protagonismo similar al que permitió a la canalla, en Francia, en 1789, derrocar a la monarquía, decapitar a los nobles e instaurar la República... El fenómeno, en dimensiones más modestas, se sigue reeditando en todo el mundo. México, con episodios como el de los comuneros de San Salvador Atenco que blandieron los machetes y frustraron el proyecto gubernamental de construir un nuevo aeropuerto para la capital del país..., y hasta Guadalajara, donde los vecinos sabotearon -valga el vocablo, a beneficio de inventario- la idea de construir un túnel por la avenida Vallarta, bajo la Glorieta Minerva, valen como botones de muestra.

El tema dio pie, la semana pasada, en el diario madrileño "El País", a un debate "sobre la radicalización del debate político en el mundo". En la medida en que el fenómeno de que el genio que alguien liberó se niega a volver a la lámpara, tiende, al parecer, a generalizarse, quizá sea válido el retrato hablado que el catedrático universitario José Ignacio Torreblanca hace de esas conductas: "Una política vociferante, reducida a eslóganes ("¡El pueblo / unido / jamás será vencido...!", vgr.), huérfana de argumentos y donde ni hechos ni datos cuentan, o bien son manipulados impunemente". Belén Barreiro, de la Fundación Alternativas, acrecienta: "La crispación es una estrategia que consiste en la escenificación diaria del desacuerdo político (...). No se trata de oponerse a todo, sino de elegir aquellos asuntos en los que el choque frontal permita debilitar al adversario". Por su parte, Ignacio Urquizu, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, advierte que "la dureza de los argumentos puede ser tal elevada, que algún perturbado se puede sentir legitimado para cometer una barbaridad" (magnicidios, atentados como los de las Torres Gemelas), y concluye que esas expresiones de fuerza, perpetradas por lo que con toda propiedad habría que llamar "la sociedad incivil", lejos de fortalece a la democracia, la debilita "puesto que el debate político se embrutece".

Jaime García Elías, periodista y conductor radiofónico
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 24 de enero de 2011).


En estos nuevos tiempos mediáticos aparece frecuentemente en el discurso público una palabra que, viniendo de bocas gobernantes, al oírse desconcierta: la "ingobernabilidad". Es la idea quejumbrosa que los agentes de gobierno no pueden funcionar en su ámbito, porque las condiciones necesarias no se dan por parte de la sociedad a la que se pretende gobernar.

Siendo relativamente nueva en el discurso público (ni pensar que antes se considerara) es una palabra "comodín". Favorece a que cada quien la use y la acomode según el sentido que le convenga frente a lo adverso que es su trabajo de ser gobierno; o frente a la incomodidad de reconocer la propia inhabilidad para cumplir sus promesas de campaña electoral. Un poco como acusando a causas ajenas, por la ineficacia propia. Como si el médico se quejara de la enfermedad que no deja curar al paciente. Se escuda tras las deudas heredadas de administraciones anteriores, de la falta de voluntad de otros órdenes de Gobierno o de las facciones partidarias contrarias o de la inseguridad generalizada; o de esto, o de aquello.

A la habilidad de gobernar también se le llama "gobernanza", que en algunos casos se usa y traduce también como gobernabilidad, pero la mayoría de las veces como el logro de una sociedad que se esfuerza por gobernarse a sí misma; una sociedad que se autogobierna. Por un lado se aplica crecientemente en el ámbito de las organizaciones civiles o las empresas privadas, refiriéndose a la evolución de formas institucionales que permiten mejorar la toma de decisiones, el seguimiento de compromisos y la rendición de cuentas ante los socios propios y la sociedad en general. Por otro lado se aplica a la misma sociedad civil que se auto-organiza ante sus autoridades para proveerse de bienes y servicios públicos que no son eficazmente brindados o protegidos por sus gobiernos.

Visto así, a los gobiernos democráticos actuales, la gobernanza les es prerrequisito para su gobernabilidad y, paradójicamente, choca frontalmente con la inercia de funcionarios públicos que siguen insistiendo por mantenerse en un gobierno jerárquico tradicional. Es importante no confundir que una cosa es querer gobernar obteniendo poder sobre otros, y otra lo que la sociedad requiera de él en cuanto no es capaz o permitida de cumplir por sí misma la satisfacción de sus deseos, necesidades, anhelos. La gobernanza se da en el grado de aceptación y complicidad que un pueblo acuerda vivir, formal o informalmente. Sin embargo, luego sucede que con los cambios del tiempo, como en las crisis o el devenir de nuevas generaciones, las personas ya no son las mismas ni tienen los mismos deseos o necesidades.

La sociedad, dicho sea, es producto de lo que deseamos, queremos, necesitamos. El gobierno, por lo contrario, lo es de nuestra escasez de mando ordenado. Se reconoce, entonces, que si la sociedad sana es una bendición para los humanos, un gobierno, en el mejor de los casos, es el mal necesario para compensar nuestros defectos, insuficiencias, inmadurez. Ambos surgen de nuestra propia naturaleza.

El Estado, entonces, luego surge para proteger los derechos individuales ante los abusos y las incorrecciones tanto de los gobernantes, como de la sociedad. El vínculo entre legitimidad y gobernabilidad se da en la capacidad del Estado para reformarse y conjugar muchos intereses diferentes con una flexibilidad oportuna.

Norberto Alvarez Romo, presidente de Ecometrópolis,A.C.
(v.pág.6-B del periódico El Informador del 25 de enero de 2011).


No estoy abogando por suprimir las urnas y favorecer las protestas masivas y espontáneas como ruta para el cambio político. El poder del pueblo y para el pueblo, sólo puede operar a través de instituciones democráticas sólidas y eficientes, y no mediante el gritoneo en la plaza pública, en la que "a mar revuelto" ganan pescadores demagogos y poco escrupulosos.

Lo que sí quiero argumentar es el derecho que tenemos los ciudadanos de irrumpir en la escena pública y rescatar las instituciones que nos han sido secuestradas. Un sistema electoral que no ofrece opciones, que sólo sirve para legitimar (como en Túnez o Egipto) a las camarillas en el poder, es obsoleto y debe ser removido.

Es conveniente que comencemos a ver el tono y el contenido del tráfico en las redes sociales en el país. Los que participan en ellas no son la mayoría ni representan a todo el pueblo, pero nunca antes tantos mexicanos habían intercambiado tanta información y pareceres sobre su realidad o sobre el estado del país.

La conversación sustantiva ha comenzado a desplazarse de los medios tradicionales a las redes sociales; de los salones alfombrados a los foros cibernéticos. De allí a las calles, sólo hay un paso.

Jorge Zepeda Patterson
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 31 de enero de 2011).


Poncio Pilatos no encontraba culpa en Jesús, a quien habían llevado a su presencia para que lo juzgara. Con frases vagas respondía el reo a las acusaciones, y a las preguntas oponía un silencio empecinado. Algo tenía ese hombre que le daba semejanza a Dios. Era quizá la majestad que fluía de su cuerpo erguido frente al escarnio de la turba, o la suave dulzura con que veían sus ojos, o la serenidad con que afrontaba el riesgo de la muerte. Por eso, y porque su esposa le había dicho que vio en sueños la inocencia de ese justo, Pilatos no sabía lo que tenía que hacer con él. Hizo traer a Barrabás, pues era costumbre regalar en esos días la libertad de un condenado. A Jesús y a Barrabás los mostró ante la muchedumbre y preguntó a la gente cuál debería dejar libre. ¡A Barrabás!, gritó con una sola enorme voz, la turba, y así dejó libre al culpable y condenó a morir al inocente. Seguramente, mientras se lavaba las manos decía para sí: "Es buena cosa esa invención que los griegos llaman democracia. Obré con tino y con justicia en este asunto; dejé que el pueblo decidiera, y ya se sabe que el pueblo siempre tiene la razón".

Flavio Romero de Velasco
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 5 de febrero de 2011).


Charles Louis de Secondat -nombre de ese pensador político francés conocido como el Barón de Montesquieu, éste uno de los puntales, por cierto, de aquel movimiento filosófico y político conocido como la Ilustración- plantea que el poder debe ser fraccionado para que él mismo pueda controlarse a sí mismo.

El hombre con poder tiende a abusar de quienes están a su alcance, fue uno de los argumentos que llevó a Secondat a plantear la división del poder. El sistema de gobierno republicano, que estrenaba Estados Unidos, apareció entonces con la división del poder en tercios: Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

Cada uno, con funciones y facultades encontradas de tal modo que entre ellos tendría que surgir una relación de búsqueda del equilibrio del ejercicio del poder público.

Cuando México nació como República en 1824, el equilibrio del poder pasó a segundo término, en paralelo, nació entonces una relación tormentosa entre la letra de la ley y la realidad, que persiste hoy en día.

El derecho positivo mexicano -ese conjunto de todas las leyes en todas las épocas de México, a partir de 1824- ha estado embroncado siempre con la realidad.

Y han dicho en los ámbitos de las universidades y en los territorios del congreso en múltiples legislaturas que las leyes mexicanas suelen estar en el terreno de los deseos, y suelen ser traídas al México real, invocadas y aplicadas a la población o a los grupos que disputan el poder, según convenga a quienes, desde el poder, las han convertido en un inmarcesible instrumento de dominio.

Vicente Bello
(v.pág.6-A del periódico El Informador del 5 de febrero de 2011).


Cuando las instituciones religiosas toman el poder político, nunca son democráticas. No pueden serlo, porque la autoridad religiosa exige la obediencia a un poder divino, que, por definición, no se presta a la impugnación racional. Eso pasó en Irán en 1979 con Jomeini y ese el fantasma que se aparece cada vez que hay revueltas islámicas.

Luis Ernesto Salomón, doctor en Derecho
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 6 de febrero de 2011).


La democracia mexicana ha sido más lenta y tortuosa de lo que suponíamos todos, pero no por ello menos intensa. La democracia mexicana no ha vivido momentos de crisis como la que vivió la española hace 30 años, un 23 de febrero, pero sí el mismo problema de una generación incapaz de lograr acuerdos y dispuesta a destruir cualquier cosa en su camino al poder. No hay que olvidar el 23 F español, no tampoco la necesidad de una nueva clase política en el país: los que hacen la transición difícilmente la consolidan.

Diego Petersen Farah
(v.pág.1-B del periódico El Informador del 23 de febrero de 2011).


Si bien la democracia mexicana es apenas naciente, hay el pensamiento de que todos los males de la democracia misma se pueden curar con más democracia, cuando ésta es tomada como el gobierno de la gente, por la gente y para la gente...

Empero, cuidado, porque en la democracia va aparejada la demagogia que bien saben aplicar los oportunistas que para nada sirven pero que saben hechizar a la chusma.

Francisco Baruqui
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 27 de febrero de 2011).


El poder democrático no es un instrumento simple, un garrote, sino un instrumento fino que se mella fácilmente con el abuso.

Mi llamado es a distinguir lo más difícil de distinguir para un político: la diferencia entre lo que puede hacer y lo que le conviene hacer.

Héctor Aguilar Camín
(v.pág.4 del periódico Público del 18 de marzo de 2011).


La teoría elitista de la democracia, muestra fracaso tras fracaso. Ya ni siquiera los poderes fácticos entregan toda su confianza a los supuestos poseedores de la razón y del saber gobernar, la tecnocracia y los políticos profesionales. Desde esa teoría, la participación ciudadana puede abrir canales caóticos ya que la soberanía popular no necesariamente lleva a resultados racionales, pues hay momentos en que el pueblo impone su voluntad desde creencias o incluso supercherías que arriesgan, si no es que condenan los valores democráticos.

Ante la tensión entre estado administrativo y la creciente complejidad social, se impone el formato de una democracia como gobierno de las minorías activas, a las que se intenta legitimar como las únicas capaces de imprimir una elección racional sobre actividades y funciones de las instituciones. Desde esa perspectiva, la democracia debe tender entonces a una inclusión gradual y selectiva de esos grupos activos dentro del sistema de representación. No obstante, la democracia representativa elitista es ampliamente cuestionada y son crecientes las demandas sociales por ampliarla. El apego a la legalidad implicada en el estado de derecho, la rendición de cuentas y la exigencia de un desempeño responsable de los funcionarios electos, tendientes a erradicar la corrupción y la impunidad representan demandas que elevan la calidad de la democracia, aunque sea en su dimensión representativa. Pero más allá de este primer piso están las reformas que demanda la participación ciudadana; la llamada democracia participativa.

Jaime Preciado Coronado
(v.pág.19 del periódico Público del 18 de marzo de 2011).


En vísperas del primero de abril de 1911, un profesor de la recién inaugurada Universidad Nacional de México analizaba con sus alumnos un párrafo del libro octavo de la Historia de la guerra del Peloponeso de Tucídides, donde se comentaba cómo los atenienses discutían sobre las ventajas y desventajas de la democracia, de la oligarquía, de la plutocracia y la aristocracia. El anciano maestro, enterado de la situación del país en esos días, con la revuelta maderista cada vez más fuerte en el norte y los zapatistas que hacía una semana se habían apoderado de Chinameca, comentaba que si Tucídides hubiera vivido en México en abril de 1911, hubiera batallado mucho para definir el sistema político mexicano de esos días: supuestamente era, según la Constitución, una república federal, representativa con división de poderes, cuando en la práctica, según decía el viejo maestro, nunca había sido federal, sino tremendamente centralista; los poderes para nada eran representativos de la población; en cambio se podía hablar de una oligarquía y de una plutocracia: el viejo profesor afirmaba que en México mandaban unos pocos: los más ricos. Se resistía afirmar que se tratara de una aristocracia porque ciertamente, decía el viejo maestro, no gobernaban los mejores y de ningún modo se podía hablar de democracia en un régimen tremendamente autoritario, muy cercano a la monarquía y a la tiranía.

Sería interesante que a pesar de los indudables cambios en el sistema político mexicano de 2011 comparados con 1911 se plateara uno las preguntas del viejo profesor que comentaba a Tucídides: ¿el sistema político mexicano es democrático, oligárquico, plutocrático, republicano, federal, representativo?

Jesús Gómez Fregoso, historiador y catedrático de la Universidad de Guadalajara
(v.pág.16 del periódico Público del 1o.de abril de 2011).


Circula ya en México el último libro de Tony Judt, "Algo va Mal" (Taurus, 2010). Un alegato para recuperar el espíritu de la socialdemocracia que fue capaz, luego de la Segunda Guerra Mundial, de edificar los Estados de bienestar que lograron conjugar, de la mejor manera posible, los principios de libertad e igualdad.

"Desde finales del siglo XIX hasta la década de 1970, las sociedades avanzadas de Occidente se volvieron cada vez menos desiguales. Gracias a la tributación progresiva, los subsidios del gobierno para los necesitados, la provisión de servicios sociales... las democracias modernas se estaban desprendiendo de sus extremos de riqueza y pobreza". Pero a partir de los 80, se empezó a arrojar esa tradición por la borda. Hoy la desigualdad se ha hecho de nuevo extrema y genera desconfianza, patologías sociales y una especie de individualismo que se repliega de la política buscando soluciones de carácter egoísta. Escribe: "Nuestros sentimientos morales se han corrompido. Nos hemos vuelto insensibles a los costes humanos de políticas sociales...".

Judt, sin falsa nostalgia, pinta un elocuente cuadro "del mundo que hemos perdido". Luego de la devastadora Segunda Guerra, de la experiencia del fascismo y la expansión del comunismo en el este de Europa, dice, "casi todo el mundo temía las implicaciones de una vuelta al terror del pasado reciente y estaba dispuesto a limitar la libertad del mercado en nombre del interés público". No sólo las izquierdas, sino incluso partidos de derecha compartían un cierto sentido común en la época. "A la clase media educada se le ofreció la misma asistencia social y servicios públicos que a la población trabajadora y a los pobres: educación gratuita, atención médica barata o gratuita, pensiones públicas y seguro de desempleo". Se trataba de edificar un espacio inclusivo y para ello resultaba necesaria la regulación del mercado y la construcción de prestaciones universales. Y eso era imposible sin la intervención del Estado, sin una tributación progresiva y sin una idea de comunidad por construir.

Judt rastrea las fuentes que debilitaron "el sentido de un propósito común" y pasa revista a la emergencia de un nuevo ideario que se extendió con velocidad y que puede sintetizarse en la maniquea idea de que "el gobierno ya no era la solución, sino el problema". Era necesario replegar e incluso mantener fuera de la vida económica al Estado y junto a esa noción avanzó un recetario: "la tributación alta inhibe el crecimiento y la eficacia, la regulación gubernamental ahoga la iniciativa y el espíritu empresarial, cuanto más pequeño es el Estado, más saludable es la sociedad". Al final, un culto al mercado y a lo privado y la "pérdida de un propósito social articulado a través de servicios públicos", lo que construye sociedades escindidas, fragmentadas, insolidarias.

Judt llama a recuperar una cierta pulsión de causa común, a partir de "una conversación pública renovada", que sea capaz de poner en el centro de la atención pública los grandes y graves problemas del bienestar, la equidad, la exclusión, las oportunidades. Volver a la "cuestión social" y a preguntarnos "qué debe hacer el Estado para que las personas puedan vivir decentemente".

José Woldenberg
(v.pág.7 del periódico Mural del 7 de abril de 2011).


La democracia, como está, no nos está sirviendo, al contrario. Se reduce simplemente a un modus vivendi sumamente confortable y conveniente, poderoso, para quienes se autonombran servidores públicos.

Los procesos electorales son un teatro sin fin, una manera de guardar las formas de la democracia y de justificar la estancia en el poder de quien gane, aun cuando los niveles de abstencionismo o de anulación de votos vayan en aumento. Un voto de diferencia alcanza para acceder al poder y hacer y deshacer.

Así están las cosas mientras, en paralelo, la sociedad se moviliza y avanza cada vez más con todo y que la clase política no se da cuenta y si acaso se percata, pues no le importa.

Laura Castro Golarte
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 9 de abril de 2011).


Los intelectuales rechazan las ideas liberales porque existen "prejuicios muy grandes" sobre ellas, afirmó el escritor Mario Vargas Llosa, al defender la idea de que la izquierda dogmática fijó una perspectiva falsa sobre la doctrina liberal, fenómeno que no sólo se da en Argentina, sino en América latina.

Haber convertido a la doctrina liberal, que es la que empujó las transformaciones más importantes en la historia de la libertad y la democracia, en esa visión tan caricatural, tan ridícula, tan falsa de lo que es la cultura de la libertad, es una de las "grandes hazañas" de la izquierda, aseguró el Nobel de Literatura.

Para el escritor, hay prejuicios sobre el liberalismo.

"Parece que las desgracias de la humanidad no las hubiese causado gente como Stalin, Hitler, Mao Tse Tung o Fidel Castro, sino Adam Smith, Hayek, Popper, Friedman. A esa aberración hemos llegado".

(V.primera plana del periódico El Informador del 26 de abril de 2011).


¿Qué quiere decir democracia? Es una palabra que todos los grupos invocan, cada cual para afirmar que él sí la está consiguiendo mientras que el otro la está poniendo en riesgo. Allí está la esposa de un gobernador que quería heredar el cargo de su marido y decía que lo hacía porque "lo que yo quiero es la verdadera democracia", o los líderes de los sindicatos corporativos que no permiten ningún cambio en las dirigencias pero afirman que están defendiendo "la democracia sindical". [...] El concepto está tan manoseado que ya nadie sabe bien a bien lo que significa, pero como afirma un lector, se lo entiende como: "Lo que yo quiero eso es democracia. Si no me cumplen mi capricho, entonces no es democracia".

[...]

"Por democracia suelen entenderse muchas cosas -escribe Luis Aguilar- desde una regla procedural de elección de legisladores y gobernantes hasta un gran proyecto imperativo de sociedad igualitaria". Se trata entonces de 2 concepciones, una que se refiere a "la participación en la formación y funcionamiento del orden político y jurídico", la cual "se debe expresar con el voto" como quería Norberto Bobbio, y otra que se refiere a una condición de la sociedad en general, como querían Rousseau y Tocqueville, "a una manera de funcionar de la sociedad y un espíritu que la penetra en todos los aspectos de la vida organizada", dice Alain Touraine, en la cual el poder "se encuentra ampliamente distribuido entre los miembros de la sociedad".

En México, sólo concebimos a la democracia en su primera acepción, la electoralista.

[...]

Al principio [de la "transición a la democracia"] todo parecía muy bonito y fácil.

Pero poco después de eso, todo cambió. Se trataba de tener el poder a toda costa y no de preocuparse por la democracia. Pleitos brutales, alianzas insólitas, cambios de filiaciones políticas, ilegalidades y corrupción son la marca de la así llamada lucha electoral entre nosotros, que es una verdadera guerra cuyos métodos son muy poco democráticos.

Pero de todos modos, se sigue pensando que el voto es el instrumento del cambio y el signo inequívoco de la democracia.

En función de esa creencia, se construyó un sistema electoralista enorme y complejo, y para que funcione, ha sido necesario (no podía ser de otra manera) gastar millones de pesos en crear leyes, instituciones y toda clase de organismos destinados a organizar y supervisar los procesos electorales. Cada una de estas instancias requiere una burocracia cuyos sueldos son de los más elevados que oficialmente se pagan en el país. ¡Cada voto nos cuesta una verdadera fortuna!

[...]

La participación electoral del ciudadano, por el modo como está concebido el juego político, se limita a poner una marca sobre el logotipo de un partido, como si la democracia no fuera sino una gran encuesta de opinión pública, en la que nada tienen que ver con la configuración de las candidaturas ni con la conformación de las reglas. El voto entonces es solamente una convalidación (y legitimación) de lo que otros decidieron de una manera que no los incluye.

Tal vez por eso es que millones de ciudadanos se abstienen de votar. En las elecciones de 2003 58% de los ciudadanos se abstuvieron. Además, 2 millones anularon su voto premeditadamente. A nivel de elecciones presidenciales, nadie ha ganado con más de 60% de votos y ha habido casos en que esa cifra no ha sido mayor de 30%.

El abstencionismo es un aviso de desinterés o desilusión, pero también una forma de protesta activa, la única de que disponen los ciudadanos frente a lo que más que una democracia es una lucha de partidos e intereses en los que nada tienen que ver. ¿Qué otro modo hay de decirles que no les creemos sus promesas o que nos parece equivocado su modo de hacer política?

Hoy día es una realidad que, a pesar de todo el esfuerzo de los millones de pesos invertidos y energías enfocadas en lo electoral, el abstencionismo es el partido triunfador.

[...]

Entre nosotros no fueron transformaciones mentales y sociales profundas las que llevaron a la democracia. Fue solamente "una apertura controlada y restringida de la arena electoral con fines pragmáticos, los de recobrar para el régimen alguna legitimidad", y para que la elite política se alternara en el poder. Por eso conservaron el viejo entramado institucional y normativo heredado del régimen anterior, pensando que era posible alterar una parte de la ecuación sin tener que cambiar el todo.

La democracia no es entre nosotros una cultura, no proviene del conjunto de la sociedad no se encuentra ampliamente distribuida entre sus miembros. Más bien al contrario, "la nuestra es una sociedad sin vocación democrática y con una poderosa cultura autoritaria".

Por eso no pasamos la prueba de las elecciones de 2006 y el país entró en guerra. Lo que vimos en México durante varios meses fue a jóvenes agrediendo a jóvenes porque apoyaban a otro partido, o comensales insultándose en los restoranes por distintas filiaciones políticas, o grupos del partido perdedor impidiendo al nuevo presidente colocar una ofrenda en un monumento, tomando carreteras y edificios públicos.

No hemos entendido que la democracia no puede existir mientras exista la separación entre los valores democráticos y el funcionamiento real de la vida democrática.

Por eso, aunque la palabra democracia se usa mucho y la usan todos a diestra y siniestra, no hay tal. Eso sí: según la publicidad, no solamente sí existe sino que ¡tenemos al Trife como su garante!

Sara Sefchovich
(v.págs.71, 160, 161, 162 y 172 de "País de mentiras", Ed.Océano, México 2008).


Uno debe hacer política como si tocara el violín. Se toma con la izquierda y se toca con la derecha.

"Lula" da Silva, expresidente de Brasil


En el caso de México está claro que tenemos un sistema de presidencialismo de minoría, en donde el ejecutivo no tiene posibilidades de marcar una agenda legislativa en donde se generen los consensos, pues no ha llegado a su puesto más que con el apoyo de una minoría de la población.

Alberto Aziz Nassif, profesor investigador del Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social
(v.pág.44 del periódico Público del 27 de mayo de 2011).


En estos días la democracia está en el banquillo. Los "indignados" españoles y sus seguidores han puesto en evidencia las perversidades de la democracia. La corrupción, la impunidad y la indiferencia de gobernantes, cúpulas de partidos políticos y de la clase política en general han provocado un juicio democrático a la democracia realmente existente. Ha sido condenada. La sentencia es inapelable: "No nos representan". La piedra angular de la democracia, la representación del pueblo por los representantes elegidos por ese pueblo está hecha añicos. ¿Tendrá remedio? ¿No es la hora de inventar algo diferente, menos perverso?

En nuestro país y en el terruño la situación no es mejor. No hay indignados en las calles acampando. Sin embargo, crece la distancia entre pueblo y los gobernantes y sus partidos. Dos enormes grietas se ensanchan con cada declaración de cualquier gobernante o político importante. Grietas entre gobernantes y gobernados, entre representantes y representados, entre partidos y ciudadanos.

Por una parte, la grieta que rompe los puentes de la confianza. Si los actos, actividades y actuaciones del gobierno no son causa de más bienestar para todo el pueblo, sino causa de disputas, desacuerdos, simulación y amplio malestar, el ciudadano no ve el sentido de mantener ese gobierno.

La segunda grieta es más grave, si cabe. Los actos y actuaciones de los gobernantes y políticos están orientados a generar imágenes. No a producir hechos, realidades. Creen que el poder se gana o se mantiene con imágenes no con hechos productores de bienestar del pueblo.

Miguel Bazdresch Parada
(v.periódico Público del 29 de mayo de 2011).


Un elemento definitorio de la democracia es la capacidad institucional para castigar funcionarios, gobernantes o representantes que incurran en abuso de poder (y desde luego, si cometen un delito del orden común). Sin esa capacidad, prevalece la impunidad y ésta es un distintivo de las autocracias y autoritarismos diversos, no de la democracia. Es la eficaz rendición de cuentas (accountability) lo que hace que un régimen sea o no democrático.

No necesariamente tienen que caer todos los que incurran en violaciones a la ley o abusos de poder, pero las democracias de mayor calidad muestran una mayor probabilidad de que el gobernante en cuestión sea descubierto y sancionado. Eso inhibe en gran medida, a quienes están en cargos públicos, de abusar de una u otra forma del poder que se les ha otorgado. Desde luego, las democracias más avanzadas deben poder llamar a cuentas a los más altos niveles del poder (incluido el jefe de gobierno), incluso durante su gestión.

Las democracias menos avanzadas, como la nuestra, acaso aspiren a castigar a algún corrupto cuando ha dejado su cargo. Y así como la prueba de fuego de la democracia electoral es la alternancia pacífica del poder, al hablar de democracia en el ejercicio de gobierno dicha prueba consiste en llamar a cuentas y sancionar a un jefe (o ex) de gobierno. En América Latina hemos visto varios casos: Fernando Color de Mello en Brasil, Carlos Andrés Pérez en Venezuela y Alberto Fujimori en Perú. También en países como Sudcorea y Taiwán han llamado a cuentas a ex presidentes corruptos o abusivos. Pero es la hora que en México ni siquiera nos hemos acercado a esa situación, y no porque no haya materia prima para ello (¿qué presidente realmente ha sido honesto o no ha incurrido en algún tipo de abuso de poder?). Sí hemos tenido, en cambio, un tipo de rendición de cuentas "hacia abajo". Si un presidente decide dar un golpe contra algún ex funcionario o gobernante (para legitimarse o por revancha personal), puede hacerlo.

José Antonio Crespo
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 14 de junio de 2011).


Se aplazan así las necesarias reformas federales y locales, pues se acude al parche como medio para mantener un cierto nivel de acuerdo entre las cúpulas partidarias que no altere la repartición del poder. Una concepción estática muy pobre para generar gobernabilidad, a partir de la distribución de cuotas de poder entre las burocracias partidarias.

La condición fundamental para transitar hacia formatos de democracia participativa se encuentra, paradójicamente, en la transformación radical de la democracia representativa. Aquella que empodera al voto de manera que los representantes legitimen su actuación frente a los representados, a través del imperio de la ley, la rendición de cuentas periódica y oportuna y, en consecuencia, del establecimiento de responsabilidades propias de la delegación de poderes que se confía a los funcionarios electos mediante las urnas, o a funcionarios designados en responsabilidades públicas.

Jaime Preciado Coronado
(v.pág.47 del periódico Milenio Jalisco del 15 de julio de 2011).


Debatir es el esfuerzo racional y emocional por confrontar ideales y posturas frente los demás; no una secuencia de dimes y diretes egocentristas (como suele suceder entre nuestros ámbitos burdos). La esencia de la política significa luchar sin el contacto físico; es el sustituto civilizado a la guerra y al uso de la agresión corporal que intenta imponer forzosamente una voluntad ajena a otra persona. Por esto, abusar del debate para fines distintos es abusar de la democracia misma.

El proceso de un debate maduro lleva a definir, redefinir y afinar las posturas de manera que las actitudes de unos afectan las posturas de otros. En las deliberaciones sucesivas se da y se reciba frente al otro. Para un público maduro el ganador entonces es aquel que mejor logra sumar a las suyas las propias virtudes de sus adversarios; persiguiendo el bien común conciliado. No quien ridiculice más al otro, como suele confundirse.

Si en la tierra de ciegos el tuerto es rey, para quienes nunca han visto un verdadero debate político, cualquier cosa puede pasar por tal; desde recitar un simple soliloquio modesto sobre las propias virtudes hasta la necia polarización de posturas contrapuestas.

En las campañas electorales que se nos aproximan pronto, los candidatos se irán por varios caminos. Los rumbos más usuales son por la comparación de ventajas y desventajas entre las distintas posturas de partidos o personas; y por la exposición de argumentos unilaterales, casi hasta monólogos autistas.

No nos sorprenderá que estén por tirarse lodazos verbales y conspicuamente levantar pancartas burlonas. Realistamente, poco podemos esperar aquellas resoluciones que naturalmente lleven a formular propuestas incluyentes y conciliadoras.

Puesto que ellos ahora representan las opciones políticas legitimadas del país, para nuestros políticos neófitos a la democracia valdría la pena que consideraran que lo que no logran ellos en la confrontación civilizada quedará de mal ejemplo para los 103 millones de mexicanos que somos y estamos un tanto ciegos a la cultura demócrata.

No dejemos de tener presente que son muchos los intereses, deseos y necesidades del país para que siempre se impongan los particulares complejos personales y las idiosincrasias de los partidos que vienen pronto a saturarnos de sus insistencias.

Norberto Alvarez Romo, presidente de Ecometrópolis,A.C.
(v.pág.5-B del periódico El Informador del 16 de agosto de 2011).


La mayoría de los sistemas electorales en sociedades como la nuestra: abatidas por rezago educativo y escaso nivel de debate público, producen de todo excepto democracia. Las elecciones suelen ser una mera medida de popularidad donde los candidatos evitan profundizar en los problemas reales de la sociedad y se resignan a venderse como cualquier otro producto comercial. Esto produce gobiernos y grupos de poder con incidencia real que solo se preocupan por atender los problemas superficiales que la gente cree tener y pocas veces prosperan programas de largo plazo encaminados a resolver problemáticas esenciales de la sociedad en su conjunto solo abordables desde un estado rector.

Felipe Reyes
(v.pág.46 del periódico Milenio Jalisco del 19 de agosto de 2011).


Los puntos en común en la mayoría de las democracias son que los diputados atienden cada vez más a los intereses de grupo y a la lógica de sus partidos, dejando de lado una proyecto nacional de mediano o largo plazo, y que los ciudadanos, organizados alrededor de las redes sociales, están cada vez más activos y claros en lo que quieren de la política. Esto es, no son sólo los políticos los que se han refugiado en sus agendas de intereses, sino que los ciudadanos tienen cada vez más capacidad de exigir y vigilar a sus representantes. Sociedad civil y políticos está caminando muy rápido, hacia lugares opuestos.

Lo interesante es cómo hoy se puede hacer una movilización desde un teléfono en un café, o desde un llamado a una marcha en el Zócalo de la Ciudad de México, o discutiendo de manera remota en foros a través de internet. Si la clase política no entiende que hoy el espacio público por excelencia son las redes sociales y que la vigilancia en torno a las decisiones que se toman en el congreso es radicalmente distinta a lo que existía hace 10 años, el choque será inevitable.

Lo que está en juego no es sólo la carrera de éste o aquel político. Lo que están poniendo el riesgo al no levantar la mirada más allá de su hermosa y prominente panza es el sistema de representación, esto es, la base misma de la democracia. La democracia sigue siendo el menos peor de los sistemas políticos y el sistema de partidos la forma más eficiente de organizar la representación. Pero si la clase política sigue más empeñada en administrar el poder que en ejercer la representación; en resolver el tema propio y no el interés del país, van a minar el piso en el que están parados.

No hay que olvidar que democracia nació en un café (entonces se llamaban ágoras, no tenían logo de sirenita y no servían cafés de sabores). Hoy, 2,600 años después, la política de café está más viva que nunca.

Diego Petersen Farah
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 20 de agosto de 2011).


Los recientes actos de violencia y vandalismo que se han registrado en varias ciudades del Reino Unido han vuelto a revivir el debate sobre qué hacer con el internet y las redes sociales cuando son usadas con fines de violencia o antidemocráticos. Tal debate se ha dado en diferentes años, en diferentes países y bajo distintos escenarios. El caso más reciente es el de la propuesta del primer ministro británico, David Cameron, de limitar el acceso a las redes sociales en internet en caso de disturbios.

Esa propuesta no es nueva. La revuelta zapatista de 1994, que bajo la figura de Marcos atrajo la atención de miles de activistas de todo el mundo en parte gracias al internet, fue calificada en su momento como la primera guerrilla cibernética por los cientos de sitios web que aparecieron con información "desde algún lugar de la Selva Lacandona". El gobierno de Ernesto Zedillo en su momento intentó bajar esos sitios de la red, pero fue una batalla inútil: por cada sitio que se bajaba, aparecían 2 nuevos.

Hace poco Hugo Chávez afirmó: "La internet no puede ser una cosa libre donde se haga y se diga lo que quiera". Por ello, en diciembre de 2010 la Asamblea Nacional venezolana aprobó la llamada "Ley de Responsabilidad Social en Radio, Televisión y Medios Electrónicos", que obliga a los proveedores de internet a monitorear los mensajes de sus usuarios desde entonces y a censurar mensajes antigobierno. Chávez impuso entonces el delirio de control a los empresarios privados, pero falta por ver si en efecto una ley así se puede instrumentar.

Después vinieron Irán, en 2009, y las revueltas del Medio Oriente en la primavera de 2011, y autores como Malcolm Gladwell y Evgeny Morozov ya han cuestionado lo que ellos llaman la "ciberutopía" de creer que las revoluciones se pueden armar a través de Facebook y Twitter, lo cierto es que a raíz de las protestas tanto Teherán como El Cairo intentaron controlar el internet.

Y esto nos lleva hasta Inglaterra y sus disturbios. Dado que los participantes en los disturbios han utilizado servicios de mensajería como el chat de BlackBerry y las redes sociales, el gobierno de David Cameron, que ha llamado estos disturbios como un momento de "colapso moral", ha propuesto limitar el uso de las redes sociales, lo que desató una serie de críticas dentro y fuera de Inglaterra en contra del ya de por sí impopular primer ministro.

Es un error gigantesco calificar las redes sociales y el internet como peligrosos o dañinos para la sociedad. La tecnología es neutral y lo que varía es el uso que sus usuarios le dan.

"El mal" no es el internet ni el problema de fondo es la libertad en las redes sociales. El problema de fondo es un modelo educativo que no prepara bien a esos jóvenes que no encuentran trabajo y que después acampan en plazas. El problema son los sistemas políticos verticales que no representan a la ciudadanía. El problema es una policía represiva y abusadora de los derechos humanos. El verdadero "colapso moral" al que se refiere Cameron es el estancamiento de un modelo económico global que no ha logrado cerrar la brecha de la desigualdad entre ricos y pobres, sino sólo ensancharla en casi todo el mundo.

En resumen, el delirio por controlar el internet es una tarea inútil y casi imposible. Al final del día, cada vez que en alguna democracia occidental se baraja la posibilidad de limitar el internet, los dictadores del mundo son los únicos que sonríen.

Genaro Lozano
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 20 de agosto de 2011).


El arte de la democracia consiste en el respeto a los oponentes, ganen o pierdan, lo cual excluye los linchamientos a perpetuidad porque en tal o cual campaña, a favor de tal o cual reforma legal, éstos estuvieron en contra o a favor.

Armando González Escoto
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 21 de agosto de 2011).


La democracia no es inmune, y su imperfección es aprovechada por miles de vivales que harán de este 2012 una especie de circo mundial: como trapecistas, ilusionistas, contorsionistas, domadores de leones y... payasos que nos tratarán de convencer, seducir y, en algunos casos no muy excepcionales, intimidar.

George Clooney lo sabe y en el momento justo nos lo recuerda: una inmensa mayoría de políticos hará todo por alcanzar el poder sin importar que se lleven entre las patas ideales, dineros ajenos, lealtades y a los ciudadanos comunes y corrientes.

Se trata de la película The ides of march, que Clooney -como director, co-guionista y actor- presentó el miércoles en la inauguración de la 68a edición del Festival de Cine de Venecia.

La cinta nos trae al presente lo que tendemos a olvidar ya sea por hartazgo, supervivencia o antídoto para no desquiciarnos, deprimirnos o para salvaguardar el optimismo y la esperanza: en el establishment, hay una jauría corrupta y que corrompe, que traiciona y manipula con tal de hacerse del poder.

Que las felonías vienen disfrazadas de pactos y que la infamia es la moneda corriente de pago. Clooney lo advierte: "La película trata el tema de la moralidad y de cómo se puede vender el alma por un resultado".

Por lo pronto, el circo inició su promoción. Los magos preparan sus mejores trucos. Nos venderán ilusiones que pronto se evaporarán.

Horacio Besson
(v.pág.38 del periódico Milenio Jalisco del 2 de septiembre de 2011).


Hemos transitado por una década en la cual el modelo pluralista que nos dimos para salir de la "dictadura perfecta" ha impedido que nos pongamos de acuerdo. Así de simple. No hemos conseguido acuerdos nacionales en materias tan relevantes como energía, trabajo, competitividad, impuestos, rendición de cuentas, federalismo, seguridad, equilibrio de poderes en las entidades de la república, etc.

El atraso es pasmoso y el juego ha sido perverso. Si éste ha dado rendimientos a los jugadores, se ha convertido en pérdida para el país y, por seguir así, los jugadores han entrado en la senda de los rendimientos decrecientes.

Tan es así que en algunos medios se impulsa la peregrina idea de que debemos dar vuelta atrás e imponer un modelo mayoritario donde habíamos colocado al pluralismo. Hoy somos gobernados por mayorías relativas que son minorías absolutas en casi todos los resultados electorales; pero tenemos la ventaja de que el pluralismo instalado en el desvencijado sistema presidencial impide que esas minorías gobiernen si no consiguen apoyo de alguna de las otras polaridades de la pluralidad.

Si pasamos a un modelo mayoritario pero nos mantenemos en un sistema de partidos con tres grandes y cinco chicos (alguno de los cuales, ojo, podría crecer), simplemente seríamos gobernados por una minoría que ya no requeriría del pluralismo. Éste se volvería simple folclor y, acaso, factor de inestabilidad permanente.

La reforma política detenida y la propuesta (también estancada) de hacer posibles gobiernos de coalición son las iniciativas más sensatas que tenemos a la mano. Probablemente no sea la mejor reforma posible, pero sí es la más democrática, la que podría inducir equilibrios perdidos entre poderes y niveles de gobierno y hacer posible lo más importante: que los gobiernos gobiernen para la sociedad de modo que ésta pueda avanzar hacia la condición de un país desarrollado.

Ya basta de mirarnos el ombligo y de resucitar el pasado. En toda la geometría política, ambas actitudes siguen fuertes y conforman un espejismo cotidiano rebasado por la realidad y por la acumulación cada vez más grave de problemas sin solución.
Una breve síntesis de nuestra evolución política permite verlo con claridad. Ante la dificultad creciente para reproducir el sistema presidencialista de partido hegemónico, se instauró la representación proporcional "con dominante mayoritario". Cuando esta fórmula reventó, anduvimos errantes más de un lustro hasta que se concretó un sistema electoral y de partidos equitativo y pluralista, pero sin cambiar la estructura de gobierno del sistema presidencial. Esta fórmula está exhausta y hay que sustituirla. Sólo hay 2 opciones: volver atrás o caminar hacia el futuro. Lo primero es inaceptable, llevaría al país a un retroceso de lo alcanzado en madurez cívica y potencial de la sociedad; nos regresaría al sistema de "pastoreo" político y de intercambio de apoyo por dádivas.

La mayoría de los mexicanos queremos ser ciudadanos de un estado moderno, bien situado en el mundo, y no de una parroquia provinciana. Gran parte de la clase política del país ha equivocado el camino y sólo atina a cerrar el paso a iniciativas de envergadura relevante a cambio de prebendas: casinos, virreinatos o encomiendas, rentas e influencias; un circo.

Otros países destinados a ser potencias lo están haciendo. ¿Por qué nosotros no? Perder el miedo al cambio, gobernarnos juntos, es salvación.

Francisco Valdés Ugalde director de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales sede México
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 18 de septiembre de 2011).


Estoy de acuerdo que la democracia es el menos malo de los sistemas de gobierno, pero para ejercerla bien se necesita tener cultura suficiente en todas las áreas y no hacer caso a los ignorantes cuando es obvia y vergonzosa la falta de cultura.

José Manuel Gómez Vázquez Aldana
(v.pág.6-A del periódico El Informador del 25 de septiembre de 2011).


Frente al dilema que se plantean las ciencias políticas entre presidencialismo y parlamentarismo, el caso mexicano ofrece un amplio desafío. El poder unipersonal que concentra la figura presidencial en la historia reciente, ha impedido que surja una cultura de compromisos y cooperación por parte de un sistema de partidos que no ha podido desprenderse del todo, de una triple combinación que ha resultado perversa, pues el Presidente de la República es al mismo tiempo, Jefe de Estado, Jefe de Gobierno y por si fuera poco es también en los hechos Jefe de Partido. Se ha impuesto así en México un parlamentarismo débil cuyo poder legislativo compite, hasta el torpedeo, con el ejecutivo federal. No es que haya parálisis legislativa sistemática pero si impedimento para llevar a cabo reformas de profundidad en los campos que requiere particularmente una situación de crisis, la cual demanda cambios estructurales firmes.

Algunos politólogos se preguntan sí es posible que un sistema multipartidista fortalezca la gobernabilidad democrática bajo un régimen presidencialista, cuando elites y burocracias partidarias han constituido un sistema partidocrático que amplía la brecha entre representantes y representados, no rinden cuentas, se oponen al empoderamiento del voto ciudadano y subordinan su quehacer al programa de los poderes fácticos.

Tarea central es democratizar simultáneamente al ejecutivo, los partidos políticos, la cultura parlamentaria y fortalecer los formatos democráticos participativos en los distintos órdenes de gobierno, de manera que sea la sociedad la que modele al Estado e incida activamente en la regulación del mercado y el sometimiento de los poderes fácticos, incluidos los del dinero, los del poder mediático, del poder eclesiástico y los del crimen organizado, al imperio de la ley.

Jaime Preciado Coronado
(v.pág.47 del periódico Milenio Jalisco del 30 de septiembre de 2011).


Eso tienen de peculiar las democracias: que las multitudes son capaces de linchar a los mismos personajes que previamente encumbraron.

Jaime García Elías, periodista y conductor radiofónico
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 3 de octubre de 2011).


Recientemente, una propuesta se ha estado propalando con furor en nuestro país: la de un Gobierno de Coalición. 46 priistas, panistas, perredistas, e "intelectuales" se han unido en Santa Alianza en pos de ese objetivo. Veamos de qué se trata:

  1. Los gobiernos de coalición son una característica no formal de los sistemas parlamentarios, pues en ninguna de sus constituciones se prescribe la obligación de formarlos. En los presidenciales, no existe nada que impida o prohiba la formación de coaliciones.
  2. Las coaliciones gubernamentales (CG) en sistemas presidenciales pueden ser de 3 tipos: a).- Por cargos ministeriales; b).- Por una agenda legislativa común suscrita públicamente, y c).- Por acuerdos o intercambios políticos específicos, muchas veces pactados en secreto.
  3. n América Latina las CG han existido sin estar en las constituciones, al menos desde 1958. Si en México no existieron antes de 1988 fue porque no se necesitaban. A partir de esa fecha y hasta el año 2000 debieron haberse dado algunas "en lo oscurito", esencialmente entre el PRI y el PAN para poder reformar la Constitución. Si a partir del año 2000 disminuyeron, se ha debido más a una incapacidad política del presidente en turno que a una falla estructural del sistema presidencial o del presidencialismo mexicano, como se quiere hacer aparecer.
  4. Las CG no se dan por decreto, como se pretende ahora. Su inexistencia no radica en un vacío constitucional, sino en la ausencia de una cultura política proclive a construirlas y a hacerlas funcionar.
  5. En un sin sentido consistente en querer hacer obligatorio lo optativo, la iniciativa del senador Beltrones deja en libertad al presidente de la república de crear o no un Gobierno de Coalición. De hacerlo, deberá someter el nombramiento de los secretarios del despacho a la ratificación exclusiva del Senado, ignorando a la Cámara de Diputados que se renueva cada 3 años y sin cuyo apoyo difícilmente podrá gobernar, con todo y que tenga "Gobierno de Coalición".
  6. De tomar en cuenta a los diputados, entonces el presidente tendría al menos dos gabinetes, con todo lo que puede implicar para la continuidad de los programas gubernamentales.
  7. No se precisa qué tipo de coalición o de mayoría es la que se requiere, si de 50% + 1 (suficiente para reformas legales) o de 66 % (necesario para reformas constitucionales). Una del primer tipo es demagogia, porque en este país nadie puede gobernar o aplicar su programa de gobierno sin reformar la Constitución. Si lo que propone es la otra, eso iría en contra de la fracción IV del Artículo 54 Constitucional, que prohíbe que una fuerza política pueda tener más de 300 diputados para que no pueda reformar por sí sola la Constitución.

De prosperar esta genial iniciativa, que Dios coja confesados a los partidos que no formen parte de la Coalición, porque sufrirían una verdadera tiranía de la mayoría. A esa mayoría irrefrenable creada por decreto es a lo que 46 iluminados le llaman "avance democrático".

Como se ve, la propuesta carece de sustento y más bien parece una ocurrencia propia del fragor de la sucesión presidencial.

Javier Hurtado
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 15 de octubre de 2011).


Construir una democracia es un proceso largo y tortuoso. Por muchos años los mexicanos pensamos que la democracia era una: organizar elecciones. Hicimos un Instituto Federal Electoral calidad de exportación y un andamiaje legal a prueba de nosotros mismos. Los cimientos de nuestra democracia eran realmente los mejores, pero antes de construir el primer piso ya le dimos en la torre a los cimientos, comenzamos a fracturarlos manoseando la legislación, cambiando el diseño estructural, abriendo nuevas puertas y ventanas que, buenas o malas, no corresponden a los cimientos. Si alguien sabe, pues, la dificultad de construir una democracia en un país sin cultura democrática, que nos cuenten entre ellos.

Diego Petersen Farah
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 22 de octubre de 2011).


Un fenómeno alarmante esparciéndose alrededor del mundo: los gobiernos están perdiendo su poder. Al advertir que las soberanías están sucumbiendo no me refiero a un peligro de insurrección, si no a una parálisis, una incapacidad de actuar. No se trata únicamente de su capacidad para ejecutar cambios significativos en sus países, sino también de dar continuidad a su actividad cotidiana.

Este verano la calificadora Standard & Poor’s degradó los bonos de la Tesorería de Estados Unidos, no a causa de una duda sobre la solvencia de la nación, ni por el descontento que el déficit fiscal ha ido generando, la descalificación es porque sus órganos de gobierno no han podido llegar a un acuerdo que los permita planear sus pagos más allá de lo inmediato. Esto no es sólo cierto para Estados Unidos, la Unión Europea no puede llegar a un acuerdo para solventar sus problemas crediticios, no por un desacuerdo sobre cómo hacerlo, sino un estancamiento entre las facciones. En todos los foros políticos del mundo el debate ha sido reemplazado por un tipo de huelga en la que en lugar de forcejear sus argumentos y buscar acuerdos aceptables para la oposición, los gobernantes se cruzan de brazos, descartan todas las posiciones diferentes a las suyas y se rehúsan a ceder.

Hay un componente significativo de ignorancia en esta corriente, a lo largo del siglo XX todos los grupos ideológico corrieron a moldear sus dogmas para atraer los votos más fáciles, sin importar el sacrificio a sus ideales. Este cambio en prioridades resultó en que posturas cada vez más radicales y menos fundamentadas acaparan el escenario político. En México lo llamamos populismo, en Estados Unidos su máxima expresión es el Tea Party y en Europa hay grupos igual de radicales. Ésta es la decadencia de una forma de gobierno. En el nombre de la democracia hemos hecho a un lado el ideal de que una sociedad sea gobernada por sus mejores representantes.

Un país que está en déficit es como una compañía que pierde dinero, y si un ejecutivo no podría retener su empleo después de múltiples períodos en rojo ¿Por qué debe ser diferente para un político?

Si estuviéramos en el siglo XVIII ya hubiéramos instalado una guillotina afuera de San Lázaro, pero los conflictos ya no se resuelven así, en lugar de eso los mercados financieros seguirán castigando a los gobiernos hasta que corrijan rumbo. Desafortunadamente esto no será suficiente para eliminar esta anomalía, las ciudadanías ya no eligen a sus gobernantes y no me refiero a la influencia de las campañas, sólo a que en una elección abierta, jamás elegiríamos a ninguno de los candidatos que nos presentan los partidos políticos y no le podemos seguir llamando democracia a eso.

Juan María Naveja Diebold
(v.pág.47 del periódico Milenio Jalisco del 28 de octubre de 2011).


Si algo ha quedado demostrado con el Movimiento de los Indignados es el fracaso absoluto de la famosa "gobernanza": ("Arte de gobernar con un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado", según la RAE).Tanto en la crisis de los Estados Unidos de 2008, como en la europea de hoy, se evidenció que ese "sano equilibrio" no existe y que a final de cuentas el Estado tiene que entrar al quite, pero a favor del mercado.

De lo que se trata -siguiendo a Stèphane Hessel- es de poner al Estado al servicio de los humanos.

Lo malo es que en México la famosa "gobernanza" sigue siendo discurso y modus vivendi para muchos políticos y académicos.

Javier Hustado
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 29 de octubre de 2011).


La plataforma ideológica de estos movimientos de "Los Indignados", según ellos lo exponen, considera que los ciudadanos no están representados ni son escuchados por los políticos actuales, y exigen un cambio de rumbo en la política social y económica, ya que culpan a la forma en que se manejan los gobiernos y las empresas de la pérdida de sus empleos y a la precariedad, dentro del contexto de la crisis económica mundial de 2008, y cuyos efectos sufre el mundo hasta el día de hoy.

Estos movimientos sociales se autodefinen como apartidistas, sin afiliación sindical, que pretenden manifestarse pacíficamente pero de una manera decidida, sin una ideología específica, pero no apolíticos. No obstante lo anterior, algunas de estas manifestaciones se han identificado con grupos socialistas en algunos casos, anarquistas en otros, pero definitivamente el movimiento en general es mucho más diverso.

Estos movimientos han ganado las simpatías de muchos ciudadanos defraudados con la clase política. Desde los desempleados víctimas de los recortes de las grandes empresas, los jóvenes estudiantes que no ven claro su futuro laboral, hasta profesionistas y amas de casa que simplemente desean una renovación de la clase política, un cambio generacional.

Últimamente se han creado grupos de esta naturaleza también en Estados Unidos, por ejemplo los llamados Indignados de Wall Street, que a pesar de todos los esfuerzos de las autoridades para sacarlos de las plazas no han cejado en sus esfuerzos de exigir cambios en el modelo económico, político y social de aquella nación.

Estas personas se han organizado en muchas ciudades y se han cobijado en comités de acción política (PAC) tales como www.moveon.org, el cual agrupa a 5 millones de miembros en todo Estados Unidos, desde carpinteros hasta líderes empresariales, los cuales buscan formas de manifestar su voz en un sistema que sienten no los representa apropiadamente, o que no se ajusta a las nuevas realidades con la rapidez que ellos esperan.

Toda esta efervescencia social y política me recuerda los enfrentamientos y manifestaciones que se vivieron en el mundo en la década de los sesenta, en especial en 1968. En esa época en Estados Unidos se vivían conflictos raciales, movimientos extremistas, y una creciente inconformidad por la guerra en Vietnam.

Las protestas de los sesenta encontraron terreno propicio para su difusión en los campus universitarios y en los movimientos juveniles y feministas, asumiendo una dimensión ideológica que en lo general buscaba liberar de ataduras, pacifista y anticonsumista.

De la misma manera que hoy en día, los movimientos de protesta juvenil de esa década se propagaron rápidamente por algunos países de Europa y de América Latina. Estos movimientos y sus reivindicaciones se extendieron de las universidades y de los jóvenes a los obreros y contaron con la simpatía de buena parte de la población.

Estas manifestaciones de los sesenta en las universidades y en las calles sirvieron para sacudir los antiguos sistemas, lo que propició avanzar significativamente en materia de los derechos civiles, promoviendo la plena emancipación femenina, el inicio de la preocupación por los problemas ecológicos y de sustentabilidad, así como grandes avances en materia de democracia en algunos países.

Pensar que este fenómeno mundial no se va a reflejar en México es un error. La pregunta es ¿cuándo? y ¿cómo?

Ana María Salazar
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 29 de octubre de 2011).


El motivo de la resistencia es la indignación. Éste es uno de los clangores del alegato que el pensador Stéphane Hessel hace en su "librito", como él mismo lo llama, ¡Indígnate! (Editorial Destino, o bajo el título de Indignez Vous en editorial Planeta). Es un llamado a la generación de jóvenes del siglo XXI, un llamado contra la indiferencia, a favor de la insurrección pacífica. Inspirador del movimiento de los indignados de Europa y Estados Unidos, va por el mundo como un diplomático defensor de la causa palestina, mostrando los cimientos de su compromiso político, un compromiso que ubica en los años de la resistencia y el programa elaborado hace 66 años por el Consejo Nacional de Resistencia, particularmente en ese plan completo de seguridad social que garantizara los medios de subsistencia a todos los ciudadanos; una jubilación que permitiera vivir los últimos años con dignidad, en general, un interés general por encima del interés particular y la organización racional de la economía. Lo hace porque ve con indignación la forma en que estas conquistas sociales de la Resistencia se están poniendo en tela de juicio, tanto en Europa como en el corazón de Wall Street.

Conocí la obra de Naomi Klein, primero No logo, en la que explica la lógica del relanzamiento de las marcas y las atmósferas de compra generadas por el mercado. Posteriormente, Vallas y Ventanas, una especie de crónicas desde la trinchera de las protestas antiglobalización, y finalmente La doctrina del shock, en la que explica parte de lo que están evidenciando los indignados en Europa y Estados Unidos.

Hoy veo a la escritora y activista en medio de los jóvenes reunidos en el corazón de Wall Street, al lado de figuras como Michael Moore apoyando el movimiento y me vienen a la mente sus predicciones; mismas que se agudizan con la lectura de Hessel.

Carlos Lara
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 29 de octubre de 2011).


El apoyo de los latinoamericanos a la democracia cayó en 2011 3 puntos, a 58%, después de 4 años de aumento sostenido, según los datos del "Latinobarómetro 2011", difundido en Santiago de Chile.

El 58% de los ciudadanos cree que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno, frente a 61% que pensaba lo mismo en 2010, mientras que 17% prefiere un gobierno autoritario, 2 puntos más que el año pasado.

El informe de Latinobarómetro sostiene que la pérdida de apoyo de la democracia en la región se debe tanto a factores políticos como económicos.

Destaca también que en el transcurso del último año, la democracia ha perdido adeptos en 14 de los 18 países donde se realiza el sondeo.

Los únicos países de la región en los que en 2011 subió el apoyo a la democracia son Paraguay (54%), Argentina (70%), República Dominicana (65%) y Uruguay, donde se mantiene en 75% del año pasado. El país de la región que presenta más apoyo a la democracia es Venezuela, con 77%, aunque cae 7 puntos respecto al año pasado.

(V.pág.9-A del periódico El Informador del 29 de octubre de 2011).


A pesar de todos los cambios políticos que ha tenido el país, las inercias regresan una y otra vez y vuelven a ganar votaciones. A pesar de la alternancia, no se ha logrado tener un régimen eficiente y moderno, México sigue siendo un sistema político que -por su retraso- ya se puede considerar de museo en el contexto latinoamericano.

Iremos a los comicios con lo que tenemos hasta el momento: una democracia que está en sótano con 73% de insatisfacción (Latinobarómetro 2011).

Alberto Aziz Nassif
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 1o.de noviembre de 2011).


Aquí hemos hecho de la democracia una agencia de colocaciones y un instrumento para que las oligarquías políticas mantengan el statu quo y aseguren seguir mamando de la ubre oficial.

(V.Razón y Acción del 6 de noviembre de 2011).


Los ciudadanos educados y comprometidos con México saben bien que, si bien es cierto que la democracia mexicana gobierna al país, también lo es que no lo transforma, porque se mantienen condiciones de enorme desigualdad. Quien cree en la democracia está o debe estar indignado por la desigualdad, la impunidad y la ineficiencia política.

Luis Ernesto Salomón, doctor en Derecho
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 6 de noviembre de 2011).


Definición de democracia.

La democracia, que en sentido etimológico es "poder del pueblo", ha perdido en nuestros dias su verdadero significado. Vacía de contenido, pero prestigiada como un axioma de la vida política, se ha convertido en la prostituta de todos. No solo se le ha empleado para justificar toda clase de revoluciones y simples levantamientos, sediciones y cuartelazos, actos terroristas y manifestaciones de inconformidad, sino que se le ha acompañado con todo tipo de adjetivos: democracia representativa, liberal, socialista, reivindicativa, etc. En el ámbito de las simulaciones de todos los eventos electorales de nuestros días, se ha diluído su genuina acepción. Todos hablan, declaman y manosean la democracia, y todos justifican con ella hasta las trapacería que se cometen para rescatarla de los adversarios ideológicos.

Flavio Romero de Velasco
(v.Razón y Acción del 4 de diciembre de 2011).


Creo que ha habido un tratamiento, en efecto, que tiende a separar a los gobernantes y la política de la sociedad...

Se le pregunta a la gente qué tanto se interesa por la política, y se ve que hay un porcentaje muy alto, 1 de cada 5 -o 20% de la gente- que no le interesa en lo absoluto la política, eso es muy preocupante, porque mientras más nos alejamos como ciudadanos de la política, más la dejamos en las manos de los políticos, y como se dice, o muchos líderes estadistas han dicho, la política es demasiado importante para dejarla sólo en manos de los políticos, y en ese sentido, los ciudadanos tenemos que participar.

Para muchas personas la palabra política es asociada con corrupción, cuando, en realidad, debería ser una virtud, una buena palabra, no mala. Ser político debería ser algo admirable, hoy es una cosa condenable y ésa es una muy mala noticia para la sociedad que se ha alejado de la política y es una muy buena noticia para los políticos, que se han quedado solos con el monopolio sobre ésta.

Hay que volver a pelear esa palabra, hay que reivindicarla, re-dignificarla, y hay que apropiarla, porque no es de ellos (los políticos), es de todos; los que la hacen de tiempo completo son políticos profesionales, pero la política debería ser algo de todos, para los que la hacen de tiempo parcial, de manera esporádica, amateur u ocasional, como pueden ser los ciudadanos que se dedican a otras cosas.

Hay una brecha reciente y preocupante donde, por supuesto, los políticos van por una parte y los ciudadanos por otra, y eso es lo más peligroso para la democracia, porque el desencanto de la democracia puede devenir en regresiones autoritarias, en quiebres democráticos, en alternativas no democráticas que son lo peor que le puede ocurrir a una sociedad.

Si uno toma en cuenta los datos del Latinobarómetro, este año, por primera vez, hay menos apoyo hacia la democracia por parte de la sociedad mexicana, en general de la opinión pública en México y eso es gravísimo, porque quiere decir que hay otro tipo de regímenes y alternativas que empiezan a coquetear y a hacerse de la simpatía de la sociedad mexicana.

David Gómez Álvarez, director ejecutivo del Observatorio Ciudadano de Calidad de Vida "Jalisco Cómo Vamos"
(v.pág.5-B del periódico El Informador del 13 de diciembre de 2011).


La OEA, IDEA, IFE y el Ministerio de Asuntos Exteriores de España presentaron un muy importante documento: Política, dinero y poder. Un dilema para las democracias de las Américas (FCE, México, 2011).

El texto vuelve a recalcar que en América Latina se ha expandido la democracia y señala que "nunca fuimos tantos países viviendo en democracias sin interrupciones autoritarias por tanto tiempo". Lo que no deja de ser una buena nueva que no hay que olvidar. Y si bien las amenazas autoritarias no parecen estar a la vista, subraya que "vigencia" de la democracia no es sinónimo de "fortaleza" de la misma. Porque "la legitimidad de la democracia no se adquiere de una vez y para siempre". Es necesario refrendarla, apuntalarla, y ello no sucede por inercia.

Y a partir de ese enunciado intenta generar un marco para pensar las relaciones entre democracia, política, dinero y poder. Parte de algunas obviedades que no suelen aparecer con fuerza en el debate público: "En todos lados el dinero es influyente en la política. Pero en nuestras tierras, más que en ninguna otra, el dinero se concentra en pocas manos... Nuestra región tiene la distribución del ingreso y riqueza más desigual del mundo". Insisto, no se trata de un descubrimiento y menos de una novedad, pero es importante no omitir esa realidad, porque "la concentración del dinero produce concentración del poder". Y el problema para los regímenes democráticos es que el poder del dinero "puede y a menudo logra pesar más que la expresión de la voluntad popular". Y ello impacta o puede impactar a la propia legitimidad democrática.

Existen, según el texto, 3 dimensiones de la legitimidad: a) la de origen, que tiene que ver con las condiciones de la elección de los gobiernos y los representantes, b) de ejercicio, que se refiere a las normas y los mecanismos a través de los cuales se toman las decisiones, y c) de finalidad, que hace alusión a la capacidad para "garantizar" y hacer realidad "los derechos ciudadanos en sus tres esferas: política, civil y social", es decir, la fortaleza para edificar una auténtica democracia de ciudadanos iguales en derechos. Y en las tres dimensiones es necesario revisar las relaciones con el dinero. Porque cuando algunas de esas dimensiones falla, lo que sucede es que "se cuestiona cómo un equipo llegó al gobierno; la forma en que actuaron funcionarios y legisladores, atribuyéndose por ejemplo facultades que no les correspondían o vulnerando el estado de derecho, o porque los resultados de su acción no fueron vistos como un avance para el bienestar de la sociedad".

