Catón, los perros y otros temas.


A continuación algunas de mis columnas favoritas del "Mirador" del gran filósofo mexicano Don Armando Fuentes Aguirre "Catón".
Moviendo el rabo

Dicen mis amigos que cuando no tengo un tema sobre el cual escribir, escribo acerca de los perros. Se equivocan. La cosa es al revés: cuando no tengo nada que escribir acerca de los perros, escribo sobre cualquier otro tema.

Yo amo a los perros; a los finos y a los corrientes... que son más finos aún. Cuando veo un libro que trata de los perros, lo compro de inmediato para aprender un poco más acerca de los hombres. Porque el perro se parece mucho al hombre. El gato no. La prueba es que los hombres -los egipcios- hicieron un dios del gato pero jamás se les ocurrió hacer del perro un dios.

Yo amo a los perros. Entre todos ellos, amo a mi cocker 'Terry'; él me ha convencido de que cuando Dios quiso que el amor viviera entre los hombres, le dio cuatro patas y un ladrido gozoso y le puso una cola entusiasta que menear.


Ganas un ángel.

Cuando un perro muere pierdes un amigo, pero ganas un ángel. Espero encontrarme algún día con todos mis ángeles.

Publicada por Manejo Humanitario de Fauna Callejera el 2 de mayo de 2012.

Peluditos nos esperan en el cielo.


¿Recuerdas, Terry, cuando las golondrinas hicieron su nido en el zaguán de la casa del Potrero?

Con curiosidad de perro joven seguías sus ires y venires. Y ellas no recelaban de ti. Salían del zaguán y regresaban llevando en el pico otro poco de material para construir su casa.

Algunas semanas después nacieron los polluelos. Se renovaron los ires y venires de las golondrinas, ahora para traer el alimento de sus hijos. Pero entonces, por alguna extraña sabiduría, te mantenías alejado para no inquietar a las avecillas con tu presencia cerca de su nido.

Un día cayó al suelo una de las golondrinitas, que apenas aprendían a volar. El gato vino aprisa. Tú, Terry, te pusiste entre él y la pequeña criatura en actitud de quien defiende un bien valioso al que amenaza algún peligro. Defendías la vida, Terry. Defendías la eternidad de la vida.

Al día siguiente vi otra vez en su nido al pajarillo. Y vi cómo las golondrinas daban un giro sobre ti cada vez que entraban o salían del zaguán. Parecían darte las gracias con su vuelo. Ignoro si en verdad lo hacían. Nunca he sabido interpretar el vuelo de las golondrinas.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Vanguardia del 20 de octubre de 2017.

Anoche me soñaste, Terry, amado perro mío que te fuiste ya. Sé que me soñaste porque yo te soñé.

En mi sueño eras el perro joven que fuiste en otro tiempo. En tu sueño yo era el hombre joven que en otro tiempo fui.

Íbamos los dos, felices de la vida -felices con la vida-, por la vereda que sube lentamente al monte de Las Ánimas. Habían ya brotado las flores de la primavera, y los pinos perfumaban de resina el viento.

Llegamos a lo alto, y desde lo alto vimos el caserío del Potrero. Parecía una flor blanca que se hubiese abierto en la distancia. Arriba, por el cielo, una bandada de nubes que también parecían flores blancas iba en busca del sol de la mañana.

¿A qué fuimos aquel día a las alturas, Terry? A nada. A vivir. A ser. Ahora tú ya no vives, aunque sigas siendo. Ahora yo empiezo a ya no ser, aunque siga viviendo.

Eso no importa, Terry, perro mío. Tenemos el recuerdo de las nubes que se van, pero tenemos también la memoria del caserío que se queda.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Mural en línea del 8 de mayo de 2017.

En el sueño te me apareces, Terry, amado perro mío. Vuelves a ser, entonces, y yo vuelvo a ser yo contigo. Vamos juntos por el camino de la vida, y es un gozo el camino, y la vida es un gozo.

Estoy seguro de que a veces me sueñas tú también. El amor trae consigo los sueños. Los dos éramos jóvenes entonces. En la mañana salías de la casa. No sé qué irías a buscar. Espera: sí lo sé. Era lo mismo que en las noches salía a buscar yo.

Ahora tú ya no eres, y yo estoy aprendiendo a ya no ser. Te propongo que no dejemos nunca de recordarnos, ni tú a mí ni yo a ti. Ser recordado ¿sabes?, es no morir del todo. Sólo muere en verdad lo que se olvida. No le temamos a la muerte; sí al olvido.

Acuérdate de mí, Terry mío. Suéñame. No me dejes morir. Yo te recordaré en el sueño, y volverás a ser. Encontrémonos en la vida de los sueños, igual que una vez nos encontramos en los sueños de la vida.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico El Siglo de Durango en línea del 28 de marzo de 2017.

Argos era un hermoso perro, un pastor alemán.

Cuando mi amigo -su dueño- y yo charlábamos, él seguía con atenta mirada nuestra conversación, y no hacía ninguna demostración externa de escuchar las tonterías que decíamos. Porque las entendía, estoy seguro. Pero las sabía perdonar. Los perros, igual que los santos y que los seres que aman, lo perdonan todo.

Un día Argos desapareció. Confiado, siguió quizás a alguien que le hizo una caricia y luego lo robó. No sabemos. El caso es que desde ese día Argos ya no estuvo ahí diciéndote con ambos extremos de su cuerpo que te quería: con su ladrido alegre y con su cola jubilosa. Los hijos de mi amigo lloraron. Y él lloró también, aunque a escondidas.

Pasaron 8 meses, Y un día Argos volvió a casa. Apareció así, de pronto. La sirvienta, nueva en la casa, le dijo a mi amigo que en el jardín estaba un perro que no se quería ir. Mi amigo fue a verlo, y ahí estaba Argos, flaco, lleno de señales de golpes, con una cicatriz en torno de su cuello, como si hubiera estado siempre atado. Mi amigo llamó a sus hijos, y ellos lloraron otra vez. Y mi amigo también lloró, ahora a la vista de todos.

