Los falsos ambientalistas


Ya es un lugar común, aunque sea incorrecto, culpar al automóvil por la contaminación ambiental. De todos lados del planeta salen rígidos dedos acusadores, sin que exista comprobación, realmente, que el villano de la mala calidad del aire se mueva sobre cuatro ruedas en los ríos de concreto construidos en su honor. Esa equivocada certeza hace que aparezcan, también en todos los lugares, políticos que, ante la presión social, se ven forzados a crear leyes para al menos contener la furia ensuciadora de los vehículos motorizados. Unos, como Alemania, Inglaterra o Japón, lo hacen con la consciencia que les confiere sus viejas democracias y su más elevado nivel de educación. Otros, como México, viven un turbulento proceso, que exhibe debilidad política, desconocimiento de causa y, desafortunadamente, una actitud mucho más populista que verdadera para definir la regulación de las emisiones de los vehículos.

Como cualquier otro producto, los automóviles viven en función del mercado. Si un fabricante quiere sobrevivir, debe ofrecer lo que pide la gente. El problema empieza justo ahí, porque el consumidor quiere autos cada vez más rápidos, espaciosos y equipados. Esos tres puntos se logran con motores más grandes, carrocerías más voluminosas y aparatos electrónicos sofisticados, caros y pesados. Y el peso es una inmensa barrera, porque para mover mayor masa, es necesario más fuerza. Y más poder significa, necesariamente, más gasto de combustible, por lo tanto, más contaminación. ¿O no?

Para solucionar ese problema, los fabricantes inventaron el auto híbrido. Así, se puede usar un motor eléctrico que al sumar su potencia a uno más chico, movido por gasolina o diesel, se consigue un rendimiento similar al de un motor de combustión mayor. Magnífico, pensaron todos. El detalle es que para hacer un híbrido, se requieren más partes que para fabricar un auto con máquina de combustión interna y eso, claro, contamina más. Luego, está el problema de las baterías, que en la mayoría de los casos, aún no se sabe qué hacer con ellas después de cierto tiempo, porque incluso cuando se incluye reciclaje, éste no es infinito. Por último, pero no menos importante, está el hecho de que un auto híbrido sigue gastando petróleo, incluso tanto como uno normal, si el auto está en manos de un conductor inconsciente o poco educado.

Como los híbridos siguen "sucios", la industria fue a buscar algo más y encontró en el pasado la "solución" del auto eléctrico, una invención incluso anterior al de gasolina. Suena maravilloso: cero emisiones. Menos partes para fabricarlo. Claro, falta que se encuentre la manera de que las baterías se carguen tan rápidamente como se llena un tanque de gasolina. También habrá que encontrar la forma de que un auto eléctrico camine más de 100 ó 150 kilómetros con una carga de batería, principalmente porque nadie quiere abdicar de equipos como el estéreo; la cámara de reversa; el aire acondicionado y los motores eléctricos para subir y bajar los cristales. Y todo esto, bueno, consume energía. ¿Pero es limpio, verdad? No. Porque para producir esa energía se usa, en la inmensa mayoría de los casos: petróleo. Muchas veces es hasta peor: se quema carbón para obtener energía eléctrica. Si el planeta pudiera hablar, gritaría muy alto contra esa forma de producir electricidad.

Mientras todos esos problemas no se arreglen, seguiremos usando autos que consumen los refinados del crudo. Por esto, hay que regularlo. O eso piensan las autoridades. En los países citados anteriormente, se cobra un impuesto que crece de manera proporcional a la potencia del vehículo. También se penaliza la cantidad de emisiones, que es mayor conforme pasa al tiempo. Llega a un punto que es más negocio comprar un auto nuevo, que seguir metiendo dinero a uno viejo para que pase el control de emisiones.

¿Y en México? La impresión que tengo es que en este momento las autoridades quieren correr antes de aprender a caminar. Para variar, tienen la intención de usar el método estadounidense de controlar las emisiones, exigiendo un consumo promedio del total de autos de cada marca. No sólo no resuelve la bronca con esa postura, caen en el juego de las armadoras.

¿Juego? Promedio de consumo de combustible es como el ingreso per cápita. Si tu vecino gana 2 millones de pesos y tu nada, el ingreso per cápita de ambos de un millón. Irreal, pero es como se calcula. Así que si tu compras un Nissan Leaf, estarás ayudando a tu vecino a usar su inmensa Armada, con su gigantesco V8. Por eso, las marcas, todas ellas, buscan tener híbridos y eléctricos en su gama. Que nadie caiga en el cuento de que aman el planeta. Lo hacen para bajar su consumo promedio y seguir vendiendo muchas Lobo, Suburban, RAM o Sequoia, por nombrar algunas.

Lo mismo pasa con el gobierno mexicano. Están exigiendo que los fabricantes vendan autos nuevos que consuman un irreal promedio de 14.9 kilómetros por litro. Pero mantienen abierta la llave a los importados usados que contaminan centenas de veces más que los nuevos.

Que nadie se engañe, los fabricantes y los políticos no tienen la más remota preocupación con el medio ambiente. Los dos sólo miran a su público, que son los clientes, en el caso de las marcas, y electores, en el caso de los políticos. En la práctica todos son falsos ambientalistas.

Sergio Oliveira
(v.pág.3-D del periódico El Informador del 16 de junio de 2012).


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