De manera cruda pero certera, el informe dice que "las decisiones de gobierno pueden verse alteradas... por quienes tienen capacidad de presión o, aún más sencillo y dramático, por los que pueden sobornar y corromper. El dinero puede crear una fortaleza en la que la ley no penetra". Ello erosiona y debilita la mecánica y funcionamiento de la democracia, y también el fin mismo de los sistemas democráticos, que "deben tener la capacidad de redistribuir poder para garantizar a los individuos el ejercicio de sus derechos y reducir los privilegios".

En otras palabras, la concentración del dinero y del poder tienen un impacto en la reproducción de los regímenes democráticos y pueden llegar a vulnerar parte de los supuestos más relevantes de esa construcción civilizatoria, a saber, que la igualdad formal de todos ante la ley acabe disolviéndose en aras de la reproducción de las desigualdades que cruzan a las sociedades de nuestro subcontinente.

"La acción del Estado puede reducir las desigualdades a través de políticas educativas, de vivienda, salud, laborales y fiscales, entre otras", o, diría un cínico, puede no hacerlo.

José Woldenberg
(v.pág.9 del periódico Mural del 15 de diciembre de 2011).


Este año la revista Time le otorgó el personaje del año al manifestante, ese personaje singular pero que actúa en grupo; que sale a la calle por voluntad propia pero impulsado por la fuerza de la red a la que pertenece; que exige sus derechos, quiere un mundo distinto, pero para él los canales de la política formal están cerrados. Las manifestaciones marcaron este año como ningún otro desde 1968. De Túnez a Egipto, de Libia a Siria, de Chile a España, el mundo entero vivió movilizaciones.

Más allá de las reivindicaciones, muy distintas las unas de las otras, lo que "el manifestante" puso sobre la mesa es la crisis de un modelo de representación y la necesidad para los jóvenes de replantear el espacio de la política. Las instituciones gubernamentales, en las dictaduras y en las democracias, se volvieron viejas, sordas y obsoletas. No es una cuestión de legitimidad o votos, sino de incapacidad y ceguera institucional. Hoy las instituciones responden a lo que los evaluadores e indicadores internacionales esperan de ellas y no a los que los ciudadanos necesitan para resolver sus problemas. Los partidos, de izquierda o derecha, siempre han respondido a la lógica del poder y los poderosos, pero nunca como ahora habían estado tan lejos de los ciudadanos.

Los manifestantes regresaron la política a su lugar de origen: la calle. Es ahí, en el espacio público, en donde todos somos iguales, o quizás tan sólo menos desiguales, donde debe discutirse y decidirse el futuro deseado. Mientras las instituciones y los cauces de la política segregan, compartimentan y deshumanizan, la calle reúne, reencuentra, le da rostro al ciudadano. Mientras la política formal norma y limita, la calle abre su espacio.

La política, tiene razón Fernando Savater, no puede funcionar sin partidos e instituciones, pero volver a la calle nos permite y obliga a repensarlos. La calle permite regresar a lo básico, darle dimensión y perspectiva humana a la polis; construir desde el espacio público la posibilidad de la realización individual.

Diego Petersen Farah
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 24 de diciembre de 2011).


La gente del Potrero es rica en dichos. Tiene uno acerca de las cabras, y muchos acerca de los adultos mayores. El de las cabras dice: "En el monte la cabra es muy latosa, en la mesa muy sabrosa, y en la bolsa muy ruidosa". El mismo decir puede aplicarse, pienso yo, a la democracia. Es muy sabrosa: dulce es el sueño que hace creer a los pueblos que se gobiernan a sí mismos. También es muy ruidosa: ¿cuántos cientos de miles de spots de mentirosa propaganda política tendremos que soplarnos los sumisos ciudadanos en este año propiedad de los políticos? Pero la democracia, al igual que la cabra, es igualmente muy latosa. En las naciones que más se acercan a la utopía de la democracia cada cabeza es un partido político. De Gaulle razonaba sus imposiciones: "¿Cómo puedo ser democrático en un país que tiene 400 variedades de quesos?". El problema se hace mayor en una república de pobres como México. La pobreza hace que mucha gente dé su voto a cambio de una torta. Verde es entonces, en la teoría, el árbol dorado de la democracia, pero en la práctica es gris. Bien vistas las cosas, la democracia es el sistema de gobierno por la cual unos pocos creen saber lo que los muchos necesitan, y se lo dan, quiéranlo o no.

Armando Fuentes Aguirre "Catón"
(v.pág.7 del periódico Mural del 5 de enero de 2012).


La historia enseña, e ilustra con infinidad de ejemplos, que la democracia dista mucho de ser la panacea capaz de curar los males de que adolece la sociedad; en el ámbito de los poderes civiles, igual por allá, muy lejos, que por aquí, muy cerca, abundan los ejemplos de decisiones democráticas verdaderamente catastróficas.

Jaime García Elías, periodista y conductor radiofónico
(v.pág.4-B del periódico El Informador del 8 de febrero de 2012).


El pensador francés Montesquieu lo entendía perfectamente, por eso pulió la idea de la división de poderes, una brillante propuesta para poner enfrente de un interés otro interés con la misma fuerza.

Cuando Estados Unidos nació como país, de la mano de todos esos pensadores que tanta falta hacen ahora (por favor, aunque sea la mitad de uno), se perfeccionó la idea de los contrapesos del poder con un sistema electoral, que no sólo garantizaba la división de los tres poderes básicos, sino que pulverizaba los intereses individuales de los congresistas, los ministros de justicia, los titulares de carteras públicas y el presidente. El objetivo era evitar, con un sofisticado diseño de tiempos distintos y ascendencias geográficas diferentes, que los poderosos encontraran complicidades entre sí.

Casi 200 años han pasado y el diseño de la fiscalización al poder ha incluido nuevos elementos: entraron organismos públicos descentralizados, se inventaron fiscalías superiores, se le dio autonomía a los organismos de derechos humanos, se firmaron acuerdos internacionales vinculatorios, se garantizó la libertad de prensa, se diseñaron reglas más estrictas para el juego electoral, nacieron los contralores, se cobijó a la oposición, proliferaron los oficiales mayores con doctorados en Harvard, se impulsó una democracia competitiva con voto de castigo, se presumen iniciativas para que haya revocación de mandato... y la lista sigue.

Pero el tema está alcanzando proporciones ya de chiste. Ahora resulta que el responsable de vigilar con lupa que el dinero público sea bien usado, debe ser vigilado por una comisión de diputados que, primero son los responsables finales de aprobar esas cuentas de dinero público, y segundo, tienen sus propias sumas y restas sancionadas por el señor al que ahora revisan.

Ivabelle Arroyo
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 29 de febrero de 2012).


Las elecciones no producen democracia. Ni aquí ni en China. El sistema electoral sólo sirve para elegir a quien gobierna formalmente.

Felipe Reyes
(v.pág.18 del periódico Milenio Jalisco del 2 de marzo de 2012).


  1. En ningún artículo de la Constitución, ni en ley alguna, dice que el Presidente de México es Jefe de Estado y de Gobierno (eso es más una cuestión psicológica que constitucional);
  2. El Jefe de Gobierno es, y debe ser, el principal actor político en las democracias parlamentarias;
  3. En las democracias presidenciales el presidente se convierte en un actor político en los procesos electorales cuando además es candidato a la reelección (como ocurre en los Estados Unidos);
  4. En los países en los que no existe la reelección presidencial, lo que se observa es que el presidente en ejercicio guarda distancia en el proceso electoral, para no incurrir en un delito o alterar la equidad en la contienda.

En el caso de México, el problema es que se reivindica el derecho de un ciudadano a intervenir en el proceso electoral (en este caso el presidente), cuando se le conculcan esos mismos derechos a los candidatos; cuando se trata de un individuo que goza de inmunidad constitucional; que tiene a su cargo el Ministerio Público; y que puede utilizar todo el poder del Estado a favor o en contra de un candidato.

Si el presidente quiere ejercer sus derechos políticos en el proceso electoral, que tenga también obligaciones y responsabilidades. Mientras eso no ocurra, lo mejor es que no intervenga.

Javier Hurtado
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 3 de marzo de 2012).


El tipo de gobierno en México es la partidocracia; y no, no se nos olvida y cada vez menos, que todos [los partidos] son responsables de la situación compleja y grave que vivimos hoy.

Laura Castro Golarte
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 24 de marzo de 2012).


El que exista un libro de un nuevo modelo de democracia que deje fuera a los partidos políticos, campañas y discursos no tiene nada de especial, pero que el que el autor sea una de las figuras más importantes del budismo tibetano, resulta singular. De hecho, es el primer libro escrito sobre democracia por un maestro budista.

El XIV Sharmapa no es amigo de títulos, prefiere que lo llamen simplemente Shamar Rimpoche. Le preocupa la violencia y la tortura en todas sus formas. Por ello, creó la Fundación de la Compasión Infinita, la cual más que promover el vegetarianismo, su objetivo es dar a los animales, en especial a los que están destinados al consumo, un trato más ético y humanitario. Interesado en las ciencias, en abril presidirá el segundo congreso internacional de Neurociencia y Budismo en la Universidad de Stanford.

Shamar Rimpoche visita por primera vez México. Aprovechando esta visita, presentó la traducción de uno de sus libros: Creación de una Democracia Transparente: Un Nuevo Modelo, el cual propone un sistema de democracia basado en la descentralización del poder político, promueve la educación política entre la población de los estados democráticos y darle fin a las campañas políticas.

"Propongo un sistema de control desde la base hasta la cima, un sistema donde las unidades democráticas localizadas en los pueblos y ciudades intermedias asuman una responsabilidad y poder mayores, y los representantes de estas unidades locales se combinen también para constituir los niveles superiores de gobierno". Una segunda base es que el público tiene que volverse políticamente educado antes de participar completamente en el autogobierno. En tercer lugar, toda forma de propaganda política en la vida pública debe estar prohibida. "En mi opinión, la marca de hoy de los políticos no tiene cabida en un buen sistema democrático. Muchos votantes, particularmente los analfabetas, son influenciados por políticos con facilidad de palabra que pretender trabajar por los intereses del pueblo".

A pesar del tema de su libro, no se considera un lama político. "La gente confunde de manera deliberada el sistema político con la política. Yo estoy hablando sobre cómo hacer política. Mi libro es una propuesta de un sistema de organización".

Si bien se inspiró en Nepal para su libro, el autor considera que su esquema es posible de aplicar para todos los países. "Hasta en los Estados Unidos", dice Rimpoche sonriendo. "Hay 2 aspectos fundamentales en el libro: el primero es la igualdad de derechos y promulgar leyes para beneficio de todos los seres, y el segundo es evitar la corrupción mediante las campañas políticas, ya que en el caso de Nepal e India con el fin de ganar votos, son deshonestos y corruptos. Es lo que planteo en mi libro". Shamar Rimpoché comenta que su publicación ha sido recibida con mucho entusiasmo en Nepal, en dónde se han organizado asociaciones de voluntarios para dar a conocer el modelo.

"Yo soy un maestro budista y en mi tradición se habla de 2 tipos de felicidad: la felicidad última que es conocer la mente a través de la meditación, lo que enseñó el Buda y la felicidad relativa o inmediata. Como maestro, me he dado cuenta que una de las maneras de obtener la felicidad inmediata para las personas era generar un modelo de democracia, que basado en la compasión, no generara corrupción y por lo tanto sufrimiento para las demás personas. Por ello decidí publicar este libro. He puesto mucho esfuerzo en el libro. Dediqué mucho tiempo en pensar cómo generar un sistema inteligente para evitar que haya políticos que sean tramposos".

Fernanda de la Torre
(v.periódico Milenio Jalisco en línea del 25 de marzo de 2012).


El sueño de construir una democracia en que el voto libre nos permita elegir a nuestros gobernantes se esfuma cada vez más. Tenemos cientos de legisladores electos no por los ciudadanos sino por los partidos. Éstos tienen además el monopolio de postular candidatos a cargos de elección. Y el Tribunal Electoral nos dice que las cuotas son más importantes que el voto.

Sergio Sarmiento
(v.periódico El Siglo de Durango en línea del 29 de marzo de 2012).


Naciones y pueblos han inventado sólo 2 modos de renovar a los gobernantes si se acepta el supuesto de que el gobernante ha de ser elegido por todos los miembros de esa nación o sociedad. Los 2 tienen virtudes e inconvenientes. Uno es el método del consenso: Todos los miembros se ponen de acuerdo en elegir a una persona. Es el modo usado por muchas de las naciones primigenias del mundo. Tiene el inconveniente de "todos" los miembros. Basta una persona en desacuerdo para retrasar o suspender la renovación del gobernante. Tiene la virtud de que "todos" dijeron que sí, esa persona es quien debe gobernar.

El segundo método, hoy vigente en México, es la elección libre, universal y secreta de un candidato de entre varios. Tiene la virtud de que cada persona ofrece su decisión libremente y en secreto de manera que, en principio, no hay modo de presionar o violentar la decisión. Tiene el inconveniente de que es "la mayoría" la que decide y eso produce minorías, a veces inconformes y también perseguidas y hostigadas por los ganadores. Y sus puntos de vista, aún óptimos para el bien común, con frecuencia son dejados de lado.

Los 2 métodos pueden ser desvirtuados por trampas, por simulación y por las diferencias económicas y sociales entre los votantes. También con base en la parte emocional del carácter voto. Las leyes tratan de evitar tal desvirtuar. Es difícil lograrlo, sobre todo el control de lo emocional. Con la ley en la mano se puede excitar la emoción los ciudadanos y propiciar la confusión entre palabras y realidades. Esto no es evitable.

Miguel Bazdresch Parada
(v.periódico Milenio Jalisco en línea del 1o.de abril de 2012).


Los principios de mayoría relativa y representación proporcional corresponden, cada uno, a una concepción distinta de democracia. El primero asume a la democracia como gobierno de las mayorías. El segundo prefiere un Estado donde mayorías y minorías puedan acomodarse para incorporar a un número amplio de personas.

Fue Maurice Duverger el primero en sugerirlo: mientras el principio de mayoría relativa excluye, el de representación proporcional amplía el arco de identidades, regiones y poblaciones reflejadas en los espacios donde se toman las decisiones del poder.

Según el politólogo francés, en los países donde privan las candidaturas de mayoría suele ocurrir que sólo 2 partidos gobiernan las instituciones. En cambio, donde la representación proporcional se refleja en los votos ocurre el multipartidismo.

Estados Unidos e Inglaterra son países donde impera el primer principio; de ahí que republicanos y demócratas ocupen la casi totalidad del espectro político estadounidense y que en Gran Bretaña suceda algo parecido con laboristas y conservadores.

Lo que explica la pobre representación del Partido Liberal en el segundo país, aun si tal fuerza política cuenta con más de 15% de preferencias, es precisamente que las candidaturas plurinominales no están permitidas. En contraste, si Holanda, Polonia, España y varias otras naciones muestran una extensa gama de vehículos partidarios es justamente gracias al principio de representación proporcional.

En esta hebra de ideas se entiende por qué Andrés Manuel López Obrador no es partidario de eliminar las curules plurinominales. De llevarse a buen puerto la iniciativa, el PRD y también el resto de los partidos minoritarios, tenderían a desaparecer del mapa político mexicano. Esto es así porque sólo el PAN y el PRI tienen presencia en los 300 distritos de mayoría que configuran nuestro mapa electoral.

Ahora bien, la representación proporcional no sirve únicamente para promover un sistema de varios partidos; en su consecuencia más deseable, como ya se advirtió, es canal de participación para las distintas minorías regionales, étnicas, etarias, temáticas, identitarias, sexuales y todo un largo etcétera producido en el tiempo por las sociedades diversas.

Como se observó recientemente en los procesos de selección interna de los partidos donde se utilizaron mecanismos mayoritarios (PAN y PRI), es difícil que una mujer gane cuando la maquinaria es ciega frente a la especificidad. Lo mismo suele suceder con una persona con discapacidad, una indígena o un integrante de la comunidad LGBTTTI.

Ricardo Raphael
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 11 de abril de 2012).


En nuestro país la democracia no pasa de ser una especie de conjuro del cual se usa y se abusa para enmascarar una forma de gobierno que tantas semejanzas ofrece con un arcaico despotismo oriental.

Flavio Romero de Velasco
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 28 de abril de 2012).


Ciudadano no es aquel que sólo va y vota en cada elección, sino el que se involucra y participa en los asuntos públicos. Esa es la diferencia entre una democracia delegativa y una participativa. Hasta el momento, y por más que se pueda decir otra cosa, nuestro país se caracteriza por tener una democracia de ese primer tipo y no del segundo. El problema es que las campañas en nada contribuyen a crear la segunda.

Javier Hurtado
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 28 de abril de 2012).


La mayor calamidad del sistema mexicano es tener una democracia sin demócratas.

Luis Carlos Ugalde, expresidente del IFE
(en su libro "Así lo viví").


A diferencia de Guadalajara, el sistema político en Portland, Oregon, se organiza de manera distinta.

De entrada, por ningún lado se percibe "la estructura" partidista. Esta es una campaña de candidatos "independientes". Algo difícil de concebir todavía en México. Cuando comentaba esto con una consejera metropolitana ella me decía que para registrarse como candidata sólo imprimió la forma correspondiente, la llenó, pagó la cuota y quedó registrada para participar en la elección.

Sobra decir, que la ausencia de candidatos de partido facilita las cosas una vez en el ejercicio del poder, porque los conflictos pos-electorales -tan frecuentes como insuperables en México- en Portland son irrelevantes.

Otra enorme diferencia es que Portland cuenta con una estructura de gobierno formal metropolitana. Es elegida democráticamente, ejerce su propio presupuesto, cobra sus propios impuestos, cuenta con su propia burocracia y tiene atribuciones en materia de transporte, preservación de los recursos naturales y espacios abiertos -como los destinados a la agricultura-, y uso del suelo, lo que evita discusiones irresolubles entre fragmentados ayuntamientos, como las que nos dejaron sin la línea 2 del Macrobús el año pasado en Guadalajara.

Eugenio Arriaga
(v.pág.9-B del periódico El Informador del 6 de mayo de 2012).


Con el tiempo, me he vuelto cada vez más crítico con la democracia. No porque esté en contra de sus principios, sino porque creo que esos principios están pervertidos y que no vivimos verdaderamente en una democracia. Por eso me sentí identificado con las palabras que gritaban los indignados en España: ‘¡Democracia real ya!’. Estuve en Santander, en los cursos de verano, y entonces hubo muchas manifestaciones y me chocó. Me di cuenta de lo diferente que era Europa cuando emigré y ahora. Antes lo que gritaba la gente joven era: ‘¡Revolución ya!’. Y años más tarde lo que piden es: ‘Democracia ya’. Esto es muy significativo. Quiere decir que la democracia ya no está presente. Es aún un ideal por el que se tiene que luchar.

Lo que sentí al escribir este libro (Los enemigos íntimos de la democracia, Galaxia Gutenberg) era que tenía que azuzar a mis contemporáneos. A pesar de que no es un ataque a la democracia (ni soy comunista ni un terrorista islámico), sentía la necesidad de decirles que la democracia no cumple con sus promesas. Intenté demostrar que la democracia en la que vivimos hoy día es contraria al espíritu real de la democracia.

Hoy casi todas las guerras que lidera Occidente se presentan como si fueran humanitarias. Sentimos que se debe llevar la democracia allí donde sentimos su falta. Eso es lo que yo llamo mesianismo político. Es una perversión muy peligrosa de la democracia. Pero en mi libro menciono 2 enfermedades importantes de la democracia. La otra es la dominación neoliberal que destruye el frágil equilibrio de los fundamentos de la democracia, que son la libertad individual y la preocupación por el bien común. En la última década se ha desarrollado una ideología nueva que rompe con eso. Pretendemos que el único rol del Estado es desmantelar todas las legislaciones que protegen a los trabajadores para darles lo que se les antoja a los reyes de la economía. El poder no tiene límite. Sin embargo, una de las fórmulas de la democracia la dio Montesquieu: ningún poder ilimitado puede ser legítimo.

Nos estamos volviendo igual de radicales que el totalitarismo comunista, ese en el que todo está dominado por el interés colectivo y no queda nada para la iniciativa personal. Nuestro sistema es igual de radical, pero al revés. Está dominado por el interés personal y ninguna intervención del Estado trabaja en nombre del interés colectivo. Eso que llamamos el Estado de bienestar. Pero los gurús dicen que aquello es mejor para la economía. Como si las personas no importaran.

Primero, debemos ganar la batalla de la opinión pública. Mi libro va encaminado hacia ello y espero que haya más aportaciones. Hay que concienciar a la gente de que hay que cambiar, que hay mejores formas de resistencia a los poderes del mercado. ¿Por qué creemos ciegamente en gente que sólo piensa en sus intereses personales? ¿Por qué creemos que ellos tienen la mejor solución?

El poder político controla los demás. Hay que dar poder a las personas. Ese es el significado de la democracia. En lugar de que el poder esté en manos de la comunidad, y a favor de ella, es la tiranía de unos cuantos. Mire lo que ocurrió en Estados Unidos, donde el presidente no pudo imponer ni una reforma sanitaria porque las aseguradoras se organizaron y crearon tal resistencia que pudieron acabar con la iniciativa. Ya no existe la regla básica de la democracia, que ningún poder absoluto debe ser legítimo. Pero las corporaciones tienen el poder absoluto. Pueden comprarle la elección a un senador. Y esto es muy peligroso porque se convierte en plutocracia.

La palabra libertad es tan atractiva que todo el mundo la utiliza. Los tiranos, cuando suben al poder, dicen que a partir de entonces la población será libre. Sin embargo, yo, que me crié en un régimen que explícitamente limitaba la libertad individual, me impresionaba que los partidos de la más extrema derecha europea usaran la palabra libertad en los títulos de sus discursos. Al poner esa palabra ahí se sentían con el derecho a pasar de las leyes y sus limitaciones. Pasaban del respeto a la vida y atacaban a sus enemigos de la manera más viciosa que existe. Lo mismo ocurre hoy con el liberalismo. Es una ideología que pretende que no haya más valor que la libertad individual, y no creo que eso sea verdad. Me gusta citar a un cura francés del siglo XIX (Henri Lacordaire) que dijo que tanto los ricos como los pobres, los poderosos y los que no tienen poder, son protegidos por la ley, pero la libertad los aprisiona. Creo que él logra condensar esta verdad en una sola frase. No es la libertad la que libera, sino la ley.

Las guerras humanitarias o preventivas y sus componentes antidemocráticos han sido discutidas por una minoría de escritores, y existen libros que denuncian ‘el imperialismo humanitario’. El neoliberalismo y sus efectos también tienen muchos enemigos. Y el populismo también. Lo que he intentado hacer es dar una imagen global de esas amenazas de las que la democracia debe defenderse. Creo que el rol de los intelectuales no es seguir la corriente, sino perseguir la libertad, preguntarse por ella, y transmitir los resultados de su pesquisa. Y no tener miedo.

Tzvetan Todorov
(v.pág.8-B del periódico El Informador del 6 de mayo de 2012).


"La Europa actual está cometiendo los mismos errores que América Latina durante la década perdida (1995-2005). Está interpretando la crisis de la deuda como un problema de solvencia y así acabará provocando un problema de solvencia. La austeridad hasta la muerte va efectivamente a conducir a la muerte. Quien no crece no paga". Así de claro y así de rotundo se mostró el ex presidente del gobierno español, Felipe González, durante su intervención en el debate sobre Gobernanza Global organizado por el Instituto Tecnológico de Monterrey y el Berggruen Institute.

González subrayó que la revolución tecnológica había creado un nivel de interdependencia jamás conocido, lo que afecta al "ámbito de la identidad" de los ciudadanos, ya que los estados nación "no tienen respuestas ante el desafío de la globalización". Esta crisis genera a su vez una crisis de la democracia representativa: "Los gobernantes dependen de factores ajenos al voto, de los mercados o de Angela Merkel".

Juan Luis Cebrián, presidente de El País, planteó: "La democracia está perdiendo prestigio en Europa por culpa de la respuesta titubeante y tardía de la Unión Europea". Esta miopía fomenta, los liderazgos populistas y el crecimiento del nacionalismo, e incluso del racismo.

Tras afirmar que el G-20 había sido hasta ahora ineficaz a la hora de protagonizar esa gobernanza mundial -"prometieron reformar el sistema financiero y no lo llevaron a la práctica, reformar el comercio mundial y la ronda de Doha fracasó"-.

El ex presidente de Brasil, Henrique Cardoso, comenzó su intervención con un breve repaso de historia. "Durante el equilibrio del poder, había naciones que eran primus inter pares y los demás parias, y de ahí se pasó al equilibrio de terror", con el enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, y donde países como Brasil o México no estaban en la mesa de negociaciones.

La globalización ofrece, en opinión de Cardoso, un aspecto positivo: "Ya no se puede ignorar al otro ni el auge de la sociedad civil" y el reto está en acompasar "las instituciones con una sociedad que va más deprisa y quiere participar en la toma de decisiones".

(V.pág.11-A del periódico El Informador del 8 de mayo de 2012).


Entre los seres vivos es notorio que se imponen los más fuertes. Es natural que al principio las vidas de los hombres discurran en manadas, como los animales: se sigue a los más fuertes y vigorosos. Su límite de gobierno es su fuerza; a eso podemos llamarlo monarquía. Cuando entre los hombres el que detenta la suprema autoridad pone su fuerza de modo que sus súbditos llegan a creer que da a cada uno lo que merece, ya no actúa el miedo a la fuerza bruta; es más bien por una adhesión a su juicio por lo que se le obedece y se conviene en conservarle el poder incluso cuando envejece; le protegen y combaten a su favor contra los que conspiran para derrocarlo. De esa manera se pasa de la monarquía a la realeza, cuando la supremacía pasa de la ferocidad y de la fuerza bruta a la razón. Después la realeza degenera en tiranía, principio de disolución y motivo de conspiraciones entre los gobernados. El pueblo, para demostrar su gratitud a los que derribaron la monarquía les convierte en sus gobernantes y acude a ellos para resolver sus problemas y después convierten la democracia en oligarquía. Suscitan otra vez en la masa sentimientos de rebelión y la cosa acaba en una revolución idéntica a la que hubo cuando los tiranos cayeron en desgracia. Porque si alguien se apercibe de la envidia y del odio que la masa profesa a los oligarcas y se atreve a decir o hacer algo contra los gobernantes, encuentra al pueblo siempre dispuesto a colaborar. Inmediatamente tras matar a unos oligarcas y desterrar a otros no se atreven a mandar un rey; no quieren tampoco confiar los asuntos de estado a una minoría selecta. Entonces se entregan a la única confianza que conservan intacta, la que radica en ellos mismos: convierten la oligarquía en democracia y es el pueblo quien atiende los asuntos de estado. Mientras viven algunos de los que han conocido los excesos oligárquicos el orden de cosas actual resulta satisfactorio y se tienen en el máximo aprecio la igualdad y la libertad de expresión. Pero cuando aparecen los jóvenes y la democracia es transmitida a una tercera generación, ésta, habituada al vivir democrático, no da ninguna importancia a la igualdad y a la libertad de expresión. Hay algunos que pretenden recibir más honores que otros; caen en esto principalmente los que son más ricos. Al punto que experimentan la ambición de poder, sin lograr satisfacerla por si mismos ni por sus dotes personales, dilapidan su patrimonio, empleando todos los medios posibles para corromper y engañar al pueblo. En consecuencia, cuando han convertido al vulgo poseído de una sed insensata de gloria, en parásito y venal, se disuelve la democracia, y aquello se convierte en el gobierno de la fuerza y de la violencia, porque las gentes, acostumbradas a devorar los bienes ajenos y a hacer que su subsistencia dependa del vecino, cuando dan con un cabecilla arrogante y emprendedor, al que, con todo, su pobreza excluye de los honores públicos, desembocan en la violencia. La masa se agrupa en torno de aquel hombre y promueve degollinas y huidas. Redistribuye las tierras y, en su ferocidad vuelve a caer en un régimen monárquico y tirano.

Polibio
("Historias" libro 6o.).


En la democracia el pueblo no pide, exige. Las sociedades democráticas sí ejercen la libertad para pensar, hacer y proponer. La sociedad democrática es quien aprueba o no las formas de gobernar. Los dos supuestos anteriores, claves de la democracia, no se convierten en realidad por conocerlos y enunciarlos. Es más, muchos gobiernos y gobernantes declaran aceptarlos y luego se ocupan de lograr que no se cumplan. En ésta época de elecciones se notan con claridad los modos de gobernar o de actuar de políticos, partidos y organismos con poder público con los cuales se obstaculiza el ejercicio democrático del pueblo. Tropiezan a la democracia.

¿Cómo se obstaculiza a la democracia? La forma más extendida y grave, se da cuando el poderoso se vuelve intérprete del pueblo. Dicho de manera grosera se parece a: "Como ustedes no saben, yo les voy a decir qué vamos a hacer. Confíen en mí. Voten por mí, elíjanme y ya verán, van a vivir mejor". Y luego se hacen promesas y aseveraciones hasta temerarias para mostrar que "él o ella sí sabe cómo" colmar las necesidades del pueblo. Así se apropian de un bien muy valioso: la palabra de cada quien y de su comunidad. "Como no sabes... no te ocupes... yo hablo por ti". Eliminan en los hechos el principal valor de la democracia: La fundación activa y permanente del orden social mediante la actuación de todos los miembros de esa sociedad.

Miguel Bazdresch Parada
(v.periódico Milenio Jalisco en línea del 27 de mayo de 2012).


En el ejercicio de la democracia que estamos edificando, me salta a la vista que estamos invirtiendo nuestro dinero y esfuerzo en mantas, espectaculares y anuncios en los diversos medios de comunicación y en fin en presentar caras y "frasecitas" con el fin de convencer a los electores de obtener su voto.

¿Es eso una democracia?

La verdad es que no me gusta ni me agrada. No quiero sentirme parte de una farsa, en donde lo único que cuenta es mi voto, en un sólo día del año.

Los partidos hacen lo que se les viene en gana y junto con ellos el IFE, simplemente porque hemos caído en un esfuerzo a base de mercadotecnia y publicidad. Nos venden rostros y palabrería y eso es lo que compramos.

Entiendo que un camino hacia la democracia, es la mayor participación ciudadana en las decisiones para el bienestar de todos. Es decir que el Gobierno realmente cumpla los mandatos de la ley, y esta emane del pueblo.

¿Dónde están las propuestas de la gente, las opiniones de los ciudadanos, las inquietudes y necesidades de la comunidad?

Democracia no es que los candidatos lancen sus propuestas y nosotros votemos por las que mas nos agraden, sino que sea al revés. Que nuestras propuestas las cumplan los políticos. Y que el mejor preparado para hacerlo, gane la contienda.

Hoy ganan las personas, más que los idearios políticos, que prácticamente han desaparecido del escenario.

Estamos fomentando una democracia mediática, hueca y sin fondo. Con opciones maquilladas y superficiales.

El modelo se esta agotando muy pronto y nos está saliendo muy caro sostener una mediocre democracia de pancartas y lonas.

Guillermo Dellamary
(v.pág.4-B del periódico El Informador del 3 de junio de 2012).


Analizar el modo en que el sistema electoral español pervierte la propia democracia puede ser de interés general.

Sobre el carácter antidemocrático del sistema electoral español se suele pasar de puntillas, aparte las protestas puntuales de los partidos directamente damnificados. La razón es simple: las 2 fuerzas mayoritarias del país, Partido Popular (PP) y Partido Socialista Obrero Español (PSOE), son directas beneficiarias de ese sistema y no tienen interés alguno en reformarlo.

El resultado es que las elecciones en España oscilan entre la lotería y el chantaje. Con casi el mismo número de votos y casi la misma abstención, como acaba de sucederle al PP.

El sistema de restos de la ley D’Hondt beneficia a los partidos más votados.

Que se encuentre normal ahora que un partido como el PP tenga el 53% de los diputados cuando obtuvo el 44% de los votos o que, como sucedió en las anteriores elecciones, a la 3a.fuerza electoral de la nación, I.U. (Izquierda Unida), con casi un millón de votos, se le atribuyeran sólo 2 diputados, indica hasta qué punto la hipocresía y la falta de respeto a la soberanía popular predominan en la vida política española.

Porque semejante sistema de atribución de escaños tiene como consecuencia catastrófica que las elecciones se transformen, para una buena parte de los ciudadanos españoles, no en un acto de soberanía sino en un trámite realizado bajo chantaje.

El voto está condicionado por el hecho de que puede que la fuerza minoritaria por la que uno vota no obtenga la disparatada cantidad de sufragios requerida para lograr un diputado y entonces el escaño en litigio vaya a parar a otro partido, al que se estará apoyando de hecho aunque no se quiera hacerlo. De ahí el permanente chantaje del PSOE hacia los votantes de la izquierda, presentando cualquier voto que no sea a sus candidatos como un apoyo a los candidatos de la derecha. Por desgracia, eso es así muchas veces pues en la mayoría de las provincias los votos que recibe Izquierda Unida nunca se transforman en diputados. Entonces, ¿dónde queda la libertad del votante a la izquierda del PSOE? Y sin esa libertad de elección no sometida a chantaje, ¿dónde queda la expresión de la voluntad soberana?

Con todo esto, hay todavía quienes defienden la ley d’Hont porque dicen que contribuye a la gobernabilidad del país. ¿Está entonces la gobernabilidad por encima de la soberanía popular? ¿Es excusa suficiente para que la voz de los ciudadanos esté representada como a algunos les gustaría que fuese, en vez de como realmente es?

Estas últimas elecciones han puesto en evidencia una quiebra no tanto del sistema bipartidista, que ha mostrado su cara más injusta, como de la propia democracia española. Estamos ante una forma de discriminación política que atenta directamente contra el principio constitucional de igualdad ante la ley. Una discriminación que explica en gran medida la pujanza del movimiento de protesta de los indignados, pues si se pervierte el acto de legitimación del poder político (la expresión de la soberanía popular a través de las elecciones), es la democracia misma la que resulta amenazada.

José Manuel Fajardo, escritor y periodista español
(v.pág.5-B del periódico El Informador del 3 de junio de 2012).


"¿Saben qué? A mí la política me viene valiendo. Lo que a mí me preocupa es cómo carambas le voy a hacer para poder comer hoy. Lo que me urge es una chamba formal porque tengo hambre. ¡Tengo hambre! Igual que 40 millones de mexicanos. Por eso, si me ofrecen torta, 100 pesos, camiseta y sombrero nuevo, ¡llévenme al mitin que quieran y díganme que debo de gritar! Y si el 1 de julio me dan 500 pesos por mi voto, ¡órale, nomás díganme como se hace una crucecita y dónde la pongo, porque yo no sé ni escribir!"

Estas son palabras de un habitante de Mezquitic, Jalisco. Analfabeta, desempleado y desesperanzado. Y revelan por qué es tan fácil comprar un voto.

¿Y cómo le hacemos para erradicar la venta de votos? Hay que cambiar muchas cosas, pero hay que empezar cambiando lo básico.

Lo siguiente les va a sonar antidemocrático y elitista a los puristas atenienses y a los conservadores, pero el derecho al voto hay que ganárselo, y no puede valer lo mismo el voto de todos. En una sociedad mercantil, sólo puede votar quien contribuye con dinero o trabajo, y esa opinión vale tantos votos como la cantidad de trabajo o dinero que aporta. Y eso se considera justo y democrático.

El sufragio debe de ser un derecho ganado por el ciudadano que paga impuestos y su voto debe valer de acuerdo con el trabajo que haya invertido para educarse.

"Todos somos iguales, pero 'habemos' unos más iguales que otros", decía el Arq.Malacara. No es igual un hombre que trabaja legalmente y paga impuestos que un hombre que trabaja en la economía informal, no aporta nada al erario y disfruta gratis de los servicios comunitarios. Ni tampoco es igual quien, con grandes sacrificios, estudió en el sistema de educación pública y luchó para recibirse y ser exitoso, que quien se rindió y dejó la escuela. Y ambos tuvieron la misma oportunidad. Recordemos que en México la educación es gratuita. Malita, pero gratis.

Este modelo de votos de diferente valor no es nuevo, ya don Lucas Alamán propuso el "sufragio restringido" en 1834. En España el sufragio es "representativo" mediante el Método D'hondt y el voto de un catalán vale diferente que el de un asturiano o un madrileño. Y en Estados Unidos el valor del voto de cada ciudadano depende de su distrito electoral. Adecuar la democracia a la realidad de cada país es permitido. Eso del "sufragio universal" en teoría suena muy bonito, pero en la práctica no funciona.

Nuestro sistema sería así: sólo se permitirá votar a quien aparezca en la base datos del RFC como contribuyente cumplido. Y dependiendo del grado de escolaridad que aparezca en la base de datos de la SEP se le asignará un número de votos. A mayor escolaridad, más votos. Y por cada voto tiene derecho a un estímulo en efectivo. ¿Ah verdad? Así cambia la cosa. De esta forma, el dinero de las elecciones no sería ni para el IFE ni para los partidos; sería para los ciudadanos cumplidos.

¿Se les hace absurdo y mafufo que el IFE nos dé dinero a los ciudadanos cumplidos por votar? Pues a mí se me hace más mafufo que los políticos tengan derecho a recibir dinero para ser electos y los ciudadanos nomás tengamos derecho a... elegirlos.

Obviamente esta idea no les va a gustar a los partidos compra-votos. A ellos les conviene tener a puro desempleado-analfabeta-vende-voto.

Cambiar nuestro sistema electoral a uno que estimule la educación y que todos paguemos impuestos, nos haría progresar.

El derecho al voto, como todo en la vida, hay que ganárselo.

Alberto Martínez Vara
(v.pág.6 del periódico Mural del 7 de junio de 2012).


El sistema democrático, por los comportamientos de quienes de él viven que son precisamente los dedicados a la política, está seria, muy seria, extremadamente afectado. Escribo esto cuando el sentir en los ciudadanos va en el desencanto; en la desilusión; en la decepción y, aunque fuerte suene, hasta en el asco producido por el comportamiento de muchos de los "profesionales" del giro.

Francisco Baruqui
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 11 de junio de 2012).


El rumbo del país del próximo sexenio estará en manos de los indecisos. De la improvisación y de las definiciones de última hora. Lo dicen las encuestas: el porcentaje de electores que no sabe por quién votará es tan grande, que serán el fiel de la balanza. Por ello, todos los partidos van en pos de los indecisos.

Este grupo de votantes es de 2 tipos: aquellos que poseen información sobre los procesos electorales pero no tienen una decisión tomada, y los que simplemente no tienen información ni idea del proceso electoral, por lo que son incapaces de emitir una valoración al respecto.

Así que por más que nos desgastemos el cerebro descifrando propuestas, oyendo debates, escudriñando en el pasado y presente político de los candidatos y sus partidos; por más que razonemos nuestro voto, los que finalmente decidirán quién ganará la elección son los desinformados, los improvisados, los que resuelven todo a última hora; los que votan con el estómago, basados en hábitos, en la propaganda política o en las fobias y filias del momento.

La teoría racional de la democracia considera al elector como un ser racional. Pero como los electores que no razonan su voto, son los que al final resuelven el sentido de las elecciones, podemos decir que nuestros gobiernos, nuestros representantes y nuestra democracia son el producto de la sinrazón. Y por eso estamos como estamos.

Un artículo de la revista electrónica Razón y Palabra describe los distintos tipos de votos que hay, y pensé que sería bueno que cada quien supiera el tipo de voto que emitirá:

1. Voto racional
Es el que se decide de acuerdo a la información recogida de las campañas y al cálculo que hace sobre beneficios, ventajas y desventajas que obtendría con un determinado candidato, partido o programa de gobierno. Quienes lo ejercen son votantes que no pueden ser manipulados.

2. Voto inercial.
Es el voto de la costumbre, el de hábitos pasados, y el de la predisposición política que difícilmente cambia. Es el llamado voto duro.

3. Voto personalizado.
Es el que se basa más en el candidato que en el partido o en la plataforma electoral que propone. Es el voto de la imagen, carisma, arraigo, liderazgo o historia personal.

4. Voto de ira.
Es el que se genera motivado por el hartazgo, el descontento, la inconformidad, el malestar y la irritación social en contra de algunos partidos o sus candidatos, o sus plataformas político-ideológicas. Es el voto de protesta, el voto negativo (ejemplo: "#Yosoy132").

5. Voto por consigna.
Se conoce como voto corporativo, y es el que se emite dirigido, coaccionado o influenciado por líderes sociales, sindicales, empresariales o religiosos.

6. Voto de Hambre.
Es el llamado voto utilitario, y que se genera por las severas carencias económicas de muchos y se otorga al mejor postor en función de la sobrevivencia económica o a cambio de una utilidad inmediata, incluyendo una torta, una despensa, una licuadora o una borrachera.

7. Voto del miedo.
Se emite basado en temores, amenazas o incertidumbres sobre el presente y futuro de la sociedad. Lo inducen los partidos, creando dudas y amenazas de posibles escenarios adversos de sus opositores (ejemplo: "(...) es un peligro para México").

8. Voto de plástico.
El que se obtiene de personas que no saben lo que quieren, y por lo tanto son moldeables e influenciables. Es un voto flexible, elástico que depende principalmente de la televisión.

Al final, cada quien vota como quiere. Yo pienso que sería mejor que todos lo hiciéramos racionalmente, pero para que esto ocurra, para impedir que los votos puedan ser comprados o influenciados, es necesaria una sociedad educada y libre de pobreza extrema.

Ricardo Elías, arquitecto y empresario
(v.pág.6 del periódico Mural del 14 de junio de 2012).


El valor principal de la democracia consiste en prescindir de los malos gobernantes sin derramamiento de sangre; ethos civilizatorio suele decirse. No es poco, en un país ensangrentado y tomado por la violencia criminal organizada.

Alán Arias Marín, FCPyS-UNAM, Cenadeh
(v.periódico Milenio Jalisco en línea del 17 de junio de 2012).


Estamos en una sociedad pluripartidista que quiere expresarse y ser representada con equidad. El sistema político no le ofrece esta equidad. Por eso el gobierno dividido es la otra cara de una sociedad que no puede transformar en consensos políticos ni en compromisos básicos sus valores diferentes. El régimen no le ofrece esta oportunidad a la sociedad. No es un régimen de oportunidades, sino un sistema limitativo que le queda chico a México.

Tendrían que reunirse dos condiciones para que esto cambiase. Instaurar una fórmula para permitir coaliciones y establecer reglas de eficacia gubernativa que impidan que la diferencia entre actores obstruya el imperativo de llegar a consensos en asuntos trascendentes.

Se han propuesto hasta la saciedad las modalidades institucionales que podrían conducir a encontrar ambas salidas: segunda vuelta, gobierno de coalición, gobierno de gabinete, sistema parlamentario, reelección consecutiva de alcaldes y legisladores, referéndum, iniciativa popular, plebiscito, iniciativa ciudadana, reforma a los sistemas de veto, iniciativa preferente...

En todas las ocasiones las voluntades que han conseguido predominar han negado la pertinencia de estas medidas, que se han propuesto de distintas formas y con diferentes arquitecturas. A estas alturas sólo es posible entender esa negación como ceguera inducida por la voluntad de poder. Los beneficiarios de la contradicción entre pluralismo electoral y autoritarismo del régimen de gobierno son los oportunistas que creen que alcanzando el poder podrían gobernar sin trabas. No han entendido que México cambió y que su negación es gasolina cerca del fuego.

Francisco Valdés Ugalde, director de la Flacso, sede México
(v.pág.8-A del periódico El Informador del 18 de junio de 2012).


El Instituto Federal Electoral, ante la falta de herramientas para hacer que se respeten los resultados electorales, acude al recurso de firmar "un pacto de civilidad" para que se respete la voluntad del pueblo expresada en las urnas el día de las elecciones.

La regla es clara, gana quien tenga mayoría, eso dice la ley y si la mayoría es mínima como sucedió en 2006, y eso genera conflicto, entonces se debe exigir al legislativo que cambie la ley y defina que se debe entender por mayoría o que establezca la segunda vuelta electoral. Pero mientras el que gana lo hace con un mínimo de votos, entonces los demás están obligados a respetar el resultado porque así lo establece la norma acordada por todas las fuerzas políticas representadas en el poder legislativo.

Ante el escenario de controversia por los resultados electorales en episodios del pasado el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación ha tenido que resolver disputas, lo que en términos institucionales conduce al país a la judicialización de los procesos electorales y hace que estos se conviertan en una práctica inútil debido a que prevalece la interpretación del código frente a la voluntad del voto. El proceso electoral pierde credibilidad y se convierte en simulación para dejar a salvo los intereses de los grupos de poder.

En política también es importante saber perder, pero se debe hacer con la ley en la mano. Lo demás es propaganda. El episodio indica que la Reforma del Estado y la Reforma Política siguen siendo asignaturas pendientes y que los políticos que tenemos están rebasados por la sociedad. La democracia es participación, tolerancia y cíclicamente votación. Cualquier planteamiento que invierta este orden miente.

Enrique Pérez Quintana
(V.Yahoo! Noticias del 18 de junio de 2012).


Votar no sirve de nada porque el sistema pretende llamarse democracia sólo porque permite al ciudadano depositar una boleta cada 3 años. Un trienio (periodo entre elección y elección) tiene 1"576,800 minutos y los políticos dejan que el ciudadano apenas participe 30 minutos, es decir el 0.0019% de cada periodo de gobierno. Y después de concederle esa migaja de "participación", se les da una patada en el trasero a los votantes y se les impide cualquier otra decisión. Obviamente esto no es una democracia.

Rubén Martín
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 26 de junio de 2012).


Según el diseño teórico, la democracia es un sistema basado en la rectitud e integridad de los contendientes. El diseño ideal no acepta transgresiones, trampas o inmoralidades, pues asume seres humanos capaces de convivir con otros, con diferente pensamiento o manera de ver la vida y el mundo. Seres humanos capaces de convivir con gobiernos de ideas opuestas a las personales porque saben que nunca se les impondrá algo irracional o discriminador, porque los gobernantes son, también teóricamente, hombres y mujeres respetuosos de la ley, de su propia palabra y sus promesas.

La práctica democrática está muy alejada de ese diseño teórico. Hace muchos cientos de años que los autores de las diferentes épocas documentan la realidad de seres humanos muy alejados de los supuestos de la democracia. La persecución del elixir llamado poder transforma a los humanos respetables en humanos impresentables. También la realidad nos hace ver que elegimos a una persona y a su grupo de acompañantes entre los cuales habrá de todo: inteligencia, medro, astucia, ambición y oficio.

Miguel Bazdresch Parada
(v.periódico Milenio Jalisco en línea del 1o.de julio de 2012).


Es evidente que las elecciones en todo el mundo las está ganando el poder del dinero; su impacto lo sufrimos en cada elección: mercantilización ad nauseam de las campañas electorales y de todos los medios de propaganda, incluyendo encuestas; opacidad del gasto público y privado en manos de los partidos, con un sistema político que hace imposible la rendición de cuentas integral y oportuna, capaz de fincar responsabilidades.

Empoderar el voto ciudadano requiere paradójicamente, el fin de la partidocracia y su perverso sistema de repartición de cuotas de poder para que haya elecciones libres. Necesitamos devolver el sentido ciudadano a los organismos públicos autónomos y profundizar los mecanismos existentes de democracia participativa.

Jaime Preciado Coronado
(v.pág.19 del periódico Milenio Jalisco del 6 de julio de 2012).


Cada vez resulta más claro para más gente que el sistema no puede funcionar poniendo el piloto automático o dejando que los profesionales de la política sigan cooptando entre ellos apaños cada vez más ineficaces. Más allá de demostraciones de descontento comprensibles, pero que a veces favorecen el regreso de opciones totalitarias (tanto la extrema derecha como la extrema izquierda están permanentemente indignadas contra la democracia y se aprovechan de la confusión) parece urgente no quizá refundar sino al menos reactivar la democracia. Pero ¿cómo?

Abundan las propuestas de diferente signo, que a veces -siguiendo la moda del celebérrimo panfleto de Hessel- adoptan en su título el modo imperativo. No será la primera vez que la rebelión comience obedeciendo la orden de rebelarse... Paolo Flores d’Arcais es uno de los intelectuales italianos que más han luchado por la recuperación de una conciencia cívica en su país, secuestrada a medias entre Berlusconi y el papado.

Flores d’Arcais repasa los fundamentos de la democracia moderna, pero también los obstáculos actuales que la bloquean o pervierten. Para él, la ciudadanía no es un derecho adquirido en el que reposar sino una permanente exigencia de militancia... lo cual contraviene nuestros tiempos abúlicos, en los que muchos despotrican pero pocos están dispuestos a sacrificar algo de su comodidad en informarse a fondo y reunirse con otros para reivindicar los cambios necesarios. Sin embargo, piensa Flores d’Arcais, sólo hay democracia donde se lucha por la democracia. Un combate que pasa por enfrentarse a toda ilegalidad, privada o institucional, por exigir respeto a la verdad de los hechos y laicismo que separe la esfera pública de cualquier dogma religioso, defender la lógica racional y la ilustración en todos los planos, suprimir la influencia corruptora del dinero en el horizonte político y propiciar la redistribución constante de la riqueza a través de un Estado que no renuncie a procurar el bienestar de la mayoría, así como una fiscalidad vigilante y progresivamente progresiva, etc... En cuanto al plano moral de la democracia, el resumen de su ética es la coherencia entre lo que conocemos, lo que deseamos y la forma en que nos comportamos socialmente. ¿Un repertorio de sueños e ilusiones? Quizá lo ilusorio sea imaginar que seguiremos en democracia si renunciamos a ellos.

Fernando Savater
(v.pág.2-B del periódico El Informador del 8 de julio de 2012).


La democracia no puede limitarse al día de las elecciones; requiere de un compromiso de vigilancia y evaluación del desempeño que esperamos por parte de quienes fueron electos por los votos. Esto es fácil decirlo, pero difícil realizarlo en un país no acostumbrado a exigir resultados de las "autoridades", y que no tiene siquiera una instancia de la sociedad dedicada al seguimiento sistemático y valoración puntual del cumplimiento, a lo largo del desempeño de sus funciones, de lo que dijeron y ofrecieron los candidatos en sus campañas. La democracia se debe ejercer, después de las urnas, en la observancia de la "solvencia" o la "entrega de cuentas" (el intraducible, pero acertado, término inglés accountability) en el desempeño de una función. Todos los ciudadanos tenemos, si somos congruentes con nuestros ideales democráticos, una clara responsabilidad en exigir esa "solvencia" de quienes han resultado electos. Si esa responsabilidad funcionase bien con los miembros del congreso, del ejecutivo y los alcaldes este país sería otro, sería el que deseamos para nuestros hijos y nietos.

La función de una verdadera ciudadanía es empujar al país a ser mejor de lo que fue ayer, de acuerdo con los deseos comunes de bienestar, seguridad, igualdad de oportunidades para todos, etc. Debemos ser parte de una verdadera revolución en la forma en que vivimos; una revolución basada en el conocimiento de nuestro entorno y de las consecuencias sociales y ambientales de nuestros actos. Esa revolución hay que impulsarla y defenderla hoy, en pleno siglo del conocimiento, con el saber y entender que otorgan la autoridad moral necesaria para exigir cuentas a quienes tienen que rendirlas, pero también nos obliga a cumplir, día a día, con nuestras responsabilidades de manera ética y comprometida.

José Sarukhán, investigador emérito de la UNAM
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 9 de julio de 2012).


La siguiente propuesta sería la de cambiar el sistema de gobierno hacia el parlamentarismo o el semipresidencialismo. Con el sistema de mayoría relativa como el nuestro, ganan las minorías, y eso es un problema. Si no existe la civilidad por parte de los partidos políticos de llegar a acuerdos e implementar las reformas que se necesitan.

Joaquín Galindo Díaz, coordinador de la carrera de Estudios Políticos y Gobierno del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades
(v.pág.7 de La gaceta de la Universidad de Guadalajara del 9 de julio de 2012).


"Compañero Militante... Si tuvieras 2 casas, ¿donarías una a la revolución?"

"SÍ"- responde el compañero militante.

"Y si tuvieras 2 autos de lujo, ¿donarías uno a la revolución?"

"SÍ"- nuevamente responde el aguerrido militante.

"Y si tuvieras un millón en tu cuenta bancaria, ¿donarías la mitad para la revolución?"

"Lógicamente, lo donaría"- respondió el orgulloso compañero.

"Y si tuvieras 2 gallinas, ¿donarías una para la revolución?"

"¡No!"- respondió el compañero.

"Pero... ¿por qué donarías un apartamento si tuvieras 2, un auto de lujo si tuvieras 2, y 500,000, si tuvieras un millón en tu cuenta...y no donarías una gallina si tuvieras 2?"

"¡Porque las gallinas sí las tengo!"

MORALEJA: ¡Siempre es fácil ser comunista con la propiedad y el trabajo ajeno!!

(Recibido por e-mail el 11 de julio de 2012).


El clientelismo es una práctica sin la que no se podría entender el sistema político mexicano. Desde los aztecas hasta nuestros días, el servidor público no ha encontrado mejor forma de adiestrar la furia social que con el placebo rápido, la solución finita, la aspirina para el cáncer.

No ha habido un sólo político en la historia mexicana que no haya querido hacerse de clientes entre la sociedad. Para muchos, tendría que ser el fin primario de la política, pero la labor pública debiera centrarse en el bien común y no en la simpatía que mantenga al personaje en el poder.

Casas, tierras, trabajos, despensas, botes o bolsas de leche, boletos, billetes, útiles, uniformes, desayunos, viajes, comisiones, cualquier artilugio que los ponga en ventaja del contrario a través del placer inmediato del elector.

La pasada elección se convirtió, al final, en ello: un espejo de disparos presupuestales que no llegaban a 50,000 pesos pero servían para calmar la tripa de un pueblo hambriento, miserable y olvidado por todos los administradores del poder.

Y ni el poder de la primavera mexicana pudo parar las prácticas ancestrales de todos los partidos políticos.

Ahora, López Obrador denuncia lo que él mismo advirtió en sus discursos pero se olvida que recomendó a sus fieles recibir cualquier dádiva y votar por el candidato de su preferencia.

Afirma que se usaron tarjetas de autoservicios para secuestrar conciencias y morales y olvida que la votación por la que le ganaron se encuentra en cerranías y valles, entre los campesinos y desposeídos que, probablemente, nunca han visitado un supermercado.

Pide la nulidad ante una práctica ancestral de la política mexicana y que él mismo fomentó con ayudas a viejitos, madres solteras y jóvenes universitarios. Necesarias todas ellas, pero también parte de programas que, desde lejos, se ven clientelares.

La solución que debe de entrar en la próxima reforma electoral -porque la habrá, se los aseguro- es quitar financiamiento público a los partidos. Hay países donde los partidos deben de financiar y obtener fondos de sus simpatizantes. Aquí ustedes y nosotros tenemos que pagar lo que, luego, ellos nos regresan como dádiva electoral. Un regalo que nosotros mismos nos pagamos.

Ahora, para que pase esta reforma tendría que congelarse el infierno.

O que López Obrador reconozca un resultado adverso.

Gonzalo Oliveros
(v.pág.18 del periódico Milenio Jalisco del 13 de julio de 2012).


No hay democracia ni justicia sin legalidad. La democracia es procedimental, es la secuencia de eventos que concluyen con el voto regulados con instituciones, etapas, normas e instrumentos que son los que hacen una contienda auténticamente democrática. La democracia representativa, con todas sus restricciones y demonios, es el mejor y más inteligente método para resolver la lucha por el poder. La democracia plebiscitaria es una seducción propia de demagogos. Su lugar es la plaza y su razón el insulto inquisitorial. Está mal, pero la democracia hasta para eso debe dar espacio; lo que no es admisible es que eso se imponga.

La democracia formal es la mejor garantía para frenar las tentaciones autoritarias. La democracia supone libertades y, entre éstas, la de pensar y actuar distintos. La democracia mexicana, como todas, es imperfecta, pero hace valer la voluntad ciudadana manifiesta en votos y ha funcionado para sancionar al mal gobierno, como lo muestra el México de la pluralidad y la alternancia.

También la democracia da cauce para resolver las diferencias y las quejas que resultan del proceso electoral. En términos de irregularidades e insuficiencias, lo que ocurre aquí no es muy distinto de lo que acontece en otras latitudes, pero acá la inconformidad poselectoral es la regla y no solo es atribuible a López Obrador o a la izquierda. Lamentablemente se ha vuelto hábito el intento de ganar en la barandilla lo que no conceden las urnas.

Federico Berrueto
(v.periódico Milenio Jalisco en línea del 15 de julio de 2012).


La gran mayoría de gobiernos del mundo son delincuentes en las sombras que espían a sus ciudadanos sin que ellos lo sepan y esto es totalmente ilegal.

Horacio Martín Romero
(v.pág.20 "Los correos del público" del periódico Milenio Jalisco del 20 de julio de 2012).


Alguien quería saber si constituye una aportación de México al concepto clásico de la democracia la actitud de ciertos gobernantes, incapaces de reconocer que la tolerancia deja de ser virtud cuando se lleva a los extremos. Aludía a los profesionales de la política, que al asumir los cargos públicos para los que se aseguran por lapsos que varían de 3 a 6 años una mesada generosa, sin tener que devengarla de manera honesta y esforzada, como ordinariamente lo hace el ciudadano común, "protestan" solemnemente, para efectos protocolarios, "cumplir y hacer cumplir las leyes"... pero que, ya en la práctica, optan, los muy comodinos, por el "laissair faire, laissair passer" (dejar hacer, dejar pasar) de los franceses; o, para decirlo en mexicano, por "nadar de muertito".

La invención es tan antigua como el vocablo "demagogia". Polibio, historiador griego, planteó, 200 años antes de Cristo, "la tiranía de las mayorías incultas para obligar a los gobernantes a adoptar políticas o a tomar decisiones o establecer regulaciones desafortunadas". Rousseau, en El Contrato social -piedra de toque del concepto moderno del Estado-, habla de "la degeneración de la democracia". Ambos utilizan el término "oclocracia", a la que el filósofo escocés McIntosh, ya en el Siglo XIX, define crudamente como "la tiranía de un populacho corrompido y tumultuoso" o como "el despotismo del tropel"... pero nunca como el gobierno del pueblo, entendido como el consenso de la opinión pública con respecto a situaciones concretas.

Ejemplos de oclocracia, a lo largo de la historia, hay muchos. Uno de los más clásicos, el "¡Crucificadle!" de la turba que se pronunció, en Jerusalén, hace dos mil años, a favor de la crucifixión de un justo. Y uno muy tapatío -y de rabiosa actualidad, además-, la actitud pusilánime de la autoridad municipal ante el fenómeno del ambulantaje en el centro histórico de Guadalajara, así como sus tronantes declaraciones de que "ahora sí" va en serio la aplicación de la ley.

(Los vasallos de los reinos en que se cultiva, modernamente, la oclocracia, saben muy bien, por cierto, aquello de "Perro que ladra...").

Jaime García Elías, periodista y conductor radiofónico
(v.pág.6-B del periódico El Informador del 8 de agosto de 2012).


En la democracia, todos somos iguales y son más las personas que se exponen a la televisión que las que leen los periódicos o las que opinan a través de Twitter y Facebook.

Y si queremos ser verdaderamente escrupulosos, son más los televidentes que miran producciones como Abismo de pasión, Amor bravío y La mujer de Judas, que las que sintonizan noticiarios o mesas de análisis tipo Tercer Grado.

Si queremos un cambio democrático, lo tenemos que hacer a través de las telenovelas, no a través de las noticias, de las barras de opinión o de los foros en internet.

El problema es que nuestros especialistas están tan ocupados y son tan finos que no tienen tiempo de ver melodramas seriados, se sienten superiores a ellos, los desprecian.

Qué pena porque, si fueran más humildes, hubieran detectado, desde hace años, muchas situaciones que hoy nos tienen divididos y otras, delicadísimas, que nadie denunció y que este año tuvieron más impacto en las audiencias que los mismísimos debates presidenciales, como los parlamentos a favor de El Copetes en títulos como Por ella soy... Eva.

Álvaro Cueva
(v.periódico Milenio Jalisco en línea del 12 de agosto de 2012).


La democracia implica diálogo y acuerdo. La democracia rechaza el extremismo y premia la conciliación; castiga la marginación política y legislativa, y busca la interlocución y la discusión. El sistema democrático es un complejo laberinto de argumentaciones, construcciones que tienen como objetivo legitimarse ante la población y erigir consensos al interior de las instituciones.

Enrique Toussaint
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 15 de agosto de 2012).


La democracia mexicana ha traído al país una representación efectiva de la pluralidad política. Es una pluralidad que quedó expresada en el año 2000 en tres partidos dominantes, ninguno con más de 40% de los votos, y varios partidos pequeños, ninguno con posibilidad de competir realmente por el poder.

Esta es una pluralidad partidaria más adecuada a las reglas de un régimen parlamentario que al funcionamiento de un régimen presidencial.

En un régimen parlamentario, la mayoría se forma antes de integrar gobierno. Es requisito negociar una mayoría absoluta (la mitad más uno) para formar gobierno. En un régimen presidencial, el gobierno se forma tenga o no mayoría en el congreso el ganador de las elecciones.

La consecuencia de la fragmentación parlamentaria en un régimen presidencial es lo que vemos en México: un gobierno electo por mayoría que es minoría en el congreso y que pasa buena parte de su tiempo negociando infructuosamente con su oposición.

Desde 1997 la democracia mexicana produce gobiernos divididos en los que el partido que gana la mayoría en las elecciones presidenciales no tiene la mayoría en el congreso.

Nuestro régimen democrático no es entonces un sistema que da poderes claros a los gobiernos que elige. Es un remedo de régimen parlamentario en el esquema de un régimen presidencial.

Las pobres consecuencias políticas de esto empezamos a verlas de nuevo en las falsas convergencias y las declaraciones de doble que ensayan los legisladores que integrarán el congreso.

Hay cierto desánimo público en la impresión de que esta película ya la vimos, y empezamos a verla de nuevo. Ni siquiera con muchos nuevos actores.

Héctor Aguilar Camín
(v.pág.4 del periódico Milenio Jalisco del 24 de agosto de 2012).


Hans Kelsen sostenía: "La democracia es la forma de Estado que menos se defiende de sus adversarios"; ya que, para ser fiel a sus principios debe "tolerar también los movimientos dirigidos a la destrucción de la democracia".

Quizá mucho de las imperfecciones de la democracia tengan que ver con la necesaria y conflictiva relación que en el fondo tiene con los partidos políticos: los promueve, los protege, los constitucionaliza y los financia. Luego, éstos se lanzan contra quien los creó, los formó, los protegió y los sostuvo.

¿Cuántas veces no hemos escuchado que en México los partidos políticos han tomado de rehén al Estado y a las autoridades de sus órganos de gobierno legítimamente constituidos (fenómeno conocido como Estado de Partidos)? El problema es que ahora, -ya no conformes con eso- de manera impune han convertido también en su rehén a la propia democracia: el pasado martes, los líderes partidarios del auto denominado "Movimiento Progresista" amenazaron: "Si no se invalidan las elecciones presidenciales las consecuencias van a ser graves (...) sin descartar que se llegue a presentar algún estallido social".

¿Hasta cuándo se van a seguir tolerando estas amenazas y prácticas que parecen no tener regulación ni límites? En otros países, a esos partidos ya se les hubiera declarado su inconstitucionalidad (modelo alemán) o su ilegalidad (modelo español) y se les hubiera prohibido. El problema es que en nuestro país el sistema de control de la constitucionalidad o de la legalidad de los partidos políticos es bastante impreciso, limitado o inexistente. Sobre todo cuando se refiere a la violación de los principios consagrados en la Constitución, o a la comisión de conductas y prácticas que caigan en la ilegalidad o atenten contra el Estado, sus instituciones y la democracia.