Homero escribió de un perro que también se llamaba Argos y que murió de alegría al ver llegar a su amo, ausente durante muchos años. Muy bien conocía a los hombres Homero. Por eso pudo escribir acerca de los perros. Son tan humanos.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Milenio Tamaulipas en línea del 24 de abril de 2014.
Los gatos son criaturas misteriosas, Terry. Tú, que antes de ser ángel fuiste perro, sabes eso mucho mejor que yo.

Las historias te gustaron siempre: Cuando les relataba cuentos a mis nietos tú te acercabas también a oírlos. Un día que tardaste en llegar me dijo el más pequeño: "No empieces todavía, abuelito. Falta el Terry". Pues bien: Déjame contarte ahora algo muy interesante.

Sucede que una actriz de cine, Leslie Caron -¿la recuerdas en "Gigi"?-, recibió un telegrama con la noticia de que su madre había muerto en un país lejano. En ese momento su gato se acercó a ella y le lamió con suavidad la mano. Jamás había hecho eso, relata la actriz en sus memorias, y nunca más lo volvió a hacer.

Perdóname, Terry, que en esta ocasión haya hablado de un gato. Son criaturas extrañas, ciertamente, pero -aunque no lo creas- también tienen sentimientos.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico El Siglo de Durango en línea del 16 de enero de 2014.


¿Recuerdas, Terry, amado perro mío, la primera vez que viste la Luna?

Eras un cachorrito recién llegado al mundo, y aquel luciente objeto en lo alto te llamó mucho la atención. Lo contemplaste largamente y enseguida volviste la mirada a mí como para preguntarme: ¿qué es? Luego -esto no lo olvidaré- lanzaste un breve aullido de lobo montaraz.

Siempre fuiste criatura franciscana, Terry; un perro manso y apacible. Pero una oscura fiera iba en tu sangre. Aquel grito de selva era la voz antigua de tu instinto. ¿Será eso lo que los teólogos llaman pecado original?

También yo llevo en mí, querido Terry, la misma fiera que llevabas tú. De cuando en cuando escucho dentro de mí un aullido de ira, de soberbia, de rencor. Quiero ser como tú, manso y humilde, y que la fiera que va en mí se dulcifique y viva en la paz y el bien que surgen del amor.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico El Siglo de Durango en línea del 22 de agosto de 2013.


¿Recuerdas, Terry, cuando me recordabas?

Acababas de irte al paraíso al que seguramente se van todos los perros, y yo pensaba con tristeza en ti. Sentía entonces una presencia al lado mío; una presencia vaga, como la de una luz no encendida, como la de una sombra sin sombra, como la de una palabra que nadie dijo nunca.

Sabía entonces que eras tú. Me estabas recordando allá donde te hallabas, y tu recuerdo venía a echarse a mis pies, igual que hacías tú cuando vivías y te vivía yo.

No dejes de recordarme, Terry mío. Los hombres olvidamos, pero los perros no. Aunque yo sea hombre, sigue siendo mi perro. No te merezco, ya lo sé -¿acaso el hombre merece algo?-, pero tú lo perdonas todo, como Dios, y tu recuerdo se extiende sobre mí como una absolución.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico El Siglo de Durango en línea del 17 de enero de 2013.


Terry, querido perro mío que ya no estás conmigo: déjame contarte algo que el otro día me sucedió.

Me hallaba yo en un pasaje comercial al aire libre, y una joven mujer pasó frente a la banca en que me había sentado. Llevaba atado a su correa un cocker spaniel color miel, Terry, como tú. Se parecía mucho a ti. El perro se detuvo y me miró fijamente con sus grandes ojos húmedos. Luego meneó la cola, e hizo el impulso de ir hacia mí. Su dueña tiró de la correa, y se perdieron los dos entre la gente.

Yo me quedé pensando. La vida de los perros es más breve que la vida de los hombres. Quizá su muerte sea también más breve que la nuestra.

Dime, Terry: ¿eras tú?

¡Hasta mañana!...

Publicada en la pág.7 del periódico Mural del 10 de febrero de 2011.


Recibes una carta así, y la luz se hace. Te sientes bueno; los diluvios y fuegos de los dioses no caen sobre tu casa, como si un prodigioso paraguas la cubriera. Mónica me envió una de esas cartas. En ella me dice esto: "Mi papá siempre leía su columna. Yo vivía en otra ciudad, pero no pasaba día sin que habláramos por teléfono. En una ocasión me llamó y me dijo que quería leerme uno de sus artículos. En él hablaba usted de su perro, el Terry, y de cómo una vez, al despertar de pronto, el perrito persiguió por error la sombra de una mariposa. Y escribió usted: 'No te apenes, Terry. Yo mismo me he pasado la vida persiguiendo sombras, y no me da vergüenza. Porque hay luz es que hay sombras. Duerme tu sueño, Terry, como yo duermo el mío. Quién sabe qué mariposas y qué luces miraremos los dos al despertar'. Emocionado me leyó mi papá ese texto suyo. Le pregunté por qué se ponía triste, y calló. Sólo me dijo que había sentido la necesidad de compartir eso conmigo. Una semana después falleció. Luego del sepelio busqué entre sus pertenencias el recorte. Estaba segura de que lo había guardado. Finalmente lo encontré, y leyéndolo hallé la paz y calma que necesitaba. Le agradezco profundamente esas palabras que escribió: en ellas encontró mi papá el modo de despedirse. Me sentí con el compromiso de compartir con usted esta historia, pues su misión, lo sepa o no, ha sido la de mover los corazones y las mentes de sus lectores. Quienes me conocen saben que ahora me gustan mucho las mariposas, pero pocos saben el significado que tienen para mí. Son el recuerdo de mi padre, y son también la imagen de la vida que tengo y que -lo sé- tendré después de la muerte". El texto a que se refiere Mónica está en "Mi perro Terry", el más reciente de mis libros. En él hablo de mi amado cocker spaniel, y a propósito de él hablo de la vida, de Dios, de la naturaleza, y -sobre todo- del amor, porque en el amor se resumen toda la vida, toda la naturaleza y todo Dios. El próximo domingo, a las 12 horas, presentaré en la Feria del Libro de Guadalajara "Mi perro Terry", ese amoroso libro mío, uno de los que quiero más. Sé que conmigo estarás tú, pues eres uno de mis cuatro lectores y me acompañas siempre en mis andanzas de juglar. Recordaré contigo anécdotas de mi gozosa vida; narraré cosas de picardía y travesura; diré del entrañable afecto que nos inspira un perro o una perrita, amables y amorosísimas criaturas que comparten su vida con nosotros, y que nos hacen ser mejores. Te espero, pues, el próximo domingo en la FIL, salón número 4, a las 12 del mediodía, para charlar contigo, darte un abrazo, y retratarnos juntos. Hablaremos, sobre todo, de nuestros perros, esas criaturas celestiales que el buen Señor nos regaló para que no nos sintamos nunca solos...