En los últimos 12 años, a paso sostenido, México ha venido construyendo una democracia fraudulenta: no sólo porque no responda expectativas, sino porque existen algunos que con el fantasma del "fraude electoral" hacen fraude contra la democracia. Por eso México en la Encuesta 2011 de Latinobarómetro está en el último lugar en grado de satisfacción con su democracia; y en el penúltimo de los que piensan que "la democracia puede tener problemas, pero es el mejor sistema de gobierno" (democracia Churchilliana).

¿Hasta cuándo el IFE aplicará las atribuciones que le dan las Constitución y las leyes para cancelar el registro a los partidos en los que la conducta de sus militantes y dirigentes van en contra de los principios del Estado democrático?

El dilema de la democracia nos habla de su encrucijada cuando no puede limitar las libertades de quienes en su marco realizan actos destinados a destruirla y de si debe o no defenderse de quienes la atacan. Ante tal encrucijada, la única salida posible es cancelarles a sus enemigos el derecho a actuar en la arena política.

Javier Hurtado
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 25 de agosto de 2012).


Como sistema de gobierno la democracia permite la convivencia y la competencia regulada de la diversidad política y los cambios de gobierno de manera participativa, institucional, pacífica. No es poca cosa, pero para ello son necesarios instrumentos: partidos, políticos, parlamentos. El año pasado, Latinobarómetro nos informó que en preguntas claves México ocupaba los últimos lugares de comprensión entre 18 países de la zona. "La democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno" recibió un respaldo del 40% de los encuestados, 18 puntos porcentuales por debajo de la media en América Latina. "Sin congreso no puede haber democracia" fue respaldado por el 53% y "sin partidos no puede haber democracia" solo por el 50, por debajo también del promedio de la región.

José Woldenberg
(v.periódico Mural en línea del 6 de septiembre de 2012).


En las democracias occidentales imperan los partidos-cartel, caracterizados por ser grupos de profesionales que diluyen en el consenso político el conflicto ideológico propio de una sociedad. Las diferencias se desvanecen, los partidos-cartel cogobiernan en distintos niveles y dejan de representar miradas del mundo para ser aparatos subsidiados de renovación y rotación gubernamental.

Ivabelle Arroyo
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 12 de septiembre de 2012).


La izquierda es una herencia histórica que no sólo se debe a los estadistas y hasta tiranos que han dicho ejercerla. Sino a la suma de grandes filósofos, escritores, artistas y creadores que se han nutrido en ella. Por eso, está muy por arriba de los partidos políticos que dicen representarla, a veces en la mediocridad, tal cual ocurre en México.

La izquierda es una forma de mirar al mundo. De concebir el país. Es la vía de la sensibilidad y el aprecio por el talento, y la inteligencia en un planeta donde prevalecen los números. Es la aceptación de que no podemos ser todos iguales, pero de que cada individuo tiene derecho a la igualdad de oportunidades. El entendimiento de que la pobreza no es un asunto de conmiseración sino de moral pública, pero también de mercado. A nadie conviene que haya tantos pobres, porque luego quién compra. Por tanto, urge abatirla. Porque nos ata al pasado y nos impide mirar al futuro.

Se necesita estar ciego para no ver experiencias como las de Chile, Brasil y Perú en América. O las de Singapur, Corea y China, en Asia, e ignorar que hay soluciones a la miseria y la desesperanza. Claro, siempre y cuando se propongan alternativas imaginativas, audaces y radicales. Que en el inevitable escenario de la globalidad puedan conducirnos a modelos propios de desarrollo.

En México, esquemas viables para nuestros tres grandes pendientes: reforma del Estado; un nuevo modelo económico; y una gran revolución educativa.

No estoy seguro de que todas estas propuestas sean alcanzables en el corto plazo, pero junto con otras más que han circulado en los años recientes creo que pueden ser un punto de partida. De lo que sí estoy absolutamente cierto es de que ni éstas ni otras visiones de país se discuten al interior de los partidos de izquierda. Ellos están siempre en lo suyo: la rebatinga por las posiciones de poder y los dineros, en sus partidos, sus gobiernos y con sus "representantes populares". Las diferencias entre tribus no son ideológicas sino por posicionamientos políticos y económicos. En este sentido, los partidos de izquierda no se diferencian del resto. Todos convertidos en rentables empresas de colocación donde los cargos en los gobiernos y las legislaturas llegan incluso a subastarse al mejor postor o atendiendo a cuotas tribales o conveniencias familiares y personales.

Los arrogantes señores de la izquierda partidista han sido incapaces de anteponer los intereses del país a sus berrinches, bilis y obsesiones enfermizas.

Ricardo Rocha
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 12 de septiembre de 2012).


La democracia no tolera la rigidez doctrinaria, pues la realidad es siempra más sutil y compleja que las teorías que pretenden exhibirla, y las ideas que no son capaces de adaptarse a la realidad terminan siempre por conseguir resultados opuestos a los que persiguen.

Mario Vargas Llosa
(v.pág.2-B del periódico El Informador del 23 de septiembre de 2012).


Creo que el bien básico que deben producir los políticos es la administración de la discordia. Creo que el bien básico que debe producir el Estado es seguridad pública, en sus 3 dimensiones: seguridad física, seguridad patrimonial, seguridad jurídica.

El eje de la seguridad pública no es el uso de la fuerza, sino la aplicación de la ley. El eje de la aplicación de la ley no está en la policía o en los tribunales, sino en la disposición de los ciudadanos a respetarla.

Creo que la democracia sólo puede sostenerse en el marco del respeto colectivo de la ley. La democracia no produce bienestar económico o equidad social, sino libertades públicas. Las libertades públicas no siempre producen concordia ni fluidez en el gobierno. A menudo, lo contrario.

Creo que los gobiernos son un mal necesario: pueden estorbar mucho y resolver poco. Un gobierno que no cobra impuestos y no aplica la ley es un remedo de gobierno. Hay algo peor que un mal gobierno: la ausencia de gobierno.

Creo en la educación pública, pero no en la educación pública mexicana. Lo mismo puedo decir de la salud pública, el federalismo, los sindicatos, el Congreso, el Poder Judicial y la economía de mercado.

Creo que la economía debe ser de derecha y los gobiernos de izquierda, entendiendo por izquierda Felipe González y Ricardo Lagos, no Hugo Chávez ni Fidel Castro.

Héctor Aguilar Camín
(v.pág.4 del periódico Milenio Jalisco del 5 de octubre de 2012).


Diego Valadés, presidente del Instituto Iberoamericano de Derecho Constitucional, consideró que "la nuestra es la democracia en obra negra", y para su consolidación sufrimos una posposición sin término.

(V.pág.9-A del periódico El Informador del 8 de octubre de 2012).


Nuestra democracia es una ríspida pluralidad pendenciera.

Flavio Romero de Velasco
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 13 de octubre de 2012).


Uno de esos lugares comunes populares y vacuos es hoy el que proclama el descrédito de los políticos. Los políticos son torpes, venales, perniciosos y por tanto culpables de los padecimientos de la ciudadanía en crisis.

En un sistema democrático todos somos políticos en ejercicio, aunque la estructura institucional haga que unos cuantos sean elegidos para representar a sus votantes en determinados cargos, transitoriamente. Por decirlo contundentemente, los que mandan son nuestros mandados, aquellos a quienes nosotros les hemos mandado mandar. Si cumplen mal la función para la que fueron designados, tampoco quienes les hemos elegido nos hemos lucido como políticos. Tendremos que asumir nuestra parte de culpa, revocar su nombramiento optando por otros o incluso ofrecernos para sustituirlos, si creemos poder hacerlo mejor.

La protesta contra las decisiones del gobierno es un derecho indiscutible (mientras sea pacífico) y ampliamente ejercido ya en muchas ocasiones pero intentar derogar con una algarada las instituciones de las que depende el funcionamiento del Estado resulta perfectamente inadmisible.

Los políticos electos no son una casta aparte, ni mejor ni peor que los políticos electores. En democracia, cualquier crítica a los gobernantes es en realidad una autocrítica de los ciudadanos. Seguramente imprescindible, porque hay muchos mecanismos institucionales que deberían sufrir transformaciones en vista de su mal funcionamiento. Pero sin buscar chivos expiatorios en el parlamento ni la absolución demagógica del resto de la población.

Fernando Savater
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 28 de octubre de 2012).


El sistema monárquico es muy simple, más que hacerse o elegirse, los reyes nacen y heredan genéticamente su puesto. Es un trabajo de por vida, uno de los mejores pagados que haya jamás existido, con todos los privilegios imaginables, lo mismo en cuanto al poder que en cuanto al honor y al dinero. A lo mejor también en cuanto a la eficiencia en el gobierno.

Pero cuando un país erradica legalmente dicho sistema, todos aquellos que hubiesen gustado de ser reyes buscan rutas alternas, la más común ha sido la dictadura. Pero la dictadura más que una opción al alcance de cualquier mano, supone una capacidad que no todo mundo tiene. De cualquier forma dictadores siempre ha habido, pero se ha desprestigiado tanto ese sistema que no quedan sino 2 caminos alternos y simulados: la reelección a perpetuidad, o de manera alternada con algún colaborador leal, como lo vemos en Venezuela, para el primer caso, o en Rusia, para el segundo.

Armando González Escoto
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 28 de octubre de 2012).


El fortalecimiento de la ciudadanía es clave para romper la idea de la democracia como un asunto sólo de políticos y de élites del poder. Sin embargo, aunque con avances en los últimos años, en Jalisco la participación ciudadana y el asociacionismo son muy bajos. En la actualidad, 6 de cada 10 jaliscienses se sienten insatisfechos con la democracia, más de la mitad de la población en el estado no considera que la democracia haya dado los resultados esperados. Estos datos pueden ser consultados en el documento Así Vamos en Jalisco: reporte de indicadores 2012 que fue elaborado por el observatorio ciudadano Jalisco Cómo Vamos.

(V.primera plana del periódico El Informador del 29 de octubre de 2012).


¡A ver, bola de plebeyos! (así nos llamaban a los nacos de la antigüedad), aquí el Señor Representante del mismísimo Creador, dice que yo he sido elegido por Dios para ser su meritito mandamás. Así es que me van a rendir pleitesía, me van a dar la mitad de sus cosechas y me van a construir mi castillote de a gratis. Porque "Yo sigo siendo el Rey y mi palabra es la ley". Y si no lo hacen, se van derechito al Infierno.

¡Ah caray!, ¿de veras ustedes se creen el cuentito de que hay seres humanos superiores a otros porque Dios los ha escogido? ¿No será acaso un "arreglito" entre los famosos "representantes de Dios" y sus amigotes?

Esta farsa estuvo tan bien montada que durante miles de años fue la forma de gobierno mundial. Pero en pleno siglo 21, gracias a la comunicación mundial instantánea, ya está cañón que nos creamos una historia tan infantiloide. Hoy cualquier chavo con secundaria terminada tiene más información en su mente (o en su celular) que un sabio de la antigüedad.

Yo entiendo que en Bután, Suazilandia o Camboya tengan Rey, pero es increíble que esa mentirota se la traguen los ciudadanos de los países más desarrollados del mundo, como Inglaterra, Noruega, Mónaco, Suecia, Japón, España o Dinamarca.

Muchas monarquías se justifican con el pretexto de que no son absolutas, sino constitucionales o parlamentarias. Pero el concepto monarquía per se implica la existencia de seres humanos superiores.

Para que exista una monarquía se necesitan tres elementos: una Iglesia que "venda" coronas, como la Protestante, la Ortodoxa, la Católica o el Islam; una élite de gandallas que "compre" coronas, y un bola de tarugos que se traguen cualquier quimera.

En realidad, cada quien es libre de creer lo que quiera, pero las realezas le cuestan una fortuna a todos los países que siguen en la bruta. Según el diario español Público, los españoles se gastan anualmente 59 millones de Euros en mantener a sus reyecitos. (30/10/12) ¿Y los ingleses? 38 millones de libras esterlinas, según el sitio web de la monarquía inglesa.

Y todo esto viene al caso por las pifias de las familias reales. Por ejemplo, en España: el yerno real es un presunto gandalla que vende influencias; el nieto real es un puberto de 13 años, no muy brillante, que se mete un balazo en un pie, y el mero Rey, que tiene la desfachatez de pedirle a su pueblo que, debido a la crisis, sacrifique sus empleos y sus pensiones. Y se larga a Botswana, gastándose una lanota de dicho pueblo, para ¡matar elefantes! "Porque asesinar animales es la diversión favorita de Su Majestad".

Y luego en Inglaterra, que se suponen muy bien educados, su Reina nunca se dignó a darles la bienvenida a los visitantes a la Olimpiada, vaya, ni siquiera una sonrisita les regaló; además nunca le ha cedido el trono a su hijito por aburrido; y tiene unos nietos que son más reventados que "la Hilton" y se la pasan de orgía en orgía.

Que bueno que los mexicanos no nos creemos esa vacilada y que aquí los Condes o Duques nomás se dan en nombres de perro. Pero, por alguna razón psicosocial torcida, aceptamos la "realeza y el fuero de los políticos". O sea, somos igual de tarados que los primermundistas. Nomás que nosotros ungimos a ladrones abusivos, en vez de a vividores inútiles.

¿Hasta cuándo dejaremos de creerles a los que aseguran que chatean con Dios? ¿Hasta cuándo nos daremos cuenta de que no hay "seres designados divinamente"?

La realeza es una herencia maldita de la edad antigua y ha sido el instrumento del abuso del poder. Afortunadamente hoy, ya es sólo una cursilería.

Alberto Martínez Vara
(v.blog del 8 de noviembre de 2012).


¿Qué es lo que más puede erosionar a una democracia inicial? Tenemos respuestas sólidas, acreditadas, dignas de tomarse en cuenta. El PNUD ha insistido en que la pobreza y la desigualdad, el déficit en el Estado de derecho y en el ejercicio de la ciudadanía y el imperio de los poderes fácticos pueden corroer el edificio democrático y la estima que debe generar. La CEPAL, por su parte, ha subrayado que la débil cohesión social que existe en las sociedades latinoamericanas puede ser fuente de tensiones y conflictos. En efecto, una sociedad escindida, polarizada, fragmentada no es el mejor hábitat para la reproducción de un sistema de gobierno cuya premisa fundadora es la de la igualdad de los ciudadanos.

Pero también pueden erosionarla un cierto espíritu público, unas anteojeras para ver y evaluar las "cosas". Políticos e intelectuales, opinadores y periodistas pueden apuntalar las normas, las instituciones y las rutinas democráticas o pueden reblandecerlas. Ejemplos históricos sobran. El desprecio por la insípida democracia fue el preludio del desplome de la República de Weimar. Escribió Peter Gay "La República de Weimar fue breve, agitada y fascinante... murió asesinada el 30 de enero de 1933, cuando el Presidente Paul von Hindenburg... designó canciller a Adolfo Hitler... saboteada en la derecha por fuerzas antidemocráticas; y en la izquierda, por los comunistas al dictado de Moscú". (La cultura de Weimar. Paidós. España. 2011).

José Woldenberg
(v.pág.9 del periódico Mural del 15 de noviembre de 2012).


El jueves pasado, el presidente del IFE aseguró que "México está preparado para una segunda vuelta electoral" (SVE), e hizo un llamado al Congreso de la Unión para reformar la Constitución y hacerla realidad. Dijo que la SV: "Nos ayudaría no solamente a que la pluralidad se exprese, sino a que algunas de las complicaciones del postelectoral en nuestro país" no se presenten. Nada más falso:

  1. Para implantar la SVE no se requiere reformar la Constitución, sólo basta cambiar el concepto "mayoría relativa" por mayoría absoluta en el Artículo 9 del COFIPE para que la historia de nuestro país pueda dar un giro de 180 grados.
  2. La SVE no ayuda a que "la pluralidad se exprese", ya que ésta por definición no tiene efecto expansivo sino reductor en las opciones electorales. Tampoco garantiza que participe una mayor cantidad de ciudadanos en la SVE, tal como se demostró entre 1997 y 2005 en San Luis Potosí, única entidad mexicana que la ha aplicado y que la suprimió, principalmente por eso.
  3. De que se evitarían "complicaciones postelectorales", eso no es cierto: la experiencia demuestra que la SVE en ocasiones lo que provoca son resultados en los que la diferencia entre el primer y segundo lugar es de entre menos de 1 y 2%. De ser así, saldría peor el remedio que la enfermedad, y lo único que se lograría sería que AMLO no dijera que en la primera vuelta hubo "fraude", pero que lo pregonara con mayor enjundia en la segunda.

México es actualmente parte del reducido grupo de 5 países de América Latina en los que no existe la SVE. Y ojalá nunca se llegue a implantar, porque: a).- no resuelve el problema de la ausencia de mayoría del partido del presidente en el congreso, puesto que el legislativo se elige en la 1a. vuelta; b).-porque presidentes "populares" electos en SVE y sin apoyo en el congreso pueden terminar paralizados por la oposición; derrocados por un golpe de estado (como Allende en Chile en 1970); o disuelven el congreso con el ejército (como Fujimori en Perú en 1992); y c).- como en la SVE no se vota por quien quieres que te gobierne, sino por quien no quieres que te gobierne, existe una defraudación programático-partidaria en el electorado por las coaliciones electorales que deben darse con otras formaciones políticas.

Si lo que se quiere es darle un ficticio apoyo popular al presidente, implántese la SVE. Si lo que se busca es dotarlo de apoyo real y gobernabilidad, entonces que el congreso elija al presidente si ninguno de los candidatos obtiene 50% más uno de los votos; o bien, difiéranse las elecciones de diputados y senadores para un mes después de la elección presidencial -cuya realización costaría igual que una SV- para que así el electorado decida a conciencia si quiere o no darle mayoría en el congreso al presidente.

El IFE, en vez de tirar línea a los legisladores debería convocar foros para discutir ese tema.

Javier Hurtado
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 17 de noviembre de 2012).


La democracia está en crisis en todo Occidente y debe demostrar su valor. Ya no vivimos en 'democracias industriales', sino en 'democracias de consumo' que han dado como resultado sistemas de partidos en muchos casos paralizantes.

Nicolas Berggruen, presidente del Instituto de Gobernanza que lleva su nombre y accionista de Grupo PRISA, que edita el diario El País, en España
(v.pág.9-B del periódico El Informador del 1o.de diciembre de 2012).


Se habla de la educación como un gasto, pero no lo es. La educación es una inversión fundamental. Actualizar ciudadanos capaces de una crítica racional es la principal producción de una democracia, no es un gasto. Las sociedades deben educar para defenderse del peligro de que crezca una masa de ignorantes y, por lo tanto, presa de la demagogia y que impida los cambios necesarios.

Los 2 enemigos fundamentales de las democracias en todas partes son la miseria y la ignorancia: La miseria tiene sus propias formas de ser combatida, pero la ignorancia es fundamenta porque contra la ignorancia no hay ciudadanía real, hay demagogia, populismo, la educación viene a combatir uno de esos males, la ignorancia.

Fernando Savater
(v.pág.7-B del periódico El Informador del 1o.de diciembre de 2012).


Algunos han dicho -yo, sin ir más lejos- que el populismo es la democracia de los ignorantes: añadamos, para ser justos, que es también la democracia de los decepcionados...

El populismo es el sueño de una democracia sin trabas ni remilgos, un sistema instantáneo en el que la voluntad generosa y solidaria del pueblo se realizase sin interferencias. Pero lo malo es que precisamente son las trabas (es decir, los procedimientos, garantías y contrapoderes) los que constituyen la democracia, mientras que la pretensión de que hay una sola voluntad popular (y que por tanto lo que piense cada ciudadano es irrelevante o nocivo salvo que coincida con ella) es la negación misma del sistema democrático. Actualmente las instituciones democráticas dejan insatisfechos a los ciudadanos en bastantes países europeos y por tanto el populismo gana terreno en ellos, como viene ocurriendo una y otra vez en América Latina. Está pasando desde luego en Grecia, con el auge de un grupo neonazi como Amanecer Dorado, y en Hungría, donde la extrema derecha pide publicar la lista de los judíos por ser peligrosos para el país, pero también en Francia con una derecha radicalizada y próxima a posturas xenófobas o en Italia, donde no es impensable ya ni siquiera el regreso político del aborrecible y recurrente Berlusconi. Incluso en Gran Bretaña cunde la desconfianza respecto a la BBC (lo que en ese país preludia el vértigo del abismo), aumenta el número de aislacionistas euroescépticos y Escocia pide la secesión para escapar de la quiebra del hasta ahora incombustible reino.

En España, el populismo también se reviste de gesticulación disgregadora. La apuesta separatista de Artur Mas en las pasadas elecciones opuso a la legalidad democrática de las instituciones la expresión vocinglera y sin trabas de un pueblo al que no podrían detener reglamentos constitucionales. Por suerte los votantes se han mostrado bastante más cautos que los representantes políticos y han demostrado que sigue habiendo más partidarios de la ciudadanía que del oleaje populista. Sin embargo se han producido serias fisuras en nuestro ordenamiento político que no van a ser fáciles de reparar a corto plazo. Mientras continúe el desasosiego laboral y los recortes en servicios públicos, la tentación populista seguirá activa, al acecho de otras oportunidades. Y los ciudadanos tendremos que acostumbrarnos a vivir en peores condiciones políticas de lo que creíamos ingenuamente ya consolidado por siempre jamás...

Fernando Savater
(v.pág.2-B del periódico El Informador del 30 de diciembre de 2012).


En la política liberal hay desencanto con lo que llaman democracia y que se convierte en un sistema político en el que no se consulta a la población sobre los asuntos más importantes; hay desencanto e irritación con los partidos, con la clase política que miente y que encima se aprovecha de su cargo para enriquecerse a costa de la población. La gente está harta de pagar impuestos sin que el gobierno le retribuya a la comunidad.

Rubén Martín
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 26 de enero de 2013).


Nuestra sociedad sigue siendo profundamente patriarcal, esto obedece al fracaso permanente que la democracia ha tenido en nuestro medio, la democracia entendida como una opción que hace la sociedad en su conjunto, previamente informada, formada y decidida a modificar conductas, formas de pensar, hablar y sentir que no van con una conciencia democrática, privilegiando en cambio los caminos que la avalan.

En la medida que esa conciencia democrática permanece ausente, la figura del líder sigue siendo la figura del padre, fuente de vida, de protección y futuro, dotado de un poder real, contundente, al cual debe someterse la voluntad sin titubeos, pues en el fondo subyace la impresión de que tal sujeción es condición de sobrevivencia, y lo es, cuando efectivamente el líder, dotado de ese poder que le dan sus subordinados, decide sobre vidas y haciendas con carácter indiscutible y efectivo.

Por lo mismo hablar en nuestro medio de elecciones democráticas, transparentes, apegadas a derecho y todo lo demás, sigue siendo un hermoso discurso, solamente incuestionable en su aspecto formal. Es decir: nadie es obligado a votar, nadie es comprado para que vote, nadie altera los resultados electorales, a menos claro, que haya otros "padres" involucrados y con todo el perfil de "padres". Por lo mismo, los votantes que deben elegir un alcalde, diputados, gobernador, presidente del país, o de un gremio, sindicato, o cámara, los votantes que deben elegir al rector de una universidad pública, al director de un consejo, o a la autoridad que sea y esté sujeta a voto, no son necesariamente manejados, conminados o chantajeados para que elijan a tal o cual persona, no hay necesidad de llegar a esos primitivos extremos, basta con que los electores sepan claramente cuál es el candidato del "padre" para que unívocamente lo elijan. Y el "padre" puede transitar en las instituciones y sociedades como líder moral, o líder fuerte, o francamente como cacique del grupo, gremio, sindicato, universidad, partido, o empresa, en el fondo hace el papel del padre que ha dado ya abundantes bienes, que tiene todos los controles en su mano, que puede por lo mismo construir o destruir, es el padre, y como tal, permanece incuestionable, porque la sociedad en su conjunto vive en esa específica dimensión de su desarrollo y no ha podido o no la han dejado superar esta cosmovisión patriarcal para instaurarse en un sociedad democrática que vive acorde al estado de derecho.

Armando González Escoto
(v.pág.4-B del periódico El Informador del 24 de febrero de 2013).


Izquierda y derecha son los nombres actuales de tendencias humanas ancestrales. La derecha y la izquierda son además tendencias sociales promotoras de valores, por encima de intereses.

Pero ambas llevan consigo la tensión de los extremos, de la radicalidad y la dictadura como recurso para que el bien, la verdad y la justicia triunfen. Los extremos por naturaleza no se detienen ante los medios, por el contrario, éstos están justificados por la "altura" de sus miras, lo mismo da entonces la "razón de estado", la "seguridad nacional", "la salvaguarda de las instituciones", o la "dictadura del proletariado", revolución que destruye una "seguridad" para imponer otra. Bajo ese amplio abanico de gradualidades militan personas altruistas cuya acción se va limitando en la medida que se extreman las posturas.

En los radicalismos también suelen militar sujetos mancos, que buscan en las formas fuertes lo que no poseen en su propia personalidad. El poderío exhibido en un desfile nazi o soviético, la coreografía deslumbrante, el atractivo de los uniformes, de las apariencias demasiado cuidadas, del vestuario homogéneo, lo mismo si es el estilo Mao, o el de los altos alzacuellos, ajustados, rígidos. La norma debe ser entonces absoluta, radical, exigente, estos tipos se sujetan a ella y gozan luego de sujetar también a los demás.

Hasta el presente solamente la democracia ha podido, relativamente, conjurar las tendencias mencionadas con un éxito mayor al de las monarquías, reconociendo el derecho que tienen a existir pero limitando su inclinación a los extremos. Esto no ha impedido que los radicalismos usen la casa de la democracia como una puerta de acceso a sus fines, para luego incendiarla con todo y las instituciones.

A nivel mundial las tendencias de izquierda y derecha con sus respectivos extremos, siguen presentes en todas las organizaciones sociales y en sus instituciones, sean monárquicas, jerárquicas, o democráticas.

Armando González Escoto
(v.pág.4-B del periódico El Informador del 10 de marzo de 2013).


Texas fue sólo el comienzo de la voracidad estadounidense que culminaría con la invasión y la venta obligada de California, Nuevo México y demás territorios que nos dejaron con la mitad el territorio. La invasión no fue sólo en territorios, sino en el sistema político: el federalismo en una país que, durante el Virreinato, había sido tremendamente centralista, como sigue siendo en muy buena medida en este 2013, en que todo se resuelve en el centro y luego se impone a cada uno de nuestros estados "libres y soberanos".

Si en castellano lo normal es que el adjetivo se coloque después del sustantivo, mesa blanca, libro azul, a diferencia del inglés en el qué el adjetivo precede al sustantivo, ¿Por qué decimos "la suprema corte" y no "la corte suprema"? Muy sencillo: el sistema político mexicano lo copiamos del gringo desde tiempos de Guadalupe Victoria: simplemente se tradujo todo del "gringo" al castellano. La gringuización de México, cada día más aplastante, se inició en el primer año de la presidencia de Guadalupe Victoria y del infeliz de Poinsett, ministro plenipotenciario y embajador de nuestros insaciables malos vecinos del norte.

Jesús Gómez Fregoso, historiador y catedrático de la Universidad de Guadalajara
(v.pág.18 del periódico Público del 19 de abril de 2013).


La democracia ha sido fuente de inspiración para las mentes más cáusticas y las lenguas más mordaces que en el mundo han sido. Desde Churchill, que la definió como "el menos malo de los sistemas políticos", hasta Lenin, que dijo que "la democracia es una forma de gobierno en la que cada 4 años se cambia de tirano", pasando por Mencken, quien aseveró que "democracia es el arte de gobernar al circo desde la jaula de los simios".

Como quiera, si el modelo de la división de poderes se aplica en todo el mundo, desde hace siglos, con sus más y sus menos, es porque ha demostrado, una de dos: o su pertinencia... o que Churchill (ese viejo zorro) tenía razón.

Jaime García Elías, periodista y conductor radiofónico
(v.pág.7-B del periódico El Informador del 29 de abril de 2013).


Es lamentable que no se entienda que congreso y parlamento no son sinónimos. El primero es el poder legislativo de un sistema presidencial de gobierno con poderes separados, que tiene una duración fija correspondiente al período de una legislatura y en el que no está permitida la doble pertenencia de sus miembros al legislativo y al ejecutivo. El segundo, en cambio, es el único órgano soberano electo por voto popular; no tiene un período fijo de duración como la legislatura, y sus miembros pueden también ser ministros del gobierno, y por eso justamente los pueden destituir, pues son sus pares. No entender esto es como confundir a un presidente con un rey o a un primer ministro con un secretario de gobernación o ministro del interior. Así de simple.

Ahora bien, no se trata tampoco de ser puristas, pero sí equilibrados y justos: si se propone la facultad de destitución por el congreso de los secretarios del ejecutivo, entonces también debe plantearse la facultad de éste para pronunciar la disolución de la legislatura: cuando le destituya 2 gabinetes (tal y como ocurre actualmente en Perú); si una destitución es pronunciada por menos de los 2 tercios de miembros del poder legislativo (Uruguay); o bien, por obstrucción al plan de desarrollo (Ecuador).

Javier Hurtado
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 4 de mayo de 2013).


Cualquiera que haya padecido una dictadura, incluso la más blanda, ha comprobado que el sostén más sólido de esos regímenes que anulan la libertad, la crítica, la información sin orejeras y hacen escarnio de los derechos humanos y la soberanía individual, son esos individuos sin cualidades, burócratas de oficio y de alma, que hacen mover las palancas de la corrupción y la violencia, de las torturas y los atropellos, de los robos y las desapariciones, mirando sin mirar, oyendo sin oír, actuando sin pensar, convertidos en autómatas vivientes que, de este modo, como le ocurrió a Adolf Eichmann, llegan a escalar las más altas posiciones. Invisibles, eficaces, desde esos escondites que son sus oficinas, esas mediocridades sin cara y sin nombre que pululan en todos los rodajes de una dictadura, son los responsables siempre de los peores sufrimientos y horrores que aquella produce, los agentes de ese mal que, a menudo, en vez de adornarse de la satánica munificencia de un Belcebú se oculta bajo la nimiedad de un oscuro funcionario.

Kafka ya lo identificó en esos invisibles personajes que juzgan y ejecutan a inocentes como K. por crímenes fantásticos e inexistentes.

Todo hombre común y corriente, en ciertas circunstancias (una dictadura hitleriana, por ejemplo), puede convertirse en un Eichmann.

Algo de esto había dicho años antes Georges Bataille, comentando el prontuario criminal del valeroso compañero de batalla de Juana de Arco al que se le descubrió más tarde que asesinaba niños en serie porque era un pervertido sexual: que, nos guste o no, en el fondo de todos nosotros, no sólo los "malos", también los "buenos", se esconde un pequeño Gilles de Rais.

Mario Vargas Llosa
(v.pág.2-B del periódico El Informador del 16 de junio de 2013).


En algunos países el día de las elecciones es un día de fiesta. En Costa Rica por ejemplo, la gente sale a las calles con banderas y pancartas de sus candidatos; y en vehículos o a pie, apoyan a sus favoritos con música y gran alharaca. Da gusto verlos.

En otros países, las administraciones públicas marchan tan bien, que en algunos electores hay apatía y en otros, verdadero ardor ideológico, y no se detiene la marcha de la nación ni los países se reinventan periodo tras periodo.

En otros más, la acción de votar es una pesada obligación que se cumple con desgano, se considera un mal necesario, pero necesario al fin. Y en México, votar o participar en procesos electorales es una carga para la sociedad en general y llega a ser una molestia. Es un derecho de la ciudadanía, pero los partidos políticos han desvirtuado de tal forma el asunto electoral, que la mayor parte de la población en México no quiere saber nada ni de políticos ni de partidos ni de nada que se les parezca.

La molestia, que cada vez más llega a la indignación y al coraje, se sustenta en los escasísimos resultados de la clase política, la que fue electa y la que forma parte de los equipos de quienes ganaron las elecciones, los que cobran bastante bien y religiosamente a nuestras costillas, pero que lejos de trabajar como servidores públicos, se sirven de la sociedad para sus fines e intereses, para enriquecerse, corromperse y corromper. Hay excepciones claro, pero son excepciones y por lo tanto, no pintan, no alcanzan a hacer ninguna diferencia y las más de las veces, si es que quieren permanecer, son absorbidos y transformados por el sistema.

Y luego están los miles de millones de pesos que se entregan a los partidos políticos vía prerrogativas; y los recursos públicos que se desvían para favorecer a los candidatos oficiales (todos los partidos lo hacen, que el PAN no se haga el sorprendido e indignado, por favor) y la saturación de spots, basura electoral en las calles, bardas pintadas, anuncios radiofónicos, llamadas telefónicas con una grabadora, presencia en redes sociales. Y la gente está harta y lo manifiesta de muchas formas, pero también de muchas maneras la clase política ignora lo que los ciudadanos quieren.

Y en México, además, desde hace varios años la violencia ha estado presente en diferentes procesos y la situación de inseguridad ha llevado a mucha gente a no salir a votar por miedo.

La alternancia y a través de ella, el haber probado las mieles del poder, ha hecho que cualquier proceso electoral sea peleado y se ha llegado a extremos como el asesinato de candidatos o de dirigentes de partidos (el asesinato de Colosio fue en otro contexto).

Se supone que la democracia tendría que ser una fiesta, una ocasión para celebrar, para festejar que somos capaces de construir y respetar un sistema civil, pacífico, imparcial, organizado y honesto, confiable, transparente y claro para la renovación de la clase política, pero no, cada vez es más pesado, costoso, doloroso y, lo que es peor, está cobrando vidas.

Laura Castro Golarte
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 29 de junio de 2013).


Hay quien dice que la democracia implica el grave riesgo de dejar las decisiones graves, en manos de la única parte del pueblo que nunca sabe lo que quiere.

Brasil, por ejemplo...

Pudiera pensarse que Dilma Rousseff, al anunciar plebiscitos al efecto de aplicar soluciones a la medida para todas y cada una de las demandas populares, está corriendo un grave riesgo: el de llevar el tema de la democracia más allá de los límites pertinentes: hasta el extremo de que los gobernantes ya no podrán hacer su trabajo (gobernar, que implica tomar decisiones en beneficio de la comunidad), sin tener que someter todas sus decisiones a la aprobación de un monstruo de millones de cabezas. Ese monstruo tiene varios defectos: uno, lo temperamental; otro, lo inconstante; uno más, lo manipulable; lo permeable a la saliva endulzada y a las dotes de seducción de los caudillos que luego surgen -como lo demuestra la historia, con innumerables ejemplos- como falsos profetas.

Habrá que ver en qué paran estas misas. Por lo pronto, será pertinente recordar -por si alguien quisiera seguir el ejemplo de los brasileños...- que son vanos los afanes de los gobernantes empeñados en quedar bien con todo mundo, y que del juicio definitivo de los gobiernos se encarga la historia.

Jaime García Elías, periodista y conductor radiofónico
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 1o.de julio de 2013).


En todas las sociedades, desde el principio de los tiempos, ha habido núcleos de favoritos de la vida. La igualdad de los hombres podrá ser ante las leyes, y debe ser ante las leyes, pero siempre -a menos que con el ingenio genético se fabriquen de otra manera- habrá individuos con más inteligencia, con más audacia, con más arrojo, con más temeridad. Y esos individuos más localizados, tarde o temprano, se vuelven los motores de la sociedad... Ningún sistema político debe olvidar el determinismo de los genes.

Flavio Romero de Velasco
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 13 de julio de 2013).


En uno de sus lúcidos ensayos, el mediólogo francés Régis Debray (La República explicada a mi hija), habla de la importancia de permanecer dentro de los límites de la instrucción cívica que se ocupa de los objetivos esenciales. Califica de lamentable, incluso un poco animal, que una sociedad efectúe sus elecciones cívicas en función de su biología, donde las mujeres estarían convencidas de votar por las mujeres, los negros por los negros... Terminaríamos pidiendo que los obesos representen a los obesos en el poder legislativo. No, la naturaleza no es nuestro código. Los políticos mexicanos segregan a los niños, a los jóvenes, a las mujeres, a los ancianos y a la comunidad lésbico-gay, bisexual, travesti, transgénero e intersexual, en una lógica administrativista que va de la creación de leyes y reformas a códigos (civil y penal), a la creación de institutos, de presupuestos y hasta las cuotas de género. Políticas que han desembocado en la disputa zoológica por el poder. El Distrito Federal ejemplifica con mayor énfasis esta tendencia en la que confunde además la justicia social con la beneficencia pública.

Hay regímenes que sumergen a los seres humanos en sus diferencias naturales. En lo personal considero que debemos exaltar todo aquello por lo que pueden unirse conciencia y voluntad, pero no a partir, y sólo desde el establecimiento de regímenes especiales. La naturaleza no debe ser nuestro código.

Carlos Alberto Lara González
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 27 de julio de 2013).


Los monarcas han pasado a ser figuras representativas, que juegan un papel simbólico y que resultan clave para enfrentar crisis nacionales, perdiendo el poder real y su liderazgo con las fuerzas armadas. Es un jefe de Estado, aunque no electo, pero que simboliza la historia, la lucha y la gloria del pasado. Una institución que perdura en el tiempo y que representa la longevidad nacional, así como los valores detrás de un determinado estado-nación. El trono es el modelo de los valores, el comportamiento y el desarrollo de una "familia ejemplar". En el mismo sentido, el mantenimiento de los ritos medievales, los actos políticos clásicos y los protocolos interminables en un contexto de globalización social y cultural que desaparece estas tradiciones.

Las monarquías a nivel mundial siguen siendo un gran negocio en materia de publicaciones y turismo. No son pocos los que viajan alrededor del mundo conociendo las entrañas de los lugares donde convive "la realeza" británica, española o belga. Sin embargo, el principal negocio en torno al círculo real ha sido editorial. Centenares de revistas, e incluso secciones inmensas de diarios (ahí tenemos a News of the World) subsisten gracias a los escándalos y eventos de la realeza. Que si el príncipe anda en malos pasos, o incluso si escogió una pareja que no satisface los deseos de la madre, o simplemente imaginar las entrañas que se desarrollan al interior de las paredes de los castillos. Las vidas de la realeza son novelas interminables atravesadas por roles personales, intrigas, enigmas y suspenso. No por nada, alguna vez, Gregorio Peces-Barba, un intelectual católico, conservador muy cercano a la realeza española, señaló que "su vida no le pertenece al Rey, sino a España". La vida de un(a) monarca tiene esas dificultades, el destino está íntimamente vinculado a la nación y, por lo tanto, la mayoría de sus decisiones no son enteramente libres.

La institución monárquica está lejos de su agotamiento. A pesar de que aquellos que comulgamos con el republicanismo y pensamos en la monarquía como una figura del pasado que no responde a la era democrática del siglo XXI, es importante señalar que en distintos países cumple funciones que no son menores. Por ejemplo, en Bélgica, Alberto II, quien dimitió hace unos días para que su hijo Felipe tomara el trono, es tal vez uno de los pocos símbolos que mantiene a los belgas juntos. En un país donde la polarización entre la región valona (francófona) y el Flandes (de habla neerlandesa), ha provocado parálisis gubernamental, donde no existen partidos verdaderamente nacionales y la convivencia está atravesada por tabúes y prejuicios, el rey ha sido un genuino interlocutor entre ambas bélgicas. En definitiva, ya sea por la defensa de los valores nacionales, la unidad territorial, el simbolismo de la historia, labores altruistas o simplemente por moderación política, las "familias reales" y la monarquía gozan de cabal salud en pleno siglo XXI.

Enrique Toussaint
(v.pág.6-B del periódico El Informador del 28 de julio de 2013).


Woodrow Wilson, siendo un joven académico de la Universidad de Princenton publica en 1887 un trabajo pionero denominado "El Estudio de la Administración". En dicho artículo sienta las bases de la disciplina de la Administración Pública y sus posteriores desarrollos: política pública, gestión pública, gerencia pública, nueva gestión pública entre otras.

Wilson -que posteriormente sería presidente de los Estados Unidos durante un largo periodo (1913-1921)- habla sobre el movimiento de "reforma del servicio civil" como respuesta al "sistema botín" entonces prevaleciente en ese país. Dicho "sistema botín" implica que cuando un partido llega al poder se apodera del aparato administrativo, sustituye al personal por sus amigos, parientes y correligionarios, utiliza los recursos públicos, permisos, contratos, concesiones y licencias con fines partidistas y de enriquecimiento personal de los vencedores, tal cual solían hacer los piratas cuando se apoderaban de una nave en alta mar. El servicio civil se estableció en los EU en esa misma década. En Inglaterra ya operaba desde mediados del siglo XIX y tiene una historia mucho más larga en Alemania y Francia. En todos los casos ha limitado de manera notable el "sistema botín" y la corrupción asociada al mismo.

Este sistema sigue vigente en México y en Jalisco y en las últimas semanas hemos visto en nuestra entidad muestras fehacientes del mismo:

  1. El representante del "sistema botín" más célebre es sin duda Rodolfo Ocampo Velázquez, ex director del SIAPA quien se encuentra preso por el presunto desvío de 280 millones de pesos de un préstamo del Banco Interamericano de Desarrollo, destinados al programa "Todos con Agua", el cual prometía la cobertura total del servicio en los municipios de Guadalajara, Zapopan, Tonalá y Tlaquepaque. También se han señalado una serie de irregularidades adicionales en el manejo de los recursos del crédito de 1,200 millones de pesos.
  2. La empresa IPS Consulting, de Erick David Lobo Duarte, cobraría 943,000 pesos por "el desarrollo metodológico y gerenciamiento del Plan Estatal de Desarrollo (PED) Jalisco 2013-2033". Este hecho no sería extraordinario si Lobo Duarte no fuera colaborador y amigo del subsecretario de Planeación, David Gómez Álvarez Pérez precisamente el responsable de elaborar dicho plan. Aquí surgen varias preguntas ya que si el PED es el documento rector del gobierno estatal para los próximos años ¿no sería lo más congruente y conveniente que lo hiciera el responsable de vigilar su implementación, es decir el mismo Gómez Álvarez Pérez? Una 2a. pregunta es ¿por qué contratar externamente su elaboración? Si el subsecretario responsable del PED no lo elabora, ¿entonces qué hace dicha subsecretaría? El mencionado Gómez Álvarez Pérez argumenta que en la licitación no se viola la normatividad. Sin embargo hay que preguntarse si se cumple con la ética del servicio público. La respuesta es llanamente NO. Es simplemente la aplicación del "sistema botín".
  3. La contratación de la psicóloga Andrea Isabel Angulo Castellanos, ex conductora de televisión, como coordinadora comercial del SIAPA, con un sueldo mensual de 72,849 pesos. En los medios trascendió que dicha persona no tiene el perfil ni la capacitación adecuada para desempeñar tal actividad, además se criticó el hecho de que el puesto fuera creado ex profeso para ella. El "sistema botín" operando cabalmente.
  4. El último botón de muestra es el intento del Dr.Jaime Agustín González Álvarez de obligar a los trabajadores del Seguro Popular, principalmente médicos y enfermeras a firmar su contrato de trabajo bajo el esquema de outsourcing con la empresa Mafemar SA de CV., cuyo RFC corresponde a diciembre de 2012, bajo la amenaza de que perderían su trabajo. En este sentido Ricardo Villanueva Lomelí, secretario de Planeación, Administración y Finanzas declaró que ya existen 11 contrataciones por outsourcing, con el argumento de "generar ahorros" y de paso un negocio para alguien "bien conectado". De nuevo "el sistema botín".

Muchos de estos problemas se podrían solucionar con un servicio profesional de carrera en la administración pública estatal, la municipal y los organismos descentralizados. Por ejemplo los integrantes del Seguro Popular ingresarían después de una serie de exámenes y pruebas donde demostraran su capacidad, idoneidad, destreza y disponibilidad para el puesto y a cambio obtendrían seguridad en su empleo y oportunidad de ascender en la medida que crezcan como profesionales. Por otra parte no se tendrían que crear plazas con dedicatoria para ciertas personas por razones de amistad, compadrazgo u otras razones.

Debemos escuchar al estadista cuando señala que "es necesario organizar la democracia enviando hombres (y mujeres) definitivamente bien preparados a los exámenes de oposición para que presenten pruebas sobre su conocimiento técnico... a fin de formar una organización perfeccionada, con la jerarquía apropiada y la disciplina característica" (Wilson, 1887).

En México ya existen los estudios para la práctica de un servicio profesional de carrera a nivel federal y tenemos ejemplos exitosos como el IFE (no confundirlo con el Consejo General o los consejeros que se reparten por cuotas los partidos políticos) o el servicio exterior. También existen expertos en el tema. Simplemente falta voluntad política democrática y que nuestros funcionarios actúen como estadistas y no como bandoleros en pleno asalto del botín.

Rigoberto Soria Romo, profesor investigador de la UdeG, miembro del Colectivo de Reflexión Universitaria de la UdeG
(v.periódico Milenio Jalisco en línea del 4 de agosto de 2013).


En el atribulado mundo de nuestros días, se han ido acumulando peligrosamente dosis progresivas de rencor, resentimientos y animadversiones ante sistemas políticos y económicos que lejos están de llenar las expectativas y aspiraciones de muchas colectividades que viven y alientan en la insatisfacción. El panorama de reacciones violentas en muchas naciones, es una radiografía fiel de la sociedad actual hastiada de los excesos de empresarios y funcionarios que han concitado indignación y hartazgo en todos los estratos sociales, sobre todo en una juventud informada que muestra su puño amenazante frente a la indiferencia de autoridades que simulan escucharla. Pero todo tiene su límite, y las reacciones no se han hecho esperar, tal como lo hemos visto en África con la " primavera árabe "; el movimiento de los inconformes que se inició en España y que se ha extendido a muchos países, y ahora en Brasil con movimientos de protesta frente a las dilapidaciones del gobierno ante tanta miseria.

Flavio Romero de Velasco
(v.Razón y Acción del 17 de agosto de 2013).


El Documento 9 circula entre los más altos jerarcas del Partido Comunista Chino.

Desde el inicio del mandato de Xi Jinping... el tigre mayor de Asia... se encuentra en una involución y defensa de los principios y la ideología más conservadora del comunismo chino.

Se menciona que hay un claro enfrentamiento entre los defensores de los cambios económicos de estilo occidental, que promueven el estado de derecho occidental y una política más abierta y democrática... y los políticos tradicionalistas que prefieren el mayor control estatal de la política y la economía. Según este documento (Documento 9), los principales enemigos de China son: la democracia constitucional occidental... la promoción de los derechos humanos... la independencia de los medios de comunicación... las organizaciones civiles (ONGs)... el neoliberalismo (capitalismo brutal)... la independencia judicia... y los errores del partido comunista (occidentalizarse).

Y no es para menos... creo yo...

Tienen los antecedentes de Rusia, que al querer volverse democráticos, capitalistas y occidentales... casi desaparecen... con la "ayuda" de Reagan y Thatcher... hoy no es lo mismo con Vladimir Putin...

Hace unos meses vimos cómo la prensa y los políticos norteamericanos y occidentales, hacían grandes festejos al iniciarse la "Primavera Árabe", en la que la mayoría de los países del Norte de África, iniciaban una revolución "pacífica" en contra de sus gobiernos "antidemocráticos, anticapitalistas, dictatoriales", promovida por los jóvenes, a través de los medios digitales y electrónicos modernos... con la "ayuda" de Occidente... Varios de estos gobiernos dictatoriales cayeron -Egipto, Libia, Túnez- hoy son un desastre... golpes de estado, violencia, muertes, jóvenes masacrados, radicalismo religioso, terrorismo...

Realmente la imposición a través de la "fuerza" soterrada de los medios de comunicación, de los dueños del dinero, de los medios electrónicos... para que los países del Norte de África, del Medio Oriente asiático, la antigua Unión Soviética (Rusia) adopten el modelo "perfecto" de la democracia occidental, del capitalismo global, de la "universalización" de la ONGs, de la libertad occidental...¿es pregunta?... ¿ha traído beneficios para estas sociedades, para estos países, para estas regiones?... la respuesta está a los ojos del mundo... ¡una gran tragedia!... Hoy no hay culpables... Fueron buenas intenciones occidentales... lástima... no se pudo... no estaban preparados... no se dejaron... ingratos... mal agradecidos...

En pocos años estaríamos lamentando la desaparición de China... habría levantamientos, muertes, golpes de estado, pobreza... eso sí... en pos de la búsqueda de los hermosísimos principios "occidentales": democracia, libertad, capitalismo, derechos humanos, etc...

Creo que al igual que Rusia, China seguirá su propio camino... le guste o no a los norteamericanos y aliados que los acompañan.

Lucio G.Lastra Escudero
(v.pág.7-A del periódico El Informador del 21 de agosto de 2013).


El socialismo parece estar totalmente destinado a la centralización de la producción urbana en masa de tipo fijo en todos sus aspectos. Además, veo en él demasiadas ocasiones para mandar; demasiadas oportunidades para que la gente mandona manifieste su mandonería, y para que los indolentes se dejen llevar y se conviertan en esclavos.

[...]

Mi opinión de la nobleza y de los ricos hacendados es muy baja; pero la que ellos tienen de sí mismos debe ser aún inferior a la mía. Ellos creen que la democracia los despojará del poder y privilegios, mientras que yo estoy seguro de que, incluso con el ejercicio de tan escasa prudencia y astucia, como la parsimoniosa naturaleza se ha servido de concederles, podrán sin dificultad mantenerse en la preeminencia de que actualmente gozan. Y, pues, es así, dejemos a la plebe que se divierta votando. Las elecciones no son otra cosa que la representación de títeres gratuita, ofrecida por los que gobiernan a los gobernados, con el fin de distraer su atención.

Aldous Huxley
(Viejo muere el cisne).


Lo que vemos en Egipto, Túnez o Libia propicia una reflexión sobre la democracia y los caminos nada obvios que llevan a ella. Desde luego no es un sistema político que pueda reducirse sencillamente a votaciones periódicas para elegir los gobernantes. Toni Judt escribió que la democracia exige en primer lugar garantías jurídicas y laborales, protección social, instituciones que regulen la actividad económica y garanticen las libertades básicas personales: las urnas vienen después, en último lugar, como culminación del proceso. Si se adelantan a todo lo demás pueden convertirse en un instrumento para acogotar el pluralismo y el libre juego político, en lugar de encauzarlo. Lo malo es que esta razonable exigencia plantea el viejo dilema de qué fue antes, el huevo o la gallina. En el presente caso, cómo lograr que las condiciones sociopolíticas que hacen viables los gobiernos democráticos precedan a su elección por los ciudadanos, cuando la primera tarea de tales gobiernos habría de ser institucionalizar dichos condicionamientos indispensables.

Sin duda, uno de los obstáculos mayores en tales democracias incipientes es el islamismo radical de una parte importante de la población. No porque sea una religión (la mayoría de ellas, incluidas las formas más templadas de islamismo, conviven mal que bien con la democracia) sino porque es una religión con clara y avasalladora vocación política. No aconseja o predica comportamientos particulares, sino que quiere imponer determinadas leyes fundadas en su propia lectura del Corán. En todas las democracias hay unos principios morales compartidos, que hoy pertenecen más a la tradición humanista que a ningún credo en particular: y aún así se producen eventualmente enfrentamientos por cuestiones éticas. Pero ninguna democracia puede basar sus leyes en dogmas religiosos ni soporta calificativos eclesiales: no puede haber democracias "cristianas" ni "islámicas", lo mismo que tampoco podría haberlas "ateas". El laicismo es una salvaguardia del pluralismo en las democracias y el ciudadano -más allá de sus creencias personales- debe ser laico (es decir, capaz de argumentaciones no basadas en la fe) cuando participa en la gestión de lo común. Las creencias religiosas son un derecho de cada cual pero no pueden convertirse en deber de todos. Ya hay muchas personas en los países árabes o en Egipto que piensan así, pero mientras esta forma de sentido común democrático no se establezca en ellos como mayoritaria la democracia será siempre un proyecto inacabado y quizá una peligrosa trampa civil.

Fernando Savater
(v.pág.2-B del periódico El Informador del 25 de agosto de 2013).


Hemos, como sociedad, creado y robustecido la cara expresiva de la democracia. Basta abrir cualquier periódico al azar para enterarse de reclamos distintos, movilizaciones de todo tipo, acusaciones, ocurrencias y proclamas, amenazas y propuestas. Cada individuo, grupo, asociación, se reafirma, se expresa, demanda, exige.

La otra cara del asunto es que la democracia presuntamente también es un orden. Un marco que protege el ejercicio de las libertades, entendiendo que las mismas tienen un límite cuando se topan con los derechos de los otros. Supone que las partes que conviven y compiten bajo su manto tienen el derecho de "afirmarse" pero a condición de que acepten que no se encuentran solas en el escenario y que los otros merecen no solo respeto sino consideración. El marco normativo, la estructura del Estado, las garantías de las personas se suponen diseñados para armonizar los derechos individuales y sociales con la reproducción de la compleja vida en sociedad. Pues bien, en esa dimensión nuestros déficits están a la vista.

Veo hacia el pasado y observo mucho orden y escasa libertad, lo que puso en acto un fuerte reclamo democratizador; oteo el futuro y espero que el péndulo no llegue al otro extremo, porque ya se escuchan voces que suspiran por regresar al orden "a como dé lugar". Si mal no entiendo, tenemos entonces como país (no sólo el Estado, no sólo la sociedad) un reto de esos que se dicen de época: establecer un equilibrio entre libertades y respeto a los derechos de terceros, y creo que a eso se le llama orden democrático.

José Woldenberg
(v.pág.9 del periódico Mural del 29 de agosto de 2013).


La persistencia de los calificativos izquierda y derecha contribuye no poco a falsificar más aún la realidad del presente -ya falsa de por sí-, porque se han exagerado las experiencias políticas a que responden, como lo demuestran el hecho de que hoy las derechas prometen revoluciones y las izquierdas proponen tiranías.

Flavio Romero de Velasco
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 7 de septiembre de 2013).


La democracia y la demagogia están muy cerca, la frontera es muy delgada. Y a la mayoría de los políticos les gana la tentación de lograr simpatía generalizada, implementando medidas populistas.

César de Anda Molina
(v.pág.2-A del periódico El Informador del 10 de septiembre de 2013).


El corporativismo es esa forma de relacionamiento del Estado no con los ciudadanos, sino con las corporaciones. En el régimen de partido único, donde Estado, partido y gobierno se funden hasta el punto de disolver sus líneas de separación, el corporativismo sirve como una plataforma que al mismo tiempo le imprime orden y estabilidad al régimen, así como una apariencia de pluralidad. El ciudadano no existe como tal, ya que los derechos se otorgan en la medida en que se encuentra adherido a una corporación, ya sea de corte sindical, empresarial o de clase. El individuo se desvanece para dar paso a la lógica colectiva de relación entre autoridades y ciudadanos.

Enrique Toussaint
(v.pág.4-B del periódico El Informador del 22 de septiembre de 2013).


La economía y los políticos sólo eran un medio para que países y población lograran mejor calidad de vida. Sin embargo, por esos trucos del poder, los medios se han vuelto fines, los nuevos dioses de una cultura donde el ser humano ha sido empequeñecido hasta sentir el vapuleo de las fuerzas del "mercado" y los vaivenes, corrupción y desatino, de los políticos en turno. Todos a una: políticos y economía alterando la brújula humana para apuntar sólo al norte de las ganancias; ganancias de unos cuantos, de unos pocos, muy pocos, a costa de la vida de los más, todos los demás.

Porque en esta descarnada competencia creada por políticos y economistas, donde el "mercado" es tratado como un ser superior que, con voluntad y autonomía propias, rige al mundo, olvidando que el hombre sobrevivió en la selección natural gracias a la cooperación, al cuidado de unos a otros.

Porque si no hubiera sido por la solidaridad, el hombre no hubiera sido una espacie exitosa. No tenemos garras, no tenemos una fuerza enorme, lo que pondría al hombre en desventaja si no fuera por su sentido del cuidado de la comunidad.

Pero esos atributos, que hicieron al hombre estar en la posición más alta del reino animal, hoy son relegados por quienes, inventores y devotos del "mercado" como un dios, lo siguen ciegos.

Sin embargo, en muchos sitios, también en México, hay quienes negando la idolatría buscan recuperar el sentido humano. Así a pesar de los políticos y sus corruptelas desbocadas, a pesar de las inhumanas condiciones impuestas por la economía de mercado.

¿La conclusión? Sentir pena por el momento en que en México los medios, economía y políticos fueron erigidos dioses. ¿Lo que sigue? Saber que es en la recuperación de esas cualidades humanas, la confianza, la cooperación, la solidaridad, el cuidado del más vulnerable, que este país, como comunidad integradora, puede salir adelante. Lo demás: vestigios de la amígdala reptil que en la selección natural a muchos, políticos y economistas, les sigue creciendo.

Lourdes Bueno, investigadora de la Universidad de Guadalajara
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 26 de octubre de 2013).


El estado es el sistema de organización que la sociedad establece para lograr sus fines primordiales de sobrevivencia, defensa, seguridad y progreso. Dicho estado se inscribe en un determinado sistema histórico de gestión; por lo común la sociedad ha oscilado entre sistemas monárquicos o democráticos de variado estilo, y que suponen una serie determinada de instituciones. Una vez elegido el sistema, la misma comunidad lo pone a cargo de un gobierno, cuyos integrantes pueden prestar su servicio de manera gratuita o a cambio de un pago fijado por la misma sociedad que los contrata.

Pero cuando el gobierno no logra satisfacer ni siquiera los fines primordiales para los cuales fue instituido, la sociedad debe plantearse con toda seriedad el análisis tanto del estado, como del sistema y del gobierno, para descubrir en qué nivel se ubican las causas de esta falta de resultados. Las causas pueden deberse a ineptitud, lo cual se arregla con capacitación de las personas, o su remplazo si la ineptitud es incorregible. También puede tratarse de obsolescencia o caducidad lo cual exigiría una reforma del estado o sustitución del sistema que ya no responde a las nuevas condiciones de la realidad. Otra causa posible podría ser la perversión sea del estado, que del sistema o del gobierno.

Por perversión habría que entender cuando las instituciones estatales no solamente impiden que se logren los fines para los cuales las instituciones han sido establecidas, sino que éstas se ponen al servicio justamente de los fines opuestos. A todo ello se le llama colusión, connivencia, corrupción, y se expande y multiplica en un estado de impunidad.

En múltiples aspectos, la comunidad mexicana ha permitido la instauración de una sociedad de connivencia, es decir, un estilo de país donde todos acaban siendo cómplices de sus propios males, y a la vez, relativamente beneficiarios del mal ajeno, ganancia que propicia la perpetuación de la connivencia; afianzada esta manera de ser como país, resulta lógico aunque lamentable que sea el propio gobierno su principal promotor, y por lo mismo el principal obstáculo para cambiar este estado de cosas, pues ya desde antes se ha operado una especie de alienación mutua entre sociedad y gobierno, el gobierno se cree distinto y superior a la comunidad, y ésta se siente y acepta como ajena por completo al gobierno.

Un principio de solución a esta dramática realidad es que la comunidad recupere la conciencia de su soberanía social y su autoridad sobre el estado, el sistema y el gobierno, lo cual exige romper con la connivencia; socializar esta recuperación tiene como posible camino la promoción y el fortalecimiento de las organizaciones sociales no gubernamentales, cuyo éxito dependerá de la no admisión, bajo ninguna condición, de personas vinculadas con partidos políticos o sindicatos, pues casi de manera invariable portan el virus de la corrupción que las organizaciones no gubernamentales tenderían a superar.

Armando González Escoto
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 27 de octubre de 2013).


No hay día que en el país se escuchen quejas contra la clase política profesional, los servidores públicos que viven una vida privilegiada a costa de los contribuyentes, de los gobiernos que no resuelven los problemas de la sociedad y de las prácticas antidemocráticas o corruptas como se ejerce el poder público en México.

La llamada desafección con la "democracia" (vale precisar: con el sistema político que se dice democrático) es una cosa cotidiana en el país. Pero a la vez es un fenómeno medible.

El apoyo a la democracia en México ha bajado 26 puntos porcentuales en la última década. En 2002 las personas que respondieron que preferían la democracia a otra forma de gobierno llegó a 63%; este año, la cifra apenas llegó a 37%.

Así consta en la encuesta anual que presenta la Corporación Latinobarómetro, con sede en Santiago de Chile. Gracias a los levantamientos que año con año vienen realizando en 18 países de América Latina, México incluido, Latinobarómetro tiene ya una serie histórica de encuestas sobre percepción de la democracia, problemas principales y respuestas de los gobiernos a sus poblaciones.

Uno de los datos clave de dicho estudio es el apoyo o desafección hacia la democracia. En el resultado de este año, México es el 2o. país de América Latina (apenas detrás de Costa Rica, que pasa de 74% de apoyo en 2009 a 53% en 2013) donde más ha disminuido el apoyo a la democracia entre 1995 y 2013.

En 12 países hubo más apoyo a la democracia este año respecto al promedio del periodo 1995-2013; este listado lo encabezan Venezuela, Ecuador y Chile. México se encuentra en el bloque de 7 países donde ha disminuido el apoyo a la democracia en este año comparado con el periodo ya referido.

Para los analistas de Latinobarómetro, una primera explicación es que los fenómenos de delincuencia y violencia han erosionado el respaldo al sistema político; pero también sostienen que es uno de los pocos ejemplos donde la alternancia de partido en el poder no ha sido exitosa.

Tras la derrota del PRI en el año 2000 y las altas expectativas de cambio político, la población mexicana dio la más alta calificación al respaldo de la democracia; sin embargo, ahora está en su peor nivel desde que Latinobarómetro lleva estos registros.

Algunas de las pistas para entender la inconformidad de la mayoría de los mexicanos con su sistema político pueden estar en estas cifras: la mayoría de la población no cree que el gobierno resuelva los problemas principales, apenas 19% cree que el país está progresando, a 52% de los mexicanos el sueldo no les alcanza, 55% de los encuestados dijo haberse quedado sin dinero para comprar comida, y 76% considera que la distribución de la riqueza es injusta.

Más allá de las cifras, los datos ofrecen una interpretación cualitativa de la crisis del sistema político mexicano, una crisis que difícilmente se remediará con otra reforma electoral. La crisis es de fondo.

Rubén Martín
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 9 de noviembre de 2013).


En México, la transición a la democracia ha significado el paso de una presidencia imperial a un Estado sometido a los partidos. Ahora, como sistema de gobierno queremos transitar de un presidencialismo omnímodo a uno con matices parlamentarios, sin haber funcionado nunca como un presidencialismo democrático; en tanto que, como sistema de organización política, estamos involucionando de un federalismo de fachada a un centralismo absorbente.

Si lo anterior se vislumbraba como un futuro inercial o tendencia indeseable que podría tardar mucho en concretarse, con la reforma política aprobada por el Senado y la Cámara de Diputados la presente semana lo que parecía una amenaza se convirtió en realidad.

En materia electoral, con la creación del INE, se pasará de un sistema difuso de reparto por cuotas de los consejeros electorales locales, a uno concentrado, en el que los 11 consejeros del INE -designados por los partidos políticos en la Cámara de Diputados- nombrarán a las autoridades electorales de los estados. Éste, y otros procesos de centralización que se están dando en nuestro país, es un lujo que ni siquiera los países unitarios o centralistas pueden darse, ya que en ellos lo que opera son cursos de decisión con tendencia creciente a la descentralización.

Si en México existiera una mayor cultura federalista y conocimiento de la Constitución, la pretensión de que el Congreso de la Unión se agregue una más de las facultades que se ha venido otorgando, ahora para expedir "las leyes generales que distribuyan competencias entre la federación y las entidades federativas" en materia político-electoral, perfectamente puede ser impugnada mediante una controversia constitucional, por no ser la electoral un área competencial nueva, sino una atribución que para la elección de sus autoridades la propia Constitución concedió a los estados.

Con respecto a la reelección de diputados locales y munícipes, en abierta violación a la soberanía que deben tener los estados para definir su régimen interior, se ha pasado de prohibirles su reelección a ordenarles que lo hagan, cuando lo adecuado era eliminar la prohibición para que libremente se pronunciaran a ese respecto.

No nos engañemos: la reelección, tal como fue aprobada no es para generar un mayor vínculo entre ciudadanos y representantes, sino para acrecentar el control de los partidos políticos sobre los legisladores y munícipes.

La reelección en cargos de elección popular en tanto no venga precedida de la obligación de la selección democrática de candidatos, es un traje a la medida para las oligarquías partidarias. Además si tanta es el ansia por la reelección, ¿Por qué no autorizaron también la de Presidente de la República y gobernadores de los estados?, que por sí misma genera una cultura de mayor responsabilidad y rendición de cuentas en los gobernantes.

Centralización y reelección ingredientes fundamentales de la república de los partidos.

Javier Hurtado
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 7 de diciembre de 2013).


Definición de democracia.

A mediados del siglo pasado Karl Loewenstein -ante el fracaso de la República de Weimar- llamaba la atención sobre la paradoja de que la democracia tuviera que tolerar a los que, abusando de las libertades y derechos que la misma asegura, no pudiera defenderse de aquellos (como Hitler) que por medios democráticos atentaran contra ella. Este pensador alemán construyo el concepto de "democracia militante" para señalar los medios que deben existir (como prohibir o cancelar el registro a los partidos anti democráticos) para que la democracia pueda defenderse de sus enemigos.

En materia constitucional se requiere de un concepto similar para establecer medios y procedimientos a través de los cuales la Constitución se defienda de los que a través de reformas constitucionales la deforman y la dañan.

Javier Hurtado
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 14 de diciembre de 2013).


La democracia es la forma de gobierno concebida e instituida para asegurar que la soberanía resida en el conjunto de ciudadanos en una sociedad. Esta soberanía, en una sociedad de masas, moderna y compleja, se ejerce a través de la representación política, democráticamente constituida por medio de elecciones periódicas. Las decisiones de gobierno las toman representantes electos, a nombre de la sociedad.

Ellos procesan sus decisiones atendiendo, en teoría, a la voluntad popular, es decir, la voluntad de quienes los eligieron. También, en teoría, actúan de conformidad con el interés de la gente, incluso cuando toman determinaciones contrarias a la opinión pública.

La clase política tiene distintos instrumentos para allegarse información acerca de la opinión ciudadana sobre distintos temas y asuntos de gobierno, amén del contacto directo que tienen con distintos actores sociales y la lectura que de las circunstancias construyen en la interacción con los demás miembros de la representación popular.

En razón del enorme número de opiniones individuales y la inmensa multiplicidad de intereses concomitantes, los representantes tienen también a la mano herramientas y estrategias para "reducir complejidad", las principales son los proyectos y programas de gobierno que enarbolan sus respectivos partidos políticos.

Si la cosa se le pone muy complicada a un representante popular, éste puede siempre sintonizar en directo la línea del partido y nada más ceñirse a ella, puede nada más nadar de muertito; si es muy avezado, puede trazar mejor una agenda propia para sacar el mayor provecho del cargo y de la ocasión, o bien puede hacer una combinación de todas estas opciones.

Para disminuir la inevitable distancia que existe entre los intereses, preocupaciones, anhelos, problemas u opiniones de la masa de ciudadanos y la agenda de acciones, tareas y propósitos de la representación política es que se han instituido las figuras de la democracia directa, utilizables a la hora de tomar decisiones de particular trascendencias en una sociedad.

La consulta popular se instituyó para poner en manos de los ciudadanos decisiones que no logran concitar acuerdos básicos en el seno de la representación política o cuando una decisión produce la oposición irreductible de una fuerza política en particular.

La participación ciudadana se convoca no como un fin en sí misma, sino para resolver un trabuco difícil en la agenda de gobierno.

Marco Antonio Cortés Guardado
(v.pág.13 del periódico Mural del 19 de diciembre de 2013).


El estado, por su naturaleza, siempre prefiere seguridad que libertad. Últimamente la tecnología ofrece algo que el Estado no puede resistir: la vigilancia masiva que dejaría sorprendido a Orwell.

Ian McEwan, escritor.


Ya no bastan las encuestas comparsas, estadísticas manipuladas y evaluaciones intencionadas.

La influencia de los medios de comunicación es antídoto a la demagogia y eficaz promotora de la democracia. Las expresiones conducentes a la anarquía y eventual violencia reclaman energía en la estricta aplicación de la ley, que niega enfáticamente la dictadura y promueve el beneficio de la mayoría población pacífica anhelante de tranquilidad.

La información analizada con el rigor de causa y consecuencia, trasciende y se convierte en conocimiento útil para la integración de opinión pública. Es parte del activo contemporáneo al penetrar en la conciencia nacional y dando forma al criterio calificador en el extranjero.

El fin no siempre justifica los medios, aunque hoy existen ojos y oídos electrónicos con la capacidad suficiente para descubrir verdades antes de lo deseado por los autores de algún engaño.

Carlos Cortés Vázquez
(v.pág.6-A del periódico El Informador del 26 de enero de 2014).


Un filósofo y economista liberal de la llamada escuela austríaca, Ludwig von Mises, se oponía a que hubiera partidos políticos liberales, porque, a su juicio, el liberalismo debía ser una cultura que irrigara a un arco muy amplio de formaciones y movimientos que, aunque tuvieran importantes discrepancias, compartieran un denominador común sobre ciertos principios liberales básicos.

Algo de eso ocurre desde hace buen tiempo en las democracias más avanzadas, donde, con diferencias más de matiz que de esencia, entre democristianos y social demócratas y socialistas, liberales y conservadores, republicanos y demócratas, hay unos consensos que dan estabilidad a las instituciones y continuidad a las políticas sociales y económicas, un sistema que sólo se ve amenazado por sus extremos, el neo fascismo de Le Front National en Francia, por ejemplo, o La Liga Lombarda en Italia, y grupos y grupúsculos ultra comunistas y anarquistas.

En América Latina este proceso se da de manera más pausada y con más riesgo de retroceso que en otras partes del mundo, por lo débil que es todavía la cultura democrática, que sólo tiene tradición en países como Chile, Uruguay y Costa Rica, en tanto que en los demás es más bien precaria. Pero ha comenzado a suceder y la mejor prueba de ello es que las dictaduras militares prácticamente se han extinguido y de los movimientos armados revolucionarios sobrevive a duras penas las FARC colombianas, con un apoyo popular decreciente. Es verdad que hay gobiernos populistas y demagógicos, aparte del anacronismo que es Cuba, pero Venezuela, por ejemplo, que aspiraba a ser el gran fermento del socialismo revolucionario latinoamericano, vive una crisis económica, política y social tan profunda, con el desplome de su moneda, la carestía demencial -todo falta, la comida, el agua, hasta el papel higiénico- y las iniquidades de la delincuencia, que difícilmente podría ser ahora el modelo continental en que quería convertirla el comandante Chávez.

Hay ciertas ideas básicas que definen a un liberal. Que la libertad, valor supremo, es una e indivisible y que ella debe operar en todos los campos para garantizar el verdadero progreso. La libertad política, económica, social, cultural, son una sola y todas ellas hacen avanzar la justicia, la riqueza, los derechos humanos, las oportunidades y la coexistencia pacífica en una sociedad. Si en uno solo de esos campos la libertad se eclipsa, en todos los otros se encuentra amenazada. Los liberales creen que el Estado pequeño es más eficiente que el que crece demasiado, y que, cuando esto último ocurre, no sólo la economía se resiente, también el conjunto de las libertades públicas. Creen asimismo que la función del Estado no es producir riqueza, sino que esta función la lleva a cabo mejor la sociedad civil, en un régimen de mercado libre, en que se prohíben los privilegios y se respeta la propiedad privada. La seguridad, el orden público, la legalidad, la educación y la salud competen al Estado, desde luego, pero no de manera monopólica sino en estrecha colaboración con la sociedad civil.

Estas y otras convicciones generales de un liberal tienen, a la hora de su aplicación, fórmulas y matices muy diversos relacionados con el nivel de desarrollo de una sociedad, de su cultura y sus tradiciones. No hay fórmulas rígidas y recetas únicas para ponerlas en práctica. Forzar reformas liberales de manera abrupta, sin consenso, puede provocar frustración, desórdenes y crisis políticas que pongan en peligro el sistema democrático. Éste es tan esencial al pensamiento liberal como el de la libertad económica y el respeto a los derechos humanos. Por eso, la difícil tolerancia -para quienes, como nosotros, españoles y latinoamericanos, tenemos una tradición dogmática e intransigente tan fuerte- debería ser la virtud más apreciada entre los liberales. Tolerancia quiere decir, simplemente, aceptar la posibilidad del error en las convicciones propias y de verdad en las ajenas.

Es natural, por eso, que haya entre los liberales discrepancias, y a veces muy serias, sobre temas como el aborto, los matrimonios gay, la descriminalización de las drogas y otros. Sobre ninguno de estos temas existe una verdad revelada liberal, porque para los liberales no hay verdades reveladas. La verdad es, como estableció Karl Popper, siempre provisional, sólo válida mientras no surja otra que la califique o refute. Los congresos y encuentros liberales suelen ser, a menudo, parecidos a los de los trotskistas (cuando el trotskismo existía): batallas intelectuales en defensa de ideas contrapuestas. Algunos ven en ello un rasgo de inoperancia e irrealismo. Yo creo que esas controversias entre lo que Isaías Berlin llamaba "las verdades contradictorias" han hecho que el liberalismo siga siendo la doctrina que más ha contribuido a mejorar la coexistencia social, haciendo avanzar la libertad humana.

Mario Vargas Llosa
(v.pág.2-B del periódico El Informador del 26 de enero de 2014).


El pensador polaco Zygmunt Bauman se ha convertido en una de las voces más críticas contra "el capitalismo salvaje" y la situación de "desigualdad" que ha generado, y la 1a. víctima de esta situación, en opinión de este profesor y sociólogo, "es la democracia".

Así lo ha explicado y así lo refleja Zygmunt Bauman (Poznan, Polonia, 1925) en su reciente libro, ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos? (Paidós).

"El Estado democrático durante años se ajustó a su promesa y a su responsabilidad de proteger y dar bienestar a cualquier colectivo en contra de la desgracia individual. La gente tenía sentido de pertenencia y solidaridad -argumenta el autor-. Hoy todo eso ha cambiado y, cuando llegan los problemas comunales y compartidos, el estado dice: ‘Es asunto suyo; resuélvanlo ustedes’".

"De ahí que la confianza que se tenía en las instituciones esté decayendo. La gente sabe que del Estado no va a obtener nada y sabe que las instituciones democráticas y políticas no llevan a cabo sus promesas", subraya.

(V.pág.8-B del periódico El Informador del 5 de febrero de 2014).


Democracia son cuatro lobos y una oveja votando para decidir qué comer.

Leo Fung


En la encuesta Latinobarómetro 2013, México ocupa el 1er. lugar latinoamericano, ante la pregunta si podría haber una democracia sin congreso, con 38%, contra una media regional de 27%. Y el 19% de los mexicanos consideró su apoyo al autoritarismo mientras ahí sí se resuelvan problemas.

Jaime Preciado Coronado
(v.pág.19 del periódico Milenio Jalisco del 28 de febrero de 2014).


En los últimos 15 meses de manera profusa se han venido dando en México decisiones políticas con una clara tendencia centralizadora. La justificación ha sido la supuesta incompetencia, tendencia corrupta o antidemocrática de las autoridades locales y municipales. Ante ello, la única solución posible ha sido quitarles atribuciones y concentrarlas en nuevas autoridades u organismos "nacionales"; o en las autoridades federales; o, en su caso, expedir códigos nacionales o leyes generales que abrogan la legislación local.

Así, ante la colusión de las policías locales y municipales con el crimen organizado, créese un mando policial único o una gendarmería nacional; ante la supuesta captura de las autoridades electorales de los estados por los gobernadores, créese un Instituto Nacional Electoral y leyes generales correlativas; ante la impunidad delincuencial, un Código Nacional de Procedimientos Penales que abrogue los códigos penales de los estados; ante la ineficiencia de los registros públicos estatales y de los catastros municipales, publíquese una ley general sobre la materia; para hacer efectivo el derecho al agua para uso personal y doméstico, una Ley General de Aguas; etc., etc.

El caso es que con ese modelo de decisiones México elige una ruta que va en sentido inverso a la tendencia evolutiva de los sistemas de organización política en el mundo, caracterizada por procesos continuos y cada vez más profundos de descentralización, aun en estados centralistas o unitarios. Peor todavía: el modelo adoptado significa literalmente una involución o regresión con relación a los avances que en nuestro país se dieron en materia de descentralización política y administrativa, sobre todo en el período 1983- 2000.

Con el paso del tiempo, lo nacional en materia de organización administrativa ha adquirido un significado diferente: de ser suma articulada de diversas instituciones independientes de los 3 órdenes de gobierno, pasó a convertirse en un sistema único que desaparece o somete a sus similares, en el marco de una organización jerárquica. De ser un sistema descentralizado pasa a ser desconcentrado.

Expedir leyes generales sobre materias previamente atribuidas a los estados o a los municipios ha sido el recurso más utilizado en los últimos meses por el Congreso de la Unión para centralizar, como antes fue darse atribuciones para convertir en federal todo lo necesario (para comprobarlo véase el Artículo 73 Constitucional y en especial su fracción XXIX).

Las decisiones tomadas por el poder revisor de la Constitución en los últimos meses han modificado de fondo lo establecido en los artículos 40 y 124 constitucionales, sin haberlos reformado. Lo paradójico es que ha sido con el voto en favor de las legislaturas de los estados.

Javier Hurtado
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 8 de marzo de 2014).


El nacionalismo es la quemante realidad de nuestros días: conciencia de lo histórico, fervor regional, defensa de la tradición, la lengua y las costumbres propias, y máscara ideológica del chovinismo, la xenofobia, el racismo y los dogmatismos religiosos.

El nacionalismo será, que duda cabe, la gran fuerza política que resistirá en los próximos años a la internacionalización de la vida y la economía que ha traído consigo el desarrollo de la civilización industrial y de la cultura democrática.

¿Cómo y dónde nació esta ideología que rivaliza con la intolerancia religiosa y los extremismos revolucionarios en haber provocado las peores guerras y cataclismos de la historia?

Nada es más fácil que agitar el argumento nacionalista para conquistar y apoderarse de una multitud.

Nada como los grandes fuegos artificiales de los nacionalismos para distraer a un pueblo de sus verdaderos problemas.

No es casual que sea el nacionalismo la ideología más sólida y extendida en el llamado tercer mundo.

Flavio Romero de Velasco
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 29 de marzo de 2014).


Ha terminado la primicia de las grandes élites: las masas han irrumpido en la vida de manera determinante, provocando un trastorno profundo en los valores cívicos y culturales. Este fenómeno se hizo evidente con la plena ascensión del comunismo y los fascismos, del sindicalismo y los nacionalismos y con los primeros brotes de una cultura popular de consumo masivo. Hombres y mujeres de distintas clases sociales se han igualado en un ser colectivo en el que se han fundido, abdicando de su individualidad, para adquirir la de la colectividad, para ser nada más que una parte de la tribu. Esta masa amorfa está conformada por individuos que se han desindividualizado, dejando de ser unidades humanas para disolverse en una colectividad que piensa y actúa por ellos, más por reflejos condicionados -emociones, instintos, pasiones- que por razones. Estas hordas humanas son las que se coagularon en torno de Benito Musolini, Hitler y Stalin. La masa es también una realidad nueva en las democracias donde el individuo tiende cada vez más a ser absorbido por conjuntos gregarios a quienes corresponde ahora el protagonismo de la vida pública, un fenómeno en el que se ve un retorno del primitivismo y de ciertas formas de barbarie disimulados bajo el atuendo de la modernidad. Todavía -por lo que alcanzamos a advertir- la irrupción del hombre masa en todos los órdenes sociales será desgraciadamente una realidad avasalladora.

Flavio Romero de Velasco
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 5 de abril de 2014).


La democracia es cosa buena, pero lleva en sí un germen malo: el de la demagogia.

Armando Fuentes Aguirre "Catón"
(v.pág.7 del periódico Mural del 10 de abril de 2014).


En la actualidad 4 serían las principales deformaciones de la democracia y los valores democráticos en nuestro país:

  1. La creencia de que la ampliación de la esfera de las libertades individuales y de la seguridad del ciudadano sólo se puede dar a costa de la reducción de la esfera de las instituciones públicas y del Estado.
  2. La emergencia de un nuevo sujeto de la historia y la sustitución del concepto proletariado por el de “ciudadano”, que en el fondo ha producido un profundo proceso de desinstitucionalización que a últimas fechas ha venido a afectar los sustentos mismos de los principios de constitucionalidad.
  3. El paso del “federalismo aldeano” de gobernadores autócratas y corruptos, a un centralismo federalizado con autoridades omnímodas no sujetas a control y que tienen como misión histórica hacer efectiva la democracia y el Estado de derecho.
  4. Un sobredimensionamiento de la vertiente participativa en la cultura política mexicana, en donde el Estado y sus gobiernos ceden espacios a ciudadanos organizados, o a la desorganización ciudadana.

Frente a estos retos y estas realidades, vale la pena repensar los valores de la democracia y de la política republicana:

  1. Al Estado y a las instituciones públicas no hay que destruirlas ni debilitarlas. Lo que se debe hacer es controlarlas socialmente e idear mecanismos efectivos de control del poder por el poder mismo.
  2. La democracia es un procedimiento o método para la elección de gobernantes. El valor último de la democracia es que es contingente y terrenal, nunca un valor último o escatológico dotado de contenido sustantivo.
  3. Si queremos que la política produzca bienes públicos y un orden civilizatorio, la mejor política moderna es la institucional.
  4. El mejor ciudadano y la auténtica cultura cívica es la que busca el equilibrio entre poder y responsabilidad; entre el que es exigente, pero también deferente; el que exige a la autoridad, pero respeta a la autoridad; el que defiende el disenso, pero al mismo tiempo reivindica el valor del consenso; y el que tiene una orientación instrumental, pero también ética y afectiva hacia la política.
Javier Hurtado
(v.pág.6-A del periódico El Informador del 19 de abril de 2014).

Uno de los principales y más graves problemas políticos del país ha sido el de la incapacidad de las élites políticas y de sus instrumentos, los partidos políticos, para lograr acuerdos sustanciales, consistentes y duraderos en asuntos trascendentes para la sociedad mexicana contemporánea. Hay miles de asignaturas que reclaman una cultura sólida (y acciones consecuentes), donde prevalezca la colaboración y construcción de acuerdos y consensos fructíferos, que deriven en medidas gubernamentales liberadas de la grilla barata y ceñida al corto plazo. La cuestión es que falta el componente institucional que mueva a las élites en el sentido conveniente para, primero, entender bien esta necesidad y en seguida caminar a la resolución de esos asuntos.

Es trágico que aquellos ingredientes de la cultura de rol de nuestra clase política se hayan venido arraigando junto con el afianzamiento del pluralismo político y la emergencia de opciones y fuerzas distintas y divergentes, gracias a la democratización. En otras palabras, está coincidiendo una suerte de entropía en el seno de la clase política -alentada por las reglas del juego- que se combina con un proceso que ha venido diluyendo el pegamento que podría convertir esa entropía en diversidad creativa.

Tenemos entonces una democracia ineficaz, porque se premia la confrontación y la falta de acuerdos (el esfuerzo se ha concentrado demasiado en la tarea de perfeccionar las condiciones de la competencia electoral), mientras que siguen haciendo falta los instrumentos que -más allá de la competencia- premien y hagan rentable la cooperación. Desde mediados de los 90 quedó claro que el problema es también de diseño institucional. Y la circunstancia precisa que se concluyan ya los pendientes del 1er. gran ciclo de reformas de índole electoral, para entrar de lleno al 2o. ciclo de cambios legislativos que no son de otra naturaleza que gubernativa.

Las elecciones son el instrumento democrático para formar gobiernos legítimos. Pero la legitimidad no es suficiente para garantizar un gobierno que funcione bien. Y el desencanto de los mexicanos con la democracia radica en la falta de eficacia gubernamental, y esta tiene que ver (aparte de los talentos para gobernar) con el hecho de que los últimos 3 gobiernos federales (falta ver que sucede con el actual), han sido gobiernos divididos, con presidentes sin el apoyo de mayorías legislativas.

Por ello ha sido atinada la reforma que abre la posibilidad de establecer un gobierno de coalición en México (para el 2018), aunque dejando esta facultad en el Presidente de la República.

Como el régimen presidencial es ya historia en México, pues no funciona, quizás lo mejor es ir en dirección de un régimen semi presidencial, donde la responsabilidad de gobernar la comparte el presidente, jefe de estado, con un jefe de gobierno (más o menos como en Francia).

Esa sería una fórmula que premia mejor una colaboración consistente, y evita que el jefe de estado, el último recurso, sea el que enfrenta cada situación de crisis en la coalición gubernamental. Además, se trata de compartir la responsabilidad del gobierno en un nivel más profundo, donde el costo por la falta de cooperación es mayor (la pérdida de una posición tan importante como la jefatura de gobierno).

Marco Antonio Cortés Guardado
(v.pág.9 del periódico Mural del 1o.de mayo de 2014).

Si el nuestro fuera un sistema democrático las elecciones serían un sistema de verificación, pero no lo somos y estamos muy lejos de serlo así que tendremos que buscar otro sistema.

Carlos Enrigue
(v.pág.4-B del periódico El Informador del 4 de mayo de 2014).

Ya lo decía Dahl: debate sin participación es propio de oligarquías competitivas (posiblemente a lo que aspire Alfonso Cuarón); y participación o representación sin debate se da en hegemonías representativas (lo que fue México hasta fines del siglo pasado, pero ya no es).

Javier Hurtado
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 10 de mayo de 2014).

Las llamadas metacausas han desaparecido. Ya no existen comunistas vs. capitalistas, ni tampoco occidente vs. oriente. La 3a. ola democrática a nivel mundial ha traído consigo la multiplicación de agendas ocultas, antes calificadas como menores en el debate político. Ahora el intelectual o el artista no tienen que defender a Stalin para ser considerado de izquierdas o reivindicar el nacionalismo para criticar la reforma energética. Las identidades se han vuelto más difusas y las lealtades políticas se acotan. Ahora, medio ambiente, derechos de los animales, la pobreza en el tercer mundo o los alimentos transgénicos se convierten en agendas globales con relevancia. No es necesario ensuciarse las manos en las ríspidas y siempre movedizas arenas de la política para marcar agenda y tener visibilidad política.

Enrique Toussaint
(v.pág.2-B del periódico El Informador del 11 de mayo de 2014).

La democracia tuvo un enorme auge en el siglo pasado al lograr el gobierno en muchos países creados por el colapso colonial que siguió a la 1a. guerra mundial, basada fundamentalmente en la lucha contra la corrupción y los gobiernos autoritarios buscado imperio de la ley. La democracia es sólida económicamente, no busca conflictos armados y combate la corrupción; permite la expresión libre de ideas y garantiza seguridad y confianza y países buscan lograrla aún a un alto costo. Como lo demuestra Ucrania y algunos países árabes, pero es difícil instaurarla una vez derrocados los dictadores o kleptogobernantes. A fines del siglo XX la democracia se instauró en Alemania y en Rusia y en antiguas colonias europeas así como en América latina, actualmente el 63% de los países son democracias.

Actualmente la democracia ha sufrido algunos reveses aun cuando el 40% de la población mundial viven bajo ese sistema, pero muchas democracias han caído en gobiernos autocráticos que guardan las apariencias. La democracia se instauró en países como Egipto o Ucrania, para verse superada por problemas de liderazgo y en Occidente funciona, pero complicada con problemas financieros y económicos, países que no cuentan con dicho sistema ponen en duda su eficacia. Algunos conocedores mencionan como causas de la desilusión las crisis financieras de 2007 y 2008 y el surgimiento de China, así como la voluntad de muchas democracias de apoyar a banqueros en crisis a costillas de la población. El modelo chino ha demostrado que es posible el resurgimiento económico dentro de un régimen no democrático, con sus fallas y deficiencias. Los dirigentes chinos arguyen que el control político rígido ayuda a superar muchos problemas de las democracias, fomentando la capacitación de sus élites gobernantes y financieras. Las decisiones tomadas en las altas esferas del poder, sin las diferencias y oposiciones fomentadas en las democracias, han permitido a China lograr avances serios en el sistema de pensiones y en el control del crecimiento de la maquinaria gubernamental, de forma que la mayoría de la población acepta el control político, si los resultados económicos son satisfactorios y fomentan la distribución de la riqueza. Estudiosos chinos alegan que la democracia en países débiles ha provocado caos y desorden, señalando que en Estados Unidos solo el 30% de sus habitantes se muestra conforme con el gobierno, mientras en China lo hace más del 80%. El gran fiasco de la democracia es Rusia, donde la democracia fue transformada en un régimen zarista, autocratico, dictatorial y expansionista a cargo de antiguos miembros de la KGB que han destruido la substancia de la democracia.

En realidad la construcción de las democracias es un proceso lento y que exige una práctica enraizada en la cultura nacional, donde primero se otorgó el voto y después se crearon las instituciones que ahora se sienten superadas, siendo un serio problema la falta de visión y entrega leal de los políticos, que resuelven los problemas a corto plazo para no perder sus canongías y puestos gubernamentales; pero como dijera Alexis de Tocqueville, las democracias parecen ser más débiles de lo que realmente son. Imperfecto como es, ha probado ser el sistema de gobierno menos malo calificado por Churchill como una adivinanza envuelta en un misterio dentro de un enigma.

(V.Razón y Acción del 17 de mayo de 2014).
¿Cuál es la diferencia?

(V.pág.4-A del periódico El Informador del 3 de junio de 2014).


Un monárquico puede desdeñar fácilmente la acusación de que las casas reales son nidos de parásitos a cargo del erario recordándonos, a los no monárquicos, las multitudes de inútiles que mantiene una democracia ilusoria o farsante como la nuestra (partidos políticos, legisladores plurinominales, dinastías de funcionarios y líderes sindicales que medran y prosperan gracias al nepotismo imparable, etcétera). Por eso más nos vale buscar las razones para nuestra antipatía en otro lado. La imagen de Juan Carlos de Borbón al lado del elefante que mató puede ser detestable, pero no menos que la de la hija de Romero Deschamps paseando a su perro en un jet.

José Israel Carranza
(v.pág.5 de la sección "gente" del periódico Mural del 5 de junio de 2014).

Resulta útil tener presente que si bien en una democracia las repúblicas pueden ser presidenciales, parlamentarias o semi presidenciales, las monarquías constitucionales solo pueden existir en los sistemas parlamentarios. Establecido lo anterior, conviene preguntarse qué es lo que quieren los españoles que cuestionan la monarquía: ¿transformarse en república sin abandonar su sistema de gobierno parlamentario, o cambiar también este último por uno de carácter semi presidencial o presidencial? En un sistema democrático, cambiar de un parlamentarismo monárquico a una república parlamentaria es un cambio de forma, no de fondo; o, en todo caso, implicaría cambiar todo para que todo quede igual.

La única diferencia entre una monarquía con gobierno parlamentario y una república parlamentaria, es que en esta última el Jefe de Estado es electo indirectamente (ojo: no por votación popular) y no definido por un sistema dinástico de sucesión (como ocurre con los reyes). En cambio, la diferencia entre aquélla y una república presidencial (como México) o semi presidencial (como Francia), es que los electores eligen directamente al Presidente que es al mismo tiempo Jefe de Estado y de Gobierno, o que comparte la Jefatura de Gobierno con un Primer Ministro, según se trate de lo primero o de lo segundo.

Conviene recordar que las dos únicas repúblicas que han existido en España en conjunto han durado menos de 11 años y que ninguna tuvo la experiencia de la elección popular de su Jefe del Estado. Se ha dicho que en ellas se reprodujo lo peor de la República de Weimar y de la 3ª República Francesa por haber producido presidentes de la república paralizados por un parlamento fragmentado.

Si ahora lo que se quiere es aprender de la experiencia, conservar el sistema parlamentario, abolir la monarquía y elegir directamente al Presidente del Gobierno, entonces deben establecer un sistema parlamentario como el que existió en Israel entre 1996 y 2001 en el que un Presidente no electo popularmente coexistía con un Primer Ministro electo por sufragio universal. Empero, habría que preguntarles a los israelíes por qué lo mantuvieron solo cinco años. Lo que no debe perderse de vista es que en una monarquía parlamentaria los problemas que se presentan en un país no los causa el rey sino el gobierno.

Javier Hurtado
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 7 de junio de 2014).

Siendo como es la función pública la tierra prometida que no sólo ofrece salarios exorbitantes, sino sobre todo un espacio de impunidad incomparable, se entiende que buena parte de la sociedad mexicana viva siempre en estado de pre campaña.

En parte esto obedece a las condiciones primitivas de nuestra democracia, cuyas reformas y actualizaciones jamás tocan la esencia del problema. Más que partidos políticos debiéramos tener instituciones calificadoras de cuanta persona pretende acceder a un puesto público. Pagadurías atentas y eficaces que paguen según desempeño, mes por mes. Evolucionar desde un mundo de ideologías partidistas que ya caducó, a un espacio de administración pública regulado por las normas laborales que competen a toda prestación de servicios.

Más que un congreso como los que hemos conocido, establecer una institución formada por expertos, donde estén representadas las diversas corrientes de pensamiento social, aplicadas a su oficio propio y originario, representar a la ciudadanía y defenderla contra los abusos del poder, dejando la elaboración, reforma o ajuste de las leyes a los que de veras sepan del asunto. Un congreso donde los representantes de los partidos, si todavía debemos conservarlos, sean sólo observadores honorarios, es decir, sin sueldo.

Como nada de eso ocurre todavía, debemos seguir al arbitrio de los partidos que, ya en el gobierno, no tienen otro objetivo que perpetuar a la facción que los promovió. Como consecuencia del alto costo de la nómina es natural que los recursos para cumplir con sus funciones propias no ajusten, se echa mano entonces al endeudamiento criminal que hipoteca el bienestar de la ciudadanía por varias generaciones sin que haya nadie que los frene, mucho menos el congreso que es cómplice, beneficiario y repetidor del esquema.

Falta de dinero y de personal capacitado producen servicios deficientes, abandono de los espacios públicos, inseguridad desbocada, ausencia de autoridad, y la consecuente anarquía social. Por supuesto que disponemos del poder judicial, donde todo trámite exige de estímulos efectivos, haciendo que el costo de este “servicio” se vaya hasta las nubes.

No es el mejor escenario en vísperas de las nuevas campañas electorales el próximo año. Se hace necesario entonces desatar los recursos mañosamente retenidos para lanzar una cascada de obras de relumbrón e inagotables inauguraciones de lo que sea, posponer decisiones que puedan lastimar el voto aun si son de beneficios para la comunidad, y, sazonarlo todo con escandalosas denuncias de los anteriores funcionarios y si se puede, hasta juicios y cárcel, no justo al concluir su gestión, sino en vísperas de las nuevas campañas, lo que delata que la justicia puede esperar hasta que ejercerla traiga dividendos partidistas.

Ninguna sorpresa, así se manejan los partidos decadentes que tenemos, y que sobreviven gracias a la alienación ciudadana.

Armando González Escoto
(v.pág.4-B del periódico El Informador del 15 de junio de 2014).

La democracia en México vive tiempos de falta de credibilidad y poca legitimidad. Así, en palabras del consejero electoral local, Jorge Alatorre Flores, se debe en gran medida a las expectativas que se generaron en torno a la transición democrática.

“Esto puede deberse entre otras razones a que en realidad nunca habíamos experimentado en el país lo que genuinamente es una democracia, con sus virtudes y sus defectos. Debido a ello se abusó de la expectativa y se promocionó casi publicitariamente una tierra prometida democrática donde todo mundo vive en paz, la justicia prevalece y la economía prospera a niveles de primer mundo”.

Sin embargo, la democracia nacional no sólo atraviesa por un problema de expectativas, sino por problemas estructurales que deben corregirse. “Sostengo que la mexicana es una democracia de baja calidad, debido a la debilidad de sus instituciones, el papel preponderante del dinero en las decisiones políticas, pocos incentivos para la participación ciudadana, riesgos para la libertad de prensa como su independencia económica, así como una cultura política que no ha evolucionado de su pasado autoritario”.

De esta manera, es fundamental que las reformas también se hagan en otros espacios que corren en paralelo a las elecciones, entre ellos el poder judicial.

Una democracia sin justicia, habitada por un sistema y legislación judicial barroco, abigarrado, corrupto e incompetente, estimula la actividad criminal al pre-garantizarle la impunidad de sus actos. Aquí un punto interesante, si bien es cierto que la democracia no garantiza automáticamente la aplicación de justicia (lo vivimos) también es cierto que las opciones autoritarias o dictatoriales la cancelan. El siguiente reto estructural de nuestra clase política, medios y ciudadanía estriba en exigirle al sistema judicial que se transforme radicalmente”.

Dos retos son esenciales para modernizar el sistema electoral: la fiscalización en las campañas y la transformación de la cultura política de los mexicanos, sobre todo en temas relacionados con la pluralidad, la diversidad y la tolerancia.

(V.pág.3-A del periódico El Informador del 24 de junio de 2014).

Dicen los liberales que el Estado debe justificar las prohibiciones y no las libertades. Las dictaduras suelen creer en lo contrario: las libertades son una concesión del poder y del régimen. Al contrario, la idea democrática de la sociedad parte de la premisa de que en una comunidad, la libertad es un hecho fundacional. A diferencia de lo que creían los realistas como Hobbes o Maquiavelo, la democracia liberal cree que el hombre es libre y el Estado sólo debe intervenir en esos asuntos donde el interés general o de terceros se encuentra en entredicho. La libertad es una justificación en sí misma, la prohibición no lo es. El garante del pacto social el Estado puede prohibir, pero siempre que el resultado social obtenido justifique las libertades sacrificadas.

La democracia es un debate continuo. Un debate como cualquier otro: incluye acaloramientos, pasiones, impulsos, gritos y acuerdos. Es una discusión que fluye y que nos incluye a todos. Cómo somos, con nuestras virtudes y defectos. La democracia acarrea todos esos vicios que nosotros mismos tenemos cuando debatimos: insultamos, nos enojamos, hacemos aspavientos y nos frustramos. Sin embargo, a pesar de todo esto, el debate es la solución y no el problema. Debatimos porque somos plurales, distintos y tenemos posiciones encontradas en muchos temas. Una sociedad plural no acepta la uniformidad y sospecha de la unanimidad. Las dictaduras son tan eficaces en esconder problemas por eso mismo: clausuran el debate y recurren a la prohibición. Es como el padre con el hijo pequeño, ¡No discutas, obedece!

La forma democrática de modificar posturas políticas o de exhibir actitudes de discriminación, es a través del debate. Si la prohibición genera secrecía, conspiración e inmovilismo, la discusión provoca apertura, enfrentamiento de ideas y cambio de posturas. Los debates democráticos exhiben a los extremistas y desnudan su intolerancia. Esto ha pasado con los distintos partidos extremistas cuando salen a la luz pública. Mantenerlos en la prohibición les da oxígeno y les permite adueñarse de ideas que aunque no nos gusten, seducen a una parte del electorado. El debate exhibe y pone a cada quien en su lugar.

Por eso, la mejor forma de combatir la discriminación es a través del debate y la discusión constante. “Todos tenemos derecho a insultar en democracia”, como acertadamente lo ha apuntado Jesús Silva-Herzog Márquez. Sin embargo, también estamos expuestos a ser desnudados en nuestros odios, complejos y tabúes. Ante el discurso del odio, la democracia debe de bajar a las profundidades de sus “argumentos” y desmontarlos de fondo.

Enrique Toussaint
(v.pág.2-B del periódico El Informador del 29 de junio de 2014).

La cultura política mexicana respira a través de muchas simulaciones. Como mexicanos lanzamos odas a conceptos que solamente constituyen caparazones desprovistos de sustancia en la práctica. Ahí tenemos a nuestra centenaria Constitución, incumplida y modificada hasta la médula (más de 500 veces), pero que sigue desatando largos discursos cada 5 de febrero. El municipalismo, es otro ejemplo. Si alguien se atreve a pedir una reforma al 115, se enfrenta al clamor de unos y otros: “eso atenta contra el municipio”. No importa que los municipios sean una institución rebasada y desprovista de herramientas para enfrentar los retos de hoy. Reformarlos es lo de menos, lo relevante es enaltecer como estatua en un museo a nuestro muy particular e inoperante municipalismo. Algo similar ocurre con nuestro federalismo, no hay mexicano que no lo reivindique, pero en la práctica es sólo una bonita intención constitucional.

El sistema se mantuvo parcialmente funcional hasta la transición. Los gobernadores nunca pusieron en duda el esquema de repartición de poder que residía en el Presidente de la República. El PRI se definía como un partido federalista, pero realmente ejercía el poder desde el Centro y veía a los estados más en una lógica clientelar que de división democrática de funciones.

La alternancia trastocó este arreglo político. La democratización del país trajo en paralelo un movimiento de descentralización hacia los estados. Las gruesas paredes del régimen comenzaron a ser vulneradas desde los municipios y desde los estados. Los estados comenzaron a recibir cada vez más y más recursos para gastar, se construyeron agendas y reformas locales, a reclamar competencias perdidas por el arreglo de poder previo y a insubordinarse al Centro. Ni siquiera el PRI pudo contener la “rebeldía de los gobernadores”, particularmente en el sexenio de Ernesto Zedillo. Sin embargo, la transición más que enterrar un modelo político, lo que provocó fue un realineamiento de fuerzas. Los gobernadores entendieron que el Presidente había perdido sus poderes metaconstitucionales y alterar los equilibrios entre el Centro y los estados, ya no era una locura.

Los datos están ahí: de 1990 a 2010, los recursos para los estados pasaron de 20 a 437,000 millones de pesos. Sin contar programas que ejerce la Federación en los estados. Sin embargo, aunque se dinamizaron las agendas a nivel local, la lógica caciquil imperó. En los estados, el gobernador se encargó de someter a través de billetes al congreso, a los órganos autónomos y al poder judicial. Un federalismo entendido en muchos casos como “islas de impunidad”, donde el gobernador se convierte en el centro del poder político a nivel estatal.

Enrique Peña Nieto es fruto de esa “rebelión de los gobernadores”. El Estado de México ejerce 25% de los recursos que se van a los estados y como demuestran estudios elaborados por el IMCO o por Transparencia Mexicana, con muy baja rendición de cuentas. Así, Peña Nieto entendía que tenía que reestablecer esa presidencia incontestable sobre la que gira el sistema político mexicano. Felipe Calderón se entrampó con los gobernadores y al final su principal apuesta de gobierno, el combate al crimen organizado, naufragó entre falta de cooperación y resistencias estatales.

El Presidente a través de sus reformas ha minado mucho de los cimientos del poder de los gobernadores. La creación del Instituto Nacional Electoral debilita su intervención en las elecciones; les quita la nómina educativa y la ejerce desde la Federación; congela las transferencias no programables a los estados; la reforma energética reduce al mínimo los recursos descentralizados y centraliza a través de un nuevo modelo de obra pública. Los números del Presupuesto de Egresos de la Federación no mienten: mientras el gasto federal total crece en cerca de 25%, las participaciones a estados y municipios (gasto programable y no programable) sólo aumenta 5.5%.

¿Y por qué los gobernadores no se quejan? ¿Sería admisible que Angela Merkel le quitara dinero a la Baviera sin que haya un conflicto político de envergadura? ¿Sería creíble que Mariano Rajoy le quite atribuciones al Lendhakari Urkullu en el País Vasco sin que fuera visto como una provocación? ¿O que Obama decidiera de pronto centralizar atribuciones de los estados en la Unión Americana sin que los gobernadores se pusieran en pie de guerra? Entonces, ¿por qué en México el retiro de competencias a los estados ni siquiera provoca reacciones en los propios estados?

Existen al menos 3 razones que explican esta pasividad de los gobernadores y de la opinión pública en los estados. En 1er. lugar, la estructura política está configurada nacionalmente. Más que un esquema donde las alianzas o la cooperación regional sea el caparazón del sistema político, el centralismo político en México provoca que los grandes temas se muevan con los ritmos nacionales. Quitando debates como los que han ocurrido en el DF sobre temas morales como el matrimonio igualitario o como la interrupción voluntaria del embarazo, en general los “temas de estado” se mueven en una lógica de partidos nacionales.

En 2do. lugar, los gobernadores no tienen otra más que adoptar las reglas y las decisiones del Centro. Como un niño que vive en casa de sus padres, el que tiene el dinero manda. “Mientras vivas bajo mi techo”, estas son mis reglas. Los estados recaudan menos de 5% de su presupuesto, ya que impuestos como el ISR o el IVA son federales. Si le sumamos la desaparición en muchos estados de la tenencia, las entidades federativas dependen enteramente de los recursos que manda la Federación. Es un pacto que se mantiene desde los orígenes del federalismo mexicano: dinero por lealtad. Más que una relación moderna y democrática, es un vínculo político del viejo autoritarismo. Los gobernadores saben que el costo político de cobrar impuestos es muy alto en sus estados, por lo que se quitan esa responsabilidad y a cambio ofrecen lealtad.

En 3er. lugar, los escándalos recurrentes de gobernadores atrapados en corrupción y dispendio, han confundido el “federalismo” con el “feuderalismo”. Los excesos de los gobernadores se encuentran más que documentados y a nivel local se ha arraigado la idea de que ceder más competencias y recursos económicos a los estados significa más opacidad y control político de los recursos. En gran medida, la cooptación de instituciones a nivel local obedece a que en muchos estados, los gobernadores pueden repartir recursos a granel y con objetivos políticos. A nivel federal, los contrapesos son mayores.

El federalismo es uno de esos conceptos exaltados continuamente, pero pisoteados desde su origen. En México, quitando algunos breves momentos en el siglo XIX, nunca hemos tenido un federalismo consolidado y auténtico. Le hemos llamado federalismo a un pacto político entre élites centrales y regionales, que en realidad dista mucho de ser el sistema de descentralización de poder que asegura la libertad cultural, política y social.

Y por otro lado, tampoco es tolerable un sistema de gobernadores con mucho dinero, baja rendición de cuentas y sin cobrar impuestos. No es un federalismo adulto, sino un sistema regionalista de prebendas, canonjías y pactos políticos [...] un sistema de impunidad que ningún mexicano está dispuesto a defender.

Enrique Toussaint
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 6 de julio de 2014).

El sistema federal surge para resolver 2 problemas a los que se enfrentaron los estados de reciente cuño. Primero, en la tradición europea, el federalismo como la forma de construir entidades estatales cohesionadas, pero admitiendo la diversidad cultural, lingüística y política interna. Un escudo ante las resistencias regionales y la lógica homogeneizadora del centro. Alemania y su federalismo es un ejemplo. La tardía configuración del Estado alemán, hasta pleno siglo XIX, obedece a la dificultad para integrar a entidades culturales y políticas que no se identificaban unas con otras. El nacionalismo alemán es un fenómeno reciente, del siglo XX. Casos similares ocurrieron en España con la Segunda República o el posfranquismo y el sistema de autonomías tras la muerte del dictador. Francia es la gran excepción, símbolo del centralismo estatal.

Por otro lado, una segunda ola de repúblicas federales se constituyó en América. Estados Unidos es el prototipo de este federalismo que más que una solución a la diversidad cultural, nació como un contrapeso al poder central. Los padres del federalismo norteamericano, James Madison y Alexander Hamilton (que escribieron “El Federalista” en 1787), temían un poder central tan arbitrario y sin contrapesos, que pudiera amenazar la libertad religiosa y política de los ciudadanos. Esa visión de suspicacia en torno al “Leviatán” indomable y autoritario, pervive en la cultura política de Estados Unidos.

En México, la “victoria liberal” marcó el destino del sistema político-territorial. Al igual que Madison y Hamilton, los defensores del federalismo mexicano entendían que este modelo era el más adecuado para defender las libertades de los ciudadanos. No hubo nunca una apuesta por la protección de las comunidades indígenas o de otras minorías culturales (algo que a los liberales del siglo XIX importaba poco), sino simplemente la construcción de un esquema descentralizado de poder que evitara la concentración y las tentaciones autoritarias.

Así, tras las guerras entre conservadores y liberales del siglo XIX y la dictadura de Porfirio Díaz, el régimen emanado de la Revolución, utilizó la condena al pasado conservador como una de sus legitimaciones. Una interpretación de la historia que encajó perfectamente en un “federalismo” de caciques regionales. El federalismo mexicano nació como arma política para premiar y castigar a los aliados. La Constitución trazó un federalismo dinámico y atractivo, a través de constituciones propias y autonomía estatal, pero en la práctica fue un “pacto político” entre élites centrales y regionales en donde los primeros otorgaban recursos económicos y libertad política en las entidades a cambio de obediencia y gobernabilidad.

Enrique Toussaint
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 6 de julio de 2014).

La reciente reforma electoral aprobada en el país, la 11a. desde 1977, ha dado paso a comentarios elogiosos sobre dichos cambios de parte de los políticos que la impulsaron, profesionales de las elecciones, comentaristas y periodistas.

Los discursos destacan avances en el proceso de "consolidación de la democracia", como la aprobación de la reelección de diputados y presidentes municipales o asambleístas y jefes de delegaciones en el caso del Distrito Federal. Destacan además los criterios de paridad de género para la postulación a puestos de elección popular y las candidaturas independientes.

Esta reforma fortalece la partidocracia y a los grupos de poder que controlan el acceso a los cargos de elección popular (¿a quién si no va a beneficiar la reelección?).

Esta reforma no mejora la democracia en este país porque sencillamente, la democracia no existe en México, al menos si calificamos como tal a un sistema político donde las mayorías participen en la deliberación y decisión de los asuntos fundamentales.

¿Se puede llamar democrático a un sistema político que sólo te toma en cuenta en el acto de votar y luego se niega a consultarte las decisiones más relevantes que se toman?

Las elecciones en México se celebran cada tres años; entre una elección y otra transcurren 1’576,800 minutos. El acto de votar, que es el único momento en donde el sistema y la clase política ofrece un mecanismo de participación aparentemente decisivo al ciudadano dura aproximadamente 30 minutos. ¿Qué son 30 minutos en un trienio? Representan 0.0019%.

Es decir, los sujetos que han instituido y diseñado este sistema político, conceden sólo 0.0019% del tiempo de un trienio al ciudadano para que participe; el 99.99% restante es tiempo de los políticos, es tiempo de los gobernantes.

Es tiempo que se manda al ciudadano a su casa y se le impide participar en las decisiones relevantes de su vida: cómo organizamos el reparto de la riqueza producida entre todos, cómo nos repartimos los excedentes de esa riqueza, cuánto nos pagamos por un trabajo digno, cómo garantizamos las necesidades esenciales a todos los integrantes de la sociedad, sin explotación, sin violencia, con dignidad. Son decisiones que la "democracia" del 0.0019% no nos permite plantear y resolver. Son pequeños grupos y camarillas de políticos y empresarios quienes toman las decisiones el 99.99% del tiempo, entre elección y elección. De modo que, ¿a quien demonios le importa un reforma política más que sigue sin cuestionar una “democracia” de 0.0019%?

Rubén Martín
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 9 de julio de 2014).

La democracia representativa difícilmente podría vivir sin partidos políticos. Los sistemas políticos que han tendido hacia la desaparición de un conjunto de partidos políticos, casi siempre caen en la personalización de la política y en periodos de autoritarismo. Es decir, la política como espejo de un líder, sin debates ideológicos ni alternativas programáticas. Ahí tenemos el Perú de Fujimori o los periodos de dictaduras en Chile, Argentina o España. Los partidos políticos, como lo señaló en el siglo XIX Robert Michels, con su “Ley de Oligarquías de Hierro” tienden hacia la formación de cúpulas que se separan de los intereses sociales; es decir, a convertirse en espacios de definición política que sólo responden a sus intereses y no al del segmento social al que representan. Sin embargo, a pesar de esta tendencia que ha sido analizada durante siglo en la Ciencia Política, los partidos políticos son un mal necesario de cualquier democracia.

Los partidos políticos son opciones ideológicas que se sustentan en programas de gobierno. Todo partido político está diseñado para gobernar. Su razón de ser es precisamente convertirse en el partido más popular y a través de planteamientos ideológicos dar respuesta a los distintos temas que afectan a la sociedad. Digamos que podemos decir que los partidos políticos son maquinarias en busca del poder, pero, en teoría, siempre basados en una forma de entender la política, la economía, la moral y la sociedad. Si en términos generales podemos decir que existe un consenso en la política sobre los fines (mejores empleos, desarrollo económicos, educación de calidad, etc.), los partidos políticos se contrastan en los medios para obtener dichos fines. En un sistema electoral sano, los partidos políticos tendrían que ser un fiel reflejo de las diferencias ideológicas que perviven en la sociedad. Es cierto que podrían existir alternativas asamblearias, de plataforma o de movimiento que suplan a los partidos, pero no hay ninguna evidencia empírica que nos permita asegurarnos de que esas estructuras tienen los candados suficientes para evitar los males que aquejan a los partidos.

Enrique Toussaint
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 13 de julio de 2014).

Las democracias que incorporan elementos participativos son las más apreciadas por sus ciudadanos. Detrás de la democracia participativa, de las consultas, referéndums o plebiscitos, se encuentra una forma de inclusión que ataca el corazón mismo del déficit de representación.

Unos datos serían ilustrativos. Suiza es la democracia en donde los políticos obtienen la mayor tasa de aprobación de toda Europa (82%). La Confederación Helvética es conocida por su tradición plebiscitaria, hasta 4 o 5 temas se consultan al año en materia política, constitucional o de políticas públicas. En el último año, los suizos han podido decidir en temas como: la construcción o no de más mezquitas; una ley para limitar los salarios más altos del país o poner mayores controles al paso de personas por sus fronteras. La herencia participativa de Suiza encuentra sus orígenes en la Edad Media y el derecho a decir se encuentra protegido en los distintos tratados constitucionales desde finales del siglo XIX. La actual constitución que data de 1999, amplía el abanico de temas consultables y sólo limita los relativos a los derechos fundamentales de las personas.

La crisis de la democracia representativa se encuentra diagnosticada desde hace por lo menos 3 décadas. La caída en la participación electoral y el déficit de representación, han hecho que prácticamente todos los países del mundo se planteen "democratizar la democracia" (Boaventura de Sousa, dixit) a través de instrumentos de democracia participativa. Por ejemplo, la Constitución de la V República Francesa obliga a que las modificaciones a la carta magna se diriman en una consulta popular (en 2008 también se aprobó una ley de referéndums populares). En Gran Bretaña existe una ley de consultas desde mediados de la década de los 70 y Canadá tiene mecanismos similares desde la posguerra. En América Latina estos instrumentos han proliferado desde inicios de siglo. Y es que la crisis de la democracia representativa, esa idea de que los diputados, senadores o gobiernos no representan los intereses populares sino a sus agendas personales o de partido, ha sido atacada a través de nuevas formas de inclusión desde el Estado. El centro de la crisis de representación es el llamado "Ciudadano Kleenex", ese ciudadano que se usa una vez y se tira a la basura. Es decir, que sólo sale a votar el día de las elecciones y nunca más vuelve a participar en decisiones de gobierno hasta el siguiente proceso electoral.

En México, a nivel local existen distintas experiencias participativas desde presupuestales hasta ratificaciones de mandato (incluso en Jalisco). Sin embargo, a nivel nacional, la Ley de Consultas Populares se aprobó hasta marzo de este año. Y aunque en general cumple con los 3 orígenes propios de una consulta (ciudadana, legislativa y ejecutiva), la Ley de Consultas Populares pone algunos candados que dificultan su realización. Por ejemplo, el artículo 11 menciona los temas que no podrían ser sujetos de consulta: los derechos humanos (en todos los tratados internacionales está prohibido); el carácter del Estado -representativo, federal y democrático-; los temas electorales, la seguridad nacional y los relativos a las fuerzas armadas. Y añade un 6o.: los que tienen que ver con los ingresos y gastos del gobierno. Un candado que da para muchas interpretaciones (casi todos los temas claves de la agenda nacional tienen una variante presupuestal).

Es cierto que las consultas tienen sus límites bien estudiados. Existe un abuso de la coyuntura, es decir se plantean en momentos donde el equilibrio de fuerzas favorece a uno u otro bando y no necesariamente es reflejo de una "opinión a largo plazo"; son reduccionistas al plantear temas complejos en una o dos preguntas simples; pueden implicar el sometimiento de la mayoría a la minoría sin matices ni moderación -la mayoría gana todo y la minoría pierde todo-; sirven para legitimar proyectos populistas sin respaldo técnico.

Estos riesgos son reales y han sido estudiados hasta el cansancio. Sin embargo, todos esos riegos son también equiparables a la participación electoral regular; es decir, son deformaciones de los modelos electorales. Por lo que no deben ser impedimentos para abrir la participación ciudadana a distintos mecanismos, sino para buscar blindar el ejercicio de estos vicios (en la medida de lo posible).

Un argumento muy socorrido en contra de la consulta: es un tema técnico, por lo tanto la definición debe quedar en ese campo. El argumento parte de la idea de que los mexicanos no somos capaces de digerir con responsabilidad y conocimiento asuntos complejos de la agenda pública. Es la apuesta por un modelo político donde las élites intelectuales le imponen un proyecto de desarrollo a la "masa ignorante" que ni siquiera sabe lo que le conviene. Un autoritarismo ilustrado que descalifica la opinión de los no especialistas.

Una democracia de calidad se erige con instituciones públicas de calidad, pero sobre todo con auténtica participación política.

Enrique Toussaint
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 10 de agosto de 2014).

Si partimos de la base de que la pluralidad es un valor esencial de la democracia y que la representación en las cámaras debe incluir esos equilibrios ideológicos en la sociedad, la ruta más adecuada no es reducir los plurinominales, sino reformarlos. Un error común en el que caemos en México es que si algo no sirve, lo tiramos a la basura. Los plurinominales no son en esencia: corruptos, ausentes de rendición de cuentas, inelegibles o parte de las cúpulas de poder. El sistema es el que ha provocado que los plurinominales se deformen y se desvíen de su propósito original. Aquí algunas de las características positivas de los diputados de representación proporcional, desde la teoría.

En 1er. lugar, representan a las minorías. Los plurinominales tienen la función constitutiva de representar a través de una lista a todos aquellos que votan en un distrito, pero que no necesariamente obtienen representación. En esencia sería una función muy noble: "la voz de los derrotados". En 2o. lugar, apostar por perfiles valiosos, pero que no son elegibles. En una democracia no siempre el "rockstar" debe ser el representante y como en las campañas muchas veces la imagen pesa más que las ideas, las listas son una buena salida que han encontrado distintas democracias para darle entrada a los parlamentos a perfiles que no levantan una carretada de votos. La profesionalización y las ideas profundas pueden ser un buen efecto sistémico del sistema de representación proporcional. En tercer lugar, pueden ser los cuadros más ideológicos de los partidos, los que verdaderamente cargan con una agenda reformista ambiciosa. Las elecciones en democracias liberales, y sobre todo en un país tripartidista, pero que regionalmente la competencia siempre es entre 2, empuja las campañas hacia el centro político. Las ideas radicales suelen ser castigadas en el plano electoral. Para dotar de pluralidad a los congresos donde existan moderados y radicales, es fundamental el sistema de listas.

Sin embargo, para que los diputados de representación proporcional ejerzan esa función, debemos reformar el actual modelo. No estamos en el peor de los mundos, pero es clara su desviación. Dos reformas son esenciales al modelo plurinominal: listas abiertas y diferenciación del voto. La 1a., tomando el ejemplo del sistema electoral de Alemania, los partidos políticos presentan una lista de representación proporcional en orden de prelación que el ciudadano tiene posibilidad de modificar tanto en su composición como en su orden. Es decir, si el partido postula a un candidato "X" en el lugar 3 de la lista, el elector puede moverlo al lugar 10 o simplemente sacarlo de la lista y meter a un candidato que cree que cumple mejor el perfil. Con las listas abiertas, el ciudadano no sólo es el ratificador de las decisiones que toman los partidos políticos, sino que también son proponentes activos de los perfiles que deben ocupar las curules. Es un cambio de modelo: de un ciudadano-elector que ratifica pasivamente las decisiones tomadas por los partidos, a un ciudadano que tiene la posibilidad de enmendarle la plana a los partidos cuando proponen aspirantes impresentables en las listas.

Y como 2o. punto, es fundamental desvincular el voto del distrito del voto en la lista. Actualmente, el voto vale doble: uno va para el candidato uninominal y el otro va para la lista de representación proporcional. No puede haber una división del voto; es decir, elegir a un candidato porque es un buen prospecto automáticamente obliga a palomear la lista partidista. Desvincular ambos procesos puede provocar que la configuración legislativa sea aún más directa al caudal total de votos.

En la dicotomía eficiencia y pluralidad, en México la segunda debe ser más resguardada y protegida. La eficiencia de nuestro sistema político está más que probada: 500 reformas constitucionales en menos de un siglo de promulgada la constitución. Y el periodo más productivo en materia de reformas ha sido el de gobiernos divididos: 1997 a la fecha. Eficiencia no le falta al sistema político mexicano. Reducir 100 plurinominales no abona en nada a la construcción de un sistema político pluralista, sino más bien a un modelo bipartidista con una 3a. fuerza muy debilitada.

Enrique Toussaint
(v.pág.4-B del periódico El Informador del 31 de agosto de 2014).

Democracia en México significa gobierno de las minorías, no gobierno de la mayoría. La época del partido hegemónico y lo que significó en los órganos legislativos, hizo que la existencia de un partido mayoritario a su interior se viera como indebido; antidemocrático; o, como algo propio de épocas idas, cuya existencia en tiempos de la pluralidad política resulta indeseable.

La presencia de los partidos minoritarios en las cámaras legislativas se favoreció con la representación proporcional (RP) creada en 1977. En 1986 se duplicó el número de diputados de RP pasando de 100 a 200, y permitiendo la participación en su reparto del partido mayoritario, mediante la cláusula de gobernabilidad (C de G) que convertía en mayoritario absoluto al partido más votado que hubiera obtenido al menos 35% de la votación.

En 1996, se elimina la famosa C de G y se establece el infausto principio de que ningún partido podrá contar con un número de diputados que exceda en 8 puntos su porcentaje de votación. Esto, en términos prácticos significó prohibir en la Constitución que un partido pueda tener más de 50% de los diputados, por la dificultad que desde ese entonces existe para que un partido pueda obtener 43% de la votación en una elección. El objetivo se ha cumplido: desde 1997 ningún partido ha podido tener mayoría absoluta en la Cámara de Diputados.

Una excepción a esta restricción fue el Distrito Federal, que mantuvo en el 122 Constitucional su C de G de 1993 a 2012, y que establecía que al partido que lograra al menos 30% de la votación se le otorgaría 51% de la representación en la Asamblea de Representantes. Obviamente, aquí la C de G sí era democrática porque favorecía al PRD y no al PRI. Así, en una evidente incongruencia quienes eliminaron la C de G para la Cámara de Diputados la mantuvieron vigente para el DF por 16 años más. Con la reforma del 8 de agosto de 2012 se establece ya para el Distrito Federal también el límite de 8% a la sobre representación. El problema es que con la reforma del 10 de febrero de 2014 al 116 Constitucional, ese mismo tope se establece para los 31 estados del país, y que se va a aplicar por 1a. vez en las elecciones de junio próximo.

Ese principio equivale a crear por decreto gobiernos divididos (que es cuando el partido del ejecutivo no tiene mayoría absoluta en los órganos legislativos). En la actualidad, existen 22 gobiernos divididos en los estados mexicanos.

Ahora, al aplicarse esta nueva disposición, algunos de los pocos gobiernos unificados que existen dejaran de serlo. El problema es provocar la existencia de gobiernos divididos y no hacer nada para crear salidas institucionales y constitucionales para evitar la parálisis gubernamental que tienden a provocar.

Hacer depender la democracia de la existencia de gobiernos de minoría entraña una visión ranchera de democracia que tiende a debilitarla al provocar que la ciudadanía la asocie a desorden e ineficacia.

Javier Hurtado
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 20 de septiembre de 2014).

La diferencia entre las democracias y cualquier otro régimen de gobierno es que los mandatos que surgen de procesos democráticos obtienen su legitimidad del consentimiento de los gobernados. Esto les da mayor estabilidad intrínseca que la que tienen gobiernos cuya autoridad deriva de la imposición. Pero esta legitimidad puede ser efímera.

A veces, situaciones imprevistas pueden debilitar el consentimiento de los ciudadanos, restando legitimidad al mandato ciudadano conferido en las urnas. En estos casos, el gobierno en funciones debe interpretar la situación como una prueba fundamental de su derecho para seguir gobernando, aun cuando legalmente queden varios años a su periodo. Si el gobierno en cuestión sale bien librado de la prueba, recupera el consentimiento de los gobernados y con ello su legitimidad para seguir gobernando. Pero cuando el gobierno no tiene éxito, pierde legitimidad, y con ello, la capacidad para seguir liderando la vida política del país. El desenlace final de este tipo de situación nunca es bueno para el grupo político gobernante. En el mejor de los casos, pierde el apoyo requerido para ganar las siguientes elecciones; pero el desenlace puede ser peor y ocasionalmente trágico y desestabilizante.

Roberto Newell G., economista y vicepresidente del Instituto Mexicano para la Competitividad, A.C.
(v.pág.2 de la sección "Negocios" del periódico Mural del 23 de octubre de 2014).

Pretendo recordar algunos conceptos que el filósofo griego Platón analizó y propuso en su momento.

Su momento era la pervivencia en Atenas de una política en manos de los sofistas, es decir, aquellos que se preparaban para el ejercicio de la política no desde el campo de la correcta administración de la cosa pública, sino desde el arte de convencer, persuadir y aún seducir con el manejo del discurso. Denunciar que eso no era política ya le había causado a Sócrates sentencia de muerte.

Platón, luego de muchas vicisitudes, concluye que el ejercicio del mando debería estar siempre en manos de las personas más capacitadas, razón por la cual algunos intérpretes lo han considerado monarquista. El mejor hombre de que habla Platón no es necesariamente un rey, sucedido por su primogénito que no necesariamente heredaría las cualidades paternas.

De no lograrse este ideal, el gobierno puede pasar y ha pasado, en la experiencia de Platón, a las elites, las cuales para garantizar su posición trabajan a fin de que el estado se mantenga estable, lo cual no siempre garantiza el bienestar de toda la población. Existe otra opción, la democracia. Para Platón la democracia sería un sistema de 3a. clase, ya que con demasiada facilidad se corrompe produciendo situaciones de anarquía; en este sistema todo mundo opina, quiere tener la razón, y hacer valer su postura; los gobiernos pactan, negocian y se venden, produciéndose un caos devastador. Pero según Platón el problema no es tanto el caos que se genera sino la tentación de la sociedad productiva de acudir a un 5o. posible sistema, la tiranía, el peor de los sistemas de acuerdo a este antiguo pero no precisamente anticuado filósofo.