Publicada en el periódico El Siglo de Durango del 3 de diciembre de 2009.


¿Recuerdas, Terry, aquella vez que, perro tú y aprendiz de humano yo, fuimos al prado que llaman El Rodeíto, en el Potrero?

Había llovido mucho durante los meses de verano; la hierba estaba alta y se mecía en el aire, unánime bailarina acompasada. Llegó volando una calandria y se posó en la tierra, muy cerca de nosotros. Ya conocía yo el maternal ardid de esas aves de amarillo pecho: a la vista de un posible predador se posan cerca de él y lejos de su nido, para que el enemigo las busque a ellas y no a sus pajaritos.

Tú, Terry, con la infalible guía de tu olfato, hallaste el nido y me llamaste con ladridos leves para que fuera a verlo. Luego de demostrar tu hazaña me jalaste por la pernera del pantalón para que nos fuéramos de ahí y dejáramos el nido en paz.

Todos los animales son perfectos como tú, mi Terry, y como la calandria madre. Y todos los hombres, Terry, son imperfectos como yo. Alguna vez quizá, si recibimos el don de la humildad, los humanos tendremos la sencilla perfección del perro y la calandria.

"Subibaja". Ed.Diana. Octubre de 2005.


A los 60 años de su edad John Dee hizo un descubrimiento de importancia: la felicidad. La encontró en el lugar donde menos pensó que la hallaría: en sí mismo. Ahí estaba; ahí estuvo durante muchos años sin que él se diera cuenta.

La tomó entre sus manos y la acarició. Estaba hecha su felicidad de cosas pequeñitas: el fugitivo instante en que su mano rozó aquella otra mano; el sencillo manjar de mesa pobre; el recuerdo de cosas idas que jamás se van... Le extrañó ver que en su felicidad no había cosas de fama o de dinero, pero sí gente y cosas buenas: una mujer; los niños; sus amigos; un perro; varios libros; una guitarra; la nube que se fue para siempre y el árbol que para siempre se quedó...

Alzó su felicidad John Dee como se eleva una custodia. Su resplandor iluminó las calles y puso en cada ventana y cada puerta uno de esos rayitos de luz con que los niños juegan cuando recogen en un pequeño espejo los rayos del gran sol.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico El Siglo de Durango del 16 de julio de 2009.


Todos los perros tienen alma, Terry. En cambio algunos hombres no la tienen. Se les llama por eso "desalmados".

¿Recuerdas la vez que te perdiste? Pusimos un anuncio en el periódico ofreciendo una recompensa a quien te hallara. Llamó un sujeto, y fuimos a su casa. Tenía ahí cinco o seis perros; nos preguntó si alguno de ellos era el nuestro. Se dedicaba a robar perros el malvado, para cobrar la recompensa. No estabas ahí tú, pero ganas nos dieron de rescatarlos a todos para librarlos de aquel hombre sin alma.

Existe la maldad humana, Terry. Eso no lo podías saber tú, porque en el perro no hay maldad. Si alguna maldad hay en un perro es porque ahí la puso el hombre. Cuando vivías yo procuraba ser bueno para parecerme a ti. Ahora que ya no estás busco ser bueno porque así siento que todavía sigues con nosotros. No hay nada como un perro para hacer bueno a un hombre.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Mural del 24 de noviembre de 2007.


Señor, conviérteme...

Recuerdo, Terry, cómo me mirabas. Fijabas en mí tus ojos de agua, y tu mirada de perro era la misma de Adán cuando miraba a Dios.

No merecía yo tu adoración, amigo. Lo sabes bien ahora que ya no estás aquí. Pero me temo que no hay nadie que merezca el amor sin condiciones que su perro le da. Ese amor es perfecto, y los humanos tenemos todas las imperfecciones. "Dios hizo al perro -dijo alguien- para reparar su error de haber creado al hombre".

Si alguien merece el cielo son ustedes, Terry mío: tú y los demás perros que en el mundo han sido. Imagino al buen Dios rodeado de una corte de arcángeles caninos, alados perros que con ladridos jubilosos cantarán las glorias del Señor sin dejarse distraer por algún gato que con su astucia se habrá colado ahí.

Pide por mí a Diosito, Terry. Quizá al final de la vida llegue a ser digno de ti.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Mural del 26 de julio de 2007.


En la noche de mayo truena el trueno, y los relámpagos llenan la oscuridad del cielo con su oscura luz.

En noches como ésta el Terry, mi amado perro cocker, se acercaba a preguntarme con su mirada inquieta qué sucedía en el mundo. Yo ponía mi mano en su cabeza, para tranquilizarlo, y eso le devolvía la paz: si yo estaba tranquilo es porque todo en el mundo estaba bien.

Ahora que oigo el trueno como grito de algún oculto dios airado; ahora que el relámpago pone sombras temerosas en la pared del cuarto, aquel miedo del Terry viene a mí. Pon tú la mano sobre mi cabeza, Dios. Hazme sentir que el mundo sigue siendo mundo, y que los perros y los hombres que en él vivimos podemos todavía vivir en paz.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Mural del 10 de mayo de 2007.