En efecto, cuando el gobierno pierde el control de la comunidad, se impone la impunidad, y se divulga en todos la sensación de inseguridad e incerteza como experiencia cotidiana, más de alguno puede ansiar la mano dura que imponga el orden al precio que sea, abola las instituciones levantadas por la democracia y establezca un sistema autócrata, supuestamente como medida de emergencia.

La república romana no fue ajena a estas realidades y contempló en su derecho las condiciones en que podría nombrar a un tirano, título que en ese tiempo todavía no era peyorativo, de hecho significa simplemente "amo o jefe único".

En Roma el tirano recibía el título de dictador, era un personaje electo por el senado cuando se producían situaciones de anarquía o se enfrentaba una amenaza que escapaba al control del gobierno establecido; al dictador se le nombraba sólo por un tiempo determinado y se le otorgaban todas las facultades.

En nuestro país es evidente que el sistema democrático tal y como lo hemos entendido y establecido ha logrado muchos éxitos pero ha tenido graves fallas, tal vez tan graves que ya no es reparable y se exige evolucionar hacia una nueva democracia, antes de que la anarquía nos lleve a la dictadura, ya que ésta ni sería griega ni romana.

Armando González Escoto
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 16 de noviembre de 2014).

Democracia es anhelo y burocracia realidad. La 1a. es ideología expresada en la voluntad con rastros y riesgos que cobraron vidas hace más de un siglo. En tanto que la 2a. ha quedado en el papel de leyes y normas dando paso a la política y politización al seno de los partidos.

Carlos Cortés Vázques
(v.pág.4-B del periódico El Informador del 23 de noviembre de 2014).

Maurice Duverger, uno de los más grandes y lúcidos politólogos contemporáneos, murió el 17 del presente mes a la edad de 97 años.

Alguna vez en círculos académicos trascendió que en cierta ocasión el entonces Partido Comunista de la Unión Soviética contrató a Duverger para que viniera a estudiar el sistema político mexicano y les dijera cómo se le hacía en México para que un partido siempre ganara las elecciones sin necesidad de cancelar o prohibir otras formaciones políticas. Parece que Duverger les tomó la palabra y vino a nuestro país, ahí por la década de los 70s. Pocas semanas después claudicó y regresó con sus patrocinadores diciéndoles: "No entiendo a los mexicanos: las leyes dicen una cosa; ellos hacen otra y las cosas funcionan sin problema".

Seguramente su experiencia en México lo llevó años después a la conclusión de que el PRI más que estructura partidaria era una cultura. Así, en el Dictionnaire Constituctionnel de Duhamel y Mény (1992) en la voz régimen semipresidencial define el concepto sistema político como la conjunción de 4 subsistemas: el de gobierno, el de partidos, el electoral, y el cultural. Este último de la mayor importancia para comprender la forma como la población percibe la debilidad o fuerza de sus líderes y gobernantes; lo enlaza con sus tradiciones históricas, y con la evolución de su sistema de partidos. Si a esa definición agregamos el sistema de organización política tendremos una concepción integral del concepto sistema político.

Javier Hurtado
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 27 de diciembre de 2014).

Robert Dahl en uno de sus últimos libros, La igualdad política (2008), decía que el dinero desbocado constituía el reto más grande al que se enfrentaba la democracia.

Nos guste o no (a mí definitivamente no), pero el dinero gana elecciones en México. No siempre el que más gasta se lleva la victoria, pero hay que desfundar una buena cantidad de recursos para siquiera competir. Hace no mucho, tomando un café, un político que ha pasado por varias elecciones desde los 90s me decía: "si quieres competir en Guadalajara, tienes que reunir 100 millones de pesos. Sin eso, ni a la esquina". Es tremendo, estamos hablando de 300 pesos por cada votante para ganar la elección y 20 veces el tope permitido de gasto. 100 millones de pesos que significan favores que debe el candidato, en el mejor de los casos, y corrupción abierta a través de desvío de fondo o cobro de comisiones en obras públicas, en el peor de los casos. La cantidad es un insulto, pero lo más preocupante está detrás: desvío de recursos de administraciones; licitaciones a modo para favorecer a empresas que apoyaron una campaña; otorgamiento de plazas a personajes que buscan lucrar con la administración pública y la construcción de una "economía electoral" que pulula en torno a los políticos, olfateando el dinero público y los negocios. Detrás de nuestro modelo electoral, simuladamente público, pero que en la realidad se alimenta de dinero privado y desviación de recursos de administraciones locales (sobre todo), se encuentra la génesis de los problemas de conflicto de interés, corrupción e ineficiencia de los gobiernos electos. Lo que mal empieza, mal termina.

Así, en las campañas encontramos dinero lícito e ilícito, aunque según las cuentas que hacen organismos internacionales y organizaciones de la sociedad civil mexicanas, el peso del dinero ilícito, no registrado, que se entrega en efectivo, es mayor que los recursos que llegan a los partidos políticos a través de la vía legal. En la última elección a nivel federal, se gastaron, según los cálculos elaborados por México Evalúa para encontrar una cifra real que fuera más allá de los datos oficiales, la cantidad de 40,248 millones de pesos. Unos 63 dólares por elector si contamos sólo los que acudieron a las urnas. Muy por encima de los 40 centavos por elector que se gasta en Argentina o los 29 centavos que se gasta en Brasil. No es descabellado decir que si los políticos sólo gastaran el dinero que se les asigna cada año -que no es poco- el problema del dinero que compra elecciones no sería tan grave. Sin embargo, según cálculos que han hecho organismos como la Organización de Estados Americanos o investigaciones de organizaciones de la sociedad civil como Alianza Cívica: hasta 8 de cada 10 pesos que se gastan en las elecciones tendrían un origen ilícito.

Esto quiere decir que si convertimos en pesos y centavos esta premisa, podemos decir que a nivel nacional se llegaron a gastar en 2012 hasta 200,000 millones de pesos en las elecciones presidenciales. No es poco: casi 2 puntos porcentuales del Producto Interno Bruto. Así, con este caudal de recursos públicos y privados, se ha generado toda una economía sumergida en materia electoral que consta de brigadas, asesores, medios de comunicación, pinta bardas, operadores de redes sociales, distribuidores de prebendas, encargados distritales y todo lo que usted pueda imaginar. Una economía sumergida que se paga en efectivo, operados completamente en negro, que permite la compra votos y de las lealtades políticas.

Esta preponderancia del dinero en las elecciones tiene impacto en todos los órdenes. En 1er. lugar, reproduce una cultura de patrimonialismo burocrático que ha lastimado profundamente a nuestra democracia. Existe esta idea entre los candidatos, y aquellos que lo acompañan, que han pagado por un producto, de la misma forma que alguien compra un galón de leche o la llanta de un auto. Es decir, si alguien pagó por un puesto, ya en funciones toca el turno de recuperar la inversión y generar una ganancia. El cargo público visto como un patrimonio que le pertenece al funcionario en turno. Tan claro ni el agua, este patrimonialismo significa torcer de fondo la voluntad popular y la esencia misma de la representación.

En 2o. lugar, induce a gran escala el clientelismo tan característico de nuestro sistema democrático. Un candidato repleto de billetes difícilmente tendrá el incentivo de convencer y disuadir a los electores como ciudadanos de plenos derechos, sino que tendrá la tentación de buscar un arreglo económico con ellos. ¿Para qué molestarse en construir una plataforma programática sólida y confiable si el candidato puede repartir despensas y prebendas en colonias económicamente marginadas? ¿O para qué quebrarse la cabeza buscando soluciones a los problemas de la ciudad, el estado o el país si se pueden pagar largas y elegantes cenas en donde el proyecto sea lo último a tomar en cuenta? ¿O para qué buscar a especialistas y académicos reconocidos, si el candidato puede organizar conciertos masivos con centenares o miles de asistentes? El dinero en elecciones genera incentivos muy perversos que diluyen por completo el estatus de ciudadanía.

En 3er. lugar, entre más cuestan las elecciones, más compromisos y conflicto de interés aparecen en el horizonte de los candidatos. El conflicto de interés es un problema relativamente común a la labor del político. Permanentemente, el político se encuentra en cruces de caminos: la cúpula de su partido o su equipo de trabajo; su distrito o la ciudadanía en general; sus intereses electorales o el programa político del partido. Es decir, el conflicto de interés es casi un elemento inherente a la política. Sin embargo, el conflicto de interés más dañino para la democracia es el que ocurre cuando el representante se encuentra obligado a seguir intereses privados a costa de sacrificar el interés de todos. Licitaciones públicas amañadas para que gane uno de los concursantes, utilización de recursos públicos para proteger su futuro político, o complicidad con empresarios que atan las manos a los funcionarios.

En 4o. lugar, va erosionando el papel de las ideas y los proyectos en las elecciones. Hace no mucho, en una conversación que tuvo con estudiantes en Guadalajara, Rubén Aguilar -ex vocero de Los Pinos durante la presidencia de Vicente Fox- nos advirtió que eran mejor olvidarnos de esa visión romántica de las elecciones en donde se contrastan proyectos, se elaboran propuestas y se debate racionalmente entre distintas ideologías. A partir de ahora, las elecciones son una disputa entre despachos de imagen y asesores, en donde los grandes proyectos políticos se encuentran ausentes. Sigo viendo esa afirmación como algo exagerada, aunque es indudable que la imagen construida por despachos y asesores profesionales, ha tomado un papel central en la vida electoral mexicana. Y aunque la profesionalización de esta actividad no es negativa en sí misma, lo que sí podemos decir es que trivializa la política y la vuelve un juego de ver quién sonríe mejor, qué eslogan es más ingenioso o quién actúa mejor el papel de padre de familia responsable, que va a misa los domingos y es un excelente esposo. El exceso de dinero en la política provoca que los candidatos se acerquen a despachos caros que centran su asesoría en la imagen y dejan hasta el último en la lista de prioridades el proyecto de transformación que debe estar en la raíz de la política.

En 5o. lugar, reproduce la construcción de una clase política que se eterniza en los cargos y se colocan más barreras a la participación de los ciudadanos. ¿Es posible que un ciudadano ajeno a la lógica de los partidos políticos se postule seriamente como alcalde en unas elecciones si sabe que para mediamente competir necesita una carretada de billetes? No son las firmas ni tampoco los requisitos que deben cumplir, lo que provoca que los candidatos independientes tengan nula posibilidad de ganar una elección. Es el dinero la gran barrera para que los candidatos independientes sean competitivos. Mientras se necesiten más de 100 millones de pesos para ser alcalde de Guadalajara, sólo las maquinarias de los partidos y su articulación con distintos intereses públicos y privados, son capaces de llevarse una elección.

No tengo dudas que el dinero a raudales y sin controles es el cáncer de la democracia. El dinero privado en la política sin registro, ya sea que provenga del narcotráfico o de empresarios que buscan licitaciones a modo, provoca simplemente que se destruya el vínculo entre representante y representando, pervirtiendo la esencia misma de la democracia. No es exagerado decir que uno de nuestros grandes problemas nacionales se encuentra precisamente en la forma en que se ejerce el gasto público y el papel no admitido del gasto privado en las elecciones. Mientras no resolvamos este problema, mientras las reformas electorales volteen para otro lado sin atender este problema estructural, el malestar y la decepción con la democracia que sienten muchos ciudadanos seguirá creciendo.

Enrique Toussaint
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 11 de enero de 2015).

El Estado se desarrolla a partir del monopolio de la violencia, es decir, en torno a la capacidad que tenga una clase gobernante de ejercer autoridad sobre un territorio determinado para proteger a quienes en éste habitan.

La seguridad es el 1er. derecho de los ciudadanos y la 1a. responsabilidad del Estado. El poder coercitivo del Estado es, por lo tanto, el principal poder del Estado porque la certeza de estar protegido en la vida, el patrimonio y los derechos humanos son precondiciones para todo lo demás.

Todo vacío de autoridad del Estado deriva en crecimiento del poder criminal. Este vacío facilita que pequeñas bandas se agrupen y jerarquicen hasta convertirse en grandes organizaciones criminales que terminan controlando territorio y cooptando a las instituciones.

Luis Rubio
(v.periódico Reforma del 22 de febrero de 2015).

La democracia tiene muchas definiciones, pero es innegable que es un sistema de elección que busca reflejar la pluralidad de la sociedad en las instituciones de gobierno. Es decir, la democracia es precisamente la forma de remediar este conflicto: todo pueblo tiene el gobierno que se merece porque vota por él. Punto final. Eso dice la teoría. A pesar de ello, sabemos que la democracia electoral pocas veces logra ese propósito. Ya sea por desinformación o por falta de participación, pero muchos ciudadanos no sienten que en la configuración final de un congreso su voz se encuentra debidamente representada. Por lo tanto, considero que es difícil sostener que tenemos el gobierno que nos merecemos por el simple hecho de votar por él.

La democracia sirve a base de contrapesos. No en vano dijo alguna vez James Madison, padre de la democracia en Estados Unidos, que "la ambición del hombre sólo se contiene con la ambición de otro hombre". En el caso de los gobiernos, la ambición sólo se contiene con la ambición de la oposición y de los contrapesos: sociedad civil, medios de comunicación, empresarios, sindicatos y hasta la iglesia. Sin embargo, estos contrapesos que podrían contener a un gobierno abusivo y corrupto, en la realidad se desvían de su labor democrática.

Enrique Tousaint
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 1o.de marzo de 2015).

Singapur es un caso incómodo. Para los pesimistas del desarrollo, porque ha demostrado que en unas cuantas décadas un país puede pasar de la pobreza a la riqueza. Para los deterministas climáticos, por haber logrado un alto desarrollo en un país tropical. Para los socialistas, por haber eliminado la pobreza y obtenido un alto nivel de igualdad en un régimen capitalista. Para los capitalistas, por haber utilizado empresas paraestatales y planificación económica para impulsar el desarrollo. Para los demócratas, por haber tenido virtualmente sólo a una familia en el poder desde su independencia pese a tener elecciones democráticas. Para los creyentes en la unidad étnica, por haber conseguido paz social pese a tener 3 grupos étnicos muy distintos. Para los teóricos del desarrollo, por haber gestado una nación próspera en un territorio sin recursos naturales. Para los nacionalistas, por haber prosperado con altos niveles de inversión extranjera. Para los liberales, por la reglamentación excesiva de la conducta personal ejemplificada en la prohibición de la goma de mascar o en la aplicación de exámenes de orina a quienquiera que por su apariencia parezca sospechoso de usar drogas.

Frente a quienes sostienen como Hegel o Marx que la historia se mueve sólo por grandes tendencias, y que la participación de los individuos tiene poco o ningún peso, Lee Kuan Yew resulta también un personaje incómodo porque muchos de los avances de Singapur parecen deberse directamente a las medidas tomadas por este 1er. gobernante del país fallecido el 22 de marzo.

El crecimiento económico de Singapur ha sido espectacular. En 1950 la entonces colonia inglesa tenía un producto interno bruto per cápita de 2,219 dólares, menos que los 2,365 de México y muy atrás de los 9,268 de Estados Unidos (Angus Maddison). Para 2013 el Fondo Monetario Internacional le calculaba un PIB per cápita nominal de 55,182 dólares, el 8o. del mundo, por arriba de Estados Unidos con 53,001 dólares y 5 veces más que México con 10,650 dólares. Si el PIB se ajusta por poder de compra, Singapur es el 3er. país más próspero del planeta, solamente detrás de Qatar (de riqueza petrolera) y Luxemburgo (de riqueza financiera). Singapur no cuenta con recursos naturales, tiene un territorio de 718 kilómetros cuadrados (considerando terreno ganado al mar) y cuenta con una población de sólo 5.4 millones de personas.

He escuchado mucho que el pequeño tamaño de Singapur explica su éxito. Si así fuera, El Salvador y Haití serían los países más prósperos de América. La falta de un mercado interno, es verdad, empujó a Singapur a una temprana globalización, pero no todos los países pequeños optan por esta expansión y ninguno ha logrado tanto éxito.

El rápido desarrollo de Singapur parece consecuencia directa del gobierno duro y de visión de largo plazo de Lee Kuan Yew, quien logró proyectar la imagen de un gobernante fuerte, pragmático y honesto. Lo curioso es que en el México de hoy se le habría acusado de conflicto de interés y nepotismo. Singapur es hoy gobernado por un hijo, Lee Hsien Loong, mientras que su otro hijo, Lee Hsien Yang, es presidente de la Autoridad de Aeronáutica Civil, y la hija, la doctora Lee Wei Ling, dirige el Instituto Nacional de Neurociencia.

La manera en que Lee convirtió a un territorio subdesarrollado en uno de los países más prósperos debe estudiarse. Lee puede ser criticado por sus prácticas autoritarias, pero la transformación que logró es muy clara. También es evidente que la mayoría de los singapurenses le profesa un aprecio y agradecimiento sinceros.

Sergio Sarmiento
(v.periódico El Siglo de Torreón en línea del 24 de marzo de 2015).

La palabra democracia ha perdido su verdadera acepción y se ha circunscrito en México al pluripartidismo y la representación cameral plurinominal; cuando en su más amplio sentido, democracia es un concepto filosófico, una actitud referida tanto a lo político como a lo económico y lo social. Etimológicamente sería un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Desde este punto de vista, no tenemos aún democracia en México, sólo tenemos sus altos costos: un congreso obeso, el Instituto Nacional Electoral, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y sus homólogos en cada entidad federativa y, el pluripartidismo subvencionado con nuestros impuestos.

Otra de las conquistas de la democracia es la libertad de expresión, que deriva en libertinaje, que habrá que regular y encauzar en forma positiva para obtener los beneficios sin caer en los excesos. Debemos utilizar esa libertad para hacer nuestras denuncias y plantear nuestras peticiones canalizadas dentro del marco de las leyes. Las manifestaciones violentas que atentan contra la tranquilidad de la ciudadanía; las marchas de protesta, los plantones que impiden el acceso a oficinas públicas; los cierres de carreteras, las tomas de casetas de cobro de peaje y obstrucciones a la vía pública deben suprimirse porque constituyen un exceso a la libertad. El derecho de los manifestantes termina en donde empieza el derecho de los demás ciudadanos. No debe perjudicarse a terceros en busca de justicia o beneficios grupales. El añejo problema de los maestros de la Sección 22 que mantienen en la ignorancia a los escolares de Oaxaca y Guerrero debe resolverse como un acto de gobierno prioritario.

-¿Se justifica el alto costo de la democracia? ¿Tenemos auténticos partidos políticos que representan distintas corrientes de opinión, y de ideología?

-Definitivamente no, sólo tenemos grupos de poder que se han apropiado de los partidos para beneficio de sus muy particulares intereses.

Algún día habrá de terminar esta farsa.

Luis Jorge Cárdenas Díaz
(v.pág.10-A del periódico El Informador del 2 de abril de 2015).

En México, el sistema de partidos gozó de buena salud durante décadas. Las mediciones de identificación partidista siempre arrojaron porcentajes de filiación política muy superiores a la media de América Latina. Y es que México es de los pocos países en donde no se ha derrumbado por completo el sistema de partidos. Los 2 partidos mayoritarios de este país tienen más de 70 años de vida y el principal partido de izquierda es previo a la caída del Muro de Berlín. Si bien los partidos no son vistos ni como hermanas de la caridad ni tampoco como organizaciones confiables, la mayoría de los mexicanos piensa de ellos como un "mal menor".

Sin embargo, las últimas encuestas ya muestran que comenzamos un declive de la identificación de los mexicanos con los partidos. De acuerdo con Parametría, el voto duro de los 3 principales partidos políticos ni siquiera alcanza el 40% del electorado y sólo 25% sostiene que su principal motivación para definir el voto es el partido político. Así, como sucede en otros países de América Latina, los partidos políticos son menos relevantes que antes para definir la identidad política de los ciudadanos que encuentran otros espacios de representación en sus colonias o con proyectos de candidatos individuales.

Enrique Toussaint
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 5 de abril de 2015).

La evidencia abrumadora es que al muchísimo dinero oficial destinado a sostener a los partidos para que no tomen dinero ni compromisos privados (unos 500 millones de dólares este año) hay que añadir un robusto mercado de dinero ilegal, que nadie vigila, y sin el cual es prácticamente imposible ser competitivo en el escenario electoral.

Luis Carlos Ugalde, antiguo presidente del IFE, ha calculado ese mercado negro de dinero electoral en proporciones que pueden ser de hasta 10 veces más que el dinero público autorizado y entregado a los partidos. De modo que si el tope de financiamiento oficial para una campaña de diputado federal es de 1.2 millones de pesos, el costo promedio de esa campaña en zonas urbanas puede llegar a ser de 10 o 12 millones.

Acota José Antonio Aguilar Rivera: La competencia por los cargos públicos depende críticamente del dinero. Ningún sistema ha podido, en ningún lugar, eliminar por completo este mal. No es un defecto de nacimiento de la democracia, es un mal congénito que acompañará al paciente hasta la tumba. (La cruda democrática. Tribuna, MILENIO Diario, 3/04 15).

El mal congénito mexicano en la materia toma lo peor de todos lados. Por un lado, los partidos reciben carretadas de dinero público y de tiempos gratuitos en los medios (este año emitirán sin costo más de 13 millones de spots, con costo de 15,000 millones de pesos).

Por otro lado, tienen también las arcas abiertas a las carretadas de dinero ilegal que aportan gobiernos de su propio partido, empresarios que cobran con contratos, y el crimen organizado.

A la hora de las elecciones, los partidos violan sistemáticamente la ley que los regula: abusan del dinero legal y del ilegal. Más que una competencia nuestras elecciones parecen una subasta.

Nuestra democracia produce gobiernos federales inexpertos, gobiernos locales irresponsables y elecciones subastadas. No es este el juego que queríamos jugar, pero es el que estamos jugando.

Es hora de repensar la democracia mexicana.

Héctor Aguilar Camín
(v.pág.3 del periódico Milenio Jalisco del 3 de abril de 2015).

Los militares para acceder al poder, siempre han portado disfraz de arcángel; su bandera es tan vieja como el pecado original. Prometen restablecer el orden y el progreso, devolver al ciudadano la tranquilidad y el decoro. Y en la historia milenaria sólo se percibe el sable del despotismo, la tortura, la cárcel, la cancelación de las libertades y los derechos, la vigencia del capricho personal y el atropello al ciudadano.

Flavio Romero de Velasco
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 11 de abril de 2015).

El populismo, dice Roger Bartra, no es una ideología estructurada, es en realidad una cultura. Tiene ciertas constantes ideológicas, como el estatismo, el nacionalismo, el colectivismo, el capitalismo de estado. Ahora, desde Hugo Chávez, el reeleccionismo.

Tiene también un tono común de discurso: reivindicativo, pobrista, antioligárquico, anticapitalista, normalmente antinorteamericano. Y siempre antigubernamental.

El discurso populista es por excelencia el discurso del movimiento bueno contra el gobierno malo. Prospera en el descrédito de los sistemas políticos vigentes, normalmente sobrepasados por las demandas no satisfechas de la modernización, en alianza con los intereses afectados por esta.

Los movimientos populistas se nutren del descrédito de los partidos políticos y de la ineficacia de los gobiernos. Diría más: del descrédito de la política y de los políticos.

Su promesa esencial es una reivindicación de derechos escritos y no escritos: derecho a la igualdad y a la justicia, a los beneficios del desarrollo, a la representación política, a la política misma.

En su última expresión instrumental, el populismo es una puja de clientelas excluidas por espacios políticos y rentas del Estado.

Su instrumento por excelencia es la creación de clientelas de beneficiarios.

Lo característico de los movimientos populistas es introducir nuevas clientelas al erario. Por ello terminan con frecuencia en crisis fiscales que se llevan todo lo ganado.

Característico también es el discurso antiinstitucional y la encarnación del movimiento en un líder carismático que habla al pueblo por encima y a pesar de las instituciones.

El populismo es entonces la tentación política permanente de sociedades desintegradas, con desarrollos desiguales, con instituciones políticas desprestigiadas.

Es decir, es el resultado de una economía que deja fuera contingentes enormes. Y de una política que no es suficientemente incluyente. Como las nuestras, las de América Latina. Véanse solo las cifras de pobreza de las dos economías mayores del continente: México y Brasil.

Entonces, lo primero que hay que entender de la tentación histórica del populismo es que nace de la realidad misma, de la realidad insatisfecha.

El populismo es una respuesta, mala pero una respuesta a las modernizaciones incompletas que destruyen lo viejo sin incorporarlo.

Héctor Aguilar Camín
(v.periódico Milenio Jalisco en línea del 21 de abril de 2015).

El poder de los partidos políticos para imponernos a sus candidatos viene del falso concepto de que somos una democracia en la que el pueblo manda, esto es falso, hipócrita y mentiroso, en ningún país del mundo se da el fenómeno democrático de que el pueblo manda. Quienes realmente mandan son los grandes consorcios mundiales. El margen de maniobra que dejan varía de un país a otro. Así, decimos que los países más democráticos son: Suiza, Noruega, Suecia y Dinamarca. Esto es relativo.

¿Queríamos democracia? Si pero nunca pensamos a qué costo y cuantas atrocidades se cometerían en su nombre. Pero, en fin, mal que bien ya la tenemos; con todos sus errores, defectos e imperfecciones. Después de todo, nada ni nadie es perfecto, pero, ahora, ya es tiempo de rectificar, de corregir errores, de frenan abusos, de cambiar las reglas del juego.

Al efecto, es oportuno hacer algunas reflexiones sobre la democracia. ¿Qué entendemos por democracia? La palabra democracia ha perdido su verdadera acepción en México y se ha circunscrito al pluripartidismo y la representación cameral plurinominal; cuando, en realidad, democracia en su más amplio sentido es un concepto filosófico, una actitud referida tanto a lo político como a lo económico y lo social.

El diálogo entre distintas corrientes de opinión es necesario y lo ideal sería que ninguna corriente o grupo tuviera el poder suficiente para imponer su criterio a los demás. El deseo de la mayoría es aspirar a vivir en un plano de igualdad ante la ley. Sólo que para lograrlo se requiere tratar de igualar el nivel de educación cívica.

La democracia en México está manejada por la publicidad. La similitud entre publicidad comercial y publicidad política consiste en que, si al consumidor no le gusta determinado producto, no lo compra y si no le agrada tal o cual candidato, no vota por él. También está el factor humano, toda vez que un producto no cambia a menos que sea para mejorar, en tanto que un candidato puede modificar el sentido de la votación de un día para otro, dependiendo de lo que dice y lo que hace y cuan directos son los ataques sucios para desprestigiarlo.

Al respecto, una de las cosas que debieran cambiar es reglamentar el tipo de propaganda y publicidad que se hace. Las campañas deben ser propositivas, no destructivas ni ofensivas. A la población le interesa más el palmarés del candidato y su trayectoria -lo que ha hecho por la sociedad, su hoja de servicio, comportamiento público y privado, qué valores morales tiene- que las acusaciones de partidos opositores.

En cuanto al monto del presupuesto asignado a los partidos políticos, es exagerado. Resulta molesto ver el dispendio que se hace en los medios con el dinero de nuestros impuestos. Una verdadera democracia debe asignar presupuesto sólo para gastos administrativos de los partidos. La publicidad deben hacerla con las cuotas de sus agremiados. La democracia no es un botín electoral repartido entre muchos, sino un valor ético del ser humano como individuo con liberad política, con igualdad de oportunidades económicas para vivir mejor y con sus necesidades básicas cubiertas.

Luis Jorge Cárdenas Díaz
(v.pág.11-A del periódico El Informador del 14 de mayo de 2015).

La democracia tutelada se encuentra entre la democracia liberal y el autoritarismo. Teóricamente se explica como dominios reservados para fuerzas no democráticas que funcionan como centro de poder y veto. También son herramientas de gobernabilidad al facilitar la construcción de acuerdos. El presidente Peña Nieto necesita de este tipo de arreglos para consolidar las reformas y preparar su sucesión. Los jefes del PAN y el PRD los necesitan para impedir que las fuerzas internas que quieren arrebatarles el poder, lo consigan. Todo es un juego de espejos, donde el ciudadano es lo que menos cuenta, salvo, no hay que olvidar, que la fuerza que emita en las urnas sea tan poderosa que haga imposible que en las élites negocien su voto.

Raymundo Riva Palacio
(v.pág.8-A del periódico El Informador del 4 de junio de 2015).

Algunos reacomodos partidarios y el triunfo de ciertos candidatos independientes se están celebrando como si se tratara de un gran cambio político en el país, cuando se trata, a lo más, de cambios tímidos y de matices en el sistema de democracia liberal que tenemos en el país.

Lo que desde arriba llaman democracia es sólo un procedimiento en el que los dueños del poder dan la "libertad" para que los ciudadanos escojan, una vez cada 3 años, quienes manejarán el gobierno, quienes gobernarán en su nombre y las más de las veces en su contra.

La gran victoria de este sistema es lograr que la gente se contente con votar cada 3 años y pensar que a eso se le puede llamar participación democrática. Como dice el antropólogo y activista anarquista estadounidense David Graeber, se "ha enseñado desde una edad muy temprana a tener unos horizontes políticos increíblemente limitados, una idea increíblemente limitada del potencial humano" y de las posibilidades de otras democracias.

Los dueños del poder ganan cuando nos expropian la capacidad de siquiera imaginar que hay otras formas de relaciones políticas que amplían enormemente las capacidades de participar en la toma de decisiones. Y no tenemos que remontarnos a la vieja Grecia, como gusta a los liberales, sino mirar aquí cerca, en Cherán, Michoacán.

Desde que se levantaron en febrero y abril de 2011 en contra de la narco-política que los gobernaba, secuestraba, asesinaba y despojaba, la comunidad indígena de Cherán ha empezado a autogobernarse, y lo hace sin elecciones y sin la participación de ningún partido. Lo hacen a través de formas propias de organización y que rompe por completo con el verticalismo que impera en el sistema de democracia liberal.

En éste, desde arriba se monopoliza la representación en los partidos, se imponen candidatos y luego se les permite "escoger" a los ciudadanos de entre las propuestas tomadas de antemano.

En Cherán el proceso de participación es totalmente inverso: de abajo hacia arriba. Ahora Cherán se gobierna como municipio autónomo, y en lugar de ayuntamiento, se elige a un Consejo de Mayores (Keris), integrado por 12 personas. Para llegar a ser integrante de este consejo o de los otros consejos de gobierno, se tiene que empezar de abajo: en la fogatas que es como se llama a las estructuras de organización vecinal o barrial que surgieron del levantamiento de 2011. Las fogatas sirvieron para cuidar cada cuadra e impedir la entrada del crimen organizado; se llegaron a formar más de 250 y ahora son las estructuras primarias de organización comunitaria. Las propuestas que surgen de las fogatas luego son presentadas ante asambleas de los 4 barrios que componen Cherán: Kétsikua, Karhákua, Parhikutini y Jurhúkutini, y finalmente presentarse en la Asamblea General.

Como se aprecia, se elige de abajo hacia arriba, en un sentido totalmente inverso al de la democracia liberal. Por fortuna, Cherán no es el único ejemplo de que existen otras democracias que nos permiten no conformarnos con lo que, desde arriba, se quiere vender como libertad de elegir.

Rubén Martín
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 20 de junio de 2015).

Si la juventud ve que el funcionamiento de las instituciones se manipula impunemente, ante la pasividad del conjunto de las naciones y de los líderes democráticos, abandonará su fe en las elecciones, para después retirarla a la política y finalmente a la democracia misma, como ha observado recientemente Enrique Krauze.

Fernando Savater
(v.pág.5-B del periódico El Informador del 28 de junio de 2015).

No pocos han definido la transición a la democracia en México como un "pacto entre élites". Una transición negociada, tanto en sus alcances como en sus reformas. El sistema se reformó a sí mismo, desde las impulsadas por Jesús Reyes Heroles hasta las "concertacesiones" de los 90. Al igual que en Chile o en España, en donde el viejo régimen seguía concitando cierta popularidad, en México los actores del sistema se incorporaron en lugares privilegiados a la nueva distribución de poder. No hubo un "borrón del pasado", simplemente la transición fue un acuerdo de ver hacia adelante y subir al barco de la democracia a todos. Ni los sindicatos, ni los gobernadores, ni la Iglesia, ni tampoco los empresarios fueron visitos como agentes no democráticos; por el contrario, fueron incluidos en la gran alianza que marcó la transición y abrió las puertas a la alternancia política.

Así, el corporativismo, un elemento orgánico del viejo régimen, sobrevivió. Y diría que no sólo sobrevivió, sino que encontró mejores canales de interlocución. Como lo ha escrito Luis Carlos Ugalde, la dispersión de poder no significó en la práctica un sistema de pesos y contrapesos eficaces que evitara las inercias del viejo régimen. Al contrario, "se multiplicó" la corrupción, sobre todo a nivel local. De este modo, las viejas corporaciones del Estado mexicano encontraron un encaje satisfactorio en las nuevas condiciones democráticas. Algunos hicieron un cambio de imagen, un poco de maquillaje, y siguieron operando de la misma forma que en los años del priato absoluto. Otros de plano ni siquiera pasaron por un cambio cosmético, siguieron cosechando el cinismo de siempre. No es coincidencia que desde el 2000 se hayan multiplicado los escándalos de sindicalistas ricos y trabajadores pobres; dirigentes atesorando fortunas a costa de lo público.

Enrique Toussaint
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 9 de agosto de 2015).

En vez de un mundo de sociedades abiertas, hoy en día asistimos a un deprimente espectáculo: la instalación, en nombre del "laissez faire" (dejar hacer, dejar pasar) de un capitalismo de ladrones. ¿Hasta cuándo sobrevivirá ese grotesco sistema de "libre competencia" en el que pandillas de gangsters se disputan los mercados de todos los productos? La corrupción es el aire que se respira, y el éxito sólo sonríe al más desalmado y al más bribón.

Flavio Romero de Velasco
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 22 de agosto de 2015).

En todas las democracias del mundo, el Presidente debe ser el jefe político de su partido. En oposición, los líderes de partidos juegan un rol fundamental porque cohesionan la voz del partido sin los instrumentos de gobierno. ¿Alguien puede dudar que Barack Obama es hoy la voz más importante en el Partido Demócrata? ¿Es factible que Mariano Rajoy pueda gobernar si no se convierte en la voz de más peso en el Partido Popular? ¿Alguien concibe el poder omnipotente de Angela Merkel sin la sumisión de los demócrata-cristianos a su agenda? Los partidos nacieron para gobernar, por lo tanto la "sana distancia" es inútil e innatural.

Y aunque es impensable que un gobierno pueda funcionar sin el apoyo total y completo a su programa político por parte del partido que lo llevó al poder, la muy mexicana sospecha sobre la cercanía entre el Presidente y su partido, es más que fundada. Tras 7 décadas de autoritarismo en México, los ciudadanos le temen profundamente a la concentración de poder.

No es extraño que los mexicanos hayan decidido durante 18 años no darle mayoría en el Congreso a ningún partido político.

Enrique Toussaint
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 23 de agosto de 2015).

El personalismo lleva a la errónea creencia de que las ideologías y los proyectos son cosas del pasado. Ahora es tiempo de los honestos, sin importar qué piensan. Los personalismos obvian que detrás de nuestros problemas como nación también hay genuinos enfrentamientos ideológicos: más mercado o más estado; qué tipo de programas sociales; educación pública o privada; sanidad universal o sanidad privada. El personalismo en la política, si no es acotado por un partido o una estructura ideológica, tiende a desviarse hacia la construcción de la persona como el único objetivo político, dejando de lado cualquier esbozo de proyecto.

El personalismo es también antipolítica en esencia. La antipolítica es la oposición a la política entendida como algo sucio y a los partidos por ser inherentemente corruptos y corruptores. La antipolítica juzga que los parlamentos no son necesarios y que los partidos políticos son estorbos democráticos que hay que enviar al basurero de la historia. La antipolítica si no es controlada adecuadamente conduce a un descrédito institucional que mina la democracia y dificulta acuerdos políticos estructurales. El personalismo sin contrapesos institucionales puede desembocar en rasgos antipolíticos y de desprecio a las instituciones.

Enrique Toussaint
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 6 de septiembre de 2015).

El populismo, tal y como lo conocemos bien, tiende a centralizar poder y desarrollar una continua agitación social para generar movilizaciones de respaldo permanente, desgastando energía y recursos de forma estéril.

El camino al desarrollo en democracia implica el respeto a estas propuestas, pero supone también, entender que la ruta implica necesariamente mejorar la competitividad y la educación, fortalecer la productividad y crecer para desarrollar una clase media cada vez más sólida en lo económico y mejor preparada para competir globalmente.

Luis Ernesto Salomón, doctor en Derecho
(v.pág.7-A del periódico El Informador del 4 de octubre de 2015).

La corporación Latinobarómetro dio a conocer su Informe 2015, en el que resulta que México es el país de Latinoamérica en el que existe menor satisfacción con la democracia (solo un 19% lo está, cuando el promedio en la región es de 37% y Uruguay, el país más satisfecho tiene 70%); y en consecuencia el nuestro es también el país en donde menos apoyo (60%) tiene la frase "la democracia puede tener problemas, pero es el mejor sistema de gobierno".

Las reformas que nuestro país requería para modernizar su economía (perestroika mexicana), por décadas fueron pospuestas por razones de carácter político-ideológico, en tanto que las relativas a lograr una democracia eficaz con plena vigencia del Estado de Derecho (nuestra glásnost) no se aprueban porque ni siquiera se han planteado, ya que para nosotros lo importante han sido las reglas de acceso al poder, no las relativas al ejercicio, distribución y control del poder.

Javier Hurtado
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 10 de octubre de 2015).

Podríamos decir que el derrumbe de las expectativas es inherente a la democracia. El sistema democrático dota de legitimidad a las decisiones, pero no necesariamente de eficiencia. No hay nada más eficiente que un dictador. La democracia modera las expectativas del cambio, entiende que la pluralidad implica largas negociaciones, y por lo tanto, la toma de decisiones exige tiempo y paciencia. El ciudadano no es tonto. Como señala José Woldenberg, nuestra depresión democrática, que nos lleva a ser el país más insatisfecho con el sistema que nació en 1997, está íntimamente relacionada con las expectativas. Colocamos tantas aspiraciones en la democracia, que ese mismo sueño tarde o temprano nos traicionó.

El gatopardismo es una explicación del desencanto con la democracia; para muchos, la democracia fue la entronización de las sombras del autoritarismo mexicano, pero ahora representado en 3 partidos políticos, como lo escribió en Nexos Jesús Silva Herzog-Márquez.

Enrique Toussaint
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 11 de octubre de 2015).

México vive un momento de desencanto con la democracia. Hay quien dice que era natural el desencanto, al sobrecargar a la democracia de tantas tareas, la desilusión era inevitable. La democracia no iba a hacernos más guapos, ricos y talentosos, esa nunca fue su misión. Hay otros que dicen que la misma construcción de la transición encapsulaba su ulterior fracaso, una transición pactada en donde no se combaten a los fantasmas del autoritarismo, no tenía posibilidad de éxito. Y existen otros que incluso niegan la transición y asumen una continuidad sistémica, tanto en los gobiernos del PRI como en las 2 administraciones del PAN, parece que dicen: "No sean ingenuos la democracia nunca ha existido en México".

¿Es México una democracia? De acuerdo a la Quinta Encuesta Nacional sobre Cultura Política y Prácticas Democráticas (ENCUP), sólo 34% de los mexicanos considera que nuestro país es una democracia. La mexicana es una democracia naciente, pero que muy rápido parece haber perdido su capacidad de emocionar al común de los habitantes del país. En la pubertad ya parece nuestra democracia una viejita llena de achaques.

Los resultados del último Latinobarómetro prendieron los focos rojos. Sabíamos del difícil momento que vive la democracia, pero no entendíamos la profundidad del desencanto con el modelo democrático nacional. Yo diría que pasamos en los 90 del debate: democracia, ¿cómo? Al debate actual de: democracia, ¿para qué? No hay un consenso sobre si somos democráticos, pero tampoco hay un cierto acuerdo entre los mexicanos sobre la utilidad de la democracia.

Nos queda claro que para los mexicanos la democracia no es todavía un bien en sí mismo, sino simplemente un instrumento que funciona en la medida en que arroja resultados. A diferencia de otros países en donde la democracia ya se concibe, después de siglos de conflicto para instaurar un régimen mínimo de libertades, como un bien en sí mismo, como algo anhelable con independencia de sus resultados, en México la ciudadanía sigue pensando que la democracia es valiosa en la medida en que llena el refrigerador. Algunos datos ilustran esta tendencia. En México, 13% mira la economía con optimismo, lo que empata con ese 19% que se siente satisfecho con la democracia. Incluso, Latinobarómetro señala que en algunos países de América Latina, México es uno de ellos, la correlación entre crecimiento económico y satisfacción con la democracia es casi perfecta. No por nada, los que apoyan la posibilidad de un gobierno autoritario que brinde desarrollo económico, se han multiplicado en todos los índices desde 2010. La democracia apasiona si deja dinero, prosperidad y si elimina la corrupción.

Y es que la democracia ha desnudado lo peor de nosotros y parece habernos dado muy poco a cambio. Desde el 2000, vimos a un Presidente de un partido anti-corporativo, como el PAN, pactar con el sindicato hegemónico de los maestros en el país; a gobernadores llenando sus cuentas bancarias por los excedentes de recursos petroleros; vimos como el clientelismo sobrevivía al momento democrático, y como los diputados se hacían especialistas en el negocio de los "moches"; vimos como los órganos ciudadanizados como el INE o el IFAI, eran cooptados por los partidos políticos; vimos como los partidos políticos profundizaban su tendencia hacia la construcción de oligarquías corruptas que no le rinden cuentas a nadie. Todo falló, todo fracasó; vimos cómo los poderes económicos se seguían imponiendo a los políticos y privatizando las decisiones públicas, un sistema político secuestrado; vimos como los pobres se multiplicaron con o sin voto. La decepción nos ha llevado al nivel que pensamos que nada valió la pena, que la transición a la democracia fue sólo una ilusión. El corolario de un sueño roto.

Han crecido las opiniones de aquellos que dudan de la democracia, ya sea por la izquierda en la crítica abierta al liberalismo implícito en la democracia, o en la derecha los que no ven mal un retorno autoritario. Las voces que defienden la democracia hablan en un lenguaje que no llega al ciudadano de a pie, que no le habla de sus problemas. En México, ganó la idea de democracia como un simple procedimiento para elegir quien gobierna, cuando en realidad la democracia debe ser eso, pero no sólo eso. ¿Qué democracia aguanta más de 50 millones de pobres? ¿Qué democracia puede sobrevivir con 50% de la población que no participa ni en la urna? ¿Qué democracia tolera que la distancia entre los más ricos y los más pobres sea tan insultante como lo es en México? ¿Qué democracia tolera que buena parte de los mexicanos no pueda ni terminar la secundaria porque en México es un lujo estudiar? ¿Qué democracia aguanta que la atención sanitaria sea un bien al que solamente puede acceder, con calidad, una minoría?

Y es que a la crisis de eficiencia, una democracia que no produce resultados palpables en la vida cotidiana de los mexicanos, debemos añadir la crisis de representatividad. El latinobarómetro muestra que los mexicanos no se sienten representados por nadie. A nivel latinoamericano, estamos a la cola cuando nos referimos a la representatividad de las élites políticas. Solamente 17% de los mexicanos dice sentirse representado por su Congreso, muy lejos del país latinoamericano con la mejor tasa de representatividad (Uruguay con 45%). El problema de México es tan complejo porque no sólo estamos hablando de lo que le pedimos a la democracia, sino lo que está fallando es la sustancia misma de lo que debe ser sistema democrático: un espacio de representación de la ciudadanía.

El panorama es nebuloso. Hemos hecho tantas reformas electorales, algunas reformas políticas y modificaciones institucionales, que no sabemos por dónde empezar para cambiar las cosas. Para entender el camino a andar en el futuro, es fundamental preguntarnos, ¿Realmente estamos peor que antes de la transición? ¿No se ha avanzado nada en este país cuando hablamos de garantías democráticas?

¿No somos ahora una sociedad más exigente? ¿Una sociedad que no se come tan fácil las versiones oficiales? ¿No vivimos en un país con más libertad de expresión en donde los políticos le deben temer a algunos medios y algunos periodistas que se atreven a denunciar la corrupción en las más altas esferas? ¿No son las redes sociales vías de protestas que dificilmente son controladas por la autoridad? Veo la victoria de algunos candidatos independientes como Pedro Kumamoto, sin clientelismos ni derroche de recursos, y pienso: ¿No es capaz nuestra democracia de admitir nuevos inquilinos que realmente cuestionan el estatus quo? Veo el escándalo que provocó la Ley de Transparencia en Jalisco y que el gobernador no tuvo de otra que vetar la ley, y piensas, a pesar de los pesares: ¿No hay una ciudadanía más enterada y crítica que cuida sus libertades, exigiendo que los gobiernos rindan cuentas? No olvido la impunidad y la corrupción, tampoco olvido que nuestra democracia no ha sido capaz de controlar a los gobiernos en turno y pasarlos por la guillotina de las leyes, pero es innegable que en México hoy existen mayores condiciones democráticas que hace un par de décadas. No es el mismo país, sus ciudadanos son muy distintos a lo que fueron.

La democracia debe reinventar su relato, ya no desde lo que puede lograr, sino desde lo que es en sí misma. No desde el crecimiento económico o desde el combate a la corrupción, sino desde esa idea de que es el único sistema que permite que los ciudadanos decidamos sobre nuestro futuro político. La democracia como un bien en sí mismo, algo por lo que vale la pena luchar sin esperar nada a cambio. Para ello, la democracia debe seducir desde sus conceptos: la representación, la participación y la deliberación.

Enrique Toussaint
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 25 de octubre de 2015).

La democracia representativa está en peligro de desaparecer como sistema auténtico de representatividad de los ciudadanos y habitantes de un país. Se observa con gran preocupación que los políticos tradicionales y aquellos que acceden a puestos de gobierno o de representación popular, no responden a los intereses legítimos de los electores, ni a sus preocupaciones fundamentales, sino que dadas las estructuras del sistema neoliberal que ahora prevalece en casi todos los países, se convierten en políticos profesionales que son coptados por los grupos de poder y los intereses económicos.

Razón y Acción(v.pág.14-A del periódico El Informador del 14 de noviembre de 2015).

Un tema que no debería ser menor, es el de la 2a. vuelta electoral para la elección presidencial, y quizás también de gobernadores. La 2a. vuelta era rechazada, creo que con razón, cuando se tenía sólo 2 o 3 fuerzas competitivas, y cualquier candidato podía acercarse, por sí solo, a contar con una mayoría. Ya no es así y con un sistema pulverizado entre por los menos 4 o 5 partidos competitivos, con otros 3 o 4 en condiciones de realizar alianzas, más la posibilidad de la emergencia de candidatos independientes, es muy probable que cualquiera pueda ganar la elección del 2018, teniendo un 25 o 28% de los votos.

Se deben establecer mecanismos para darle gobernabilidad a quien sea que gane y eso tendrá que surgir de una 2a. vuelta electoral, donde se puedan establecer acuerdos que posteriormente se reflejen en la vida legislativa. De otra forma, quien sea el próximo mandatario tendrá márgenes de gobernabilidad y representatividad terriblemente acotados.

Jorge Fernández Menéndez
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 19 de noviembre de 2015).

Tanto en Brasil, como en Venezuela, Argentina, Ecuador y hasta en Uruguay, la llegada de los gobiernos progresistas también significó la disputa por el concepto de democracia. Los gobiernos de izquierda se alejaron de la visión procedimental de la democracia, y buscaron abrazar una definición amplia de lo que significa la democracia. Para Chávez, Kirchner o "Lula", democracia era también tener una vida digna, el combate a la desigualdad y la reducción de pobreza. Buscaron pasar de la democracia mínima, la de las instituciones y el voto, a la democracia social, la de la inclusión. El Latinobarómetro 2015 lo que nos dice es que Uruguay, Ecuador y Argentina, 3 países gobernados por la izquierda, son los que tienen mayor satisfacción con la democracia. Venezuela, que solía aparecer con un buen apoyo de sus ciudadanos a la democracia durante los años de Chávez, hoy sólo 30% de sus ciudadanos están satisfechos con la democracia. México, gobernado por el PRI, es el país que presenta peor satisfacción con la democracia.

Y es que la mayoría de los gobiernos de la región, que tomaron una dirección de izquierda durante finales del siglo pasado, se enfrentaron a una realidad muy paradójica. Por un lado, todos los estudios dicen que los mecanismos de participación como la revocación de mandato, los plebiscitos o los constituyentes, en Ecuador, Bolivia, Venezuela o Argentina, permitieron que los ciudadanos de estos países se sintieran más incluidos en la toma de decisiones. Sin embargo, lo paradójico fue que esta ampliación de las libertades democráticas contrastó con regresiones muy claras en materia de división de poderes, respeto a la oposición, limpieza electoral y libertad de expresión. Tanto el chavismo, como el correísmo o incluso el kirchnerismo, no fueron capaces de acompañar su "2a. ola de reformas democráticas", con las garantías mínimas de una democracia liberal: la libertad de expresión, de manifestación, de prensa. Al impulsar su "democracia popular" se llevaron entre las patas garantías mínimas que permiten que una democracia funcione, desde la autonomía del poder judicial hasta la independencia de los órganos encargados de arbitrar las elecciones o incluso la posibilidad de que exista una prensa libre que fiscalice a los políticos. El extremo de esta regresión autoritaria en algunas naciones latinoamericanas lo vemos en Venezuela con el encarcelamiento del líder opositor Leopoldo López.

Sin embargo, los buenos tiempos se fueron. La crisis de 2008-2009, la caída de los precios de los commodities y la debilidad del mercado de consumo en los países centrales, vulneraron la capacidad económica de los estados latinoamericanos. Se acabaron los crecimiento del 7, 8 o incluso 9%, ahora quedar por encima del cero, ya era en sí una buena noticia. Los estados se quedaron sin liquidez, las recaudaciones cayeron y ya no era posible blindar por completo la política social. Se acabó un ciclo, y la izquierda en el poder se quedó sin respuestas ante los nuevos retos.

Alguna vez dijo Rafael Correa, que la izquierda llegaba a América Latina a terminar con "la larga noche neoliberal". En aquellos años, que se extendieron desde la década de los 90s hasta inicios de este siglo, muchos latinoamericanos veían que sus élites políticas eran corruptas, que sacrificaban los intereses de las mayorías y que le entregaban el país al mejor postor trasnacional. Una dosis de nacionalismo y reivindicación de la soberanía, así como una apuesta por una conducción más estatista de la economía, permitió que las nuevas izquierdas latinoamericanas alcanzaran el poder en todos los países de América Latina, menos Colombia y México.

Sin embargo, la longevidad en los cargos provocó que se repitieran fenómenos de corrupción y sospechas que minaron la credibilidad de distintos gobiernos latinoamericanos. En Brasil, José Dirceu, el primer presidente de la democracia brasileña, llegó hasta la cárcel por el escándalo del "menselao". En Venezuela, el régimen relajó sus anticuerpos para evitar la corrupción y, en paralelo con sus clientelas políticas, se malversaron recursos en todas las direcciones. Qué decimos de Ecuador y la opacidad de los proyectos energéticos, o las sospechas sobre el enriquecimiento de los Kirchner en Argentina. La corrupción, esa que tanto denunciaron los izquierdistas en la oposición, ahora les manchaba no las manos, sino todo el cuerpo. La regeneración duró un tiempo, pero la lógica de la política, y de ganar elecciones, llevó a que los gobiernos progresistas repitieran errores que juraron nunca cometer.

Enrique Toussaint
(v.pág.11-B del periódico El Informador del 6 de diciembre de 2015).

Paradójicamente, en México aún hay quienes apuestan por las opciones que representan tanto [Nicolás] Maduro, como Cristina [Fernández de Kichner] o Dilma [Roussef]. Apenas la semana pasada, en la Cámara de Senadores, legisladores del PRD y Morena salieron lastimosamente en defensa del régimen de Maduro cuando la senadora panista Luisa María Calderón subió a tribuna a pedir que el senado exigiera que hubiera elecciones limpias en Venezuela y se liberara a los presos políticos. La defensa del chavismo fue tan vergonzosa como la que hace, cada vez que debe, el PT del régimen de Corea del Norte. La razón es sencilla: de allí han llegado, en uno y otro caso, recursos, viajes y respaldos políticos. El problema es que ahora lo que viene para todos esos defensores de gobiernos dictatoriales es la orfandad. Y la demostración de que ese tipo de regímenes que, con el argumento de que para reducir las desigualdades económicas deben conculcar dramáticamente las libertades públicas, lo único que han logrado es polarizar la sociedad, reducir las libertades, en el caso de Venezuela, perseguir y detener a los líderes opositores, y en todos los casos dejar a sus países en medio de terribles crisis económicas que serán muy difíciles de superar para sus sucesores.

No nos engañemos. También aquí hemos vivido esas historias, pero como fueron a fines de los 70 y principios de los 80, en los 2 últimos gobiernos de la revolución, como ha dicho López Obrador, los de Echeverría y López Portillo, ahora no las recordamos porque las nuevas generaciones no las han vivido. Pero podemos atisbar ese futuro en el presente venezolano, argentino o brasileño. El populismo es un fracaso anunciado, pero iniciado ese camino, revertir sus costos puede tomar décadas.

Jorge Fernández Menéndez
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 8 de diciembre de 2015).

Hace unos días escuché a unos colegas de orientación liberal afirmar que no es necesario que la democracia resuelva las necesidades de la gente, pues se trata simplemente de un sistema procedimental para resolver las diferencias políticas de los actores que monopolizan la representación política.

Yo me pregunto para qué demonios debe servir un sistema político si no es justamente para resolver los problemas de la gente, especialmente los más esenciales, como es que todos coman, vistan, tengan donde vivir, salud, educación, cultura, esparcimiento y paz.

Rubén Martín
(v.pág.7-A del periódico El Informador del 20 de diciembre de 2015).

Ciertamente, la democracia electoral apesta. Y eso por mencionar sólo los entrampamientos institucionales. Mucho más grave es la perversión de la noción original de un gobierno de ciudadanos. En las sociedades occidentales, la contienda electoral comienza a parecerse demasiado a una batalla de recaudación de fondos de campaña. Las agendas de los candidatos cada vez dependen más de las exigencias dictadas por el cabildeo de las grandes corporaciones, verdaderas patrocinadoras de los aspirantes al poder.

Y por otra parte, la clase política se ha convertido en un gremio mucho más interesado en protegerse a sí mismo que en canalizar los intereses de sus representados. Obstaculizan la rendición de cuentas, abogan por la opacidad, se reparten en cuotas partidistas las posiciones destinadas a la sociedad civil, se protegen entre ellos. En suma, salvo por la jornada electoral, la vida pública tiene muy poco de democrática en la gran mayoría de las sociedades occidentales, particularmente allá donde el tejido institucional no ha madurado lo suficiente como para contrarrestar la autonomía de la clase política.

Y sin embargo, es lo que hay. Los excesos de la dictadura, de la monarquía, de los estados religiosos o comunistas convierten en pecados veniales las fallas de los sistemas democráticos. Tiene algo mágico y fascinante el hecho de que una fracción de la élite abandone el poder porque los ciudadanos así lo determinan, como acaba de suceder en Argentina o pasó en México en 2000 y en 2012. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad fue un tema que solía resolverse con grandes dosis de sangre y fuego.

Y desde luego no es lo mismo el entrampamiento que padece España, justamente por una fragmentación del voto de los ciudadanos, que los fraudes electorales que no hemos podido desterrar en México, o el daño por el cabildeo millonario que ha prostituido las campañas en Estados Unidos. La democracia es un gran invento del mundo moderno, pero es un proyecto aún en proceso. Es frágil, imperfecta y tiene serios problemas de diseño. Pero no tenemos otra alternativa que perseverar en ella, asumir los costos del aprendizaje y profundizarla. Lo demás es el abismo.

Jorge Zepeda Patterson
(v.El País Internacional del 23 de diciembre de 2015).

Perdónenme esta metáfora zoológica, que sin duda cojea como todas las de su especie cuando se las toma muy en serio pero que debería servir para entendernos. En el panorama político actual compiten por el refrendo de los ciudadanos dos propuestas políticas que a veces pueden confundirse pero que en realidad son radicalmente opuestas: una es la democracia (las abejas) y otra el populismo (las avispas). La democracia está socialmente organizada (aunque no por la inexorable evolución, sino por la voluntad libremente expresada de los ciudadanos), produce abundantes bienes que se reparten entre sus miembros aunque nunca del modo equitativo que sería deseable y cuando emplea colectivamente la violencia es para defenderse de las agresiones externas. El populismo en cambio aspira a una unanimidad fraudulenta sin rangos ni méritos, consume y malbarata la riqueza social que se acumuló antes de su aparición en nombre de un igualitarismo exterminador y castiga letalmente a quienes se le oponen desde otras fórmulas de convivencia. Aquellos que cansados de los defectos indudables del panal de las abejas optan por la vida en enjambre de las avispas antes o después lamentan esta deriva ruinosa, que convierte a los ciudadanos en enemigos de sus propios semejantes.

Otra característica de los líderes populistas, probablemente no compartida por las pobres avispas a las que estoy calumniando por culpa de mi parábola, es que son muy malos perdedores y se resisten todo lo posible al tránsito pacífico a la democracia. Cuando deben someterse a las urnas y sus manipulaciones no logran impedir el triunfo de los ciudadanos que se les oponen, se resisten de todas las maneras ilegítimas posibles a la voluntad popular que los destituye a ellos, tan populares como pretenden ser. Lo estamos viendo ahora mismo en Venezuela y Argentina, donde las avispas que han mangoneado hasta ahora con tanta torpeza y virulencia esos países, pretenden obstaculizar el relevo pacífico que el descontento de los ciudadanos exige. Esperemos que fracasen también en esta última maniobra antidemocrática.

Fernando Savater
(v.pág.2-B del periódico El Informador del 27 de diciembre de 2015).

Cierto; nuestra democracia es hipócrita, sucia, injusta y corrupta. Falso: no es un régimen fascista.

Durante la época de Franco, incluso en los incomparablemente más blandos últimos años que me tocó vivir (aunque recordemos que el régimen murió matando), uno no expresaba jamás en público su verdadera opinión. Y no digo ya en una mesa redonda o en un programa de televisión; digo simplemente hablando en una cafetería con los amigos. Te cuidabas muy mucho de decir según qué cosas, por si el de la mesa de al lado te oía. A veces, hasta en casa te reprimías, si tenías un vecino facha que pudiera escucharte. Una dictadura es una vida enrarecida y sin oxígeno, inimaginable desde la vida normal.

En el franquismo que yo viví los guardias podían multarte si te besabas en público (en la época de mi hermano, 5 años mayor, te multaban por sólo ir abrazados por la calle) y el régimen decidía, como si fueras un niño pequeño, qué podías leer, qué podías ver, qué podías saber: películas, libros y obras de teatro absolutamente normales estaban prohibidas. Hasta mayo de 1975, las mujeres casadas no podían abrir una cuenta en el banco, comprarse un coche, sacarse el pasaporte o trabajar sin el permiso del marido, que además podía cobrar el sueldo de su esposa; los homosexuales eran encarcelados por la Ley de Peligrosidad Social, y en las empresas te decían con toda tranquilidad que no te daban trabajo porque eras mujer. Y nada de todo esto salía en la prensa.

Pero lo peor, lo más pernicioso y persistente era la sensación de indefensión que un régimen así construye en los individuos, el miedo a la autoridad, la certidumbre de carecer de derechos. Tuvieron que pasar muchos años de democracia para que ese profundo temor se perdiera; para poder pasar junto a un policía sin sentirte culpable. Todos esos lectores que reclaman, que abominan de la democracia y que protestan son personas a las que el sistema democrático ha dado, por fortuna, una justa conciencia de su dignidad y de sus derechos. Qué maravilla.

Rosa Montero
(v.pág.2-B del periódico El Informador del 27 de diciembre de 2015).

Tras 21 años desde la alternancia del poder institucional en Jalisco, hoy la democracia les dice poco a los habitantes de nuestra entidad. La democracia parecería, en boca de muchos, un bonito concepto que utilizan los partidos políticos para monopolizar la representación. La democracia en Jalisco no tiene defensores, luce vieja a su corta edad, es demasiado cara para los beneficios que otorga y parece secuestrada por intereses que pululan y viven de la explotación de lo público. La democracia, como sistema de reparto de poder, se encuentra muy lejos de cumplir con aquellas promesas que nos hizo hace apenas algunos años. Hasta aquí llegó el modelo democrático que nos dejó la transición, es tiempo de un 2o. ciclo de reformas que dinamicen a nuestro adormilado sistema político.

Enrique Toussaint
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 27 de diciembre de 2015).

El modelo liberal de hacer política (el liberalismo: llamado por Immanuel Wallerstein como la geopolítica del capitalismo), impone sus anteojeras en donde se clasifica como política solamente aquella que se hace dentro del sistema y en particular la política profesional, la que controlan los sujetos que tienen el monopolio de las acciones y de la representación política profesional.

Rubén Martín
(v.pág.6-A del periódico El Informador del 29 de diciembre de 2015).

Teóricamente, el sistema de partidos tiene 2 funciones: representar y gobernar. Los equilibrios entre una y otra, dependen del modelo electoral del país -si favorece las mayorías o si tiende a la proporcionalidad-, de las barreras de entrada al sistema y de muchos elementos más. Sin embargo, no hay sistema que pueda vivir o de pura gobernabilidad o de pura representatividad. El 1o. caería rápidamente en la ilegitimidad, mientras que el 2o. caería aceleradamente en la fragmentación y el desgobierno. Por lo tanto, los sistemas de partidos, y electorales, se mueven en esta dicotomía entre ser los portavoces de la diversidad de opiniones de la ciudad, pero sin olvidar que para tomar decisiones, las mayorías son indispensables.

Enrique Toussaint
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 3 de enero de 2016).

Se le atribuye a Winston Churchill haber dicho, desde su arrogancia intelectual y acaso desde la cicatriz que le dejó su definitiva derrota electoral de 1945, que "el mejor argumento contra la democracia es una conversación de 5 minutos con un votante medio".

Por supuesto que aquel enorme animal político hizo también, a su (amargosa) manera, la mejor defensa de la democracia, cuando la llamó "la peor forma de gobierno, excepto por todas las otras formas que han sido ensayadas de vez en cuando".

Pero la desmitificación de la democracia en su cotejo con las realidades cotidianas no nos debería llevar a pasar por alto la parte de la ironía de Churchill que nos trae a las confirmaciones del 2016, en el sentido de que desvalorizar, desechar o desconocer las reglas democráticas, como en Venezuela, sólo puede empeorar la peor de las democracias.

José Carreño Carlón, director general del Fondo de Cultura Económica
(v.periódico El Diario de Coahuila en línea del 6 de enero de 2016).

La democracia está en crisis como sistema, pero hay diferentes niveles y grados del desencanto y de la insatisfacción. En México ganamos el 1er. lugar en insatisfacción.

Alberto Aziz Nassif
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 27 de enero de 2016).

Los gobiernos no cambian el status quo. Si son buenos, administran la hacienda con eficiencia para mejorar poco a poco el status quo, y aunque sean buenos, protegen su poder. Si son regulares, sólo protegen su poder. Si son malos, destruyen el status quo y protegen su poder. Cuando les pedimos cuentas, lo que queremos saber es cómo han incidido en el status quo: ¿lo mejoran o lo destruyen? Cuando lo mejoran se nota mucho tiempo después. Cuando lo destruyen es evidente. Nunca hay que menospreciar la capacidad de los gobernantes para hacer de la vida un infierno.

Ivabelle Arroyo
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 3 de febrero de 2016).

Es indudable que existe un deterioro de la imagen del "tecnócrata", el político popular de los 90s e inicios de siglo. La tecnocracia, esa idea de que las pasiones políticas pueden ser domadas por la técnica, los datos y el pragmatismo, demuestra su agotamiento. Vivimos un tiempo de reactivación del debate ideológico y ya nadie se cree que hay funcionarios que pueden tomar decisiones como si fueran máquinas desprovistas de ideología. La misma idea de la tecnocracia ha sido un escudo para no entrar de fondo a temas como la desigualdad, la corrupción y la concentración económica. Por ello, desafiar al estatus quo, no sólo significa apoyar políticas públicas que se distancien de ese centro que muchos ciudadanos perciben como lejano a sus problemas, sino que también incluye apostar por políticos distintos, que se atreven a decir lo que otros callan y que se rehúsan a pactar con los intereses de siempre.

Se reviven viejos debates políticos, en los que el centro de la discusión no es quién administra mejor, en donde los partidos centristas y tecnocráticos se sienten cómodos, sino que los debates mundiales empujan hacia posiciones marcadamente ideológicas y que reviven dilemas de antaño. ¿Es el capitalismo un modelo compatible con la igualdad? ¿Es esta concentración de la riqueza sustentable? ¿Puede el medio ambiente resistir a la actividad económica del presente? ¿Es moralmente aceptable que 3,500 millones de personas acumulen lo mismo de riqueza que 62 personas? ¿Es posible una política de cambio, cuando los gobernantes son al mismo tiempo depositarios de la soberanía popular y asesores de los intereses económicos? ¿Es posible la democracia cuando los mercados le dictan la plana a la política? ¿Es deseable que las decisiones sobre un país las tomen los organismos internacionales y no los funcionarios electos por los ciudadanos? ¿Puede un país rico acoger todos los migrantes que se presentan a sus costas? ¿Cómo replantear la soberanía en un mundo globalizado? La ideología está de vuelta, a pesar del epitafio que muchos le escribieron.

Y por ello, a nivel mundial, la identidad política comienza a moverse hacia una dicotomía entre sistémicos y antisistémicos. No sería tan iluso como para cuestionar que los conceptos de izquierda y derecha han perdido vigencia, basta entrar a una discusión pública para saber que eso no es cierto, sin embargo la relación con el sistema comienza a tejer muchas de las preferencias políticas en el mundo. Así, una buena parte de la ciudadanía mundial comienza a creer que es difícil que el sistema se reforme por sí mismo, y que, por lo tanto, las opciones antisistema son fundamentales para propiciar cambios. Vivimos un tiempo de alta indignación, en donde el gradualismo y los matices, suelen ser vistos como pusilánimes. Ya no se quieren políticos que enfaticen lo "difícil de las reformas", "lo complejo del camino". Ahora, muchos ciudadanos buscan al político que diga las palabras mágicas y ni un pero incluido. El "Bronco" decía en su campaña: "Voy a meter a la cárcel a Rodrigo Medina", la gente aplaudía. Trump se compromete en campaña a eliminar el desempleo, y otras historias fantásticas, y el conservador piensa que sólo basta la voluntad. Iglesias dice que les dará un ingreso mínimo a todos los ciudadanos españoles, y gana votos. Vivimos una época populista, no necesariamente en la connotación peyorativa que se le suele achacar, sino otra vez la apelación al pueblo como sujeto político, en donde el carisma del líder vuelve a ser de vital importancia.

Enrique Toussaint
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 7 de febrero de 2016).

Es buena la idea de facilitar los mecanismos para que los ciudadanos participen en la vida pública. Hacer más anchos los caminos, abrir las puertas, ordenar su participación con concursos, páginas web y aplicaciones. Pero estirar mucho la liga puede ser peligroso. El gobernador Aristóteles Sandoval presentó una iniciativa que facilita candidaturas independientes, permite la revocación del mandato y hace más fáciles el referéndum, la iniciativa popular y las consultas. Ahora, los diputados de Movimiento Ciudadano se comprometieron a colaborar con la iniciativa civil "Haz tu ley", una página web hecha por distintas asociaciones para que cualquier ciudadano mande sus propuestas legislativas.

La tendencia es, por todas partes, permitir que los individuos participen como tales, como individuos, sin necesidad de formar parte de un partido político, en las decisiones de gobierno. La tendencia es pulverizar los mecanismos para agregar intereses y permitir que la suma de votos individuales tiren gobiernos, rehagan leyes, cambien tarifas en reglamentos y opinen sobre el proyecto de un basurero.

Yo sé que suena bien. Pero hay que tener mucho cuidado con esto. Por un lado, porque la participación, per se, no es un valor. En un linchamiento participan los ciudadanos y lo hacen, ojo, con razones que les parecen válidas y legítimas. En un régimen populista también hay participación ciudadana canalizada, y los regímenes fascistas han hecho uso de las pasiones civiles para fortalecerse.

Nuestras instituciones políticas tienen muchos anacronismos, piden a gritos una sacudida, una buena limpiada. Pero con todo y lo sucias que están, son grandes inventos humanos. Los partidos, las elecciones, la representación legislativa, el voto periódico, la libertad de asociación, la libertad de prensa, los jueces, las leyes, no son inferiores a la suma de 10,000 ciudadanos organizados a través de una aplicación digital. No sólo no son inferiores, sino que son los canales y los espacios que pueden hacer eco de las inquietudes de esos 10,000 ciudadanos. Con todo y lo tortuosos, tramposos y políticamente convenencieros que son, al menos existen canales para juzgar a un político. No hay canales para juzgar a las masas.

La otra tendencia que parece noble es la de hacer leyes. Leyes y reglamentos para todo. Para poner topes. Para hacer una nueva constitución. Para castigar más cosas. Para regular más la vida. Para cobrar más. Para la escuela, la bicicleta, la vida privada, el matrimonio, la muerte, el cigarro, las papitas, la información. Francamente es aterrador: la verdadera vocación del individuo debería ser desregular, no regular. Regular es darle armas al Estado para intervenir, y hacerlo con la bandera de la participación ciudadana suena esquizofrénico, pero no sólo eso: hace caso omiso del orden constitucional vigente, que incluye una protección pro hominem tan completa con leyes locales, federales y tratados internacionales, que es ocioso escribir más pergaminos. Ni los ciudadanos ni los representantes que los ciudadanos eligieron como diputados, deberían hacer más leyes. Deberían deshacer leyes, derogar artículos y quitarle capas a las instituciones.

Ivabelle Arroyo
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 10 de febrero de 2016).

El populismo es un adjetivo calificativo político, utilizado para designar corrientes de opinión caracterizadas por su espíritu controvertido de agresión a las oligarquías, su repudio a los partidos políticos establecidos tradicionales, su denuncia (discursiva) de la corrupción política; ataca a las clases privilegiadas y en supuesta apelación al "pueblo" como fuente de poder.

El populismo en México está asociado con el aprovechamiento de la credulidad de la gente a la que le hacen promesas materialmente imposibles de cumplir, como hacer que paguen los que se encubrieron indebidamente en el Fobaproa, cuya constitución estaba diseñada para apoyar crisis bancarias financieras y, aprovechándose de esta condición, los banqueros metieron créditos de empresas solventes. Esta corriente discursiva no tiene más que un propósito: llegar al poder, como ya está comprobado que lo hizo Chávez en Venezuela, y Kirchner en Argentina y lo está intentando el millonario libidinoso Donald Trump, cobijado por el partido más radical y retrógrado de los Estados Unidos: el Republicano. Otro populista famoso que trastrocó al mundo fue Adolfo Hitler, quien con singular verborrea arrastraba multitudes difundiendo mensajes que todos querían oír pero sin dejar entrever sus verdaderas intenciones, hasta que el mal causado ya no tuvo remedio. El populismo se escuda en una adulteración de la democracia.

El populista se personifica como un líder carismático, establece contacto con el pueblo, arrastra las masas, las convence, las hipnotiza, va en contra de las instituciones. "Al diablo con las instituciones", "al diablo los partidos políticos", son frases comunes que forman parte del discurso pero que no pasan de ahí. No podemos mandar al diablo ni a las instituciones ni a los partidos políticos, lo que si podemos hacer es moralizar y corregir las instituciones y los partidos políticos.

Para desenmascarar a un líder populista, basta con ver cómo se comporta, qué es lo que hace, y cómo vive; no qué es lo que dice, ni qué es lo que promete. Las promesas son parte esencial del populismo: terminar para siempre con los problemas del pueblo, ofrecer trabajo bien remunerado para todos, fortalecer nuestro peso, terminar con las devaluaciones, rebajar a 50% o más los sueldos de la burocracia, acabar con los aviadores que cobran sin trabajar, rebajar los impuestos.

No es lo mismo ser un "líder popular" a ser un líder populista. Lázaro Cárdenas, López Mateos, y Ruíz Cortines fueron presidentes populares sin acudir a la demagogia populista. Luis Echeverría y López Portillo actuaron como líderes populistas y desquiciaron la economía del país.

El líder populista es carismático, versátil, se mimetiza con el pueblo, es cambiante; puede modificar su discurso de acuerdo con las circunstancias; puede ser agresivo, mesiánico y hasta amoroso, según las circunstancias. No hay nada más peligroso para un país que caer en manos de una alimaña populista.

México no necesita de un líder populista para corregir las desigualdades sociales, requiere de un político honesto, capaz, recto, veraz y enérgico para meter en cintura a los revoltosos, a los delincuentes y a los rapaces que amenazan la paz pública y se enriquecen con el esfuerzo del pueblo.

Luis Jorge Cárdenas Díaz
(v.pág.12-A del periódico El Informador del 18 de febrero de 2016).

En todo el mundo los jóvenes votan en una proporción mucho menor que los adultos, sobre todo los mayores. Será porque creen que la supuesta democracia cibernética es sustituto a la muy imperfecta pero real e inevitable del sistema electoral, y aunque tal vez un día lo sea ese momento no parece estar nada cerca. En efecto, firmar peticiones en línea es notoriamente menos eficaz que elegir un legislador preparado y comprometido.

Marco Provencio
(v.pág.4 del periódico Milenio Jalisco del 26 de febrero de 2016).

Hace 20 años, Michelangelo Bovero publicó en la revista Este País un erudito, juguetón y provocador artículo al que tituló "Kakistocracia: la pésima república" (abril de 1996). Recordaba que Polibio (más o menos 150 años antes de Cristo) había postulado que las formas políticas se transformaban en su contrario y que el ciclo parecía responder a una ley de hierro, inescapable. Escribía Bovero resumiendo a Polibio: "cuando la monarquía real, 1a. forma buena en la que ha evolucionado el originario poder natural del más fuerte, se corrompe y se transforma en tiranía, ésta es sustituida por la aristocracia, el gobierno de los mejores que liberaron la ciudad del tirano; a su vez corrompiéndose, la aristocracia cambia en oligarquía, el gobierno de pocos ricos, ávidos y acaparadores, contra lo cual el pueblo instituye la democracia, en su forma buena de gobierno de las leyes; pero ésta degenerando en la ilegalidad se transforma en oclocracia, el gobierno brutal de la plebe, de la muchedumbre, que al final 'reencuentra un amo y un monarca'". Tratando de diseñar un remedio a dicha espiral que a 1a. vista parecía insalvable, Polibio, apoyándose en Licurgo, buscó conjugar los valores -la cara virtuosa- de las 3 formas simples de gobierno (monarquía, aristocracia y democracia) y dar paso a un régimen mixto que produjera paz, armonía, estabilidad.

Sin embargo, el ejercicio que hacía Bovero, preocupado por lo que veía en la Italia de Berlusconi, era el inverso. Pensar en que a lo mejor lo que se estaba viviendo era no la conjunción de las virtudes de las formas de gobierno sino la mixtura de la cara degenerada de las mismas: tiranía, oligarquía y oclocracia.

Tomaba a un personaje de Aristófanes de la comedia Los Caballeros llamado Agorácrito, para ilustrar el rostro siniestro de la democracia, el componente oclocrático. Se trataba de "un encantador plebeyo" llamado a ser "el salvador de la ciudad y de todos nosotros". Un hombre al que se le ha dicho que "para gobernar al pueblo no se requiere de alguien bien instruido, ni de buenas costumbres, ¡se requiere un ignorante, un desvergonzado!". Cuando éste duda y se pregunta "¿Cómo pudiera yo ser capaz de gobernar a mi pueblo?", su empleado le responde: "Es muy simple: lo que antes has hecho sigue haciéndolo. Alborota... revuelve todos los asuntos públicos. Cautiva siempre al pueblo: gánatelo con palabras bien cocinadas; tienes todo lo que se necesita para ser un demagogo: voz obscena, orígenes oscuros, vulgaridad. Posees lo que se pide para gobernar".

"Respecto a la figura del oligarca -escribía Bovero-, 2a. componente de nuestra rníxis perversa", rescataba el 8o. libro de La República de Platón, en el cual aparece "el rico que en cuanto tal adquirió poder político". "El argumento con el que se autolegitima el oligarca es muy simple: 'los que poseen las riquezas son también estupendos para gobernar' (Tucídides)". Y citando a Teofrasto (Caracteres) apuntaba: "el carácter oligárquico consiste en una avidez de dominio que se inclina siempre al poder y a la ganancia". "En Platón es la decadencia de los principios de la virtud y del honor lo que abre las puertas al régimen oligárquico y fabrica hombres que 'aspiran a las fortunas, ensalzan al rico, lo admiran y lo elevan a las magistraturas'". Y no es de extrañar que dado que los pobres y los ricos viven en el mismo lugar (juntos pero no revueltos), "el pueblo se vuelve coautor de la oligarquía" (Isócrates).

El 3er. elemento del retorcido coctel es el tirano. Y para ilustrarlo, Bovero acudió a la breve semblanza que Tácito efectúa de Elios Seiano en los Anales: "Soportaba las fatigas, era de ánimo audaz; hábil en esconder sus cosas, en cubrirse a sí mismo, en disimular; está presto para erigirse en acusador de los demás, conjuntaba la adulación (para con César) y la arrogancia... Dentro de sí mismo cobijaba un inmenso deseo de conquista".

Si el intento de Polibio era el de conjuntar elementos de 3 regímenes políticos distintos "para sustraer a la ciudad del destino natural de la degeneración y de la decadencia"; Bovero jugaba con la idea de que la figura del nuevo déspota se alimentaba de los "insumos" funestos de esas mismas formas de gobierno: "al mismo tiempo amo y señor, autoritario y carente de leyes y frenos" (tirano, oligarca y demagogo). La candidatura de Donald Trump, que empezó siendo o pareciendo un mal chiste, hoy es algo más que un síntoma preocupante, es una realidad en marcha y con apoyo sustantivo.

José Woldenberg
(v.periódico Reforma del 3 de marzo de 2016).

Pensar que los políticos demagogos y populistas son patrimonio de los pueblos subdesarrollados es un prejuicio carente de fundamento.

La sociedad humana arrastra consigo miedos y ansiedades ancestrales que no dependen del avance tecnológico sino de su misma precariedad, es decir, siempre estamos temiendo perder lo que hemos logrado o deseando alcanzar lo que todavía nos falta aunque no lo necesitemos.

Esta realidad se da lo mismo en los países más ricos que en los más pobres, y constituye la base sobre la cual pueden bregar ampliamente los políticos demagogos y populistas. Por populismo estoy entendiendo aquí el conjunto de problemas o condiciones más sensible para la mayoría de la gente, y la facilidad con la que se pasa enseguida a identificar las amenazas, los enemigos, los fautores que pueden quitarnos o impedirnos tener lo que ya poseemos o buscamos. La demagogia viene cuando un líder político, advirtiendo cuales son en el momento presente esas ansiedades sociales, las explota o aún cultiva y exacerba, ofreciéndose además como el único que puede dar una solución rápida y contundente; la respuesta de los sectores más proclives a generar estos miedos, odios, racismos o discriminaciones no se hace esperar, el demagogo ha encontrado a las personas y grupos de su nivel, son el uno para el otro.

Diversos literatos latinoamericanos nos habían llevado a pensar que este populismo demagógico era eminentemente latino, de ahí que las dictaduras de este corte hubiesen sido tan frecuentes entre nosotros hasta construir un estereotipo: poder absoluto y paternalismo sentimental, discursos vehementes y militarismo de base, linchamientos permanentes y ausencia de resultados en aquello en que justamente se los esperaba.

Hoy podemos constatar que aun en sociedades que se ostentaban como el mejor ejemplo de progreso democrático y elevado perfil de sus liderazgos políticos, el populismo y la demagogia tienen también derecho.

Armando González Escoto
(v.pág.4-B del periódico El Informador del 6 de marzo de 2016).

Un aire recorre el mundo: el del repudio a la política tradicional.

Ya sea el PSOE, el Partido Republicano o ese trío de organizaciones que dominan el espectro político mexicano, la forma tradicional de hacer política sufre ante el hartazgo social hacia un gueto de personajes que tienen poca referencia y cercanía a los ciudadanos. La sociedad, harta de ellos, ha volteado a ver a una nueva clase de activismo donde el péndulo va desde el "inocente" -entrecomillado porque en política no existe tal cosa- hasta el colmilludo que encuentra en estas salidas la supervivencia o la oportunidad de rebasar a todos.

Gonzalo Oliveros
(v.pág.14 del periódico Milenio Jalisco del 11 de marzo de 2016).

Dos fueron los riesgos que trataron de evitar los Padres Fundadores de los Estados Unidos en la Convención de Filadelfia de 1787: la autocracia y la tiranía de la mayoría. Para salvar el primero introdujeron los frenos y contrapesos en su doctrina de la separación de poderes, así como la elección indirecta del Presidente de los Estados Unidos. Para eludir lo otro introdujeron una 2a. cámara; otorgaron poderes de veto a su presidente, y crearon un poder judicial fuerte e independiente que sometiera al imperio de la ley a los otros 2 poderes.

En la elección del presidente buscaron 2 objetivos: 1.- que fuera producto de un cuerpo de élite (el Colegio Electoral) que decidiera conforme a la razón y no a la pasión; y 2.- que el presidente, al ser electo de forma indirecta, no alimentara una democracia de tipo cesarista, interpelando directamente a un electorado popular que lo eligió directamente. Con el correr del tiempo, la política de partidos hizo que el Colegio Electoral no deliberara y solo validara una elección ya realizada, con todas las pasiones e irracionalidades de cualquier democracia directa.

En el año 2001 el politólogo norteamericano Roberth Dahl en su libro ¿Es democrática la Constitución de los Estados Unidos? llamaba la atención de que a los norteamericanos lo que les importó fue crear un país de leyes y una república aristocrática (lo que de ninguna manera es cualquier cosa), y no propiamente una república democrática: la palabra democracia no aparece ni una sola vez en su constitución.

Su invención del federalismo y de lo que con el correr del tiempo se conocería como régimen presidencial, resultó impecable. Sin embargo, su diseño de un sistema democrático -si es que lo hubiera llegado a haber-, fue defectuoso o estuvo ausente. Terminaron con una monarquía despótica y crearon una república. Sí, pero una república en la que sus Padres Fundadores poseían esclavos; las mujeres no tenían derechos políticos; los negros no gozaban de derechos humanos; y las minorías autóctonas eran perseguidas o exterminadas. Aberraciones que no terminaron de corregirse sino hasta bien entrado el siglo 20, a través de sucesivas enmiendas a su constitución.

Ahora, con Trump, ese es el pueblo norteamericano que ha renacido: el del viejo gringo que ideó y diseño una república elitista, esclavista y segregacionista. Un país en el que se apliquen leyes, aunque no necesariamente tenga un Estado de Derecho; en el que más que afianzarse como democracia degenere en una kakistocracia, en la que uno de sus líderes obtiene adhesiones prometiendo cancelar derechos y libertades.

Los Estados Unidos están demostrando tener una de las democracias más imperfectas e indefensas del mundo, al carecer de mecanismos -que sí tienen otros países como Alemania o España- para impedir que bajo sus procedimientos se conciten apoyos para aniquilar a la misma democracia. Una democracia que alimentando odios ha permitido que haya renacido el viejo gringo y Hitler.

Javier Hurtado
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 12 de marzo de 2016).

De nada sirve mandar a la clandestinidad las ideas que no nos gustan, por más abominables que sean. La democracia, como sistema que se cimienta en la libertad de expresión, es o debe ser lo suficientemente sólida como para disputar la arena pública y alertar de lo que significan mensajes como los de Gerardo Ortiz, los grupos de reggaetón o las películas que deifican a los criminales. Prohibir, o censurar, significa asumir que en la plaza pública esas narrativas son más atractivas y eficaces, que aquellas que se pueden construir desde la honestidad, el respeto, el Estado de Derecho, la igualdad y la justicia. Si no somos capaces de convencer, como sociedad, a esos millones y millones de simpatizantes de mensajes de odio como los de Gerardo Ortiz, entonces nuestro problema es aún más complejo. No hay un futuro que vender, no hay un horizonte con el cual seducir.

Es cierto, la libertad de expresión es un derecho con límites. Como sabemos, demarcar su espacio de acción es una labor casi titánica. Ninguna sociedad se pone cien por ciento de acuerdo en este asunto. ¿Es libertad de expresión que se emitan series en donde el narcotraficante es el símbolo del éxito a través de someter a los políticos y de corromper a toda la sociedad? ¿Es libertad de expresión que los cantantes de reggaetón hagan de la mujer un objeto que sólo sirve para encender las pasiones de los hombres? ¿Es libertad de expresión que el público del estadio entone un grito homofóbico cada que un portero va a despejar la pelota? Es muy difícil trazar la línea, es un asunto de grados y cada caso implica consecuencias totalmente distintas.

Enrique Toussaint
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 3 de abril de 2016).

En los últimos años hemos observado una migración paulatina pero constante, de grupos de votantes hacia políticos no tradicionales, radicales o anti sistémicos. Son movimientos globales. Ejemplos abundan: España, Francia, Grecia, Venezuela, Guatemala, Brasil, y ahora Estados Unidos, entre otros. Los une un descontento generalizado derivado de las más diversas razones. Una de ellas es la frustración ocasionada por crisis económicas, que se vienen repitiendo desde hace una década. Estas han generado gran ansiedad y tensión entre sus habitantes con respecto a lo que nos depara el futuro.

En un mundo globalizado la información se expande en forma instantánea y esto exaspera aún más este descontento, incubando grupos radicales. Éstos quieren elegir personas que no necesariamente tienen experiencia política. Como dijo David Brooks en su columna del New York Times "The Governing Cancer of our time", quieren "políticos fuereños". A éstos los une una misma ideología. Están dispuestos a pisotear las reglas que dan legitimidad a la toma de decisiones legislativas, si eso les ayuda a conseguir el poder. Finalmente, no reconocen nada y a nadie. Quieren el triunfo para ellos mismos y para su doctrina. El resultado final es invariablemente una profunda polarización de la sociedad que conspira contra el crecimiento y el bienestar.

Algunas características de estos movimientos son: 1) retóricas de estilo golpeador que imposibilitan cualquier conversación. 2) decadencia de los partidos tradicionales y creación de nuevos, 3) búsqueda de salvadores mesiánicos que actúan como superhéroes. Lo atractivo de los fuereños son sus discursos de promesas desorbitadas que crean expectativas extremadamente altas. Recordemos que nada crece más rápido que las expectativas y cuando éstas no se cumplen, los votantes se desilusionan y se vuelven cínicos.

Esta tendencia tendrá y en algunos casos ya tiene, efectos negativos que lleva a las democracias a una espiral descendente. Cuando se eligen políticos sin habilidades, experiencia o con escasas competencias, suelen nacer gobiernos disfuncionales, lo que conduce a tener un mayor disgusto con el gobierno, que conlleva a querer más fuereños. La política tradicional se encuentra en retirada y el autoritarismo va al alza.

El problema grave es que estos movimientos anti "establishment" muestran las falencias de las democracias que son visibles para todos. Los ejemplos están a la vista. Recordemos lo que ocurrió después de la primavera árabe. Una consecuencia peligrosa de estos movimientos es que se basan en feroces críticas que no aceptan discusión porque se presumen como la última gran verdad. Este puñado de "verdades" termina, en algunos casos, por convertirse en dogmas. Y entonces el problema se vuelve todavía más complejo y peligroso porque por las ideas se discute, pero por los dogmas se mata.

Jacques Rogozinski
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 4 de abril de 2016).

Frente a la imparable progresión de eso que ha sido definido como una "guerra civil mundial", el estado de excepción tiende cada vez más a presentarse como el paradigma del gobierno dominante en la política contemporánea.

Giorgio Agamben
("Estado de excepción", Adriana Hidalgo editores, 2004).

El poder, ya sea económico o político, siempre tiene la tentación de esconder e invisibilizar los hechos que no le convienen.

La democracia no puede existir sin medios que fiscalicen no sólo a los políticos, sino también a los empresarios, dirigentes sociales y hasta a los deportistas. El periodismo cumple una función democrática de 1er. orden, recordando a Jefferson: "Prefiero periódicos sin Gobierno, que Gobierno sin periódicos".

Las revelaciones de los "Papeles de Panamá" demuestran las diferencias tan grandes que hay en materia de rendición de cuentas entre los distintos países. En Islandia, el 1er. ministro tuvo que renunciar, más por haber mentido que por su sociedad de ultramar.

En México, a lo máximo que llegó el SAT es a comprometerse con una investigación a los mexicanos que aparecen en las filtraciones. Al final, lo importante de revelaciones de esta magnitud es dimensionar lo que significan los paraísos fiscales y lo funcionales que resultan para que una élite mantenga sus privilegios y esconda la suciedad debajo del tapete. Las revelaciones seguirán apareciendo, aún faltan muchos nombres por aparecer. Esto parece ser sólo la punta del iceberg de una trama global de defraudación y blanqueo que desnuda de cuerpo entero a la élite mundial.

Enrique Toussaint
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 10 de abril de 2016).

El adanismo ha sido una de las grandes desgracias de América Latina. Cada gobierno quería empezar desde cero, haciendo tabla rasa de todo lo conseguido por su predecesor. Esta falta de continuidad nos ha hecho vivir en lo inestable y lo precario, porque los esfuerzos se frustraban cuando acababan de empezar.

Mario Vargas Llosa
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 17 de abril de 2016).

Me parece una buena utopía el Consejo de los Ancianos, se remediarían todos nuestros males políticos; se eliminarían los partidos políticos, nos ahorraríamos 3,953 millones de pesos de subsidios para este año, más 2,826 millones de pesos del Tribunal Electoral que sólo sirve para dirimir discrepancias entre los partidos, más otros cientos de millones de pesos de los Consejos Electorales Estatales. El INE nos costará este año 15,473 millones de pesos. Ante el aumento de la población en edad avanzada habrá que pensar en otras formas de gobierno.

El Consejo Nacional de Ancianos podría tener 300 miembros y los Consejos Estatales 30. Los requisitos para formar parte de estos consejos serían: ser mayor de 65 años, gozar de buena salud, no haber sido acusado de delito alguno, tener medios económicos para subsistir porque el cargo sería honorífico y hasta los 90 años. Ser de reconocido prestigio en su medio por haberse distinguido por sus servicios a la comunidad y aprobar los exámenes de control de confianza. Tendría facultades para nombrar presidente, jueces y magistrados y para removerlos cuando fallan o se corrompen.

Como antecedentes tenemos múltiples ejemplos desde los consejos tribales de ancianos hasta el Consejo Francés, pasando por el Consejo Griego.

Los primeros consejos de ancianos de que se tiene noticia son el de los nómadas Aire, conocidos también como gerontocracia. Las tribus mesoamericanas daban un poder especial a los ancianos, se les consideraban como sabios, como la persona que conocía la verdad y la trasmitía a quienes estaban cerca de él. En ellos estaba el recuerdo, y la previsión del futuro. También tenían la facultad de otorgar el poder. En las sociedades antiguas era un privilegio llegar a una edad avanzada, dado el bajo índice del promedio de vida que era de 30 años, pensaban que sólo se podía llegar a una edad avanzada con la ayuda de los dioses y por eso se les veneraba.

En la cultura judeocristiana, en el libro de los Números encontramos la descripción de la creación del Consejo de Ancianos conformado por 70 varones ancianos del pueblo. En cada ciudad había un Consejo todopoderoso y sus decisiones religiosas y judiciales eran incontrarrestables. En Francia el Consejo de Ancianos era asamblea legislativa constituida en 1795, elegía a los miembros del directorio y compartía el poder legislativo cuyas leyes aprobaba o rechazaba, estaba formado por 250 miembros que deberían tener una edad mínima de 40 años y estar casado. Se renovaba una tercera parte cada año. Fue suprimido por Napoleón.

Luis Jorge Cárdenas Díaz
(v.pág.11-A del periódico El Informador del 5 de mayo de 2016).

En un medio en el que la política profesional se ha envilecido, no son pocos los ciudadanos que piensan que es deseable la prevalencia de los tecnócratas sobre los políticos. Ellos no pronuncian frases para los mármoles o para la historia; hablan poco; no agitan banderas partidistas ni se desgañitan en discursos ideológicos en mítines y marchas. No prometerían visiones políticas engañosas y soluciones milagreras a todos los problemas, sino al menos la modesta seguridad de una realidad más llevadera.

Flavio Romero de Velasco
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 14 de mayo de 2016).

El respetado politólogo Francis Fukuyama dijo que la corrupción es el tema que definirá el Siglo XXI, y que aunque una mayoría de las naciones del mundo aceptan la legitimidad de la democracia y cuando menos pretenden tener elecciones competidas, lo que realmente distingue un sistema político de otro es el grado en que las élites gobernantes buscan usar su poder en servicio del interés público o simplemente para enriquecerse ellos mismos, sus familias o sus amigos. Éste es un problema que pudiera encontrar ejemplos en México.

Raymundo Riva Palacio
(v.pág.9-A del periódico El Informador del 17 de mayo de 2016).

La idea de tirar al gobernante en turno, sin mecanismos institucionales compensatorios, es propia de una sociedad ingenua. Una sociedad que considera que un gobernante elegido en democracia, cuyas acciones pueden ser revisadas en tribunales, cuyo presupuesto puede ser limitado por un congreso, cuyas perversiones pueden ser acotadas por las leyes locales, federales y los tratados internacionales y cuyos anhelos electorales son acompañados o abandonados por un partido político, es un tirano que hay que quitar a como dé lugar cuando enloquezca y nombre ministro a su caballo.

En un sistema parlamentario, cada vez que el ministro pierde la confianza y se convoca a nuevas elecciones, se mantiene -más o menos- el ejercicio de gobierno a través del parlamento. En un sistema presidencial, el congreso no gobierna: legisla y fiscaliza. Quitar al ejecutivo pone en pausa al gobierno.

Quizá quieran quitar a un gobernante porque sale mal calificado en las encuestas. O porque hizo una fiesta con su hija. O porque hace ridiculeces en las redes sociales. O, como en la Ciudad de México, porque tiene bienes por 43 millones de pesos o porque no controla la contaminación. O digamos que es por algo de eficiencia: no puede contra el narco o no puede contra los ambulantes o no puede contra la inflación. O por ladrón: se está quedando con todo.

Por inepto, por corrupto, por repugnante, nos saltamos todas las instancias que lo juzgan, hacemos a un lado a los diputados locales, quitamos a la procuraduría, eliminamos de un plumazo la responsabilidad política, hacemos caso omiso de la planeación estratégica y lo quitamos de la silla.

Y luego... ¡ah sí! Convocamos a otras elecciones para nombrar a un nuevo gobernante que actuará con el mismo congreso y los mismos poderes fácticos y la misma debilidad de tribunales que el anterior. Está increíble, qué buena idea. No podemos juzgar a los gobernantes, no podemos impedir sus abusos y entonces mejor vamos al extremo de quitarlos. Una y otra y otra vez, porque seguiremos sin impedir los abusos. Ya cuando nos harten, los quitamos.

A ver, la indignación está plenamente justificada, pero la solución es francamente ridícula: no construye instituciones que puedan ser dirigidas por mejores personas, no abona a la responsabilidad política y no hace mejores gobiernos. ¿Quieren quitar a un gobernante o quieren tener un gobierno más delgado y delitos juzgados de verdad?

Ivabelle Arroyo
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 18 de mayo de 2016).

¿Una elección como la del Constituyente de CDMX con una participación de 28.36% puede ser válida?

Lo deseable sería que cuando la participación del cuerpo electoral sea inferior a 50%, se declare nula la elección al cargo de que se trata, y si en la 2a. convocatoria no vuelve a participar más de la mitad de los electores, se declare vacante la representación. Dado que esto no se aplica, se establece la 2a. ronda electoral para que en ella resulte electo quién obtenga la mayoría absoluta de los votos, al margen del porcentaje de participación electoral.

No obstante, la 2a. ronda electoral en una democracia presidencial también tiene sus desventajas.

1) Produce resultados sumamente cerrados, que pueden provocar un conflicto político de imprevisibles consecuencias sí en ese país entre los actores políticos no existe la cultura de la aceptabilidad de la derrota, aunque sea por [un] voto.

2) Genera presidentes o ejecutivos sin apoyo congresional -lo que se conoce como gobiernos divididos- por el hecho de que en la 1a. ronda se configura el congreso y en la 2a. sólo el ejecutivo.

3) En la 1a. vuelta se vota por quién quieres que te gobierne y en la 2a., por quién no quieres que te gobierne, con todas las implicaciones que ello puede tener para la defraudación de las expectativas del electorado.

Javier Hurtado
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 11 de junio de 2016).

La derecha preconiza que la libertad de mercado dará igualdad de oportunidades para todos, pero en la práctica vemos que sólo se han creado monopolios y oligopolios, mientras que otros pasan a engrosar las filas de la miseria. Entramos al siglo XXI con una economía formada por una derecha acaparadora de la riqueza y una izquierda que no pudo cumplir sus promesas de igualdad.

El pueblo se siente traicionado por sus líderes populistas: en Bolivia han habido protestas contra Evo Morales, se le acusa de traicionar a la población indígena; en Venezuela no hay alimentos, ni trabajo; en Ecuador hubo protestas contra la Ley de Herencias con la que se trató de compensar la falta de ingresos por la baja en el precio del petróleo; Nicaragua ha implementado un socialismo del siglo XXI con la ayuda de Venezuela que la dejó colgada; en Argentina el kischnerismo hizo mucho daño y acabó mal; en Brasil se degeneró en la corrupción del Partido del Trabajo. Toda la región latinoamericana se ha visto afectada por la crisis de Venezuela y la baja del precio del petróleo y por no recibir los apoyos del gobierno para combatir la pobreza.

Al momento de gobernar tanto los de la derecha como los de izquierda se comportan igual; al gobernar buscan sus beneficios y traicionan al pueblo; la derecha es muy conservadora en cuanto a los beneficios sociales, en tanto que la izquierda es muy reacia a la apertura del mercado. La igualdad de oportunidades se tergiversa a mediados del siglo XX, Perú con el aprismo, Cuba con el castrismo, Brasil con el muro de Sao Paulo, Venezuela con el bolivarismo, Argentina el kirschnerismo. Todos desembocaron en monopolios y oligopolios. Todos fueron llevados a esta doctrina del fracaso por los líderes populistas que se caracterizan por decirle al pueblo lo que quiere oír pero que en la práctica ha resultado imposible de cumplir.

Lo que es de extrañar es que la gente no entienda que esta escuela demagógica sólo puede llevar a la ruina y al fracaso. Ahora tenemos en puerta a 2 populistas que van a arrastrar a las masas poco pensantes: Donald Trump y Andrés López Obrador.

No toda esperanza está perdida, lo que es lamentable es que no se disponga del tiempo necesario para implementar una nueva corriente económica que nos salve del desastre. En varios países se están formando partidos liberales que aún no han tomado el poder, habría que ver una vez que lo consigan -ese día llegará por el hartazgo de la gente contra los actuales partidos-, si se comportarán con honestidad, transparencia y no traicionarán a sus votantes.

La 3a. solución se vislumbra en la doctrina del Libertarianismo que toma la libertad del socialismo de la izquierda y la ideología de libertad económica de la derecha. Brasil ya tomó la estafeta y fundó el Partido Novo. En otros países de América se están formando partidos liberalistas.

Luis Jorge Cárdenas Díaz
(v.pág.11-A del periódico El Informador del 16 de junio de 2016).

La política supone reconocer al otro como digno de existir. A diferencia de la naturaleza implícita en los actos terroristas, que quien no piensa como yo debe ser exterminado, la democracia parte de la legitimidad del otro, de asumir que mientras las posturas políticas respeten los derechos humanos y la dignidad de las personas, cualquier ideología es válida y defendible. Sin embargo, la narrativa política de la actualidad, incluso de partidos políticos que se asumen como democráticos, no parte de entender al otro como un adversario legítimo. El discurso de Trump en Estados Unidos, por ejemplo, está más cerca del fanatismo, de considerar a aquellos que no piensan como él como "enemigos de América", que de una narrativa democrática que dote de legitimidad al adversario. La política es política cuando hablamos de adversarios o rivales, no cuando hablamos de enemigos que suponen un antagonismo irresoluble.

"Creo que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar", dice Amos Oz en este estupendo relato que se titula "contra el fanatismo". Es difícil discrepar con el escritor israelí. El fanatismo es obligar al cambio a quien piensa distinto, y siempre tener abierta la puerta de la violencia como una forma de expresión política. El fanatismo es la raíz del terrorismo, su explicación política. La única salida sustentable, aunque el horizonte sea al día de hoy demasiado lejano, es apostar por el fortalecimiento de la democracia, su profundización y ampliación. Existe un gran desencanto con la democracia, por el simple hecho de que muchos ciudadanos la ven como una forma que tienen las élites para imponerles decisiones a los ciudadanos. Recuperar la democracia o disputar la democracia, como lo escribiera Pablo Iglesias, es simplemente entender que un sistema político debe tener la capacidad de incluir y no excluir, respetar y no discriminar, consensuar y no imponer. Ser fanáticos de la democracia supondría construir un entramado de decisiones políticas que fuera un escudo eficaz ante los discursos del odio y la negación del otro. No hay más, ceder ante los chantajes de la "seguridad" y el sacrificio de las libertades, sólo abona a construir un mundo más desigual, desconectado, y permitir que los fanáticos y terroristas construyan ese estado de sitio en donde todos tememos. El sueño que nos vendieron los liberales no existe, el mundo de las ideologías sobrevivió y goza de cabal salud. El odio y la violencia, esos son los cánceres que se deben combatir desde la democracia.

Enrique Toussaint
(v.pág.4-B del periódico El Informador del 19 de junio de 2016).

La democracia no dice que la mayoría tiene automáticamente la razón, sino que apuesta porque la razón alcance el apoyo de la mayoría. Una opinión no es respetable porque sea "mía" o "tuya" (nada más imbécil que proclamar igualmente "respetables" todas las opiniones), ni mucho menos porque sea oficialmente lo que dice la izquierda o la derecha, que bien pueden ser en ocasiones formas simétricas de equivocarse.

El que sólo pide que el contrario se convierta a su fe o amenaza con la frase que Voltaire convertía en santo y seña del fanatismo ("piensa como yo o muere") no está facultado para el debate democrático. Pero también los oyentes deben aportar su parte, es decir ser capaces de dejarse persuadir por las razones y también de distinguir entre éstas y los exabruptos o embelecos. Ante quien no está dispuesto a atender a razones es inútil y fatigoso razonar. Pero ni ser persuasivo ni ser persuadible son rasgos espontáneos del ser humano: son disposiciones que la educación democrática tiene que despertar y fomentar para el buen funcionamiento de la deliberación cívica.

Fernando Savater
(v.pág.2-B del periódico El Informador del 26 de junio de 2016).

Desde la perspectiva mexicana, alimentada por una tradición de corrupción, autoritarismo y torpeza de la clase gobernante, parecería idílico que los asuntos más trascendentales para la sociedad se decidieran por consenso de los ciudadanos. "Vox populi, vox Dei" (la voz del pueblo es la voz de Dios), reza el adagio... aunque algunos pensadores han cuestionado la validez de dicha sentencia; Lamennais, por ejemplo, se planteaba "¿Cómo se concibe que por mayoría de votos se determine lo verdadero y lo falso, lo justo y lo injusto?".

En un país bien gobernado, las más graves decisiones son tomadas por una minoría de ciudadanos a los que se supone conscientes, ilustrados, comprometidos con la sociedad y con la alta responsabilidad de ser -con todo lo que ello implica- auténticos, genuinos y legítimos representantes populares. Por eso, parafraseando a George Bernard Shaw, vale decir que "La democracia sustituye las decisiones que toma una minoría corrompida, por las que toma una mayoría incompetente".

Jaime García Elías
(v.pág.6-A del periódico El Informador del 28 de junio de 2016).

Platón, después de la ejecución de Sócrates, consideraba a la democracia un régimen estructuralmente corrupto, pero no porque lo fueran los políticos, sino porque es un sistema basado en la retórica y el comercio de opiniones que carece de defensas contra la demagogia.

Alfredo C.Villeda
(v.pág.2 del periódico Milenio Jalisco del 1o.de julio de 2016).

Más allá de lo meramente económico o financiero, lo ocurrido [con el Brexit] involucra la teoría de la soberanía y de la democracia: si bien se fortalece el Estado-Nación, la concepción de un pueblo soberano y sabio no sujeto a limitaciones de ninguna especie en su toma de decisiones se ha visto severamente cuestionada. Al demostrarse que el pueblo podrá ser soberano, mas no sabio, se impactó también la teoría de la democracia, generando una auténtica revolución copernicana en el campo de la teoría política.

Lo ocurrido obligará una revisión de estos supuestos para vislumbrar lo que podría llamarse como una "soberanía compartida", aunque el concepto en sí mismo encierre una contradicción al paradigma clásico que la considera como única e indivisible. Seguramente habrá de revisarse cómo armonizar el ejercicio popular de la soberanía con la democracia representativa.

Otro resultado habría sido si para decidir la salida del Reino Unido de la Unión Europea se hubiera establecido un esquema de decisión nacional más racional, que conciliara el voto popular con el voto de órganos representativos de esa misma nación como el Parlamento, la Cámara de los Lores, los representantes ingleses ante el Parlamento Europeo, e incluso la jefa del Estado que es la reina Isabel II. Y si estas instancias intervienen, podrían establecerse porcentajes diferenciados de valor para cada tomador de decisiones, como también para evitar que los que votaron por el "no", junto con los abstencionistas, que en realidad son la mayoría, se les imponga la decisión de una minoría más activa.

Se podrá decir que esto es elitista y antidemocrático. Falso: es más bien genuinamente democrático. Originalmente, a la democracia representativa se le concibió como el gobierno de los mejores, distinguiéndola de la oclocracia, que es el gobierno de una muchedumbre que se mueve por sentimientos, emociones irracionales y caudillos carismáticos (léase populismos); y se diferencia también de la kakistocracia que es el gobierno de los peores.

Desde los debates del Constituyente de Filadelfia de 1776, cuando se valoraba la elección directa o indirecta del presidente de los Estados Unidos, George Mason decía que "dejar en manos del pueblo la delicadísima responsabilidad de elegir al jefe del Estado es tanto como pretender hacerle a un ciego la prueba de colores".

Seguramente se habrá de revalorar el origen censitario de la democracia y el voto ponderado. Ya no será fácil que en el futuro en este tipo de consultas populares se le siga dando el mismo valor a un voto de un anciano que al de un joven, cuando lo que se compromete es el futuro de una nación; o bien, el de un paria, que al [del] que genera miles de fuentes de empleo.

En términos de los sistemas de gobierno, lo ocurrido también cuestiona la supuesta superioridad del parlamentarismo. Si el jefe del Estado es el garante de la unidad, perdurabilidad e indivisibilidad de una nación ¿Qué estaba haciendo entonces la reina Isabel II ante esta situación?; o bien, entonces para que existe en un sistema parlamentario un jefe de estado distinto al jefe de gobierno, o cuál es su función. ¿Cómo esas decisiones se dejan al juego del "toma y daca" de la política de los líderes partidarios sin que haya nadie que pueda estar por encima de esa disputa y llame al orden y la cordura? El silencio sepulcral de la Corona Inglesa la está siendo sometiendo a una dura prueba de su legitimidad.

Javier Hurtado
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 2 de julio de 2016).

La democracia, entendida sólo como el sufragio y el respeto a la opinión de la mayoría, no funciona. La democracia existe cuando todos, así sea una minoría de uno, están representados, son protegidos por la ley, y tienen los mismos derechos y obligaciones, sin privilegios ni discriminaciones. El matrimonio igualitario no le está siendo impuesto a nadie; usted va a seguir pensando igual, defendiendo lo mismo y odiando lo mismo que el día de ayer. A usted ningún derecho le está siendo negado ni restringido. Se le está reconociendo un derecho a otros. El matrimonio civil nunca debió llamarse matrimonio, es un contrato de convivencia conyugal. Los reformadores lo llamaron matrimonio para que fuera aceptado. Un contrato de convivencia conyugal da lo mismo si es entre heterosexuales que entre homosexuales. ¿Su opinión es que ninguna pareja homosexual puede criar un niño? Esa es una generalización tan peligrosa como asegurar que todas las parejas heterosexuales pueden hacerlo. La mayoría democrática no tiene en automático la razón; todos nuestros grandes avances como especie se lograron por personas que se opusieron a la opinión de la mayoría. La verdad es la verdad aunque sólo una persona pueda verla. La opinión mayoritaria necesita ser libre, consciente e informada. Los países más democráticos del mundo, atendiendo a lo anterior, son los escandinavos, que tienen de pocos a ningún problema con la comunidad LGBT.

Héctor Javier Viveros Reyes
(v.pág.17 del periódico Milenio Jalisco del 15 de julio de 2016).

La desconfianza en las élites gobernantes a menudo se justifica, pero la pérdida de confianza que ocurre en la actualidad es diferente. Las redes sociales, y la tendencia de internet que nos permite filtrar todo, menos las opiniones con las que ya estamos de acuerdo, convirtieron un debate robusto en un horrible tribalismo intolerante.

Los mismos políticos motivaron la desconfianza. Se puede ignorar a los expertos, dicen; hay sesgo en los hechos. Por lo tanto, el escepticismo se convierte en solipsismo, el temor de que nada es verdad. Y eso me asusta, sobre todo cuando se dirige a las instituciones que dependen de la confianza para su supervivencia.

John Authers
(v.pág.26 del periódico Milenio Jalisco del 29 de julio de 2016).

Las razones del porqué va a llegar son contundentes. Algunas las enumeró recientemente el cineasta Michael Moore, resumiendo que el hombre del gran copete y dotes histriónicas llegará porque representa exactamente lo opuesto al establishment político, del que el norteamericano medio, al igual que el inglés medio, el mexicano medio, la clase media del mundo en general está total y completamente fastidiada.

Ya no se soporta a los políticos, su ambición y sus simulaciones, y es un sentir mundial.

Trump representa la tradición, es hombre y es blanco, y significa cerrar la puerta a la creciente influencia de mujeres, hispanos, afroamericanos, asiáticos y musulmanes. Su contrincante, Hillary Clinton, representa exactamente el objeto de fastidio de la clase media: el establishment político que se ha dedicado a repartirse alternadamente el poder a espaldas de la ciudadanía. En este contexto, el mensaje de Trump contra la política tradicional es muy similar al que llevó a los británicos a votar por el Brexit, a pesar de la falta de proyecto para "el día después", y de que en el contexto del mundo globalizado fue casi un suicidio.

En Estados Unidos la gente de la cultura, de las ideas, del espectáculo, están en contra de Trump, pero lo cierto es que no figuran contra la gran clase media norteamericana que se volcará en las urnas el próximo noviembre y que está más que seducida por el empresario.

Pero cuando llegue Trump el panorama no va a ser tan terrible. Recordar que ya no existen esos sistemas absolutistas que permitieron que locos como Hitler o Mussolini ejercieran el poder total para gobernar. De entrada enfrentará a un Congreso de su país dividido, y a la hora de pretender sembrar el terror encontrará la oposición incluso de miembros de su partido, que entienden que gobernar es mucho más que salir a cazar musulmanes, y que hoy ven en su llegada a la Casa Blanca sólo algo útil para sacar de ahí a los demócratas.

Imagínese además a Trump pretendiendo poner un ultimátum a empresas norteamericanas para que dejen sus instalaciones en todo el mundo y regresen a Estados Unidos para pagar mayores impuestos y costos muy elevados. Antes preferirían cerrar.

A la hora de estar sentado en la oficina oval de la Casa Blanca, Trump tendrá sobre el escritorio temas que son verdaderas bombas de tiempo como el déficit del gobierno, que por mucho que gesticule, grite y haga aparecer a su esposa y sus hijas en televisión es un concepto incontrolable.

Pablo Latapí
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 4 de agosto de 2016).

Se ha dicho que el peculiar sistema de elección indirecta del presidente de los Estados Unidos, implantado desde 1787, tuvo como objetivo principal reducir la posibilidad de que los estados más poblados decidieran quién gobernara ese país. Así, al implantar un Colegio Electoral integrado por un número similar de sus representantes y senadores tan solo atenuaron dicha posibilidad, ya que estados muy poblados como California, Nueva York y Texas reúnen 122 de los 538 electores, superando los 100 que en forma paritaria se le otorgan a los 50 estados, a razón de 2 por cada uno de ellos, sin considerar su población, tal y como se elijen los senadores.

El criterio de fondo para decidir su sistema de elección por un Colegio Electoral no era cuantitativo, sino cualitativo: de lo que se trataba era evitar que una muchedumbre no capacitada eligiera al que debiera cumplir con la delicadísima función de jefe de estado; o bien, que una camarilla con conexiones en todo el país hiciera elegir a alguien, manipulando el voto del pueblo.

Elbridge Gerry y George Mason defendieron en la Convención de Filadelfia la elección indirecta del presidente. Gerry argumentaba que "el pueblo estaba desinformado y podía ser desorientado por algunos insidiosos", por lo que descalificaba el sistema de elección directa, por considerarlo "viciado". Para Mason, remitir al pueblo la elección de su presidente era "como pedirle a un ciego que hiciera la prueba de colores". Curiosamente, ni Gerry ni Mason eran contrarios a los derechos de los gobernados. Ambos se negaron (junto con Edmund Randolph) a firmar la Constitución por no contener una Declaración de Derechos, que gracias a ellos después se incorporó en las 10 primeras enmiendas.

Con el correr del tiempo, la política de partidos y el carácter de compromisarios que adquirieron los electores hicieron que la pretendida elección racional del presidente de los Estados Unidos por un Colegio Electoral libre y deliberante se transformara en una elección popular que hasta antidemocrática puede ser por permitir que el que gane en voto ciudadano no sea el que logre la mayoría absoluta de los compromisarios electorales, tal y como ya ocurrió en 1824, 1876, 1888 y en el año 2000.

¿Puede en 2016 repetirse por quinta ocasión lo ya ocurrido? Lo dudo. Lo más seguro es que ya sea Hillary Clinton o Donald Trump, logre reunir al menos los 270 compromisarios requeridos. El que los 2 reúnan 269 y se dé un empate -como ya ocurrió en 1800- siendo la Cámara de Representantes la que elija al presidente es improbable, aunque no imposible.

Si Trump llegara a triunfar, 229 años habrían tenido que pasar para que se demostrara que tanto Gerry como Mason tenían razón, con la agravante de que ahora no solamente el pueblo no está apto para ejercer esa delicada responsabilidad, sino que el mismo sujeto que puede resultar elegible tampoco es apto para ejercer el cargo, tal como lo reconociera recientemente el mismo presidente Barack Obama.

Cuando esta combinación se llega a dar, conviene entonces repensar en lo que hoy en día se ha convertido la democracia, tal y como hace más de 200 años Gerry y Mason cuestionaron las supuestas ventajas de la elección directa de los gobernantes.

Javier Hurtado
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 6 de agosto de 2016).

Aun con las imperfecciones que aún arrastra la mexicana, incipiente aún, es frecuente que en una democracia se pase de la ilusión que generan las campañas, al desencanto, pasadas las elecciones, de los resultados tangibles del ejercicio de gobierno. Y de ahí -la consabida "carambola hecha"- al voto de castigo.

Lo cual demuestra que la democracia, por sí misma, dista mucho de ser la panacea que cure todos los males de un país... y alivie los achaques de todos sus ciudadanos.

Jaime García Elías
(v.pág.7-A del periódico El Informador del 16 de agosto de 2016).

El Estado del Bienestar quedó atrás en la mayor parte de las naciones, tras los procesos de desregulación, y lo que vino en consecuencia fue el Estado del Malestar. Estamos encabronados, en unos países más que en otros, y con mucha razón. Y este encabronamiento viene de un abandono del Estado del Bienestar, de las políticas dirigidas a garantizar la educación, la salud, los servicios básicos, de un deterioro de la calidad de vida y de la esperanza en el futuro. Vemos que en las naciones donde el malestar es menor es donde justamente el Estado del Bienestar aún sobrevive. Se trata de estados que tienen políticas fuertemente regulatorias, donde existe una mayor equidad, donde la educación es gratuita para todos, igual que la salud, y donde los servicios públicos se han mantenido en un nivel que brindan bienestar a los ciudadanos.

Se trata de naciones donde los impuestos son muy altos pero se garantiza la educación para todos, la salud para todos y el acceso a los servicios públicos para todos. En estos Estados se encuentra uno de los mayores grados de igualdad, es decir, de oportunidades y acceso, donde la cultura se comparte. Si la educación es de calidad no hay la necesidad de ganar más que los demás para pagar una escuela privada que garantice una buena educación; las diferencias salariales son mucho menores. En el caso de la educación, el maestro gana lo suficiente para llevar una vida digna y forma parte de un sector profesional bien reconocido.

En su campaña a la candidatura de los demócratas en Estados Unidos, Berny Sanders, ante quienes lo criticaban de ser comunista , preguntaba si países como Noruega o Suecia eran comunistas y comparaba el nivel de educación, salud y bienestar de los estadounidenses con los ciudadanos de esos países. Por supuesto, los estadounidenses estaban muy por debajo y vienen presentando una caída en su estado de bienestar.

El Estado del Bienestar, que a principios de los 80 todavía podía verse en gran parte de Europa, ahora se está disolviendo. Sobrevive en algunas naciones del norte de ese continente y en otros países de forma cada vez más aislada. Hay eventos, imágenes, que recordamos cuando mencionamos cada uno de estos aspectos. Una de ellas, para mí, es la cita que tuve con un maestro de Filosofía en Barcelona, mientras estudiaba en la universidad. Yo había llegado unos meses antes desde México trabajando en un barco de carga y con una pequeña beca del Instituto de Cooperación Iberoamericano. La cita fue en un bar y él se encontraba platicando con otro hombre sobre política, era un diálogo de iguales, entre el maestro del doctorado de Filosofía y el que después me enteré, era una de las personas que trabajaba en el servicio de limpieza del barrio. Todavía pueden encontrarse en España estas situaciones de igualdad cultural, de educación e información, entre ciertas generaciones. Pero esto irá desapareciendo en las nuevas generaciones al degradarse y privatizarse, cada vez más, los servicios públicos, como la educación y la salud.

La destrucción del Estado del Bienestar se ha provocado por un proceso de desregulación y privatización comandado desde las instancias financieras internacionales que flexibilizaron las políticas competitivas y antimonopólicas, permitiendo una mayor concentración de la riqueza y un mayor control de los mercados globales por un cada vez más reducido número de corporaciones. Las grandes corporaciones convirtieron su poder económico, en un mundo desregulado en poder político, contribuyendo a la muerte de una real democracia. Se fortaleció la ideología contra el Estado como garante del bienestar social y se asumió que el mercado era el mejor regulador. Esto implicó el debilitamiento del Estado y que los grandes poderes económicos se apropiaran de la política. Las regulaciones ambientales, las regulaciones de protección de la salud y la educación pública, junto con los derechos laborales, comenzaron a debilitarse poniéndose como máximo objetivo el aumento de la inversión. El proceso se ha agudizado en las naciones en vías de desarrollo: mayor destrucción ambiental y contaminación, caída de la protección y los servicios de salud y deterioro de las condiciones de vida de los trabajadores.

Ese Estado del Malestar se agudiza en los países donde la corrupción ha sido reptante, como en México. Entre la inestabilidad de las grandes corporaciones y las bandas de rateros profesionales formados en la política y ocupando los cargos de dirección, la sociedad está secuestrada.

A escala planetaria, las consecuencias globales de esta política son catastróficas en términos ambientales, de salud y de deterioro de la calidad de vida. El sistema económico imperante, que ya ha moldeado los sistemas de gobierno, está provocando una crisis global de inestabilidad política en todo el orbe, se salvan esas naciones donde todavía existe un Estado del Bienestar. Alguien podrá pensar que ciertas dictaduras que sobreviven muestran cierta estabilidad pero sabemos que son sólo una fachada.

El deterioro de la calidad de vida que también ha llegado a la mayor parte de las naciones desarrolladas ha generado una reacción de apoyo a propuestas políticas de ultraderecha que dirigen el descontento hacia los migrantes y hacia las políticas del Estado de Bienestar, cuando es justamente la falta de estas políticas las que están causando la crisis social. El mejor ejemplo es el hecho de que un personaje infame como Donald Trump haya recibido el apoyo para volverse el candidato de los republicanos.

La democracia no existe sin un Estado del Bienestar, ese es el sentido nato de la democracia. La política debe estar libre de conflictos de interés; el poder ejecutivo, como el legislativo y el judicial deben servir al interés público. En muchos terrenos se libran batallas -a escala internacional, nacional y local- por poner nuevamente en el centro del hacer político el interés público.

El Estado del Bienestar requiere un ejercicio del poder enfocado exclusivamente en el bienestar público y para ello se requiere que los tomadores de decisión y las procesos para elaborar las políticas estén libres de conflicto de interés.

Alejandro Calvillo
(v.Sin Embargo del 16 de agosto de 2016).

De hecho, todos los sistemas políticos, incluso los más avanzados, tienen trastiendas ocultas, secretos de estado, cosas que no se dicen, mentiras tenaces; pero la diferencia de tergiversación de la realidad entre las democracias y los sistemas tiránicos y paratiránicos siguen siendo abismales.

Ya conocen la famosa frase de Abraham Lincoln: "Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo". Suena bien y resulta consolador pensar así, pero, a medida que he ido envejeciendo, he visto que la historia se obstina en demostrar lo contrario. Es decir, hay sociedades capaces de engañar a la inmensa mayoría de sus ciudadanos durante todo el tiempo de sus vidas, durante una generación o quizá 2. Sí, seguro que 100 años después habrá investigadores que demuestren la perversidad de sus mentiras, pero ¿de qué sirve eso para la generación que vivió y murió creyendo sin fisuras en el embuste? Y, sobre todo, ¿de qué le sirve eso a las víctimas? Además, y esto es lo peor: hay muchos que no quieren abrir los ojos. La realidad es ventosa, desagradable, contradictoria, muy poco heroica. Hay gente incapaz de vivir sin la edulcoración de las mentiras fanáticas.

Rosa Montero
(v.pág.2-B del periódico El Informador del 21 de agosto de 2016).

K.R.Popper [en su libro "La sociedad abierta y sus enemigos"] reconoce que el capitalismo se humanizó en Occidente en buena medida por la constitución de sindicatos y acciones obreras directa o indirectamente inspiradas en las ideas socialistas. Y, al mismo tiempo, muestra con argumentos irrefutables que la desaparición de la propiedad privada y del mercado libre conducen inevitablemente a un crecimiento monstruoso del Estado y a una proliferación burocrática que arrasan con las libertades públicas, instalan un control inquisitorial de la información y dan al caudillo o líder esos poderes supremos -entre ellos el de mentir y manipular fraudulentamente a las masas- que Platón reclamaba para los "guardianes" de su República perfecta.

El liberalismo de Popper está impregnado de humanidad y de espíritu justiciero, muy lejos de aquellos logaritmos vivientes que ven en el mercado la panacea para todos los males de la sociedad. El crecimiento económico está lejos de ser un fin, sólo aparece como un medio para acabar con la pobreza y garantizar unos niveles de vida decente a todos los ciudadanos. Muy explícitamente defiende aquella igualdad de oportunidades (equality of opportunity) que espanta a ciertos cavernarios de la derecha liberal. Y por eso cree que, junto a una enseñanza privada, debe haber una enseñanza pública y gratuita de alto nivel que compita con aquella, y un Estado que atenúe y corrija las desigualdades de patrimonio mediante seguros de desempleo, de accidentes de trabajo, asegure la jubilación y estimule la difusión de la propiedad. "La igualdad frente a la ley -afirma- no es un hecho sino una exigencia política basada en una decisión moral, y es independiente de la teoría, probablemente falsa, de que todos los hombres nacen iguales".

Mario Vargas Llosa
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 4 de septiembre de 2016).

Desde 1954 las mujeres podemos votar y ser votadas. En esa época, muchísimas personas estaban en desacuerdo con esa legislación ya que consideraban que la naturaleza de las mujeres era tener hijos y no elegir gobernantes. Afortunadamente, lo que opinó la mayoría fue intrascendente. Los derechos -como bien dice Ayn Rand- no están sujetos a lo que opinen las mayorías.

Las mayorías no suelen dar derechos a las minorías que consideran diferentes. Grandes pensadores como John Stuart Mill, Alexis de Tocqueville, Thomas Jefferson y James Madison se han preocupado por la "tiranía de las mayorías" y han buscado formas para limitarla y garantizar la protección a minorías. Por ello los derechos humanos son inherentes a la persona, por el simple hecho de serlo. No requieren de votos, ni de opiniones favorables. Somos iguales, no importa cuántos piensen que algunos deben ser más iguales que otros.

En una democracia la protección de los derechos de las minorías es fundamental, sin ella los derechos de las mayorías pierden sentido. En México el Artículo 1o. de nuestra Constitución establece que "queda prohibida toda discriminación motivada por origen étnico o nacional, el género, la edad, las discapacidades, la condición social, las condiciones de salud, la religión, las opiniones, las preferencias sexuales, el estado civil o cualquier otra que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas".

Existen grupos conservadores e Iglesias que se oponen al matrimonio igualitario. Sus opiniones son muy respetables, pero intrascendentes. El derecho a no ser discriminado no está sujeto a opiniones, votaciones o referendos y san-se-acabó. El matrimonio igualitario es una realidad y un derecho. Las personas del mismo sexo pueden contraer nupcias, puesto que existe una jurisprudencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que les concede la protección de la justicia y a través del recurso de amparo que les permite casarse por la vía civil. Ellos pueden formar su familia como decidan y ésta debe estar protegida por la ley, más allá de las creencias de la mayoría. La propuesta de reforma del presidente Enrique Peña Nieto sobre el matrimonio igualitario, que tanta ámpula ha levantado, lo único que hace es constitucionalizar una verdad jurídica.