Siempre juntos.

Cuando llegas a mí en el sueño, Terry, el sueño se hace vida y vuelves a estar conmigo igual que ayer. Otra vez eres mi amado perro cocker, y otra vez oigo tus ladridos jubilosos, y veo tus ires y venires, y miro tu amorosa mirada puesta en mí.

Perder un perro como tú, mi Terry, es perder un claro amigo. Pienso en los años que me acompañaste, y tu ausencia me duele con un manso dolor. Por eso cuando te sueño es como si yo mismo me soñara.

Ahora me pregunto, Terry, si te habré merecido. ¿Estuve a la altura de tu perfecto amor? Seguramente no: nuestro ser de hombres no tiene la inocente perfección de las demás criaturas: la piedra, el árbol, tú... Perdona, Terry, pues, mi ser humano. Ven a mí en el raro misterio de los sueños, y dime con tu mirada de agua limpia que aunque sea en el sueño siempre regresarás.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Mural del 8 de febrero de 2007.


Sé que estás conmigo.

De vez en cuando el Terry me visita en sueños. Mi amado perro cocker me mira desde su propio sueño, y vuelve a ser en la vida de mis sueños lo que antes fue en los sueños de mi vida.

Anoche lo volví a soñar. Hacíamos una de nuestras diarias caminatas por las veredas de la sierra, y él respondía ladrando por puro cumplimiento al ríspido graznido de los cuervos. Los negros pájaros anunciaban la llegada del invierno.

¿Es mal presagio, Terry, soñar cuervos? Ignoro las misteriosas cábalas del sueño, pero sí sé que no sentí temor por el anuncio, pues ibas tú conmigo.

Te seguiré soñando, Terry mío, igual que -ya lo sé- me sueñas tú. Fuimos señor y perro, pero fuimos sobre todo compañeros. Que tu sencilla compañía me siga acompañando hasta que el sueño que ahora sueño se mude en otro sueño. Entonces te volveré a soñar.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Mural del 16 de noviembre de 2006.


Agua y nube, la niebla baja de la montaña y acaricia con húmeda lengua el cuerpo en reposo de la tierra.

Yo voy por las labores. El caserío, esfumado por la neblina mañanera, semeja una pintura impresionista. Yo mismo me siento algo perdido en ese quieto mundo silencioso.

De súbito estalla bajo mis pies el vuelo de una codorniz. Si el Terry, mi amigo perro, hubiese ido conmigo la habría señalado, tenso el cuerpo de cazador, temblante la nariz llena de atávicos instintos. Pero iba yo solo y por poco piso al pajarillo. El escándalo ruidoso de su vuelo hace que todo cobre vida. Entre los pinos se abre paso un rayo de sol y alumbra los tendederos de ropa campesina, llenos de vívidos colores.

Vuelvo al rancho, a mi casa. El aroma del fuerte café ranchero es también vida. En la cocina charlan las mujeres. Afuera, y dentro de mí, se ha disipado la neblina.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Mural del 1o.de diciembre de 2005.


Duerme tranquilo.

Jean Cusset, ateo con excepción de la vez que vio a un polluelo salir del cascarón, dio un nuevo sorbo a su martini -con dos aceitunas, como siempre- y continuó:

-Dios hizo al perro porque supo que el hombre se sentiría a veces solo. Los perros sirven para ahuyentar ladrones, pero sirven mejor para ahuyentar la soledad. El perro es, en efecto el mejor amigo del hombre: nomás le falta hablar. Más bien, quizá el perro es el mejor amigo del hombre porque nomás le falta hablar.

Dio otro sorbo a su martini Jean Cusset y declaró:

-Mi perro es tan compañero mío, tan amigo, que he llegado a pensar que no hay diferencia alguna entre un hombre y un perro. La vida, sin embargo, me ha enseñado que hay una diferencia muy grande entre un perro y un hombre: si le haces el bien a un perro, el perro jamás te morderá.

Así dijo Jean Cusset, y dio el último sorbo a su martini. Con dos aceitunas, como siempre.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico a.m. del 25 de agostoo de 2005.


De vez en cuando sueño al Terry, mi amado perro cocker. Escucho sus ladridos y quiero abrir los ojos, pues me parece que anda por el jardín, y ansío verlo y acariciarle la cabeza. Si lo hiciera se tendería de espaldas, como hacía siempre, y me presentaría el cuello sin defensa, lo cual es en los animales cánidos suprema demostración de acatamiento y de confianza.

Vendría luego y se tendería junto a mí al pie del sillón grande de la sala. Yo miraría por la ventana los nogales que se quedan y las nubes que se van., y él soñaría entretanto sus atávicos sueños de lobo cazador.

Pero el Terry no me deja despertar. Pone en mí sus infinitos ojos negros, océanos de amor, y me dice con su mirada: "Duerme, que un día despertarás igual que yo".

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Mural del 9 de junio de 2005.


Yo siempre te espero.

Llegaba a mi casa fatigado, a veces en horas de la madrugada. Sin embargo el Terry, mi perro cocker, me esperaba siempre, echado junto a la puerta, sin dormir. Cuando entraba yo se acercaba a mí, untaba a mis piernas su pequeño cuerpo y me miraba con aquellos profundos ojos suyos, un mar de inmenso amor. Luego se iba a dormir, tranquilo porque había llegado ya.

Yo me iba a dormir, también. Pero antes de cerrar los ojos intentaba una oración: "-Dios mío: ayúdame a estar a la altura de lo que mi perro cree que soy".

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico El Siglo de Torreón del 21 de septiembre de 2004.


¿Recuerdas, Terry, cuando íbamos por el campo aquella tarde, en el verano, y súbitamente comenzó a llover? La lluvia fue una fiesta para ti. Corrías jubiloso entre las hierbas húmedas, y tus ladridos acompañaban al lejano trueno.