Nadie puede ser discriminado por su orientación sexual. Podemos seguir discutiendo el tema del matrimonio igualitario, aunque es una discusión que no nos llevará a buen puerto. Por ello, como dice mi buen amigo y abogado Antonio Cárdenas, "las legislaturas estatales deben hacer caso omiso a las opiniones de las mayorías, marchas y presiones políticas para atender a la opinión de la SCJN, que señala que no se puede discriminar por 'categoría sospechosa', e integrar a sus legislaciones la interpretación que hace la Corte del Artículo 1o. Constitucional".

Para vivir en una sociedad justa necesitamos que los derechos de todos, en especial los de las minorías, estén protegidos, más allá de dogmas y creencias. ¿No es eso lo que queremos? ¿Para qué discutir o marchar por algo que nos aleja de la justicia y equidad?

Fernanda de la Torre
(v,periódico Milenio Jalisco en línea del 18 de septiembre de 2016).

A raíz del Brexit, muchos analistas han cargado la responsabilidad de la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea a que los votantes son xenófobos, pobres, viejos e ignorantes. Analicemos un poco: la mayoría de las personas en el mundo no tiene elevada formación académica; además no son, precisamente ricas y el mundo se está volviendo cada vez más viejo, no más joven. Si se traslada lo sucedido en Gran Bretaña al resto del mundo, recemos: estamos diciendo que las personas sin formación, de edad y con cierto nivel de precariedad económica, pueden destruir este planeta más rápido que una guerra atómica.

El asunto es más complejo. No es que sólo los más pobres, viejos e ignorantes voten por desconocimiento. En realidad, la mayoría de las personas, tengan o no educación universitaria, no tienen mayor interés por los asuntos sociales. Según el especialista en economía de medios, Robert Picard, a la mayoría de los consumidores de medios les interesa, sobre todo y sin duda, su vida inmediata. Su familia, el equipo de fútbol o de béisbol, la serie de TV. Lo cotidiano. No participan mayormente en política, que dejan en mano de los líderes. No tienen mucha cercanía con los eventos sociales más allá de ir al club o la iglesia. La mayor parte de ellos se contenta con algo de información general sobre los eventos del momento, pero no profundiza demasiado.

Este no es un retrato de la sociedad inglesa, sino de las sociedades en general. La mayor parte de las personas suele votar sin un conocimiento completo de la complejidad de los asuntos, y eso alcanza incluso a quienes tienen formación universitaria u ocupan cargos importantes en la vida privada o pública.

Lo interesante del caso es que ese enorme grupo de la población ha descubierto que puede organizarse alrededor de temas complejos en muy poco tiempo, gracias a las nuevas tecnologías. Y han visto que pueden producir cambios inmediatos y significativos con ello.

Los hombres públicos, los partidos e instituciones, deben aprender de estos mensajes. Deben recuperar la relación con los públicos, una relación de corta distancia, no a kilómetros simbólicos desde las oficinas. Pero no solo ellos, sino también las élites intelectuales.

La ignorancia no es privativa de pobres, viejos y xenófobos. También existe entre ricos, académicos y expertos. Es comprensible. La realidad se ha vuelto un juego de 3as. y 4as. derivadas.

Tengamos cuidado con la ignorancia. Nadie está exento de cometer errores por ella.

Jacques Rogozinski
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 19 de septiembre de 2016).

Tiene razón el presidente Enrique Peña Nieto cuando dice que la desilusión de los ciudadanos lleva a la emergencia de demagogos y autócratas. En su discurso en la 71 Asamblea General de las Naciones Unidas, Peña Nieto admitió que muchas sociedades se encuentran insatisfechas con su condición actual, que aleja a la gente de sus autoridades, genera desconfianza en las instituciones y acentúa la incertidumbre sobre el futuro. Problema de México, problema del mundo. Sabe el presidente que los cuestionamientos a su gobierno no son los mismos que reciben otros líderes, y que en la crisis de autoridad, la promesa maniquea de llegar al paraíso, permea en las sociedades que buscan en la geometría extrema de la izquierda y la derecha, la utopía.

Peña Nieto se refirió a la última encuesta de Latinobarómetro, la ONG con sede en Chile que desde hace 21 años mide la percepciones que sobre la democracia tiene la región. México no está peor que Brasil y Chile, las 2 grandes naciones que más han sufrido regresiones (22% y 11% respectivamente en el conjunto de sus ciudadanos), pero está estancado: 52% apoya la democracia contra 48% que no la quiere. "La encuesta de Latinobarómetro refleja un claro deterioro en el respaldo ciudadano a la democracia", dijo Peña Nieto. "Esto es sumamente grave. Ante este desafío, el mundo no puede caer en la trampa de la demagogia, ni del autoritarismo".

La ONG registró por 1a. vez que la desilusión con la democracia combinó dos variables que no se habían empatado, las bajas perspectivas económicas de la región, con las altas demandas de los ciudadanos hacia los gobiernos. Sus datos muestran que la tendencia a la baja en la aceptación de la democracia -que es una forma de organización social con derechos y obligaciones de los ciudadanos- se dio tras la crisis financiera mundial en 2009. Desde 2010, la caída ha sido sistemática.

Este es el contexto al que se refería Peña Nieto. El discurso que apela a los pobres y a las clases medias inconformes y deprimidas económicamente, que escuchan el canto de la sirena de los demagogos. Lo vivieron en Europa Central tras el colapso de la Unión Soviética, donde los demagogos de extrema derecha arrasaron al comunismo. La decepción con esa nueva forma de gobierno y de vida produjo regresiones que tampoco dieron resultados positivos.

Hoy, la extrema derecha avanza en Europa, como en América del Sur. En Estados Unidos los extremos se juntaron en los reclamos expuestos por el republicano Donald Trump y el demócrata Bernie Sanders. En el Reino Unido, la salida de la Unión Europea impulsada por la sociedad menos educada y conservadora, es el último ejemplo de cómo en las urnas se cambia el destino de una nación. Pero la economía no es lo único que ha modificado el pensamiento latinoamericano.

Latinobarómetro dijo que la evidencia en los 18 países latinoamericanos a los que estudia, "refleja que, tal como funcionan las democracias en esta región, no han producido demócratas, al menos en la proporción que se requeriría para que el indicador del apoyo a este régimen político mejore. Es decir, el recambio intergeneracional no aumenta el apoyo a la democracia". En otras palabras, las democracias latinoamericanas no producen demócratas. Esa conclusión se refleja en la pérdida de confianza en las instituciones y en la falta de credibilidad de los políticos, ante lo cual las tentaciones hacia un demagogo y autócrata -como en Europa Central- se vuelven muy apetitosas para los electorados.

Las nuevas tecnologías, registró Latinonarómetro y sugirió Peña Nieto, han modificado la comunicación política, hoy transversal, dinámica e intensa, y además de añadir presiones a los gobiernos y a sus líderes. La crítica es exponencial y la demanda es creciente. "No son los vaivenes ideológicos los que motivan más a los ciudadanos, sino más bien la alta demanda de mayores grados de igualdad y libertad traducida en garantías cívicas y políticas, así como garantías sociales", dice Latinobarómetro, que entre sus grandes observaciones está que entre más transparente sea una sociedad y mayor la lucha contra la corrupción, mayor el apoyo a la democracia. La fórmula es clara.

Raymundo Riva Palacio
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 22 de septiembre de 2016).

La realidad es que no sólo es Peña Nieto quien tiene baja popularidad. ¿Ejemplos? Dilma Rousseff salió del Planalto brasileño con un 9% de aprobación; su reemplazante, Michel Temer, tiene apenas el 14% del favor social. Michelle Bachelet, que se fue de su 1er. gobierno con índices de popularidad astronómicos, rozó en la última encuesta del 2016, según El País el 15% de apoyo. ¿Hollande en Francia? 14%. Juan Manuel Santos, en medio de la firma de la paz con las FARC, momento cumbre de la historia colombiana: 21% de aprobación. Ollanta Humala, antes de dejar el gobierno de Perú: 18%. Stephen Harper, el primer ministro que precedió a Justin Trudeau en Canadá: 32%. Mariano Rajoy, en febrero, sin gobierno: 27%. Todos con los índices de popularidad más bajos en sus países. ¿Y Peña Nieto? Pues en la línea general: 22%. ¿Más ejemplos?

David Cameron enfrentó el Brexit (que perdió) con un 34% de popularidad. Tony Blair en el 2007, antes de su salida, traía alrededor del 25%. Y podría seguir con más ejemplos.

En el otro extremo, Vladimir Putin mantiene un increíble 80% de respaldo entre los rusos y Tayyip Erdogan, tras barrer con el golpe de estado en Turquía, subió del 50% al 65% de apoyo. Xi Jinping, empezó 2015 como el presidente más popular del mundo, seguido por Putin y muy por encima de Barack Obama, que era 7o.

¿Qué une estos estados? Putin, Erdogan y Jinping dirigen gobiernos autoritarios en culturas que poco tienen que ver con la manera en que los occidentales concebimos una democracia.

Si tienen razón los "expertos", votantes en democracias tradicionales, están eligiendo gobernantes torpes e ineptos. Cuidado con Trump.

Estemos preparados, pues esto no se detendrá. Un golpe de efecto puede destruir una reputación, con o sin razón, en mucho menos tiempo del empleado en construirla. ¿Cuántos puntos le habrán restado al presidente Peña las mentiras publicadas por The Guardian? repetidas cientos de veces por columnistas y redes sociales. ¿Qué pasará ahora que The Guardian se "disculpa"? Nada. El daño ya está hecho.

En sociedades con democracias "tradicionales", todo servidor público enfrenta el riesgo de ser demolido en minutos. Las democracias tienen un reto complejo: sus instituciones son del siglo XIX y deben lidiar con sociedades armadas de tecnologías ubicuas en el siglo XXI.

Jacques Rogozinski
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 26 de septiembre de 2016).

Existen países que en materia política hacen aportaciones culturales de la mayor importancia. En el caso de los EU esas son sus elecciones primarias; en el Reino Unido el Gabinete Sombra; y en Alemania lo que el gran constitucionalista alemán Karl Loewenstein llamó como "democracia militante": la que se defiende de sus enemigos.

La nota negativa para el pueblo norteamericano es que su imperfecta democracia no tiene garantías de defensa contra aquéllos que aprovechando los cauces y libertades que ella misma permite, la utilicen para pregonar ideas contrarias a los principios y valores que le caracterizan. Cuando esos planteamientos logran concitar apoyo popular, puede dañarse; o incluso cancelarse la misma democracia.

Los alemanes, por la experiencia que tuvieron con Hitler establecieron en su ley fundamental la Sperklaussen -cláusula que establece que son inconstitucionales los partidos y sus miembros que "tiendan a desvirtuar o eliminar el régimen fundamental de libertad y democracia" (Art. 21. Fr. 2), o propongan políticas que vulneren o restrinjan la "dignidad humana" y el carácter "federal, democrático y social" del Estado Alemán.

Javier Hurtado
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 1o.de octubre de 2016).

Los estadounidenses no votan directamente para elegir su presidente. Este es electo por medio del llamado Colegio Electoral formado por 538 personas que son las que realmente emiten el voto para elegir al mandatario. Los ciudadanos realmente votan para que esos electores a su vez voten en el sentido de la mayoría. El número de electores se deriva de la suma de 435 representantes en la cámara baja más 100 senadores y 3 electores que corresponden al Distrito de Columbia. Así cada estado tiene un número distinto de electores en función de los distritos electorales.

California tiene 53 distritos más 2 senadores, con lo que cuenta con 55 votos electorales, mientras que Wyoming tiene un solo distrito y 2 senadores, con lo que cuenta con sólo 3 votos electorales. Gana la elección quien obtenga 270 votos electorales o más. Las personas que integran el Colegio Electoral son generalmente los dirigentes de los partidos o miembros del establecimiento político, ya que no pueden ser electores aquellos que desempeñen cargos públicos activos.

Estos electores son designados el día de la votación presidencial en cada estado. En la práctica hay candidatos a electores demócratas y republicanos. En cada estado el partido ganador toma todos los representantes excepto en Maine y Nebraska que dividen proporcionalmente entre ganador y perdedor. No hay una ley que imponga a estos electores emitir su voto en el sentido del resultado del voto popular, aunque en más de 95% de los casos así sucede.

En el caso de esta elección es claro que no están en juego los 50 estados y los 538 votos electorales, porque desde ahora es fácil predecir, por los parámetros de comportamiento político, que hay estados que están con ventaja tan sólida para cada partido que se consideran ya decididos, mientras otros tienen alta probabilidad de votar en un sentido predecible, mientras que en realidad hay sólo 14 estados con sus electores que son realmente el campo de batalla en donde se habrá de decidir la elección: Florida (29); Ohio (18); Pennsylvania (20); Carolina del Norte (15); Colorado (9); Nevada (6); Minnesota (10); Wisconsin (10); Michigan (16); Iowa (6); New Hampshire (4); Maine (2); Arizona (11); Georgia (16). En estos estados en donde la campaña electoral se centra y hacia cuyos electores se dirige el mensaje.

Con un sistema electoral indirecto, [existe] el antecedente de que el voto popular ya fue favorable a un candidato y ganó otro.

Luis Ernesto Salomón, doctor en Derecho
(v.pág.9-A del periódico El Informador del 2 de octubre de 2016).

Es más fácil convencer a una multitud apelando a sus prejuicios, que convencer a una sola persona apelando a la razón. Y eso es lo que hemos atestiguado de alguna forma recientemente: la desfachatez de quien ignora y miente sin rubor versus la experiencia que se menosprecia porque viene "de un político"; el alud de insultos y promesas versus la creencia de que al final del camino el votante es alguien racional, alguien que sabrá distinguir entre mito y realidad, entre locura y sensatez, entre un salto al vacío, o la farragosa construcción social del día a día.

El populista, cualquier populista, siempre cree que su victoria debe ser moralmente incuestionable, ya que él y solo él es quien representa al "pueblo bueno". La derrota solo se explica por el fraude, por la opresión de las instituciones a favor de los pocos y contra los muchos.

Queda claro que en este mundo cada vez se piensa menos, pero se opina más, se cree conocer más pero en realidad se sabe menos.

Marco Provencio
(v.pág.4 del periódico Milenio Jalisco del 21 de octubre de 2016).

Participar o no en el sistema, ése ha sido el dilema de movimientos revolucionarios a lo largo y ancho del mundo. Fue un debate para los sindicatos en el siglo XIX. Para los partidos socialistas y comunistas. Y para las fuerzas democráticas en contextos dictatoriales. Recordemos el profundo debate entre abstencionistas y participacionistas en el seno del Partido Acción Nacional en 1970-1976. En el fondo de esta discusión están las siguientes incógnitas: ¿es posible cambiar el sistema desde el sistema mismo? ¿Participar en las elecciones no significa legitimar al propio sistema?

Este debate que representó un auténtico cisma para la izquierda durante 50 años, hoy vuelve con fuerza a México tras el anuncio de que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional respaldará la candidatura de una mujer indígena a la Presidencia de la República en 2018. Tras 22 años de asumirse como un movimiento que actúa al margen de las instituciones, y que se busca posicionar más allá del Estado y el mercado -tomando prestadas sus palabras-, los zapatistas han entendido que era necesario comprometerse con la democracia, que siempre catalogaron como el sistema de los de arriba. No es una decisión menor, es la ruptura con un paradigma que entendía que el cambio político no se juega en las elecciones, sino en la construcción de autonomía política desde las comunidades mismas. Para el zapatismo no es sólo una decisión estratégica, es una toma de postura sobre el sistema que puede marcar su devenir histórico.

Se le atribuye a Salvador Allende la frase: ganamos el gobierno, pero no el poder. La alocución del socialista chileno es el reconocimiento de una verdad de Perogrullo: el poder trasciende al Estado y a los gobiernos. En paralelo al Estado, coexisten poderes de todo tipo, desde el económico hasta el cultural y el social. No todo el poder se juega en una elección; es más, muchas veces los que realmente mandan no se presentan a las elecciones.

En la mayoría de las democracias, los movimientos de insurgencia se transformaron en organizaciones políticas que se presentan a las elecciones y que en muchos contextos incluso devienen hegemónicas.

Quienes más se decepcionan con la decisión del zapatismo fue una corriente de opinión simpatizante del anarquismo que considera que apoyar una candidatura independiente es jugar con las reglas y los tiempos del poder.

Es cierto que muchos quedaron enamorados con el inspirador relato de José Saramago en "Ensayo sobre la lucidez", en donde todo un pueblo le da la espalda a las elecciones y con una abstención masiva hacen volar por los aires a todo el sistema. Una lectura maravillosa sobre cómo un pueblo puede rebelarse a través de métodos pacíficos. Sin embargo, la realidad nos indica otra cosa. En elecciones presidenciales en México votó en 2012 el 62.08% de los electores registrados. Y la marginación del sistema ni ha provocado la constitución de alternativas viables de organización política ni tampoco una ilegitimación global del sistema. De acuerdo a las encuestas, lo que crece en México ante la ineficacia y la corrupción de nuestra democracia es la atracción popular por la presunta eficiencia del autoritarismo. Crecen los mexicanos que creen que es preferible una dictadura que dé resultados económicos a una democracia infecaz. No es cierto que comience a ser mayoritaria esa idea de que marginarse del sistema puede resolver nuestros problemas cotidianos.

Enrique Toussaint Orendáin
(v.pág.4-B del periódico El Informador del 23 de octubre de 2016).

Dijo el presidente Peña que la "segunda vuelta" sólo garantiza mayorías ficticias y que no es partidario de impulsar ese mecanismo cuando faltan apenas 2 años para las elecciones. Es verdad, la segunda vuelta por sí sola genera mayorías ficticias, pero eso no quita que sin ella sólo existan minorías reales. Por eso cuando se habla de segunda vuelta hay que sumarlo a lo de gobiernos de coalición. La segunda vuelta garantiza mayorías reales cuando va de la mano con un acuerdo de coalición. Como dijo el presidente Peña se pueden lograr acuerdos legislativos como los que permitieron el Pacto por México, pero el pacto, con todos sus beneficios, no alcanzó a transformarse en un programa o una coalición de gobierno. Eso es lo que garantiza mayorías reales.

Jorge Fernández Menéndez
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 27 de octubre de 2016).

El régimen político mexicano se construyó sobre la base del protagonismo presidencial. La simulación de la división de poderes como máscara que escondía la cruda realidad: la política como la arena en donde se dirimen las responsabilidades jurídicas. Sus facultades metaconstitucionales le permitían al Presidente no sólo ser el moderador del sistema político, un árbitro sobre las partes, sino que tenía a su alcance todas las atribuciones para sancionar con todo el peso de la ley a sus rivales políticos y llenar de privilegios a los leales al régimen y a su mandato. La impunidad y la corrupción nacieron como engranajes políticos vitales del sistema presidencialista mexicano, elementos que explican también su larga vigencia. En México, la impunidad y la tolerancia hacia la corrupción del sector público son de naturaleza política.

Los casos de Javier Duarte y Guillermo Padrés son significativos de esta deriva institucional. Duarte y Padrés se convirtieron en 2 parias para sus respectivos partidos. No sólo están acusados de malversación de recursos públicos y desvíos incuantificables, sino que su corrupción institucionalizada los llevó a perder el poder en entidades fundamentales para el PRI, en el caso de Duarte, y el PAN, en el caso de Padrés. Las tremendas evidencias de corrupción en sus administraciones los convirtieron en apestados del sistema. Ambos tuvieron la complicidad de sus partidos durante años, pero las elecciones de 2016 los empujaron hacia la insignificancia política. Más allá de sus corruptelas, probadas y evidenciadas por doquier, Duarte y Padrés perdieron el verdadero escudo del sistema: el fuero político. Ese fuero que no se elimina con una reforma constitucional, sino que está en el centro de la construcción del régimen mexicano.

Y es que la pregunta que nos hacemos todos sobre Duarte o Padrés, es: ¿Por qué no lo agarraron antes? ¿Por qué si hay tantas pruebas en su contra, no se actuó contra ellos durante su mandato? ¿Por qué los expulsan del partido cuando ya son los apestados del sistema político y no lo hicieron cuando controlaban a billetazos sus respectivos estados? La realidad es que el sistema político mexicano se articula a través de una serie de complicidades que protegen al corrupto mientras sea útil. Es un manto protector que respalda al corrupto mientras aporte su dinerito al partido fruto de las desviaciones de los recursos públicos; mientras tenga en su estado o municipio, una maquinaria afinada, leal y comprometida con la victoria partidista; mientras tenga la confianza de los jefes políticos que mandan en este país; mientras sea dócil y se repliegue ante cualquier petición de las cúpulas partidistas, y mientras mantenga estable y en paz a sus respectivos ámbitos de gobierno. Recordar que durante el siglo XX esa fue la regla no escrita entre el Presidente de la República y los gobernadores: mientras mantengas tu estado en paz y tranquilidad, haz y deshaz a tu antojo.

Padrés y Duarte hicieron mucho ruido. Los datos, particularmente en Veracruz, confirman la descomposición del 3er. estado más poblado del país. Sin embargo, no nos podemos confundir, el PRI no expulsa a Duarte por su terrible gestión, símbolo de corrupción y autoritarismo, sino que lo castiga por haberse salido de la disciplina del partido, haber perdido Veracruz y por la imagen que tiene en el país. Si realmente el PRI estuviera comprometido con una sanción ejemplar contra los gobernadores corruptos, ¿Por qué no abre ninguna carpeta contra César Duarte? ¿Qué pasó con las investigaciones contra Roberto Borge? ¿Por qué no ha dicho nada sobre los Moreira y su corrupción institucionalizada? Las razones detrás de la persecución a Duarte son políticas y aunque puedan tener alguna consecuencia judicial, podemos estar seguros que Duarte pisa la cárcel si le conviene a su partido.

Es el precio que pagamos por la falta de autonomía de los órganos de justicia en México. La corrupción política se castiga en los partidos y en los gobiernos, no en los juzgados o en las salas de los supremos tribunales. Es la justicia selectiva elevada a la cúspide del poder político en el país.

Esta arquitectura de la impunidad que tienen en los partidos políticos a un agente central del sistema, se fortalece con el federalismo disfuncional que crea todas las condiciones para la corrupción generalizada. El sistema federal en México es la articulación de un poder federal dominante e impositivo, con una serie de gobernadores que controlan y cooptan todo el entramado institucional en sus entidades. Los virreyes estatales son producto de un sistema que crea feudos y hace del gobernador una especie de rey sol del sistema político local. Romper este entramado institucional que incentiva la corrupción supone remodelar por completo el federalismo mexicano que hoy no sirve para ninguna de sus tareas teóricas: evitar la concentración de poder en un gobierno central -el miedo de los liberales del siglo XIX y la protección de las identidades locales- la preocupación de los multiculturalistas. No es casualidad que los escándalos más graves de corrupción provengan precisamente de la casta de los gobernadores.

Enrique Toussaint Orendáin
(v.pág.4-B del periódico El Informador del 30 de octubre de 2016).

El periodista alemán Dirk Kurbjuweit, de Der Spiegel, inventó hace algunos años la palabra Wutbürger, que quiere decir "ciudadano rabioso", y en The New York Times de esta mañana -25 de octubre- Jochen Bittner publica un interesante ensayo afirmando que la rabia que moviliza en ciertas circunstancias a amplios sectores de una sociedad es un fenómeno de 2 caras, una positiva y otra negativa. Según él, sin esos ciudadanos rabiosos no hubiera habido progreso, ni seguridad social, ni empleos pagados con justicia, y estaríamos todavía en el tiempo de las satrapías medievales y la esclavitud. Pero, al mismo tiempo, fue la epidemia de rabia social la que sembró de decapitados la Francia del Terror y la que, en nuestros días, ha llevado a la regresión brutal que significa el "Brexit" para el Reino Unido y a que exista en Alemania un partido xenófobo, ultranacionalista y antieuropeo -Alternativa por Alemania- que, según las encuestas, cuenta con nada menos que el apoyo del 18% del electorado. Añade que el mejor representante en Estados Unidos del Wutbürger es el impresentable Donald Trump y el sorprendente respaldo con que cuenta.

Me gustaría añadir algunos otros ejemplos de una "rabia positiva" en los últimos tiempos, empezando por el caso del Brasil sobre el que, a mi juicio, ha habido una interpretación interesada y falsa de la defenestración de Dilma Rousseff de la presidencia. Se ha presentado este hecho como una conspiración de la extrema derecha para acabar con un gobierno progresista y, sobre todo, impedir el regreso de Lula al poder. No es nada de eso. Lo que movilizó a muchos millones de brasileños y los sacó a la calle a protestar fue la corrupción, un fenómeno que había socavado a toda la clase política y de la que eran beneficiarios por igual dirigentes de la izquierda y la derecha. Y se ha visto en todos estos meses cómo la guadaña de la lucha contra la corrupción enviaba a la cárcel por igual a parlamentarios, empresarios, dirigentes sindicales y gremiales de todos los sectores políticos, un hecho del que sólo puede sobrevenir una regeneración profunda de una democracia a la que la deshonestidad y el espíritu de lucro habían infectado hasta el extremo de causar una bancarrota nacional.

Quizás sea un poco pronto para celebrar lo ocurrido pero mi impresión es que, hechas las sumas y las restas, la gran movilización popular en Brasil ha sido un movimiento más ético que político y enormemente positivo para el futuro de la democracia en el gigante latinoamericano. Es la 1a. vez que ocurre; hasta ahora, los estallidos populares tenían fines políticos -protestar contra los desafueros de un gobierno y a favor de un partido o un líder- o ideológicos -reemplazar el sistema capitalista por el socialismo-, pero, en este caso, la movilización tenía como fin no destruir el sistema legal existente sino purificarlo, erradicar la infección que lo estaba envenenando y podía acabar con él. Aunque ha tenido una deriva distinta, no es muy diferente con lo ocurrido en España: un movimiento de jóvenes espoleados por los escándalos de la clase dirigente que a muchos decepcionaron de la democracia y los ha llevado a elegir un remedio peor que la enfermedad, es decir, resucitar las viejas y fracasadas recetas del estatismo y el colectivismo.

Otro caso fascinante de "ciudadanos rabiosos" ha sido el que vive Venezuela. En 5 oportunidades, el pueblo venezolano pudo librarse, mediante elecciones libres, del comandante Chávez, un demagogo pintoresco que ofrecía "el socialismo del siglo XXI" como terapia para todos los males del país. Una mayoría de venezolanos, a los que la ineficacia y la corrupción de los gobiernos democráticos había desencantado de la legalidad y la libertad, le creyeron. Han pagado carísimo ese error. Por fortuna lo han comprendido, rectificado y hoy existe una mayoría aplastante de ciudadanos -como demuestran las últimas elecciones para el Congreso- que pretende rectificar aquella equivocación. Por desgracia, ya no es tan fácil. La camarilla gobernante, aliada con la nomenclatura militar muy comprometida por el narcotráfico y la asesoría cubana en cuestiones de seguridad, se ha enquistado en el poder y está dispuesta a defenderlo contra viento y marea. Mientras el país se hunde en la ruina, el hambre y la violencia, todos los esfuerzos pacíficos de la oposición por, valiéndose de la propia Constitución instaurada por el régimen, librarse de Maduro y compañía, se ven frustrados por un gobierno que desconoce las leyes y comete los peores abusos -incluido crímenes- para impedirlo. A la larga, esa mayoría de venezolanos se impondrá, por supuesto, como ha ocurrido con todas las dictaduras, pero el camino quedará sembrado de víctimas y será muy largo.

¿Hay que celebrar que haya no sólo ciudadanos rabiosos negativos sino también positivos, como afirma Jochen Bittner? Mi impresión es que es preferible erradicar la rabia de la vida de las naciones y procurar que ella transcurra dentro de la racionalidad y la paz, y las decisiones se tomen por consenso, a través de la persuasión o del voto. Porque la rabia cambia rápidamente de dirección y de bienintencionada y creativa puede volverse maligna y destructiva, si quienes asumen la dirección del movimiento popular son demagogos, sectarios e irresponsables. La historia latinoamericana está impregnada de rabia y aunque, en muchos casos, estaba justificada, casi siempre se desvió de sus objetivos iniciales y terminó causando peores males que los que quería remediar. Es un caso que tuvo una demostración flagrante con la dictadura militar del general Velasco, en el Perú de los años 60 y 70.

Mario Vargas Llosa
(v.pág.2-B del periódico El Informador del 30 de octubre de 2016).

Hay 2 aspectos de la democracia que suelen disgustar incluso a los más sinceros demócratas. Por una parte, los ciudadanos, a la hora de votar, son demasiado influenciables por los políticos menos recomendables y más demagógicos que los manipulan en la dirección menos sensata; por otra, los antedichos votantes se muestran inasequibles a los esfuerzos mejor orquestados y financiados de quienes tratan de encauzar sus elecciones por el buen camino. O sea los ciudadanos son a menudo maleables cuando menos convendría que lo fuesen y en cambio desconcertantemente rebeldes cuando sería aconsejable su docilidad a quienes más saben. Ello, claro está, dando por supuesto que nosotros los que así juzgamos sí que sabemos quiénes son indeseables demagogos y qué es lo que conviene al pueblo supuestamente soberano...

Suelen ser los referendos el tipo de comicio que más se presta a resultados que desafían la paciencia de los ciudadanos de mejor sentido común. Ya el Brexit avisó que pueden pasar más cosas en las urnas de las que nuestra filosofía conoce. Pero el resultado del referéndum sobre el acuerdo de paz en Colombia ha sido aún más sorprendente. Si de algo se puede acusar a la campaña a favor del sí es de un exceso de celo. Su propaganda se desplegó con apabullante derroche financiero en todos los medios de comunicación, siendo apoyada por las más destacadas personalidades colombianas y extranjeras, incluso reforzada a veces con promesas venales o intimidaciones poco disimuladas.

Y sin embargo la gente se abstuvo, incluso en mayor proporción de la ya muy grande que se temía. ¿Desconcierto, indecisión, o repugnancia ante un planteamiento en el que nada estaba suficientemente claro? ¿Miedo al triunfo de cualquiera de las partes? Todas las encuestas pronosticaban la victoria del sí, pero finalmente ganó el no por un estrecho margen. Sólo un sectarismo lunático puede creer que eso demuestra que la mayoría no quiere la paz: lo que piden es un acuerdo mejor.

Lo cierto es que, sea para mejor o para peor según criterio de cada cual, la democracia siempre alberga una gloriosa incertidumbre, como decimos los hípicos de las carreras de caballos.

Fernando Savater
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 30 de octubre de 2016).

Líderes de la oposición en Nicaragua, agrupados en el Frente Amplio Democrático, instaron a ejercer la "abstención activa" en las elecciones generales del domingo: "No votar es un acto político de rechazo a la farsa electoral y una rebelión ética contra la mentira y manipulación de nuestro derecho a decidir".

(V.pág.11-A del periódico El Informador del 4 de noviembre de 2016).

Los propugnadores de la Segunda Vuelta Electoral incurren en una confusión cuando hacen depender la legitimidad y gobernabilidad democráticas de un presidente de la SVE, ya que ésta no depende del número de veces que se le vote, sino de la pulcritud y apego a la legalidad en el proceso electoral; de la aceptabilidad de la derrota por los candidatos que contra él compitieron; y -ya en el ejercicio del poder- de la eficacia de su gobierno. Mientras esto último no ocurra, por más vueltas electorales que se le den a un presidente su legitimidad siempre estará en entredicho.

En nuestro país, la SVE se aplicó en San Luis Potosí entre 1997 y 2003 para elecciones municipales; y, en ellas quedó demostrado que en ocasiones participaban menos electores en la SVE que en la primera. En otros casos, el que resultaba electo en la SVE lo era con una menor cantidad de votos de los que obtuvo en la 1a. ronda electoral, y que fue declarada inválida. En los países en que se aplica, esto resulta ser una constante.

Para que un presidente electo en SVE sea elegido por la mayoría de los ciudadanos se requeriría que la participación electoral fuera de 100%; y en consecuencia, en México, deberían haber votado por el candidato triunfador más de 41'600,000 electores, que corresponden a 50% de los inscritos en la lista nominal, lo que es prácticamente imposible. Siendo realistas y optimistas en una hipotética SVE en nuestro país estarían votando 50 millones de electores que corresponden al 60% de la lista nominal; y el triunfador en esa contienda entre 2 obtendría unos 25 millones de votos, de un total de 80 millones de electores, en un país de 120 millones de habitantes. ¿Esa es la legitimidad popular que produce la SVE?

La otra falacia consiste en afirmar que de la SVE depende la gobernabilidad democrática, cuando esa más bien está en relación directa con el número de asientos que el partido del presidente tenga en el congreso, así como de las habilidades políticas y el liderazgo que tenga.

Por lo que toca a los gobiernos de coalición, sus principales errores son querer hacerlos obligación constitucional (cuando deben ser producto de una voluntad política) y depender exclusivamente del reparto de cargos en el gabinete, cuando pueden ser también en favor de una agenda legislativa o de objetivos gubernamentales determinados.

Javier Hurtado
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 5 de noviembre de 2016).

Tanto en Inglaterra como en Estados Unidos la decisión la tomaron los viejos (mayores de 45) y los de menores ingresos, que están hartos de perder su estabilidad a manos de un sistema neoliberal que es un auténtico depredador de la esperanza. Detrás del voto de Trump y del Brexit hay una especie de nostalgia por el futuro que ya no fue. Por el contrario, si vemos el mapa electoral del voto de los jóvenes de 18 a 25, esto es, si solo hubieran votado los de esta edad, Hillary habría sacado 504 votos electorales. Los jóvenes ingleses y los estadunidenses quieren políticas globales, no proteccionismos nacionalistas, pero fueron incapaces de hacer sentir su peso en las urnas. La mayoría de ellos sigue pensando que dar un like en Facebook o poner un post en Twitter es hacer política.

Algo se está rompiendo en el mundo; las claves de lectura de la política ya no pasan por los partidos, las encuestas, los datos históricos, la opinión pública tradicional. Tenemos que re-aprender a leernos.

Diego Petersen Farah
(v.pág.10-A del periódico El Informador del 5 de noviembre de 2016).

Fue, a golpe de vista, una victoria de la democracia... y una derrota de la civilización.

Se suponía que durante las campañas y aun antes de las mismas -las expresiones ofensivas, despectivas y amenazantes de Trump con respecto a los mexicanos datan de año y medio-, pero especialmente a raíz de que los debates mostraron al desnudo, en buena medida, la personalidad de los 2 principales contendientes a la Casa Blanca, la balanza se había inclinado a favor de la sensatez, el oficio, la cordura y los buenos modos de la ex primera dama, y en contra de la majadería, la ordinariez, la prepotencia y la propensión a la xenofobia y a la demagogia de un ricote venido a más. No sólo la gran mayoría de los analistas, en lo particular, sino los medios, en cuanto tales -en ejercicio de la muy norteamericana práctica de declarar y justificar abiertamente su preferencia política de cara a cada elección- se pronunciaron abiertamente a favor de Clinton y en contra de Trump.

Fue evidente, el día de la elección, que en la conciencia de un porcentaje de los electores mayor de lo que se suponía, estaban vivos, más vivos que nunca, los mensajes que Trump desgranó de manera metódica, concienzuda y estridente: su fobia a los migrantes ("aunque no dudo que algunos sean honrados..."); su percepción de que cada musulmán aspirante a residir en Estados Unidos es un potencial terrorista; su convicción -empresario como es- de que los socios ganan en tanto los estadounidenses pierden en los tratados comerciales internacionales en que participan; su rencor hacia el "stablishment" -la actual clase gobernante-, señalado como el gran culpable de que los norteamericanos vean deteriorados el confort, la seguridad y la riqueza a que estaban acostumbrados.

Jaime García Elías
(v.pág.7-A del periódico El Informador del 10 de noviembre de 2016).

En 1786, los Padres Fundadores de los EU introdujeron en su Constitución este peculiar sistema electoral a fin de mantener la unidad de la naciente federación norteamericana y evitar, por un lado, que un reducido número de estados muy poblados definiera al presidente de esa nación; y, por el otro, que a los ciudadanos se le pudiera manipular para tal fin. Establecieron entonces un colegio electoral integrado por compromisarios electos en cada estado en un número igual al de sus representantes y senadores.

El sistema, ha mantenido dentro de la federación norteamericana a estados con poca población y un gran territorio, donde ganó Trump -que corresponden a las amplias zonas rojas en los mapas del voto que se han publicado-, a costa de no traducir adecuadamente la voluntad popular de la mayoría de la población que vive en las grandes ciudades (reducidas zonas azules). Esta contradicción ha provocado protestas en las principales ciudades, y la amenaza de estados, como California, de abandonar la federación. En esto, los Padres Fundadores fallaron.

Elección 2016 USA.

El acendrado federalismo de los EU hace que en realidad la elección de su presidente sea por unidades territoriales, y no por ciudadanos: en el año 2000, tan solo 537 votos en favor de George Bush de los casi 6 millones depositados en Florida hicieron que todos los electores de ese estado -que en la actualidad son 29- se le adjudicaran a Bush y no a Al Gore, provocando que ganara el primero, no obstante que el segundo había obtenido 543,000 votos populares más en todo el país.

El sistema electoral indirecto de los EU podría ser casi simétrico entre voto popular y miembros del colegio electoral, si estos últimos fueran el mismo número que los integrantes de la Cámara de Representantes. La distorsión deriva de los 2 electores que se dan paritariamente a cada estado, al margen de su número de población. Así, Wyoming, con poco más de 584,000 habitantes tiene 3 electores y California con 38.8 millones alcanza 55. En el 1er. estado un elector representa 194,000 habitantes y en el segundo 705,000. Por eso ganó Trump; y por eso son las protestas en las grandes ciudades por su triunfo.

Hillary Clinton triunfando en los 24 estados más pequeños y más poblados le ganó a Trump por más de 400,000 votos populares, no obstante que éste triunfó en un mayor número de estados, más extensos territorialmente y menos poblados. Así entonces Trump representa a la mayoría de los 50 estados que forman los EU, pero no a la mayoría de sus ciudadanos. Será, en todo caso, el presidente de la mayoría de estados en la que vive la minoría de su población. Esa es la democracia norteamericana.

Javier Hurtado
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 12 de noviembre de 2016).

El planeta en pleno está tan harto de los políticos y sus modos, que prefiere jugársela bajo la hegemonía de un payaso.

Paty Blue
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 13 de noviembre de 2016).

Los gabachos conociendo los nefastos antecedentes del candidato y la brillante carrera de la candidata optaron por el primero, esto es que prefirieron a un impresentable que a un político, lo cual significa que en todo el mundo el infelizaje está harto de los segundos, lo que es sabido por todos con excepción, desde luego de los políticos que siempre se sienten exceptuados del señalamiento.

Carlos Enrigue
(v.pág.5-B del periódico El Informador del 13 de noviembre de 2016).

Las experiencias del Brexit, el referéndum en Colombia, demuestran que los pueblos están apostando por aquellas opciones políticas que representan el desafío al sistema establecido. La incorrección política, marginal por décadas, hoy se convierte en una opción posible ante el descrédito de los políticos y los partidos tradicionales. Hace algunos días, en una entrevista televisiva, Naomi Klein, la autora de libros como "La doctrina del shock" o "No logo", que se venden como pan caliente en todo el mundo, decía: "Cada vez más se configura una mayoría antisistema en el mundo, cada vez es más es una opción mayoritaria".

La reacción ante una élite que es percibida como corrupta y parasitaria, tiene especial fuerza en la elección que acabamos de vivir en Estados Unidos. Los electores de la gran masa central de los Estados Unidos se rebelaron contra lo establecido -la inminente victoria de Hillary. No sólo de los electores de Montana o Mississippi, sino también de las entrañas del llamado "muro azul", estados que tradicionalmente votaban en masa por los demócratas, como Wisconsin o Pensilvania. Una curiosa articulación entre electores ricos, favorables a Trump, y trabajadores pobres rurales, le permitieron al magnate configurar su reacción al sistema. Trump emocionó a una parte de los "olvidados", trabajadores americanos que se sienten desprotegidos ante la globalización, excluidos de las oportunidades económicas y ninguneados administración tras administración. No niego el peso del voto racista, ahí está el apoyo del Ku Klux Klán y la fiesta que organizaron ante la victoria de Trump, pero quien hizo la diferencia fue ese trabajador rural que aborrece el libre comercio y que siente a sus élites como entreguistas de la soberanía de su país.

Trump ganó porque enfrente tenía a una candidata sin alternativas. No sé si Bernie Sanders, rival de Hillary en las primarias demócratas, hubiera tenido un mejor resultado. Posiblemente sí, también es un antisistema, pero por la izquierda. Comparten una parte del diagnóstico, Trump y Sanders, pero las soluciones a los problemas de Estados Unidos son diametralmente opuestas. No obstante, es ilustrativo que, ante la amenaza de los candidatos antisistema, el establishment en todo el mundo se va quedando con una sola arma: el miedo.

Ahí reside el gran fracaso de Hillary: no supo más que agitar el miedo. El relato de la demócrata nunca supuso una alternativa para el elector. En los debates, Hillary habló más de la incapacidad mental de Trump para llevar las riendas de Estados Unidos, que de los problemas reales de los americanos. Nunca fue vista como un remedio a la desigualdad, como una medicina ante el desencanto o como la candidata ideal para regenerar a un establishment visto como corrupto. Hillary decía vamos a cambiar tal cosa y lo que pensaban muchos votantes es: tú eres Wall Street, los bancos y la cara más simbólica del sistema. Cuando tu único argumento es agitar el miedo, algo serio pasa con tu proyecto político.

Tiene razón Klein, los antisistema se están volviendo mayoría y mientras no surjan opciones políticas tolerantes con la diversidad y comprometidas con un mundo en paz que también cuestionen el sistema, los Trump seguirán ganando elecciones. Y convirtiendo nuestro mundo en un espacio aún más peligroso.

Enrique Toussaint
(v.pág.4-B del periódico El Informador del 13 de noviembre de 2016).

Singapur es uno de los países más prósperos, limpios, avanzados y seguros del mundo y el primero que, en un plazo relativamente corto, consiguió acabar con 2 de los peores flagelos de la humanidad: la pobreza y el desempleo. En los 6 días que acabo de pasar aquí, a todas las personas con las que estuve les pedí que me llevaran a ver el barrio más pobre de esta ciudad-estado. Y aquella maravilla, que he visto con mis propios ojos, es verdad: aquí no hay miseria, ni hacinamiento, ni chabolas, y sí, en cambio, un sistema de salud, una educación y oportunidades de trabajo al alcance de todo el mundo, así como una inmigración controlada que beneficia por igual al país y a los extranjeros que vienen a trabajar en él.

Singapur ha demostrado, contra todas las teorías de sociólogos y economistas, que razas, religiones, tradiciones y lenguas distintas en vez de dificultar la coexistencia social y ser un obstáculo para el desarrollo, pueden vivir perfectamente en paz, colaborando entre ellas, y disfrutando por igual del progreso sin renunciar a sus creencias y costumbres. Aunque la gran mayoría de la población es de origen chino (un 75%), los malayos y los indios (tamiles, sobre todo) así como los euroasiáticos cristianos conviven sin problemas con aquellos en un clima de tolerancia y comprensión recíprocas, lo que, sin duda, ha contribuido en gran parte a que este pequeño país haya ido quemando etapas desde su independencia en 1965 hasta convertirse en el gigante que es ahora.

Este extraordinario logro se debe en gran parte a Lee Kuan Yew, que fue primer ministro 31 años (de 1959 a 1990) y cuya muerte, el año pasado, convocó a buena parte de la isla en un homenaje multitudinario. Las ideas e iniciativas de este dirigente, educado en Inglaterra, en la Universidad de Cambridge, siguen orientando la vida del país -un hijo suyo es el actual primer ministro- e incluso sus más severos críticos reconocen que su energía y su inteligencia fueron decisivas para la notable modernización de esta sociedad. El sistema que creó era autoritario, aunque conservara la apariencia de una democracia, pero, a diferencia de otras dictaduras, ni el autócrata ni sus colaboradores aprovecharon el poder para enriquecerse, y el poder judicial parece haber funcionado todos estos años de manera independiente, penalizando severamente los casos -nada frecuentes- de corrupción que llegaban a sus manos. El partido de Lee Kuan Yew ganaba todas las elecciones sin necesidad de hacer trampas y siempre permitía que una pequeña y decorativa oposición figurase en el parlamento, costumbre que sigue vigente pues los parlamentarios de oposición en la actualidad son sólo 5. La prensa es a medias libre, lo que significa que puede hacer críticas a las políticas del régimen, pero no defender ideologías revolucionaras y hay leyes muy estrictas prohibiendo todo lo que sea ofensivo para las creencias, costumbres y tradiciones de las 4 culturas y religiones que conforman Singapur. Al igual que en Londres, hay un Speaker’s Corner en un parque adonde se pueden convocar mítines y pronunciar discursos contra el gobierno con la única condición de que quienes lo hagan sean ciudadanos del país.

El milagro singapurense no hubiera sido posible sin 2 medidas esenciales que Lee Kuan Yew -en sus primeros años de vida política se proclamaba socialista, aunque adversario de los comunistas- puso en práctica desde que asumió el poder: una educación pública de altísimo nivel, a la que durante muchos años se consagró la tercera parte del presupuesto nacional, y una política habitacional que permitió a la inmensa mayoría de la población ser propietaria de la casa donde vivía. Asimismo, aquel se empeñó en pagar elevados salarios a los funcionarios públicos de manera que, por una parte, se desalentara la corrupción en la administración pública y, de otra, se atrajera al servicio del Estado y a la vida política a los jóvenes más capaces y mejor preparados.

Es verdad que Singapur tuvo siempre un puerto abierto al resto del mundo que estimuló el comercio internacional, pero el gran desarrollo económico que ha alcanzado no se debió a su privilegiada posición geográfica, sino, principalmente, a la política de apertura económica y de incentivos a la inversión extranjera. Mientras, siguiendo las nefastas políticas de la CEPAL de entonces, los países del Tercer Mundo "defendían" sus economías de las transnacionales a las que mantenían a distancia y propiciaban un desarrollo para adentro, Singapur se abría al mundo y atraía a las grandes empresas ofreciéndoles una economía abierta de par en par, un sistema bancario y financiero eficiente y moderno, y una administración pública tecnificada y sin corruptelas. Eso ha convertido a la ciudad-estado en "el paraíso del capitalismo", un título del que sus ciudadanos no parecen avergonzarse para nada, sino todo lo contrario. La primera vez que vine aquí, en el año 1978, me quedé maravillado al ver que en este rinconcito del Asia había una avenida como Orchard Street con tantas tiendas elegantes como las de la Quinta Avenida de Nueva York, el Faubourg Saint-Honoré de París o el Mayfair de Londres.

No todo es envidiable en Singapur, desde luego, aunque sí lo son, por supuesto, su sistema de salud, al alcance de todo el mundo, y sus colegios y universidades modélicos a los que tienen acceso los singapurenses más humildes gracias a un sistema de becas y de préstamos muy extendido. Pero es lamentable que exista todavía la pena de muerte y la bárbara sentencia del cane (o latigazos) para los ladrones.

Probablemente por primera vez en la historia, en nuestra época la prosperidad o la pobreza de un país no están determinadas por la geografía, ni la fuerza, sino dependen exclusivamente de las políticas que sigan los gobiernos. Mientras tantos países del mundo subdesarrollado, enajenados por el populismo, elegían lo peor, esta pequeña islita del Asia optó por la opción contraria y hoy en ella nadie se muere de hambre, ni está en el paro forzoso, ni se ve impedido de recibir ayuda médica si la necesita, casi todos son dueños de la casa donde viven y, no importa a cuánto asciendan los ingresos de su familia, cualquiera que se esfuerce puede recibir una formación profesional y técnica del más alto nivel. Vale la pena que los países pobres y atrasados tengan en cuenta esta lección.

Mario Vargas Llosa
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 13 de noviembre de 2016).

Decir que su sistema político-electoral [estadounidense] es arcaico, es una verdad de Perogrullo. El problema no es ése, sino su funcionalidad y si éste cumplió con el objetivo ideado por sus padres fundadores: evitar que los estados más poblados terminen decidiendo al presidente de una federación integrada por 50 unidades constitutivas. Empero, lo que sus creadores no previeron fue que pudiera llegarse al absurdo de que 30 estados poblacionalmente pequeños definieran un "ganador" que obtuvo más de 1'100,000 votos menos que su contrincante.

Sin embargo, derivar de lo anterior que el próximo 19 de diciembre los compromisarios van a atender los reclamos y modificarán su voto, es una vil quimera, ya que no existe una reunión de los 538 miembros del Colegio Electoral, sino que las reuniones son en cada estado para dar cuenta de lo que ocurrió ahí y no de lo que acontece a nivel "nacional", como se ha supuesto (la Historia registra escasos casos de deslealtad, pero nunca determinantes). Pensar que ahora 38 electores de Trump van a votar por Clinton, (para que sumados a 232 que ya tiene reúna los 270 necesarios) resulta ingenuo e irresponsable, pues ello equivaldría a incendiar el país.

Javier Hurtado
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 19 de noviembre de 2016).

La teoría no es compleja. Una democracia debe tener cuando menos 2 partidos. No existe democracia unipartidista, por obvias razones. La teoría dice que esos partidos deben tener propuestas diferentes para representar a una sociedad heterogénea y diversa. Partidos liberales, conservadores, de izquierda, de derecha, verdes y de lo que se nos ocurra. La idea es que entre ellos compitan por ver quién es capaz de suscitar más simpatías entre la gente. El partido que convence a más gente, gana las elecciones y gobierna por un periodo determinado de tiempo. Pero su labor no acaba ahí. Luego, de acuerdo a sus votos, los partidos ocupan asientos en las cámaras, en los gobiernos estatales y locales. Así, la función de los que pierden es supervisar al que gana. Fiscalizar a quien gobierna. Oponerse a lo que creen que hace mal y colaborar en aquello que juzgan correcto. Es decir, ser un contrapeso del partido que gobierna. Por eso hay muchos partidos; por eso pagamos muchísimo dinero para que existan partidos de todo tipo.

Sin embargo, a menudo la teoría no corresponde con la realidad. A menudo, el pluralismo inherente a la democracia, se vuelve de ficción. A menudo, la oposición se vuelve una extensión del gobierno. Los partidos votan reformas que no tienen nada que ver con sus propuestas en campaña y sus principios. Aprueban presupuestos públicos que vulneran las razones que llevaron a los electores a votar por ellos. Consienten nombramientos públicos que atentan contra la razón de ser de la división de poderes. Y, todavía peor, en abierta contradicción de lo que marca la teoría clásica de la democracia, en lugar de denunciar la corrupción del gobierno, ser un contrapeso ante los abusos, la oposición se convierte en una tapadera. El pluralismo como escudo ante los posibles abusos del poder se convierte en una gran alianza por la impunidad. Es como si el multipartidismo se transforma alquímicamente en unipartidismo. No solo no se denuncia, se protege; no sólo no se cuestiona, se es cómplice. O como diría María Amparo Casar, el "tapaos los unos a los otros".

Hace 2 décadas, los politólogos Richard Katz y Peter Mair acuñaron el término "el partido cartel". Así lo definen: "se puede definir un sistema cartelizado como aquel en el que los principales partidos, de gobierno y oposición, cooperan con alguna frecuencia para asegurar su posición dominante y su acceso privilegiado a recursos estatales decisivos para la supervivencia de todos y que minimizan los costos de derrotas electorales".

Lo vemos en México. Los principales partidos políticos se ponen de acuerdo para mantener sus privilegios; se ponen de acuerdo para evitar procesos reales de rendición de cuentas.

Enrique Toussaint
(v.pág.5-B del periódico El Informador del 20 de noviembre de 2016).

En el 1er. artículo que publicó tras las elecciones, mi admirado John Carlin decía: "Los analfabetos políticos que votaron a Trump han caído en lo que la historia juzgará como un acto de criminal irresponsabilidad hacia su propio país". Muy cierto. Esos votantes son unos incultos y también los culpables directos del desastre. Han ganado los supremacistas blancos, los partidarios del rifle, los sexistas irredentos. Que nadie se llame a engaño: el machismo, ese prejuicio tan soterrado y poderoso, ha sido una de las causas por las que Clinton perdió.

Pero, además de esto, yo creo que hay gente con una responsabilidad aún mayor por lo que está sucediendo en el mundo. Llevamos un año de victorias de la irracionalidad, del retrogradismo, de la demagogia. Y los analistas políticos, ante cada derrota del sentido común, llámese Brexit o trumpismo, se limitan a decir: son unos ignorantes y se han equivocado.

Pues sí, son ignorantes y se equivocan, de la misma manera que se equivocó trágicamente el pueblo alemán en 1932 cuando votó a Hitler. Pero ¿por qué está sucediendo de repente todo esto? ¿Qué es lo que saben esos ignorantes para portarse así? Pues saben, o sienten, que no pintan nada. Que esta democracia supuestamente representativa no les representa en absoluto. Que hay una distancia sideral entre sus problemas y la clase política. Que la mayoría de los políticos no trabajan para el bien común, sino para su propio provecho. Y que el sistema es una maquinaria férrea, inmutable y ajena que les aplasta una y otra vez: la crisis mundial la están pagando los ciudadanos más desfavorecidos.

Los profesores Vitali, Glattfelder y Battiston estudiaron en 2011 más de 43,000 empresas multinacionales y descubrieron que el 80% de ellas estaba controlado por tan sólo 737 personas. Hay un millar de individuos que poseen el mundo, y los políticos deberían estar de nuestra parte, de parte de todos los demás ciudadanos, para intentar controlar a los potentados. Pero ¿acaso alguien siente que están de nuestro lado? Yo, desde luego, no. La democracia, que tiene a su favor la transparencia, nos muestra una y otra vez todos los fallos del sistema, su corrupción, su hipocresía. Y la gente ignorante, harta de no sentirse ni siquiera escuchada, se vuelve hacia los profetas antisistema, hacia los neonazis, los neoestalinistas o los tiranos teocráticos como el ISIS, creyéndolos puros y distintos. Un trágico error que vamos a pagar todos con sangre, porque fuera del sistema democrático sólo está el infierno. Pero, claro, para que la democracia siga funcionando hace falta devolverle la legitimidad y la credibilidad que ahora parece haber perdido.

De modo que sí, querido Carlin, esos analfabetos que votaron a Trump han cometido un acto de criminal irresponsabilid ad, pero a mí aún me parecen más culpables los políticos que se han olvidado de su condición de servidores de la sociedad y que se diría que sólo viven para sus propios intereses. Creo que muchos de los votantes de Estados Unidos no se sienten representados ni por los demócratas ni por los republicanos y, por otra parte, ¿qué ejemplo de veracidad dan todos esos sectarios como Susan Sarandon que prefieren seguir empecinados en las luchas partidistas en vez de pensar en los ciudadanos, en el bien común? El mismo ejemplo que dio la izquierda aquí [en España] tras las primeras elecciones, cuando, en vez de pactar, como les ordenaban las urnas, prefirieron convocar nuevos comicios porque creyeron que sacarían más tajada, más poder personal, sillones, cargos.

Cuando, días antes de las elecciones, Trump rompió con los republicanos, ya sospeché que ganaría. Porque eso le daba aún más credibilidad al energúmeno: "Ha roto con los políticos corruptos, él sí que va a ser capaz de hablar por nosotros", me imagino que pensaron los analfabetos de Carlin. Equivocadamente, desde luego. Y, aun así, algo saben. Algo fundamental que deberíamos ser capaces de escuchar.

Rosa Montero
(v.pág.10-B del periódico El Informador del 27 de noviembre de 2016).

La democracia es el equilibrio de poderes, es el autogobierno de las regiones, es el sistema institucionalizado y competitivo de los partidos, es la autonomía de las organizaciones sociales, es el gobierno de la ley a través de la ley, y es el ejercicio del poder público en público.

Jesús Silva Herzog Márquez
(v.pág.17 del periódico Milenio Jalisco del 2 de diciembre de 2016).

¿Por qué son anticonstitucionales los gobiernos de coalición?

1. Porque van en contra del Artículo 39 que establece: "Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste". No dice aquí que el poder público sea producto de pactos o acuerdos entre partidos para establecer gobiernos de coalición en beneficio de élites partidistas.

2. Contradicen el 41 que postula que los partidos políticos tienen como fin: hacer posible el acceso los ciudadanos al ejercicio del poder público "de acuerdo con los programas, principios e ideas que postulan". El que los gobiernos de coalición le impongan al ejecutivo un programa de gobierno por el cual el pueblo no votó, significa una defraudación al electorado por el engaño que supone haberle presentado una plataforma electoral como programa de gobierno, y que luego, el electo aplique otro impuesto por los partidos del gobierno de coalición.

3. La Constitución establece que el acceso al poder público es "mediante el sufragio universal, libre, secreto y directo". El gobierno de coalición contradice esto, puesto que la integración del poder ejecutivo ya no sería por ese mecanismo, sino producto de un pacto o acuerdo entre partidos.

4. Contradicen el 49 Constitucional que postula que "El supremo poder de la Federación se divide para su ejercicio en Legislativo, Ejecutivo y Judicial", y establece la separación de poderes. Los gobiernos de coalición atentan contra éste principio al intervenir el legislativo en el ámbito del eecutivo al designarle su gabinete, imponerle un programa de gobierno y menguarle su capacidad de iniciativa de ley.

5. Contravienen el 80 Constitucional que establece que el poder ejecutivo de la Unión se deposita "en un solo individuo, que se denominará Presidente de los Estados Unidos Mexicanos", por cuanto establece un ejecutivo colegiado propio de los sistemas parlamentarios.

Esto no se dice, porque no conviene a los coalicionistas que quieren repartirse el poder al margen de la voluntad popular, sacando "el petate del muerto" de la ingobernabilidad.

Javier Hurtado
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 10 de diciembre de 2016).

Lo malo de la democracia es que todo el mundo pueda votar. Y no digo que yo esté capacitado, pero habría que pasar varios exámenes. La Historia nos tiene que servir para algo. Pero ¿cómo puede votar un tío que no sabe quién fue Napoleón? Esa gente que piensa nada más que en comer donuts y ponerse más gorda de lo que está, ¿va a votar?

Robe Iniesta (citado por Jorge Bustos)
(v.periódico El Mundo del 16 de diciembre de 2016).

La cara más reconocible de la ultraderecha francesa, Marine Le Pen, lideresa del Frente Nacional, sostiene que en el mundo "hay una revuelta contra el sistema que ya no sirve a los intereses de la gente, sino que se sirve a sí mismo".

Fronteras, muros, aislacionismo, se vuelven ejes vertebradores de los discursos políticos en los países más ricos del mundo. Se entiende a la élite política de estos países como el anti-pueblo, gobiernos entregados a intereses que nada tienen que ver con las reivindicaciones de la sociedad. Marionetas desprovistas de autonomía para tomar decisiones sin la intervención de los poderes trasnacionales.

El populismo parece ser el concepto de nuestro tiempo. Es innegable, el mundo atraviesa por un momento populista. Es decir, un periodo de tiempo determinado en que las sociedades se sienten decepcionadas y hasta traicionadas por sus élites. Sienten que "los de arriba" han secuestrado la democracia y la han puesto al servicio de intereses que no son los generales. El populismo es un discurso político y no una ideología. Un discurso que se cierne sobre la aspiración de recuperar las instituciones al servicio del "pueblo". De la derecha a la izquierda, el cuestionamiento al sistema está teniendo elementos populistas innegables.

La indignación alcanza tales cuotas, que el discurso del miedo parece poco efectivo para el granjero de Arkansas que vota por Trump; el anciano británico que no quiere perder su pensión, o el trabajador industrial del norte de Francia que ha visto como la empresa en la que trabajaba se fue al sudeste asiático. El miedo es poco efectivo cuando la indignación se vuelve el motor del voto. Venganza y resentimiento son también emociones que llevan a los ciudadanos a decantarse por candidatos que desafían al sistema.

Hay más pasado que futuro en las narrativas de los nuevos partidos políticos antisistema. Es la recuperación del Estado como escudo protector de los nacionales, de los que son de aquí.

Las utopías perdieron su atractivo. El socialismo, el comunismo hoy en día son sistemas que no concitan grandes pasiones. El internacionalismo y el globalismo, las doctrinas de la interconexión, tampoco despiertan simpatías desmedidas. Los sectores liberales y progresistas se han quedado sin imaginarios seductores para aquellos que se sienten y viven como perdedores de la globalización. La política dejó de emocionar, sumida en una especie de pacto de turnos entre partidos centristas que se pasaban la estafeta de gobierno cada determinado tiempo. O el reino gris y aburrido de la tecnocracia. No había quien se atreviera a desafiar lo establecido y el nacionalismo siempre es una opción ante semejantes vacíos.

La revolución de la ira demuestra el poder que tiene jugar con los instintos más primarios de la ciudadanía. En México, como el resto de América Latina, existe un giro conservador que busca revertir todos esos avances que ha habido en materia de libertades y derechos humanos.

La revolución de la ira es la modificación de la política como la conocemos. La indignación con las élites ha provocado que el gran centro liberal que se daba como hecho en Occidente, se encuentre cuestionado. Vamos hacia un horizonte político en donde los partidos son menos importantes y el personaje resulta clave. Las emociones se imponen al cálculo; las pasiones doblegan a lo razonable.

Enrique Toussaint Orendáin
(v.pág.4-B del periódico El Informador del 18 de diciembre de 2016).

La elección del republicano Trump marca a hierro y fuego el contraste del sistema democrático, con una población nutrida de votantes cansados, hartos y extremadamente decepcionados y frustrados con los partidos políticos tradicionales, haciendo destacar el triunfo del empresario neoyorkino como pauta por haber conseguido llegar -aunque pocos lo creían en principio-, hasta donde llegó.

Francisco Baruqui
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 3 de enero de 2017).

Recientemente un extranjero preguntaba: ¿cuál es la relación que existe en México entre Estado y sociedad? La respuesta es compleja.

A primera vista entre estado y sociedad lo que existe en México es una cada vez mayor alienación. Es decir, ni la sociedad se reconoce en el estado ni el estado se reconoce en la sociedad, simplemente se usan mutuamente para fines prácticos.

El origen de esta absurda separación ha nacido con el estado mismo desde el momento en que sus autores lo fueron construyendo sin la participación de la sociedad y frecuentemente en contra de la misma idiosincrasia social. Este grupo de ideólogos y políticos del siglo XIX idearon un estado mexicano que luego pretendieron imponer con el apoyo de las leyes que ellos mismos hacían. El resultado inevitable fue que desde el principio la sociedad no se reconoció en ese endriago. Sólo que desde el principio también el nuevo estado mexicano heredaba las atribuciones del antiguo, virreinal, y con ello la carga administrativa y el manejo amplio y libre de la riqueza nacional. El poder y el dinero lo tiene el estado, y con el poder y el dinero el estado se irá alejando cada vez más de la sociedad.

Este alejamiento apenas atenuado con el paternalismo porfirista y durante el breve periodo maderista, se vuelve a acentuar paulatinamente haciendo que, de un estado que otra vez intentaba representar a la sociedad, se pasara a un estado que la suplantó. El proceso de alienación estaba consumado, la sociedad mexicana no es su estado, ni el estado expresa, representa o sirve a la sociedad mexicana. Se siguen usando para fines prácticos.

Esta suplantación ha elevado los costos que en todos los aspectos debe pagar la sociedad, convirtiendo la separación en hostilidad, razón por la cual el estado ha debido buscar la forma de preservarse a sí mismo, pero no precisamente como un "estado", sino como un sistema sostenido por los partidos políticos dominantes que garantice seguir conservando la función pública como una forma de acceder al poder y al dinero de la nación. En cierto modo el estado mexicano ha colonizado al país, es decir, lo somete a explotación con la complicidad de aquellos mexicanos que se benefician del sistema: intelectuales orgánicos, miembros de instituciones educativas, determinados periodistas, e innumerables empresarios entre otros.