Ahora que está lloviendo, amado perro mío, te recuerdo como eras en aquellos días. Latía en ti la fuerza de la vida; tu cuerpo era flexible como una vara de membrillo y al mismo tiempo fuerte como el tronco de un pino de la sierra. Cuando corrías parecía que tú mismo ibas adelante de ti y no te podías alcanzar.

Habrá otra tarde como aquella, Terry, y otro verano habrá. Yo iré por algún campo, y lloverá de pronto nuevamente. Escucharé ladridos, y veré un perro fuerte y ágil correr entre las hierbas húmedas. Tú y yo seremos otra vez. La fuerza de la vida, Terry, jamás deja de latir.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico a.m.León del 8 de septiembre de 2004.


¿Tú me soñabas, Terry, perro mío? Porque te sueño a veces yo. Llegas de pronto cuando estoy dormido. Despierto sin despertar, y te miro, y escucho tu ladrido jubiloso.

Dime una cosa, Terry: lo que soñamos ¿es el recuerdo o es la profecía? ¿Te sueño porque te vi, o te sueño porque te veré? Quién sabe... Los sueños son cosa sin materia. A veces ni siquiera sabemos si hemos soñado. Quizá al final de nuestra vida ni siquiera sabremos si hemos vivido...

Si tú vivieras, Terry, me estarías mirando ahora con esos ojos de agua que tenías, y habría en tu mirada una expresión perpleja. ¿Por qué, te preguntarías, mi dueño se enreda en esos enredados pensamientos? Tú, que siempre tuviste la sabiduría de las pequeñas criaturas del Señor, sabías que soñar es una forma de vivir, lo mismo que vivir es una forma de soñar.

Duerme tu sueño, Terry. Yo viviré los míos, hasta que nos soñemos juntos otra vez.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Noticias de Oaxaca del 25 de junio de 2004.


En el cielo esperando.

¿Recuerdas, Terry, la primera vez que viste tu sombra en la pared? Le ladraste con tu infantil ladrido de cachorro, y luego trataste de jugar con ella. Volteaste después, y te asombraste al no mirarla más. Yo no pensé en decirte que en nuestra vida hay sombras siempre. Eso no se le dice a un perro niño.

Ahora que tú estás en la luz debes saber de cierto lo que nosotros a veces olvidamos: que las sombras son sólo eso, sombras. Desaparecen si volvemos la vista hacia otra parte. Estamos hechos para la luz, mi querido Terry; tenemos vocación de claridad.

A veces las sombras nos convocan, o caen sobre nosotros como un oscuro fardo.

Pero la luz nos llama nuevamente, y la seguimos igual que ciegos que intuyen en su tiniebla un resplandor. Tú ya encontraste la luz, amado perro mío. La busco yo todavía. En ella nos hallaremos al final. - Saltillo, Coahuila.

Publicada en el periódico Diario de Yucatán del 16 de mayo de 2004.


Dijo Adán al Creador:

-Quiero darte las gracias Señor por el perro. Lo hiciste para que cuide mi casa y me proteja el sueño, para que me guíe si la luz de mis ojos se apaga, para que me sirva en mis cacerías por el campo, para pastor de mis ovejas, para que me guíe si extravío el camino entre la nieve, para que tire de mi trineo, para que con su olfato encuentre lo que le pida; lo hiciste, en fin, para que desempeñe mil y un tareas útiles al hombre y para que me dé su compañía en la soledad.

-Te engañas- respondió el Señor -hice al perro para que te enseñe la lección de amor. Cuando me ames como tu perro te ama, habrás aprendido esa lección.


Hay luna llena, y los coyotes cantan en la distancia sus melodías de amor. Los canoros aullidos llegan a las casas del rancho; los perros ladran inquietos, y miran a sus dueños como preguntándoles qué hacer.

También el Terry me miraba, agitado su instinto atávico de cazador. Yo le ponía la mano en la cabeza para sosegarlo, y él se volvía a dormir arrullado por el crepitar de la leña en el fogón.

Late la vida lo mismo en un aullido de coyote que en un trino de alondra. Late también la vida en los recuerdos, que son vida que fue. Miro el hogar donde borbolla la olla de café, y la luz de las llamas, y el aroma, me traen memorias de los tiempos idos. ¿Idos? Quién sabe... En el recuerdo están conmigo la pasada luna, y el perro amado, y la alondra de ayer, y los coyotes de antiguas primaveras. Y todo vuelve a ser lo mismo, quizá porque todo es siempre lo mismo.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Mural del 6 de mayo de 2004.


¿Recuerdas, Terry, la noche que por primera vez viste la luna? Eras tan sólo un cachorrito, pero alargaste el hociquillo y diste al aire un aullido pequeño como tú.

Dime, aprendiz de lobo: ¿qué memorias de antiguas cacerías latieron en tu sangre a la vista de aquella luna llena? ¿Cuántos siglos, milenios, edades primigenias se acumularon en ti y surgieron en ese atávico grito de guerrero? La luna era la misma luna, pero tú no eras el mismo Terry. Compendio de fantasmas, la infinitud de tus ancestros volvió a vivir en ti.

Contéstame, perro mío: ¿somos lo que ya no es? ¿Somos lo que será? Ayer, cuando íbamos juntos, tú eras tú, yo era yo, y el mundo era nuestro mundo. Al menos así me parecía. Ahora pienso que con nosotros iba el lobo, y el hombre de la caverna, y el mundo acabado de estrenar, y que iban con nosotros también los lobos de mañana, los hombres que aún no son, y un mundo que no alcanzamos siquiera a imaginar.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico El Siglo de Torreón del 18 de marzo de 2004.


Algo tenías de poeta, Terry, pues te gustaba la neblina. Cuando eras cachorrito pegabas la naricilla al vidrio de la ventana para verla. Y luego, ya perro mayor, ibas a ella como Ulises en busca del misterio.

Ahora voy por el camino nebuloso, y me parece verte en las vagas volutas que se van. Aquí en el campo la niebla es un amable fantasma, y tú una amada niebla en el recuerdo. Tantas brumas me abruman la memoria que a veces, lo confieso, batallo para recordarte. Recuerdo, sí, que me esperabas en la casa, sin dormirte, hasta que llegaba yo. Pero ¿cómo eran los lagos de tus ojos? ¿Cómo sonaba tu ladrido cuando íbamos por el bosque, entre los pinos, y saludabas a la vida?

Sé bien que habrás de perdonar mi desmemoria, Terry. Los perros como tú perdonan todo, pues tienen para nosotros, los humanos, la inacabable compasión de Dios.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Mural del 15 de enero de 2004.


En el principio no había perros. Había gatos, sí, y había leones, camellos, cebras, jirafas, tigres, elefantes, ballenas, pájaros, caballos, cerdos, ovejas, gallinas... Había también un hombre: Adán. Pero no había perros.

Sucedió que el Señor concluyó la obra de la creación. El séptimo día descansó. Arregló su casa, pues esperaba una visita: tenía la certidumbre de que el hombre iría a darle gracias por el día y la noche; por el sol, la luna y las estrellas; por la tierra y el mar; por los animales y las plantas; por tanta maravilla, en fin, había creado.

Pero Adán no llegó.

Pensó el Señor:

-Tiene que haber en el mundo una criatura agradecida.

Y entonces hizo al perro.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico El Siglo de Torreón del 1o. de diciembre de 2003.


Un par de días en el campo...
Oí balar, relinchar, ladrar, trinar.
Oí gañir, rebuznar, graznar, croar.
Oí chillar, cantar, gruñir, arruar.
Oí bramar, roznar, crascitar, maullar.
Oí cacarear, latir, bufar, piar, arrullar.
Oí berrear, gorjear, aullar, silbar y mugir.
¡Cuántas veces es mejor oír eso que oír hablar!
(O que hablar).

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Mural del 27 de noviembre de 2003.


Jean Cusset, ateo con excepción de la vez que vio a un polluelo salir del cascarón, dio un nuevo sorbo a su martini -con dos aceitunas, como siempre- y continuó:

-Dios hizo al perro porque supo que a veces el hombre se sentiría solo. Los perros sirven para ahuyentar al ladrón, pero sirven mejor para ahuyentar la soledad. El perro es el mejor amigo del hombre. Nomás le falta hablar. Quizás el perro es el mejor amigo del hombre porque nomás le falta hablar.

Dio otro sorbo a su martini Jean Cusset y declaró:

-Mi perro es tan compañero, tan amigo, que he llegado a pensar que no hay diferencia alguna entre un hombre y un perro. La vida, sin embargo, me ha enseñado que hay una gran diferencia entre un perro y un hombre: si le haces un favor a un perro, el perro jamás te morderá.

Así dijo Jean Cusset, y dio el último sorbo a su martini. Con dos aceitunas, como siempre.

¡Hasta mañana!...

Publicado en El Siglo de Durango del 29 de octubre de 2003.


Este hombre es inmensamente rico. Tiene un perro de registro, hijo, nieto y bisnieto de campeones.

El perro ve a su amo con adoración, igual que si mirara a Dios. Se alegra cuando lo ve contento; presiente sus tristezas. Lo acompaña en su soledad como un amigo fiel...

Este hombre es inmensamente pobre. Tiene un perro corriente, callejero.

El perro ve a su amo con adoración, igual que si mirara a Dios. Se alegra cuando lo ve contento; presiente sus tristezas. Lo acompaña en su soledad como un amigo fiel...

Estos dos perros son iguales.

Estos dos hombres no.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico El Siglo de Torreón del 31 de agosto de 2003.


¿Recuerdas, Terry, amado perro mío, aquella vez que se nos hizo de noche cuando bajábamos del Coahuilón? Perdí la vereda, y pensé que tendríamos que dormir ahí, en el monte. Pero tú echaste a caminar, y yo seguí tus pasos -te detenías cuando me rezagaba yo-, y de pronto salimos al camino y pude ver a lo lejos las luces de las casas.

Ahora que sólo estás en mi recuerdo -ahora ¡qué solo estás en mi recuerdo!- pienso en aquella noche y evoco los piadosos relatos de la abuela. Nos decía que nuestro ángel de la guarda se disfraza a veces para protegernos. El hombre que nos gritó para advertirnos que no cruzáramos la calle, porque venía un auto, era en verdad un ángel de la guarda con apariencia de hombre.

Yo creo, Terry, que esa noche tú fuiste mi ángel protector. Yo fui el tuyo aquel día que te detuve cuando, pequeño aún, te dirigías a oliscar una criatura desconocida para ti, la víbora de cascabel. A lo mejor, Terry, todos somos los ángeles de todos. Al menos deberíamos serlo. Te recuerdo ahora, y quisiera que estuvieras aquí para decirme si fuiste un perro disfrazado de ángel o fuiste un ángel con disfraz de perro.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Mural del 7 de agosto de 2003.


Tomó el Señor el barro de la tierra y con él formó a Adán.

Después de darle vida se dio cuenta de que le había sobrado un poco de barro, y con él hizo al perro.

Tomó el Señor una costilla de Adán, y con ella formó a Eva.

Después de darle vida se dio cuenta de que le había sobrado un poco de costilla, y con ella hizo al gato.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Mural del 22 de junio de 2003.


Vamos por el camino del Potrero mi perro y yo.

Se adelanta él pues su paso es más rápido que el mío; pero de vez en cuando voltea para ver si yo lo sigo.

Me mira; se cerciora de que ahí estoy todavía, y ya tranquilo sigue su trotecillo hacia la casa. No está solo... su dios está con él.

Yo vuelvo también la vista.

Hacia el Occidente el sol se oculta en un incendio morado, y púrpura, y amarillo, y rojo. Ha aparecido la primera estrella en lo alto, ahí donde el cielo es todavía un hondo azul. Sobre el picacho de Las Ánimas empieza a salir la Luna, apenas una promesa de luz en la naciente noche. ¡Cuántas maravillas!...

Tampoco yo estoy solo... tranquilo... sigo mi camino hacia la casa.

Atardecer con perro

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Cuando llega la noche, mi perro cocker, "Terry", busca a su señor.