Ante estas reacciones lo que ha ocurrido es que el estado acabó secuestrando a la sociedad, toda vez que cualquier recurso, exigencia, demanda social orientada a generar un verdadero cambio del sistema político y del propio estado atraviesa por el escrutinio y decisión final de los legisladores, que son parte de la estructura colonizadora del estado mexicano. Y si se acude a la controversia constitucional ante la Suprema Corte, el resultado es idéntico, ya que los jueces son también parte del mismo esquema explotador que arruina al país. Por lo mismo alcaldes y gobernadores siempre hallarán subterfugios para seguir creciendo nóminas y sueldos o salir con que se rebajarán el 5 o el 10%, u otras simplezas similares. No es, como dicen muchos, que Peña Nieto ya no nos represente, es el estado mexicano el que ya no nos representa.

Finalmente, si volvemos a la pregunta inicial, la respuesta se sintetiza: el estado mexicano pretendió representar a la sociedad, al no poderlo hacer, la suplantó, cuando la sociedad reaccionó, la secuestró ¿Qué sigue ahora, la represión?

Armando González Escoto
(v.pág.5-B del periódico El Informador del 22 de enero de 2017).

La nación es la idea política más potente de la historia. Más que el pueblo, la clase trabajadora o la ciudadanía. La nación como construcción política nos ha llevado a guerras, conflictos, sangre. Defender a la nación, es la obligación de todo compatriota. Desde que estamos pequeños en la escuela, nos introducen en el mundo de las banderas, los símbolos y los himnos. La nación tiene sus ritos y se reproducen durante el tiempo con asombrosa eficacia. Hace no mucho, los liberales clamaban la muerte de las naciones y, por ende, del nacionalismo. Presagio que ha demostrado su más rotundo fracaso.

El mundo de las naciones presenta estables signos vitales. No sólo avanzan los candidatos que enarbolan un discurso nacionalista o patriótico, sino que incluso el discurso político se mueve de las ideas internacionalistas al refugio nacionalista. Ante los males de la globalización, la nación siempre es un cálido hogar a dónde acudir. No considero que esta parcialidad nacional sea nociva en sí misma, creo más bien que, aunque las naciones no son naturales bajo ninguna lógica, el sentimiento de parcialidad y arraigo local sí lo son. El vínculo con la tierra. El nacionalismo, la identidad que coloca a la nación en el centro del discurso político, es nociva por sus consecuencias -exclusión, racismo, discriminación- y su radicalismo.

El nacionalismo clásico, aquél que se sustenta en la raza y en la superioridad, debe definir quién es la nación -para Trump son los trabajadores blancos empobrecidos por la globalización- y convencerlos que el otro abusa de ellos. No hay discurso nacionalista sin victimismo: México y China nos roban; el mundo abusa de nosotros. La vieja Europa vive de nuestras costillas.

En México, comienza a emerger un discurso nacionalista que, aunque no había desaparecido, había estado dormido por 3 décadas. La quiebra del modelo endógeno en los 80, dejó en el basurero de la historia las recetas del nacionalismo económico que rigieron a este país durante 5 décadas. El desequilibrio lópezportillista significó el preludio del México globalizado, liberal y abierto. En el discurso oficial desaparecieron las referencias históricas, los apelativos a la identidad nacional, y se adoptó la inevitabilidad del nuevo México inserto en la globalización. El PRI que, por buen tiempo sustentó sus principios en el llamado nacionalismo revolucionario, ahora se convertía al liberalismo salinista. La izquierda no dejó morir el nacionalismo, particularmente López Obrador, pero lo hizo a través de una denuncia a "la mafia del poder" y al establishment, rebajando a casi nada los signos identitarios.

Sin embargo, Trump levantó al nacionalista dormido. Como nunca antes, la mexicanidad se encuentra amenazada.

El llamado a la unidad no se puede sustentar sobre la base de la abolición del disenso y la persecución de los críticos. Lealtad nacional, sí. Pero la lealtad que se ejerce desde la libertad de expresión, la crítica y el disenso. La unidad sin disenso, es fascismo. Es un momento de sensibilidad social y angustia pública, coyuntura ideal para que los políticos lucren con las incertidumbres. Por ello, la unidad como discurso vacío, simplemente como forma de acallar a la opinión pública, es un cálculo político totalmente inaceptable en democracia.

Enrique Toussaint Orendáin
(v.pág.4-B del periódico El Informador del 29 de enero de 2017).

El deseo de minimizar el riesgo está actuando con Donald Trump. Estoy harta de escuchar tranquilizadoras, esperanzadas frases del tipo de: "Nooooo, luego en el cargo se moderará, luego la política la harán sus asesores, esto es solo fachada, bravatas, apariencia, luego en realidad no cambiará casi nada". Siempre se dijo lo mismo de los monstruos; de Hitler, por ejemplo, que firmó un pacto con Rusia (estremecedor paralelismo) y a quien nos esforzábamos en ver inofensivo (al principio incluso hubo millonarios judíos que le dieron dinero para detener el auge del marxismo); o del ayatolá Jomeini, a quien todos creían una figura meramente simbólica y nada peligrosa. Y tampoco me sirve ese otro consuelo de quienes dicen: "Pero no, lo sacarán del cargo, lo destituirán como presidente, el sistema americano no le permitirá desbarrar", porque, aunque lo echen, habrá otro Trump que ocupe su puesto. El problema es la crisis de la credibilidad democrática, y en tanto en cuanto no solucionemos eso, nuestro barco irá a la deriva.

Rosa Montero
(v.pág.5-B del periódico El Informador del 5 de febrero de 2017).

La única manera de luchar contra la deriva ultra de los Trump y los Brexit es la regeneración democrática. Acabar con la corrupción, con la injusticia y la hipocresía que han hecho que mucha gente ya no se sienta representada por nuestro sistema. Pero, por desgracia, no veo que nadie haga nada.

Rosa Montero
(v.pág.5-B del periódico El Informador del 19 de febrero de 2017).

Nada desmoraliza tanto a una sociedad como advertir que los gobernantes que llegaron al poder con los votos de las personas comunes y corrientes aprovecharon ese mandato para enriquecerse, pisoteando las leyes y envileciendo la democracia. La corrupción es, hoy en día, la amenaza mayor para el sistema de libertades que va abriéndose paso en América Latina luego de los grandes fracasos de las dictaduras militares y de los sueños mesiánicos de los revolucionarios. Es una tragedia que, cuando la mayoría de los latinoamericanos parecen haberse convencido de que la democracia liberal es el único sistema que garantiza un desarrollo civilizado, en la convivencia y la legalidad, conspire contra esta tendencia positiva la rapiña frenética de los gobernantes corruptos.

Mario Vargas Llosa
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 19 de febrero de 2017).

El comunismo ya no es el enemigo principal de la democracia liberal -de la libertad- sino el populismo. Aquel dejó de serlo cuando desapareció la URSS, por su incapacidad para resolver los problemas económicos y sociales más elementales, y cuando (por los mismos motivos) China Popular se transformó en un régimen capitalista autoritario. Los países comunistas que sobreviven -Cuba, Corea del Norte, Venezuela- se hallan en un estado tan calamitoso que difícilmente podrían ser un modelo, como pareció serlo la URSS en su momento, para sacar de la pobreza y el subdesarrollo a una sociedad. El comunismo es ahora una ideología residual y sus seguidores, grupos y grupúsculos, están en los márgenes de la vida política de las naciones.

Pero, a diferencia de lo que muchos creíamos, que la desaparición del comunismo reforzaría la democracia liberal y la extendería por el mundo, ha surgido la amenaza populista. No se trata de una ideología sino de una epidemia viral -en el sentido más tóxico de la palabra- que ataca por igual a países desarrollados y atrasados, adoptando para cada caso máscaras diversas, de izquierdismo en el tercer mundo y de derechismo en el primero. Ni siquiera los países de más arraigadas tradiciones democráticas, como Gran Bretaña, Francia, Holanda y Estados Unidos están vacunados contra esta enfermedad: lo prueban el triunfo del Brexit, la presidencia de Donald Trump, que el partido del Geert Wilders (el PVV o Partido por la Libertad) encabece todas las encuestas para las próximas elecciones holandesas y el Front National de Marine Le Pen las francesas.

¿Qué es el populismo? Ante todo, la política irresponsable y demagógica de unos gobernantes que no vacilan en sacrificar el futuro de una sociedad por un presente efímero. Por ejemplo, estatizando empresas y congelando los precios y aumentando los salarios, como hizo en el Perú el presidente Alan García durante su primer gobierno, lo que produjo una bonanza momentánea que disparó su popularidad. Después, sobrevendría una hiperinflación que estuvo a punto de destruir la estructura productiva de un país al que aquellas políticas empobrecieron de manera brutal. (Aprendida la lección a costa del pueblo peruano, Alan García hizo una política bastante sensata en su segundo gobierno).

Ingrediente central del populismo es el nacionalismo, la fuente, después de la religión, de las guerras más mortíferas que haya padecido la humanidad. Trump promete a sus electores que "América será grande de nuevo" y que "volverá a ganar guerras"; Estados Unidos ya no se dejará explotar por China, Europa, ni por los demás países del mundo, pues, ahora, sus intereses prevalecerán sobre los de todas las demás naciones. Los partidarios del Brexit -yo estaba en Londres y oí, estupefacto, la sarta de mentiras chauvinistas y xenófobas que propalaron gentes como Boris Johnson y Nigel Farage, el líder de UKIP en la televisión durante la campaña- ganaron el referéndum proclamando que, saliendo de la Unión Europea, el Reino Unido recuperaría su soberanía y su libertad, ahora sometidas a los burócratas de Bruselas.

Inseparable del nacionalismo es el racismo, y se manifiesta sobre todo buscando chivos expiatorios a los que se hace culpables de todo lo que anda mal en el país. Los inmigrantes de color y los musulmanes son por ahora las víctimas propiciatorias del populismo en Occidente. Por ejemplo, esos mexicanos a los que el presidente Trump ha acusado de ser violadores, ladrones y narcotraficantes, y los árabes y africanos a los que Geert Wilders en Holanda, Marine Le Pen en Francia, y no se diga Viktor Orbán en Hungría y Beata Szydlo en Polonia, acusan de quitar el trabajo a los nativos, de abusar de la seguridad social, de degradar la educación pública, etc.

En América Latina, gobiernos como los de Rafael Correa en el Ecuador, el comandante Daniel Ortega en Nicaragua y Evo Morales en Bolivia, se jactan de ser antiimperialistas y socialistas, pero, en verdad, son la encarnación misma del populismo. Los 3 se cuidan mucho de aplicar las recetas comunistas de nacionalizaciones masivas, colectivismo y estatismo económicos, pues, con mejor olfato que el iletrado Nicolás Maduro, saben el desastre a que conducen esas políticas. Apoyan de viva voz a Cuba y Venezuela, pero no las imitan. Practican, más bien, el mercantilismo de Putin (es decir, el capitalismo corrupto de los compinches), estableciendo alianzas mafiosas con empresarios serviles, a los que favorecen con privilegios y monopolios, siempre y cuando sean sumisos al poder y paguen las comisiones adecuadas. Todos ellos consideran, como el ultra conservador Trump, que la prensa libre es el peor enemigo del progreso y han establecido sistemas de control, directo o indirecto, para sojuzgarla. En esto, Rafael Correa fue más lejos que nadie: aprobó la ley de prensa más antidemocrática de la historia de América Latina. Trump no lo ha hecho todavía, porque la libertad de prensa es un derecho profundamente arraigado en los Estados Unidos y provocaría una reacción negativa enorme de las instituciones y del público. Pero no se puede descartar que, a la corta o a la larga, tome medidas que -como en la Nicaragua sandinista o la Bolivia de Evo Morales- restrinjan y desnaturalicen la libertad de expresión.

El populismo tiene una muy antigua tradición, aunque nunca alcanzó la magnitud actual. Una de las dificultades mayores para combatirlo, es que apela a los instintos más acendrados en los seres humanos, el espíritu tribal, la desconfianza y el miedo al otro, al que es de raza, lengua o religión distintas, la xenofobia, el patrioterismo, la ignorancia. Eso se advierte de manera dramática en los Estados Unidos de hoy. Jamás la división política en el país ha sido tan grande, y nunca ha estado tan clara la línea divisoria: de un lado, toda la América culta, cosmopolita, educada, moderna; del otro, la más primitiva, aislada, provinciana, que ve con desconfianza o miedo pánico la apertura de fronteras, la revolución de las comunicaciones, la globalización. El populismo frenético de Trump la ha convencido que es posible detener el tiempo, retroceder a ese mundo supuestamente feliz y previsible, sin riesgos para los blancos y cristianos, que fue el Estados Unidos de los años cincuenta y sesenta. El despertar de esa ilusión será traumático y, por desgracia, no sólo para el país de Washington y Lincoln, sino también para el resto del mundo.

¿Se puede combatir al populismo? Desde luego que sí. Están dando un ejemplo de ello los brasileños con su formidable movilización contra la corrupción, los estadounidenses que resisten las políticas demenciales de Trump, los ecuatorianos que acaban de infligir una derrota a los planes de Correa imponiendo una segunda vuelta electoral que podría llevar al poder a Guillermo Lasso, un genuino demócrata, y los bolivianos que derrotaron a Evo Morales en el referéndum con el que pretendía hacerse reelegir por los siglos de los siglos. Y lo están dando los venezolanos que, pese al salvajismo de la represión desatada contra ellos por la dictadura narcopopulista de Nicolás Maduro, siguen combatiendo por la libertad. Sin embargo, la derrota definitiva del populismo, como fue la del comunismo, la dará la realidad, el fracaso traumático de unas políticas irresponsables que agravarán todos los problemas sociales y económicos de los países incautos que se rindieron a su hechizo.

Mario Vargas Llosa
(v.pág.2-B del periódico El Informador del 5 de marzo de 2017).

Nunca en el mundo ha habido tanta desigualdad ni tanto descontento para con la clase política. Todo a pesar que en 4 décadas se apostaron todas las cartas a fortalecer la globalización y la democracia. Sin embargo, las instituciones de desmoronan y pierden legitimidad, y hay un regreso del ultranacionalismo y la xenofobia en varios países, incluyendo a Estados Unidos.

"Queremos repensar este orden político-democrático que empieza a tener problemas. En sus últimos libros, críticos para con la democracia, el autor belga David van Reybrouck habla del síndrome de la fatiga democrática para decir que muchos sectores de la sociedad tienen dudas o escepticismo, no sólo sobre la capacidad directiva de los gobiernos democráticos, sino sobre su seriedad institucional y su lealtad a los principios y valores de la democracia y del Estado de derecho", subrayó el coordinador del Comité Técnico de la Red de Políticas Públicas de la UdeG, Luis F. Aguilar Villanueva.

El rector general de la Universidad de Guadalajara, Itzcóatl Tonatiuh Bravo Padilla, agregó que existe un decaimiento en algunas instituciones y hay desconfianza de la gente hacia la clase política, "lo que ha permitido el resurgimiento de posturas ultranacionalistas y belicistas que se consideraban superadas".

La desconfianza que existe en las instituciones se puede entender en México, porque la mayoría de ellas parecen estar más interesadas en exprimir al ciudadano que en retribuirle beneficios. Esto, aunado a un fallido Estado de Derecho y factores como la incertidumbre de la población hacia el gobierno, provoca que haya un bajo desempeño social, reflexionó René Millán Valenzuela, del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

"México aún tiene marcadamente un conjunto de instituciones extractivas, que se orientan a la extracción de ganancia por encima del bien que intercambian u ofrecen".

Millán Valenzuela afirmó que, si a las instituciones de gobierno se les ve como un bien necesario para la vida pública, en la práctica ese bien le está saliendo caro a la población.

Añadió que la existencia de estructuras monopólicas, como Pemex, permiten que haya una sobreganancia en el bien que intercambian, pues estructuran el precio de forma tal que no corresponde a lo que se paga. Esto y otros factores provocan un bajo desempeño social, concepto que mide la capacidad de respuesta que tiene la sociedad contemporánea mexicana para atender un conjunto de problemas.

Macario Schettino, director de Investigación y Programas Doctorales del Instituto Tecnológico de Monterrey y director de Negocios del periódico El Universal, dijo que creer que la globalización fue una tragedia es sólo un mito. Por lo tanto, no son motivos económicos los que han provocado el ascenso de personajes ligados a la ultraderecha, o de medidas proteccionistas como el Brexit, sino el temor de grupos conservadores a perder sus privilegios en Estados Unidos y Europa.

Contrastó la famosa "gráfica del elefante" -arma favorita de los detractores de la globalización, diseñada en 2008 por el ex economista del Banco Mundial Branko Milanovic- con otra gráfica de 2011 del mismo autor, mostrando que la clase media aumentó 20% sus ingresos, y que el 80% de la población, donde se incluye a la más pobre, duplicó ese incremento. Eso, dijo, demuestra que la globalización no ha sido tan catastrófica como la pintan, de lo cual se desprende que, más bien, son los grupos elitistas los que se defienden con las uñas.

"El estatus es lo que está en riesgo. Imaginen comunidades de Michigan, o Wiscosin, con 3,000 habitantes, donde varias generaciones han vivido ahí y que de repente las cosas comienzan a cambiar. Ahora la ferretería la lleva un mexicano y el restaurant lo tiene un musulmán, y el que vende los autos es un negro. Entonces el estatus que tenían empieza a desaparecer y quizá ven que es probable que en la próxima elección gane un mexicano la alcaldía. Por eso, lo que estamos viendo es un intento de defensa de todos aquellos que están siendo golpeados por un cambio profundísimo, que no es económico, aunque tiene impactos económicos, pero tiene que ver más con la manera en que funciona el ser humano", expuso.

Julio Ríos
(v.pág.4 de La gaceta de la Universidad de Guadalajara del 6 de marzo de 2017).

Los resentimientos ciudadanos contra los partidos políticos son grandes, profundos, muchos inmersos en un odio al gremio político que hace verlo con desprecio y con rechazo cuando el prestigio de sus personajes y componentes está, no se duda... por los suelos.

Pero, con todo y por todo, la democracia, en su esencia y fondo, hace a los partidos políticos necesarios por su estructura misma, aunque exista el repudio por sus malas conductas y las de su gente.

Francisco Baruqui
(v.pág.11-A del periódico El Informador del 13 de marzo de 2017).

Reza el dicho que la democracia es certidumbre en las reglas, pero incertidumbre en los resultados. No es democrático un país en donde sabemos con toda seguridad quién va a ganar las próximas elecciones. Y en los tiempos en los que vivimos, las elecciones son cada vez menos previsibles. ¿Quién se imaginaba que Donald Trump sería presidente de Estados Unidos un año y medio antes de la contienda? ¿De dónde salió Emmanuel Macron, el liberal que hoy encabeza los sondeos en Francia y que podría llegar al Eliseo con su movimiento en marche?

La volatilidad y la fragmentación electorales provocan que el tablero del juego político se mueva más que en el pasado. Y más en México, en donde un candidato puede convertirse en Presidente de la República con alcanzar de 28 a 30% de las simpatías.

En un momento en donde los partidos políticos son vistos más como el problema que como la solución, un 4o. polo que reúna independientes y partidos políticos que asuman un papel secundario, podría tener un impacto de relevancia en 2018. La debilidad: este 4o. polo no tiene proyecto ni consistencia ideológica. Y, es más, se ha construido al revés: primero las personas y luego el programa político.

Es entendible que haya ciudadanos que no quieren escoger entre Zavala, López Obrador o el “delfín” que mande Peña Nieto. Sin embargo, hasta el momento, la cuarta vía supuestamente “ciudadana” es una recolección de personalidades, sin proyecto, ni lazos ideológicos que los una. Sin programa o proyecto político, una 4a. vía cae en los mismos vicios que denuncia. Pragmatismo puro.

Enrique Toussaint Orendáin
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 26 de marzo de 2017).

La demagogia política es un fenómeno descrito desde los clásicos griegos como una forma de satisfacer las ansiedades de la masa a costa de sacrificar el manejo responsable de la cosa pública. El populismo es hoy la forma más actual del ejercicio político encaminado al aplauso de hoy a costa del sacrificio de mañana.

Ese tipo de manejo comienza con la supuesta empatía entre la población y su líder. Poco a poco avanza luchando contra los límites del estado de derecho y trabaja para protegerse y perpetuarse mediante una maquinaria electoral permanente.

Los ejemplos de Venezuela y otras naciones son sintomáticos del costo del populismo. Pero ahora la demagogia ha pasado del discurso ideológico a un pragmatismo líquido o casi gaseoso. La oferta se centra en símbolos que traen consigo la idea de mejoras o progresos que no se pueden obtener en el corto plazo, como la salida del Reino Unido de la Comunidad Europea, o la oferta de empleos y seguridad en los Estados Unidos. Ese neopopulismo se enfrenta a los contrapesos políticos naturales y enfrenta la realidad de la compleja red de intereses que deben armonizarse desde la autoridad para poner en práctica medidas radicales.

Pero quizá el rango más importante de este movimiento es la tentación constante de rebasar los límites legales en su actuación, poniendo en duda la neutralidad y corrección de los órganos del Estado, para instalar personas afines en los contrapesos constitucionales. Ante estos intentos cobra especial relevancia el control de los mecanismos legislativos y constitucionales que puedan impedir cambios estructurales inspirados en medidas populistas. Las normas que garantizan la igualdad y la libertad son las más propensas a ser afectadas, como también son apetecibles los servicios de inteligencia, que pueden permitir de hecho el control interior con intenciones políticas.

La ruta para generar cambios que expandan la acción del Estado en el ámbito de la libertad personal, so pretexto de obtener seguridad es uno de los mayores peligros del neopopulismo. El refuerzo del gasto en seguridad impulsado en Estados Unidos y el Reino Unido, como las disputas en torno a las instituciones de inteligencia son una muestra de ello.

Luis Ernesto Salomón, doctor en Derecho
(v.pág.6-A del periódico El Informador del 26 de marzo de 2017).

El político populista usualmente es un personaje carismático, que señala que el sistema político o económico daña al pueblo, y que sus críticos sólo buscan preservar el statu quo, por lo que son los enemigos del pueblo.

De acuerdo con Ricardo Hausmann, economista venezolano, es director del Centro para el Desarrollo Internacional en la Universidad de Harvard, las críticas a los populistas regularmente los fortalecen.

Lo que se requiere, señala, es reconocer que los populistas tienen un punto cuando señalan los problemas y deficiencias de los modelos económicos vigentes, como la persistencia de la pobreza y la desigualdad, y lo que tiene que hacerse es desarrollar propuestas que realmente resuelvan los problemas a los que apuntan las políticas populistas.

Enrique Quintana
(v.periódico El Financiero en línea del 27 de marzo de 2017).

Nadie duda que la corrupción es un tóxico que amenaza la vida democrática. Pero la libertad es el instrumento primordial para combatirla de manera eficaz y erradicarla. Una prensa libre que la denuncie, una justicia independiente y gallarda que no tema enjuiciar y sancionar a los poderosos que delinquen. Una opinión pública que no tolere las picardías y las coimas.

Mario Vargas Llosa
(v.pág.2-B del periódico El Informador del 2 de abril de 2017).

Crece el racismo en el mundo, desde luego; medra la xenofobia, el miedo al diferente. Pero también parece que empieza a cuajar cierta movilización en defensa de los derechos democráticos duramente obtenidos a lo largo de los siglos.

Rosa Montero
(v.pág.5-B del periódico El Informador del 2 de abril de 2017).

Si otros actores políticos no presentan soluciones más atractivas a los problemas del capitalismo, el atractivo popular de la derecha resurgente continuará.

Sheri Berman
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 19 de abril de 2017).

Desde que Joseph Schumpeter desarrolló su obra sobre elecciones y democracia hace más de 70 años, la idea sobre la equidad de los procesos electorales ha dominado la discusión pública, particularmente en aquellas naciones con sistemas políticos débiles y resabios autoritarios. Esto es que la voluntad del individuo no es independiente en el campo de la política, y la forma como se decide en las urnas suele estar determinada por la propaganda y fabricada por quienes más recursos tienen para manipular el voto. Por décadas, la forma como el PRI utilizó dinero no contabilizado como un método para ganar votos, ha sido motivo de denuncias periodísticas, primero, y más adelante buscado acotarse -en su caso y el de otros partidos-, por los órganos electorales.

Raymundo Riva Palacio
(v.pág.10-A del periódico El Informador del 24 de abril de 2017).

En el 2018 nadie tendrá mayoría absoluta en los comicios presidenciales. Es más, muy difícilmente tendremos, con 4, 5 o 6 candidatos competitivos, como ocurrió en Francia, alguno que supere el 30%. Puede ganar cualquiera pero casi ninguno podrá gobernar. Ya vivimos esa situación, con condiciones mucho menos graves que hoy, en las elecciones del 2006 y del 2012. Para gobernar se requieren acuerdos y coaliciones, no minorías que lleguen al poder, pero no puedan avanzar en el terreno legislativo o lo hagan a fuerza de golpes autoritarios (que es la gran tentación de cualquier minoría que llega al poder sin consensos y acuerdos con otras fuerzas).

La propuesta de Manlio Fabio Beltrones establece que quien no alcance un 42% de los votos, debe construir una mayoría parlamentaria con acuerdos explícitos con otras fuerzas, un gobierno de coalición, como si fuera una democracia parlamentaria. Si no lo logra en un mes, habrá 2a. vuelta entre los 2 principales competidores, que en ese mismo proceso tendrán que construir, de una u otra forma, esa coalición.

No es verdad que es una fórmula contra López Obrador. Lo mismo podría argumentar el PRI, ante el fuerte voto antipriista o Margarita Zavala, por el antipanismo o anticalderonismo. Es una fórmula que obliga a acuerdos, a respetarlos y que permite gobernar. Todos sabemos que casi no hay tiempo para sacar una reforma de estas características, pero luego del levantamiento zapatista, en 1994, en unos pocos días se pudo sacar una reforma que le dio gran certidumbre a la elección presidencial de ese año, y sentó las bases para la construcción del sistema electoral posterior.

No dejemos pasar la oportunidad. Si llegamos con el actual diseño político al 2018 correremos el serio riesgo de tener otro sexenio perdido.

Jorge Fernández Menéndez
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 25 de abril de 2017).

Ya sabemos que todas las dictaduras son históricamente nefastas, porque anulan la función esencial que convierte a los miembros de un grupo social en ciudadanos: la libertad política. Sólo les queda la opción entre vivir sumisos como reses de un rebaño o emprender la rebelión civil, con su séquito de violencia, represión y asesinato de inocentes. Pero antes o después las dictaduras acaban, porque no hay Reich que mil años dure. Y entonces se ve que no todas las dictaduras dejan al país que las ha padecido con las mismas posibilidades de recuperación. Aunque siempre detestables, las dictaduras digamos "de derechas" logran a veces ciertos avances materiales que permiten luego una reimplantación relativamente fluida de las instituciones democráticas: no han destruido el tejido de la sociedad civil, sólo la han sometido y han abusado de él; mientras las llamadas "de izquierdas" frecuentemente destruyen hasta su raíz las instituciones civiles, jurídicas, empresariales, educativas... en busca de un ilusorio "mundo nuevo" que deja un terreno empobrecido y yermo donde será muy difícil y largo que rebrote la democracia. Por su capacidad criminal muchas veces los dictadores derechistas son peores mientras mantienen su tiranía, pero para lo que viene después los de izquierdas son aun más temibles.

Fernando Savater
(v.pág.2-B del periódico El Informador del 30 de abril de 2017).

En 2016, líderes gubernamentales de Norteamérica debatieron acerca de lo que implica el populismo: Enrique Peña Nieto se manifestó en contra del mismo, seguramente porque en México lo venimos padeciendo cada vez más, con "mesías" de izquierda, de derecha y de centro, ninguno de los cuales ha dado en la justa medida de lo que la sociedad requiere (valores, educación, salud, compromiso para con los demás).

Inmerso en un profundo bache y rechazo social -en buena medida por su incapacidad para comunicar de manera asertiva sus acciones, y en otra por garrafales errores en su patrimonio familiar-, Peña Nieto fue duramente criticado en México, lo menos que se dijo fue que Barack Obama le había dado una lección al pronunciarse a favor del populismo; no muchos entendimos que hablaban de 2 concepciones de populismo diferentes.

Obama -él hasta entonces presidente ejemplo mundial- enfocaba su decir en la necesidad del gobierno, de preocuparse por los que menos tienen con acciones y políticas públicas cada ves más contundentes... meses después, los demócratas estadounidenses, incluyendo a Obama y Hilary Clinton fueron derrotados por un populista de derecha que hoy, después de más de 100 días, no ha podido cumplir prácticamente ninguno de sus postulados de campaña.

En su argumento, Enrique Peña Nieto intentó hacer ver el peligro que significan los autonombrados "mesías" -sin importar los colores que representen-, quienes sin la preparación adecuada buscan convencer, y en no pocas veces lo logran, a las masas ávidas de encontrar a alguien que les resuelva sus problemas personales y familiares, de preferencia, sin que implique esfuerzo alguno -para eso son los desvalidos, faltaba más-.

En tanto, a Justin Trudeau un joven convertido en un fenómeno de la política en Canadá, anfitrión y participante del mismo debate, con un decir interesante, casi nadie le presto atención en nuestros medios de comunicación, tal pareciera que de lo que se trataba era hacer leña de EPN.

Después de los resultados electorales y gubernamentales en EU, no he leído, ni escuchado que alguien de crédito a lo dicho por Peña Nieto, no obstante que tenemos el peligro a la vuelta de la esquina.

Cuauhtémoc Cisneros
(v.pág.8-A del periódico El Informador del 8 de mayo de 2017).

Algunos dirán que hay de populismo a populismo, y es cierto, sólo que en nuestro país casi todos los partidos le apuestan y le han apostado siempre al populismo. Esta afirmación nos lleva a preguntarnos, y entonces ¿Qué es el populismo? Más que una ideología el populismo es un tipo de mercadotecnia política que basa su triunfo en el apelo a las mayorías, mismas que siguen constituidas por las personas con menos posibilidades en todos los campos de la sociedad. En Europa son los desempleados, en Estados Unidos las minorías raciales y los desplazados, en México más de la mitad de la población. Pero igualmente el discurso populista busca siempre un enemigo a vencer, para los europeos son los migrantes, para el presidente Trump los mexicanos, para los líderes socialistas el capitalismo neoliberal, para los musulmanes las potencias occidentales, para Corea del Norte Corea del Sur y sus sustentadores, y así región por región.

Pero no es sólo el apelo a los grupos menos favorecidos para ilusionarlos con el cambio, o el señalamiento de los enemigos a vencer, sino sobre todo el arte de ofrecerles un futuro inminente de progreso y prosperidad con la magia de la palabra vociferante, de la denuncia, de la mimética y la gesticulación dramática; en escenarios como el nuestro, tan erosionados, acudir al recurso de las promesas notariadas que al final de nada sirven, es sólo un nuevo recurso "populista" para convencer a un público crónicamente decepcionado. Esta realidad ha llevado el discurso populista mexicano a nuevos horizontes: ahora la promesa de que todo cambiará incluye la cacería de los mandatarios bandidos, no necesariamente la recuperación de lo que se robaron.

En países como el nuestro hay además un populismo que ha sabido diversificar su mensaje según el sector al que se dirige, pues no es lo mismo prometer a los hombres del campo que a los habitantes de las zonas marginales urbanas, a las masas obreras que a las masas juveniles, a las clases medias o las menos medias. Hay incluso un mensaje populista para los hombres de empresa y para los intelectuales, pues a la hora del carecer, del pedir y del esperar todo mundo es "pueblo", pueblo que puede favorecer con su voto al detentor del mensaje más convincente.

Armando González Escoto
(v.pág.2-B del periódico El Informador del 14 de mayo de 2017).

La democracia es el sistema político del ruido, el bullicio y el disenso. La democracia se construye sobre el habla y los gritos. La deliberación sin cortapisas. No hay pluralismo sin disputa y, por lo tanto, sin garantías de libre expresión. Al contrario, la dictadura es el sistema del silencio. O los silencios sistematizados. Consenso originario. Unanimidad y homogeneidad. Un régimen autoritario desaparece por decreto el ruido de una sociedad. No se puede criticar y hay que hablar con voz bajita. La dictadura es el régimen de la secrecía. Los regímenes liberticidas hacen del terror el arma más eficaz para perpetuar el silencio y la soledad. Así lo decía la filósofa Hannah Arendt: "la soledad, el terreno propio del terror".

Enrique Toussaint Orendáin
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 21 de mayo de 2017).

El capitalismo y las fuerzas del mercado, luego de derrotar a su enemigo comunista, nos aseguran un futuro de prosperidad, consumo y paz. La democracia, el sistema que permite que los ciudadanos elijan y controlen a su gobierno, se esparcirá por todo el mundo. Nada puede salir mal.

Con la misma mirada, en México le confiamos a la democracia resolver todos nuestros problemas. Con la democracia liberal, seríamos más guapos, altos y atractivos. De un plumazo, y sin la más mínima duda, los mexicanos entraríamos en el 1er. mundo, como tripulantes entusiastas de la globalización y de un nuevo país fincado en las libertades y la prosperidad. Nuestro pasado quedaría enterrado. El clientelismo desaparecería ante la reforma inevitable del sistema político. El corporativismo convertido en un simple reducto del pasado. Los partidos políticos serían vehículos ideales para potenciar la participación de los ciudadanos y la corrupción sería derrotada por la trasparencia y la rendición de cuentas. La democracia como fin teleológico de un largo camino que comenzó con la reforma política de 1977.

Nadie se preguntó, parafraseando a Robert Dahl, Y después de la revolución, ¿qué? Y aplicado al caso mexicano: y cuando seamos una democracia, ¿qué? ¿Qué debemos hacer el día siguiente?

La incipiente democracia mexicana vive una involución innegable. Las deformaciones con las que nació y las espinillas que desarrolló en su pubertad, hoy son cicatrices. Los vicios que heredó del viejo régimen devinieron en prácticas normalizadas. Es como si lo que nos escandalizaba socialmente en el 2000, en la actualidad sea parte del paisaje común del sistema político mexicano. La democracia mexicana es un sistema que apesta a obsoleto y vetusto cuando apenas alcanza la mayoría de edad. El concepto mismo de democracia, que en el pasado desencadenaba pasiones, hoy luce vacío e insignificante. Fue la solución de todo durante la transición y hoy parece que es la solución de nada.

México dio pasos gigantescos para tener elecciones con un juez imparcial. Hoy, el INE está más desgastado que un árbitro de fútbol. ¿Y qué decir de la democracia interna de los partidos políticos? Hoy, los partidos eligen a sus candidatos con el "dedo divino" del cacique de turno y no vemos que nadie se escandalice. En México parecía que entendíamos que era condenable vender tu voluntad política por un billete de 200, y hoy ya nadie se ruboriza al ver la compra de voto por doquier. La calidad de nuestra democracia retrocede frente a la indiferencia popular.

Corremos un grave riesgo en este país: llamarle democracia a algo que no es. Llamarle democracia a la compra masiva de votos. Llamarle democracia a la elección de estado. Llamarle democracia a la infiltración de dinero ilícito en las elecciones. Llamarle democracia al reparto de tarjetas de débito como instrumento de compra de voto. Llamarle democracia a la intervención espuria de los sindicatos a favor de los intereses de su cúpula gremial. Llamarle democracia a la compra masiva de medios de comunicación. Llamarle democracia a un sistema atravesado por la violencia y el asesinato de periodistas. México necesita rescatar su democracia.

Enrique Toussaint Orendáin
(v.pág.5-B del periódico El Informador del 28 de mayo de 2017).

Ahora en el mundo se les conoce como populistas a regímenes que ofrecen soluciones simplonas a problemas complejos, al margen de que movilicen grupos o propongan déficit fiscales. Como el gobierno de Trump, que atribuye la pérdida de empleo industrial a acuerdos como el TLCAN o a la migración de los mexicanos.

Por ejemplo, si el populismo tiene que ver con la propensión a gastar de más, creo que la amenaza va mucho más allá de AMLO.

Para casi todos los candidatos que entren a la contienda presidencial, va a existir una propensión natural a hacer ofertas que requieren más gasto público, sin que propongan un esquema de recaudación real que lo sustente.

O bien, ofreciendo soluciones simplonas, falaces y populares, como la reducción de los salarios de los funcionarios públicos como fuente de financiamiento de programas sociales.

Creo que el riesgo de la reaparición de un déficit público inmanejable, de la tentación de hacer propuestas populares, pero sin viabilidad, o de buscar esencialmente el aplauso del "respetable", sin nada sólido qué ofrecer, trasciende a AMLO.

El riesgo principal que enfrentamos es que el populismo a la mexicana, que incluye todos los atributos descritos, sea contagioso y que, para ganar, todos los candidatos tengan que incorporarlo sin que, por ejemplo, propongan una reforma fiscal real -de las que duelen- para sustentar financieramente sus políticas.

Enrique Quintana
(v.periódico El Financiero en línea del 1o.de junio de 2017).

Alguna vez escribí que de poco aprovechan las urnas si quien vota es un analfabeto sin criterio, presa fácil de populistas y sinvergüenzas. Pero también es cierto que a ese analfabeto llevamos varias generaciones fabricándolo con sumo esmero y entusiasmo suicida. Somos lo que nosotros mismos hemos hecho de nosotros.

Por eso no conviene olvidar que a esos parlamentarios y políticos los hemos llevado hasta allí ustedes y yo. Entre los españoles hay ciudadanos dignos y honorables, pero también gentuza. Y la gentuza tiene, naturalmente, derecho a votar a los suyos. Eso prueba que somos una democracia representativa, porque es imposible representarnos mejor. Nuestros diputados son el trasunto de millones de ciudadanos que los eligieron. Podemos protestar al verlos manifestar nuestras más turbias esencias, podemos asistir boquiabiertos al repugnante espectáculo que dan, podemos, incluso, ciscarnos en sus muertos más frescos. Pero no debemos mostrarnos sorprendidos. Un Parlamento sin gentuza, lleve corbata o lleve chanclas para rascarse a gusto las pelotillas de los pies, no sería representativo de lo que también somos. Así que ya saben. A disfrutarnos.

Arturo Pérez-Reverte
(v.XL Semanal del 4 de junio de 2017).

Desde que se instauró el Colegio Electoral en los Estados Unidos (12a. enmienda a la Constitución), comenzó la polémica. Diversos estudios han analizando si el sistema de voto indirecto es verdaderamente democrático. Los que argumentan a favor, aducen que los 538 votos del colegio electoral son representativos en proporción a la población y al número de congresistas que representa cada estado. Indican que está diseñado para impedir que los grandes estados acaben dominando la política del país. Es decir, busca el difícil equilibrio entre los intereses de los estados y las instituciones centrales. Los detractores razonan que no se puede hablar de un sistema verdaderamente democrático si el resultado no refleja la decisión de la mayoría.

La historia registra 5 ocasiones en que un candidato gana el voto popular, pero pierden por no alcanzar los votos suficientes en el Colegio Electoral. Estos 5 presidentes: John Quincy Adams, Rutherford B. Hayes, Benjamin Harrison , George W. Bush y Donald Trump , perdieron el voto popular y ganaron la elección. El número de votos electorales no cambia en el tiempo, siempre se requieren 270 para ganar. Sin embargo, el número de votantes es cada vez mayor.

El paradigma de democracia no parece estar acuñado en ningún país, sigue siendo un ideal inalcanzable que se presta para muchas discusiones. Otro dato insólito. En Estados Unidos se requiere presentar una identificación oficial para miles de transacciones: comprar medicamento, registrarse en un hotel, abrir una cuenta de banco, comprar bebidas alcohólicas o cigarros, aplicar para un trabajo, rentar una casa o un coche, adoptar una mascota, comprar un celular, visitar un casino y decenas más. Sin embargo, ¿adivinen para qué no se requiere presentar una identificación en 19 Estados? ¡Para votar! Esto es un tema mucho más relevante y menos polémico que una reforma constitucional que se requeriría para cambiar el Colegio Electoral.

Los 19 Estados que no requieren identificación para votar suman 231 votos del Colegio Electoral, es decir un 42%, incluyendo estados muy grandes como California, Nueva York, Illinois y Pennsylvania.

Jacques Rogozinski
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 5 de junio de 2017).

El término populismo -convertido en la descripción preferida de una revuelta de las masas contemporáneas- no ofrece posibilidad alguna de comprensión significativa de ese fenómeno. El uso del término populista es tan solo una forma de cultivar la negación de que el fantasma del fascismo amenaza nuevamente a nuestras sociedades y de negar el hecho de que las democracias liberales se han convertido en su contrario: democracias de masas privadas de su espíritu democrático.

Rob Riemen
("Para combatir esta era. Consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo", Taurus).

La actual economía no pretende abatir la desigualdad ni el empobrecimiento, por el contrario, conscientemente las amplía. Y esto que pasa en México, también sucedió en Estados Unidos, por ello, el grupo "olvidado" del sistema económico votó por una figura mesiánica que le ofrecía esperanza. Y esta es la razón, según Rob Riemen, filósofo holandés, por la que: los movimientos fascistas, que eligen un "culpable", que le ofrecen a los "olvidados" lo incumplible, manipulándolos a través de frágiles mecanismos de la democracia para llegar al poder, están de vuelta con enorme fuerza.

Y la línea entre absurdas promesas y una verdadera reivindicación de las clases populares y medias, es muy delgada, por ello, el premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, también en México declaró: una democracia debe satisfacer las necesidades de la mayoría de los ciudadanos, y si no lo está haciendo, mal podrían llamar "populismo" a una crítica a la liberación de los mercados de capital, para mí, esa (denuncia) es una sana y necesaria política democrática.

En cambio, continuó Stiglitz: cuando Trump dice que llevará de regreso los empleos manufactureros a Estados Unidos sabemos que no va a ocurrir. Esto sí es la peor faceta del populismo, está diciéndole a un segmento de la sociedad estadounidense lo que quiere escuchar, mensaje dirigido a un muy amplio grupo olvidado por la economía y que no tiene el nivel de educación para darse cuenta si es verdad o siquiera posible...

En lo expresado por estos expertos hay 2 premisas: los populistas y la perversión de la democracia florecen debido a la pobreza creada en un amplio segmento poblacional con la falta de inclusión en el crecimiento económico; y la ignorancia, es decir, la falta de educación más allá de la básica, para las mayorías, lo que favorece el triunfo de personajes manipuladores de lo popular y de la democracia.

Entonces, la lógica simple destapa la economía de México, con un pequeño, muy pequeño porcentaje de la población beneficiada por el actual sistema, y amplias, muy amplias mayorías atizadas por la pobreza galopante: caldo de cultivo para la pérdida de la democracia y el arribo del mesianismo.

Lourdes Bueno, investigadora de la Universidad de Guadalajara
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 1o.de julio de 2017).

El verdadero apocalipsis que estamos viviendo es el de un sistema político anquilosado que necesita renovarse por completo. Tenemos que refundar la democracia.

Rosa Montero
(v.pág.4-B del periódico El Informador del 2 de julio de 2017).

México es el país con menor grado de satisfacción con la democracia (sólo 19%) y con alta propensión a renunciar a las libertades democráticas (46%) a cambio de tener gobiernos con capacidad de resolver problemas.

Ciro Murayama
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 3 de julio de 2017).

El gobierno existe por decisión de la sociedad, no es una entidad superior sino por el contrario, la institución puesta al servicio de la ciudadanía desde el momento en que es la ciudadanía la que le da el cargo y la que le paga por ejercerlo a cambio de que asuma responsable y honestamente las obligaciones inherentes a su oficio. La representación, la defensa y la regulación son algunos de los fines para los cuales el gobierno es establecido, pero también para múltiples asuntos relacionados con la gestión de la vida nacional.

Bajo el control del gobierno se ubican diversas funciones y servicios. El alumbrado público, el sistema de distribución de agua potable y el drenaje, la recolección de basura, la limpieza de las calles, el suministro de la energía eléctrica, la pavimentación y conservación de las vialidades urbanas y rurales, la semaforización, el cuidado del orden del tráfico, la regulación del comercio y de la producción, la protección de los recursos naturales, las relaciones con otras naciones, la administración de las finanzas, es decir, impuestos, intereses, pagos, contribuciones; incluso el gobierno se ha apropiado de la educación a la cual destina presupuestos extraordinarios sin que los resultados se dejen ver; desde luego y en lugar prioritario, es función del gobierno garantizar la seguridad de la vida y de los bienes de la población. Otros servicios han sido privatizados o fueron rebasados de la función pública, como sería hoy día la telefonía celular o el acceso a internet.

El costo que representa para el país este servicio de administración es por supuesto colosal, estratosférico, desmedido, descomunal, justamente porque está en manos del gobierno, y sus integrantes se lo cobran a manos llenas, por decir lo menos. Adicionalmente cada 3 y 6 años organizan unos procesos llamados electorales en los cuales todos los interesados se medio matan con tal de pasar a formar parte de las filas de la pesada burocracia porque saben que eso significa poder meter las manos en las arcas públicas además de obtener salarios que ya quisieran percibir las personas que realmente trabajan.

Si todos los servicios que la sociedad recibe actualmente de las autoridades, incluida la seguridad pública, se privatizaran ocurriría una serie de consecuencias: el gobierno y los partidos saldrían sobrando, el ahorro que solamente esto traería consigo sería extraordinario, la ciudadanía y las instancias que para ello requiriese, contratarían los prestadores de servicios adecuados, les pagarían a tenor de los resultados y dejarían de pagarles en caso de incumplir lo contratado, lo mismo sucedería con una seguridad pública cuyos integrantes sabrían perfectamente que su salario ahora depende de que cumplan con su responsabilidad. Claro que necesitaríamos de nuevos jueces y de un equipo de legisladores genuino, reducido a expertos, que de la misma manera ganarían según resultados y serían sancionados desde la legislación laboral correspondiente sin recursos demagógicos o fueros y cualesquier otra forma de impunidad.

Una reforma de ese tipo es lo que permitiría al país dejar de ser un enano cabezón, enano cazcorvo porque el peso desmesurado de su cabeza le dobla las piernas.

Armando González Escoto
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 9 de julio de 2017).

El 1er. error está en la percepción de los mecanismos de democracia directa, santificados de tal manera entre la opinión pública, que los diputados de Jalisco bajaron las barreras. Kumamoto fue el más feliz, pues esto es consistente con los planteamientos de Wikipolítica.

Derivado de este error, 49 vecinos pudieron arrancar la maquinaria de participación ciudadana y poner en entredicho una obra que impacta a toda la ciudad, no sólo a su calle. Pero eso no es culpa ni de ellos, ni del instituto electoral, ni de su visión sobre el espacio público, ni de su número. El problema es que la ley tiene imprecisiones y la autoridad electoral se vio obligada a nadar en mar de vaguedades. La ley dice, por ejemplo, que la consulta puede ser solicitada por el 0.1% de los ciudadanos de la zona. Ah caray, ¿la zona son las colonias afectadas? Pues ya qué. La ley manda. Y luego, la ley dice que votarán los habitantes. Ah caray, ¿en general, sin credencial, y hasta los alteños? Pues ya qué, la ley manda. Y la ley excluye temas de seguridad y fiscales pero permite consultas sobre obras. Pues la ley manda y nosotros no debemos decidir si el contenido es justo, loable, banal o no. Que se haga, dijeron los consejeros. E hicieron bien.

La consulta popular, el plebiscito, la revocación de mandato y otras linduras que se venden como soluciones ciudadanas frente al abuso de la clase política, son herramientas muy peligrosas porque son mecanismos de salvación. Son como el martillo para romper la ventana en un autobús: deben existir, pero no deben usarse a la menor provocación.

Por eso, los diputados deben revisar inmediatamente los agujeros que abrieron con la ley. Tal como está, y aunque no haya sucedido así, un grupo pequeño de ciudadanos afectados puede poner por encima de la colectividad sus intereses sectoriales (o su visión del mundo), pero lo más peligroso de esto es que, en un abrir y cerrar de ojos, no serán ciudadanos enojados, sino poderes fácticos o funcionarios hábiles con capacidad de movilización vecinal.

Ivabelle Arroyo
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 12 de julio de 2017).

Democracia, un sistema que no libra a los países de pillos, pero permite que sus pillerías sean denunciadas y castigadas. La democracia no garantiza que se elija siempre a los mejores, y, a veces, los electores se equivocan eligiendo la peor opción. Pero, a diferencia de una dictadura, una democracia, sistema flexible y abierto, puede corregir sus erroresy perfeccionarse gracias a la libertad.

Mario Vargas Llosa
(v.pág.2-B del periódico El Informador del 16 de julio de 2017).

Está tan complicado el laberinto de la corrupción que hemos trazado en este país que más vale que empecemos a echarle imaginación. Eso de crear más burocracia con un sistema centralizado sin capacidad para entrarle a todo lo que inútilmente verifican las auditorías estatales, de una vez les aviso que no nos va a funcionar.

Cambiar la sangre del sistema tampoco es buena idea. Eso de que hay que sacar a los azules, amarillos o tricolores para que la honestidad valiente de los morenos o de los alfaristas transforme la lógica del poder, desde ahora les digo que será insuficiente.

Voltear hacia una democracia plebiscitaria y sustituir a los congresos, a los partidos políticos y a los funcionarios públicos con organizadores profesionales de consultas populares no es la fórmula mágica.

Poner candados, cambiar a la clase política, recurrir a la participación ciudadana y alternar entre privatización-estatización no está mal. Lo que es terrible es que haya un gran decisor final.

El filósofo David van Reybrouck está poniendo sobre la mesa del debate politológico una descabellada propuesta para salvar la democracia quitándonos de encima el retorcido sistema de partidos sin nuevos cuadros, autoridades electorales poco creíbles, fiscalizadores de elecciones, gobernantes que son eternos candidatos y desánimo con los resultados. Su propuesta es recuperar el mecanismo del sorteo, mezclado con herramientas deliberativas. Lo traigo a colación porque su propuesta bien puede ayudar a eliminar al gran decisor, que va desde el gabinete presidencial, pasando por todos los Duartes, hasta el alcalde de un pequeño municipio. Hay que quitarles la capacidad de decidir quién firma el contrato.

Démosle una oportunidad, al menos para debatirlo: si se establecen requisitos mínimos para, por ejemplo, encargarse de detectar a los infractores del reglamento de tránsito (garantías técnicas, de servicio, precio y personal), y los que cubren esos requisitos participan en un sorteo simple, nos olvidaríamos de licitaciones amañadas, favoritismo, sobreprecios y empresas fantasmas.

Ivabelle Arroyo
(v.pág.5-A del periódico El Informador del 19 de julio de 2017).

En la Grecia antigua, la palabra idiota se utilizaba para referirse a todo aquel que no se ocupaba de los asuntos públicos, sino sólo de sus propios intereses. La raíz "idio", significa "propio" y es la misma raíz de palabras como "idioma" o "idiosincracia".

Atendiendo al significado original, podríamos llamar idiotas a todas las personas apáticas, indiferentes o egoístas que les importa un bledo el bien común, y se interesan sólo en resolver su vida particular.

En el apogeo de la democracia ateniense, la máxima pena que se aplicaba a un ciudadano que no participaba en la vida social era el exilio. Se consideraba mal que alguien se mantuviera apartado de los asuntos públicos que tenían que ver con su vida, y se veía como tonto o ignorante al que renunciaba a ocuparse de las políticas que lo afectan.

Visto así, podemos decir que la idiotez en México tiene dimensión epidémica.

Somos idiotas (en el sentido de la antigua democracia ateniense) cuando nos desentendemos de las cosas comunes y dejamos que otros las resuelvan a sabiendas de los conflictos de intereses y beneficios personales inmiscuidos; somos idiotas porque toleramos que los políticos hagan leyes a modo para hacer impunemente lo que les venga en gana, con nuestros impuestos y con los bienes comunes; somos idiotas porque no hacemos nada, ni siquiera indignarnos cuando descaradamente se roban y dilapidan el dinero de todos; y somos más idiotas aun cuando a pesar de todos los disparates, dispendios y barrabasadas que los políticos hacen, les damos fuero, privilegios y exenciones, y encima de todo les hacemos caravanas.

Y como no reaccionamos, la indiferencia de los idiotas es aprovechada por los políticos para que todo permanezca a su favor.

El problema se agrava, además, porque los votos de los ciudadanos con idiotez democrática (ignorantes y apáticos) valen igual que los de los ciudadanos informados, porque el abstencionismo que siempre acompaña a la apatía influye en los resultados electorales, y aun si los idiotas decidieran ejercer su voto, su desconocimiento de los asuntos públicos los haría votar a favor del candidato que más promete o del demagogo que les dice exactamente lo que quieren oír.

La única manera de dejar de ser un idiota de la democracia es involucrándose en los asuntos públicos, opinando, votando y reclamando de manera informada cada vez que la situación lo amerite.

De otra manera confirmaremos no sólo nuestra idiotez crónica, sino lo que el General Porfirio Díaz sostenía sin rubor alguno: "Los mexicanos están contentos con comer desordenadamente antojitos, levantarse tarde, ser empleados públicos con padrinos de influencia, asistir a su trabajo sin puntualidad, enfermarse con frecuencia y obtener licencias con goce de sueldo, divertirse sin cesar, casarse muy jóvenes y tener hijos a pasto, gastar más de lo que ganan y endrogarse con los usureros para hacer posadas y fiestas onomásticas (...) Los padres de familia que tienen muchos hijos son los más fieles servidores del gobierno, por miedo a su miseria; a eso es a lo que más le tienen miedo los mexicanos de las clases directivas, a la miseria, no a la opresión, no al servilismo, no a la tiranía; a la falta de pan, de casa y vestido, y la dura necesidad de no comer o sacrificar su pereza" (Gobernantes Mexicanos Tomo 1, de Will Fowler, Fondo de Cultura Económica).

Quienes prefieran seguir siendo idiotas democráticos, esperando que el otro, el vecino, el de enfrente, sea el que levante la voz y haga algo cuando las cosas públicas estén o nos parezcan mal, luego no se quejen de que gracias al desinterés e indiferencia por lo común, sus asuntos propios junto con los de todos se hayan ido al carajo.

Ricardo Elías, arquitecto y empresario
(4 de agosto de 2017).

Algunos párrafos de Mario Vargas Llosa, sobre "Lo privado y lo público", en glosa a un texto de Alfonso Savater, planteados en su ensayo "La Civilización del Espectáculo" (Ed. Punto de Lectura, 2015).

Por ejemplo, su alusión a "el entronizado 'derecho de todos a saberlo todo'": un supuesto derecho que es "parte de la actual imbecilización social", puesto que "Ninguna democracia podría funcionar si desapareciera la confidencialidad entre funcionarios y autoridades"...

Jaime García Elías
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 7 de agosto de 2017).

En nuestro medio es el sistema capitalista el que rige la economía, distinguiendo 2 corrientes: la neoliberal y la populista. En la neoliberal es en la que el estado tiene acción limitada para regular el mercado porque en teoría éste se regula solo y corrige sus propios errores; al respecto opino que en algunos casos debe intervenir el Estado. En tanto que la corriente populista se apoya en un Estado interventor que regula la actividad financiera y económica, limitando las libertades individuales, como por ejemplo Venezuela, con la bandera de que trata de acortar la brecha entre ricos y pobres.

Sea cualquiera de las 2 corrientes que gobierne, no debe perderse el objetivo básico del modelo escogido, que en todos los casos debe ser el del costo-beneficio; cuánto le cuesta al pueblo su gobierno y qué beneficios le reporta. Los costos y los beneficios no deben circunscribirse al aspecto monetario, que en última instancia resulta el menos importante de los demás factores que constituyen el bienestar de la sociedad, entre los que se encuentran: la libertad en todos sus sentidos: libertad de expresión, libertad de movilidad, libertad de escoger actividad cultural, y laboral; igualdad de derechos de género, libertad religiosa, libertad de elegir y destituir a los gobernantes. Otro de los valores que debe tomarse en cuenta para escoger un modelo de gobierno, es la paz social, cuya expresión máxima negativa son las manifestaciones, plantones y marchas. Una sociedad que tiene satisfechas sus necesidades, es una sociedad feliz que trabaja y produce, genera riqueza y aumenta el PIB y no tiene necesidad de acudir a expresiones públicas de inconformidad como sucede todos los días del año en la CDMX y ocasionalmente en otras ciudades del país. Otro de los valores que vale más que todos los anteriores, es la tranquilidad. La seguridad de que nuestra vida y nuestro patrimonio están seguros; que tenemos una autoridad vigilante y efectiva que cuida de nuestra existencia y nuestros bienes.

Luis Jorge Cárdenas Díaz
(v.pág.11-A del periódico El Informador del 24 de agosto de 2017).

La democracia es un sistema en donde las formas deben subordinar al fondo. Incluso, viendo más allá, la democracia debe ser ciega ante los fondos. No le interesa quién gana o quién pierde, sino si el ganador o el perdedor adquieren esa condición de forma justa. Por ello, aquella frase tan característica de la democracia: certidumbre en las reglas, incertidumbre en los resultados. Aunque suene frío, la democracia tiene que ser la tiranía de los procedimientos justos y las reglas consensuadas.

En democracia, el procedimiento es el corazón de la credibilidad. No hay democracia confiable, si las reglas y el árbitro lucen inaceptable para los competidores y para una parte de la ciudadanía.

Los mexicanos duramos décadas en lograr que la autoridad electoral se "emancipara" del ejecutivo. Que las elecciones no fueran organizadas por la Secretaría de Gobernación y que fuera un órgano constitucionalmente autónomo el que organizara los comicios. Hoy, estos organismos viven horas bajas en credibilidad y confianza, pero es innegable que la transición a la democracia no se puede entender sin la autoridad electoral.

La democracia es la tiranía de las formas, pero éstas no son nada sin la participación de la ciudadanía. Los vicios de un sistema colapsan frente a ciudadanos participativos y organizados. Y, por el contrario, no hay arreglo institucional, por más sólido que sea, que aguante la apatía generalizada y la baja participación.

Enrique Toussaint Orendáin
(v.pág.3-B del periódico El Informador del 27 de agosto de 2017).

El dedazo mutó de la ilegitimidad del viejo régimen a la aceptabilidad en el nuevo sistema. Antes, el dedazo se cubría de simulación y de toda una construcción discursiva que lo justificaba. "Consultamos a las bases, as las organizaciones y a los sectores" decía el presidente del PRI. Detrás, sabíamos que la elección del sucesor presidencial constituía una decisión personalísima del Presidente. El dedazo le permitía al jefe del ejecutivo cohesionar a su partido y tripular activamente la sucesión, hasta el día de su inevitable sustitución.

Hoy, la tiranía del dedo se ha universalizado. PRI, PAN, PRD, MC, Morena, el Verde, quien usted me diga. Auxiliados en una encuesta, algunas veces pública y otras veces que se resguarda como misterio de fe, el líder político -sea presidente de la república, de partido, alcalde, gobernador o senador- señala a su sucesor sin la necesidad de que medie ningún tipo de proceso democrático. Se esconde el dedo con múltiples mecanismos. Los militantes de los partidos políticos se convierten en alegres alcahuetes de la decisión que toman sus cúpulas y lo único que exigen es un buen empleo cuando llegue la ansiada repartición del pastel posterior a la elección.

La tiranía del dedo para elegir candidatos supone múltiples vicios que impiden la construcción de una democracia con mayores niveles de calidad. En primer lugar, el dedazo provoca la personalización de la política. Al no depender de procesos democráticos internos, de la participación de los militantes o simpatizantes de un partido, la sucesión adopta los rasgos del decisor y la lealtad del candidato es interpersonal. No hay pegamento ideológico cuando el dedazo aparece; no hay compromiso con las ideas. La lealtad se negocia y eso pone en riesgo el compromiso del futuro gobernante con los ciudadanos. De la misma forma, el dedazo aumenta las posibilidades de una mala elección del candidato. Y no sólo eso, la decisión unilateral de un candidato, sin la participación de los militantes, elimina un contrapeso necesario para saber si un candidato tiene un presente o un pasado turbio.

El dedazo carcome la vida interna de los partidos políticos. Los institutos políticos en México se han vaciado de contenido. No hay discusiones, debates, procesos internos. Los que siguen apostando por esta vía, primarias o elección de delegados -el PAN-, han caído también en la corporativización de su militancia. Las enormes cantidades de recursos públicos que reciben los partidos y el monopolio que tuvieron por décadas sobre la representación, los llevó a construir un vínculo totalmente clientelar con sus bases. Más que ideas, programas o procesos internos, las militancias pedían prebendas, puestos y acceso a recursos públicos. Pasaron de ser agrupaciones de ideas e intereses, a ser vehículos de acceso al poder, única y exclusivamente. El pragmatismo aniquiló la incipiente vida democrática que observábamos en algunos partidos políticos.

De la misma forma, el dedazo contradice uno de los principios de la Constitución y que luego se expresa en la Ley General de los Partidos Políticos: los institutos políticos son entidades de interés público. Por eso reciben 6,700 millones de pesos a nivel nacional, más la asignación por cada una de las entidades federativas. En total, los partidos políticos recibirán casi 12,000 millones de pesos (los presupuestos de Guadalajara y Zapopan, juntos). Y, sin embargo, los partidos políticos se comportan como si no recibieran tremendo subsidio: toman las decisiones entre unos poquitos, los cargos públicos los reparten entre sus cuates y el dedazo se impone en casi todas las decisiones públicas. Como en Estados Unidos, las primarias o elecciones internas abiertas a simpatizantes deberían ser regla ineludible. Si vivimos en una democracia, los partidos deberían ser los principales promotores.

El autoritarismo que irradia a los partidos políticos no es sólo culpa de ellos o de la falta de una legislación adecuada que los obligue a abrirse. El autoritarismo, que tiene en el dedazo a uno de sus principales exponentes, se reproduce entre los partidos, también por la indiferencia social. Como sociedad hemos permitido que los partidos políticos seleccionen a sus candidatos como les dé la gana, hasta el punto de que los electores no premian a quienes se esfuerzan por medianamente llevar procesos internos con apertura. Para el cálculo de los partidos: democratizarse es riesgoso y el ciudadano común no le concede ningún tipo de virtud.

Enrique Toussaint Orendáin
(v.pág.6-B del periódico El Informador del 3 de septiembre de 2017).

El sistema político mexicano tiene peculiaridades respecto al de otros países.

Una de sus características singulares es el "destape", como lo denominó desde hace muchos años la picaresca política.

Se trata del proceso en el que el líder en turno revela quién es su candidato. En el pasado iba más allá y se definía de facto quién habría de ser su sucesor.

Algunos piensan que se trata sólo de la cultura priista. En realidad, no se limita solamente al PRI. Por ejemplo, en Morena no es concebible que alguien sea candidato a un puesto de relevancia que no esté "palomeado" o de plano elegido por López Obrador.

Enrique Quintana
(v.periódico El Financiero en línea del 8 de septiembre de 2017).

Como quien ha adquirido alguna adicción, una gran franja de la izquierda mexicana no puede desengancharse de su dependencia ideológica hacia el estatismo económico y la verticalidad política.

Pascal Beltrán del Río
(v.pág.4-A del periódico El Informador del 13 de septiembre de 2017).

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Fecha de última actualización: 13 de septiembre de 2017.

Problema intrínseco de la democracia.

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