Yo soy el señor de este perro. Se tiende junto a mí, al pie del sillón de la sala donde leo, y duerme el sueño leve que duermen los ancianos. Lo despierta un dolor. O un recuerdo, no sé. Me mira con sus ojos de amor y de agua y vuelve otra vez a dormir. Ahí está su señor para protegerlo del dolor y de los recuerdos que duelen.

Yo me inclino y le hago una caricia. Juntos estamos, hombre y perro, desde el principio de todos los tiempos, y hasta el fin. ¿Merezco esa perfecta compañía?

Duerme mi perro junto a mí. Ha caído la noche, y él ha buscado a su señor.

Haré lo mismo yo.

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Cuando el hombre tuvo el primer pensamiento y dijo la primera palabra se abrió un abismo entre él y los otros animales.

Con desesperación vio el hombre cómo quedaba separado de las demás criaturas de la tierra. Iba a quedar solo en este mundo, desvalido, sin más compañía que la de sí mismo.

Pero entonces sucedió un hermoso milagro: el perro saltó sobre el abismo y fue al lado del hombre para ayudarlo y aliviar su soledad. Otros animales vieron eso, y siguieron al perro. Por eso junto al hombre están también el caballo, el elefante, la gallina, y otras criaturas grandes y pequeñas que por la vida van con él. Pero el perro fue el primero que lo acompañó. Por él se hizo el milagro.

Cuando el hombre escriba la historia de sus gratitudes el perro estará en una de las primeras páginas, muy cerca de la primera, la de Dios.

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Una tarde San Virila bajó de su convento al pueblo. Soplaba el cierzo del invierno, y el campo estaba cubierto por la nieve.
A la orilla del camino vio el santo a un pobre que temblaba de frío. Junto a él su perro tiritaba también. San Virila se despojó de su capa y la entregó al mendigo. Antes de cubrirse con ella el pobre hombre partió un pedazo de la capa y envolvió a su perro.

San Virila, entonces, dio gracias a Dios.

-Yo tuve compasión de ti -dijo al mendigo-, y tú te compadeciste de tu perro. Nuestro Padre se compadecerá de nosotros a causa de nuestra compasión.

Y siguió con alegría su camino, sin capa ya, y sin frío.

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Angel sin alas.

En la escuela me enseñaron cuáles son las Siete Maravillas del Mundo Antiguo. Sin más escuela que los años, yo he aprendido cuáles son las Siete Maravillas de mi mundo.

La primera es hallarme en ese mundo. Celebro no ser ateo: si lo fuera, ¿a quién daría las gracias por esa maravilla y por las otras? La segunda es haber sido hijo de los padres que tuve. La tercera, ser esposo de la mujer que amo. La cuarta, quinta, sexta y séptima maravillas son mis hijos y mis nietos.

Esas son las Siete Maravillas de mi mundo. Junto a ellas cuento muchas más: el gozo del amor continuado; una larga familia pródiga en larguezas; amigos que me regalan su presencia y no me reprochan mis ausencias; un ángel que se disfrazó de perro para que yo pudiera verlo; milagros súbitos que todos los días llegan a mi puerta, inesperados.

¿Qué son las Siete Maravillas del Mundo Antiguo al lado de estas maravillosas maravillas de mi mundo?

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Ladridos que nos cambian el alma.

Dime, Terry: ¿qué ves en mí que yo no puedo ver? ¿Por qué me amas así, con ese amor sin condiciones, grande y fiel? Yo no merezco eso, Terry. Yo no te merezco.

Me mira mi perro cocker con sus ojos de luz y agua, me pone una patita en la rodilla y luego se tiende frente a mí de espaldas en el suelo. Esa, me han dicho, es la suprema demostración de fe que un perro puede hacer. Al entregarse en esa forma está diciendo: "Aquí me tienes, caído e indefenso. Puedes hacer conmigo lo que quieras. No me harás daño, estoy seguro, pues sé que me amas igual que te amo yo".

Acaricio a Terry y él me pasa la húmeda lengua por la mano, su modo de besar. Thomas Mann escribió sobre la perfecta comunión entre hombre y perro.

Ahora yo siento el infinito amor de este pequeño ser tan lleno de ternuras. Le doy gracias a Dios por mi perro, y quiero ser digno de que mi perro le dé gracias a Dios por mí.

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¿Qué buscas entre la noche, Terry? Vienes y vas por las habitaciones de la casa, y tus inquietos pasos suenan en la madera de los pisos con un ruido que me recuerda el de una antigua máquina de coser.

¿Por qué, pequeño mío, perro mío, no duermes como yo? Con el sueño desaparecen los fantasmas nocturnos, esos que te siguen o a los que sigues tú. Llegas de pronto y rozas mi mano con tu hocico. Piensas que tu señor puede llamar al día y hacer que salga el sol, disipador de espectros. ¡Cómo quisiera, Terry, ser dueño de la luz! Te la regalaría para alejar de ti las sombras que te asustan.

Todos tenemos sombras que nos siguen, Terry. No les temas: desaparecen siempre con la luz. Lo sé porque yo mismo voy a veces por los oscuros aposentos de mi casa. Pero no tengo miedo, pues sé esperar la claridad del día. Espérala tú también, mi perro amado, y aprenderás lo que he aprendido yo: que la luz llega siempre, y que siempre las sombras acaban por desaparecer.

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Tres días estuve fuera. Ahora que he regresado a casa mi perro no se aparta de mi lado. Si salgo a la calle me ve por la ventana con tristeza, y cuando vuelvo ahí está, inquieto y pesaroso.

¿Qué temes, Terry? ¿Que te abandone Dios -tu dios soy yo- y que te deje solo para siempre? No debes sentir ese temor. Aunque no esté contigo estoy contigo; aunque tú no me veas yo te miro con la mirada del amor. Algunas veces -a ti te lo puedo decir- yo también he sentido que Dios me abandonaba, pero siempre encontré al final de cuentas que nunca había dejado de estar conmigo.

No temas, pues, mi Terry. Yo también estoy siempre contigo. Aleja de ti toda inquietud y duerme en paz. Tú eres mi perro y yo soy tu señor. Cuando abras los ojos estaré a tu lado. Eres mejor que yo; por tanto tu fe debe ser más grande que la mía. Y yo sé, Terry, que cuando abra los ojos también a mi lado estará Dios.

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¿Te has olvidado de la luna, Terry? El otro día vi que la mirabas como si no la conocieras. Estaba ella, perfecto adorno sobre el ápice del gótico ciprés, y la veías tú con la misma fija atención con la que viste, cachorro todavía, a aquel sapo hierático que te observaba desde la orilla del estanque.

No me dirijas la pregunta de tus ojos líquidos. Tú eres el mismo perro y ella la misma luna de aquellas noches azuladas. Ibamos de regreso a casa por el camino que baja de la sierra, y aparecía ella de pronto en equilibrio sobre el filo del monte, linda cirquera envuelta en mallas blancas. Tú le ladrabas, y me reía yo al verte así, asombrado por la inédita belleza que te salía al paso por primera vez.

Reconoce a la luna, Terry. La llevas en la memoria de la sangre, puesta ahí por tus ancestros, los acerados lobos. Eres mi perro, es cierto, pero por sobre todo eres un perro. Eres el dueño de la luna. Toma posesión de ella y guárdala en tu sangre, para que la recuerden los que vendrán después de ti.

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Con el recién nacido.

Cuando los peregrinos llegaron al portal, ya estaban ahí los animales -la mula y el buey- como en espera del prodigio.

Lo mismo, cuando el hombre llegó ya estaban en la Tierra las demás criaturas.

En ambos eventos veo un símbolo: la naturaleza precedió a la historia humana y a la historia de la Salvación. Esta, por tanto, nos incluye a todos. Dios vino para el hombre, pero de seguro su amor llegó igualmente a la mula y el buey, al caballo, el elefante y el camello. Todos somos la vida. Para todos será la nueva vida.

Digo esto porque creo que también hay Navidad para el Terry, mi amado perro cocker. Parece presentirla, y con ojos de luz añade resplandor al árbol navideño. Su inocencia es la de un niño, la de un árbol, la de una piedra... Quisiera tener yo tal inocencia. Sería entonces un portal humilde, y merecería la visita de las bestezuelas de Dios, y de Dios mismo.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Mural del 17 de diciembre de 2002.


Me habría gustado conocer a la señorita Lewis.

Era maestra de primaria en la escuela municipal de Lewistown, estado de Missouri. La pequeña población lleva el nombre de su abuelo, que combatió a los indios en los primeros años del siglo XIX y abrió así el camino a la llegada de los pioneros.

La señorita Lewis tenía un perrito, su única compañía. Puso un letrero en la puerta de su jardín: "Cuidado con el perro". Nadie hacía caso del letrero; todos trasponían el cancel. El perrillo, en la mejor tradición americana, mordió al cartero, persiguió por la calle a dos o tres vendedores de cepillos y le rompió el pantalón a un predicador itinerante.

Entonces la señorita Lewis recordó el nombre de una planta que crecía en su jardín y puso otro letrero: "Cuidado con el agapanto". Nadie sabía qué diablos era un agapanto, de modo que al leer el letrero todos se detenían con ese temor reverente que suele brotar de la ignorancia.

Me habría gustado conocer a la señorita Lewis. Sabía lo mucho que se puede hacer con las palabras si las usamos bien.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Reforma.


San Virila le preguntó al fraile que visitaba su convento:

-¿Cuántos son en tu comunidad?

Respondió el visitante:

-Somos el Padre prior, seis hermanos y tres novicios. En total, 10 almas. Y ustedes ¿cuántos son?

Contestó San Virila:

-Somos el Padre prior, tres hermanos, dos novicios, un perro, un gato, un asno, seis gallinas, tres conejos y dos palomas. En total, 20 almas.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Reforma.


Terry, mi perro cocker, me mira con sus grandes ojos líquidos y luego se duerme otra vez aquí, junto a mis pies, bajo la mesa donde escribo.

Ya no es el Terry aquel camarada jubiloso que iba conmigo por el campo y se gozaba en asustar a los conejos y a las codornices. Tampoco es el Terry que percibía con ansiosa nariz los efluvios de la primavera y se nos iba de la casa para buscar amores fugitivos. Ahora es viejo ya, y está cansado. Está también, quizás, un poco triste...

Yo amo a mi perro, compañero de tantas caminatas, manso guardián de sueños junto a la chimenea. Alguna vez seré como él, y buscaré también la chimenea de Dios para dormirme a sus pies, ahí donde el Señor escribe la vida de los hombres, y de los perros, y de todas las criaturas...

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El Terry, mi amado perro cocker, es un anciano perro. Más de 15 años tiene ya, edad que en los caninos es provecta. Ahora le gusta echarse al sol, dormir la siesta aunque no sea hora de la siesta y caminar despacio por los andadores del jardín.

Pero de pronto pasa una libélula. Recuerda el Terry su temprana juventud y va tras ella. Se hace invisible en el aire la libélula. Mi perro se vuelve a mí, desconcertado, como para preguntarme a dónde fue.

¿Qué importa, Terry, a dónde fue? ¿A dónde, dime, van los sueños? Lo que importa es no dejar de perseguirlos. Yo también tengo libélulas que pasan y se van. Pero siempre estoy esperando la siguiente, pues si ya no la espero me iré yo. Tú no te vayas, Terry, porque te necesito más de lo que me necesitas tú a mí. Vamos a esperar, juntos los dos, nuestras libélulas. Vendrán y se irán luego, pero aquí seguiremos tú y yo, caminando -aunque sea despacito- por los andadores del jardín.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Reforma el 21 de agosto de 2002.


Hu-Ssong encomiaba las cualidades de su perro.

-Tiene una gran inteligencia -decía-. A veces casi creo que adivina lo que estoy pensando.

-¡Caramba! -exclamó un discípulo al mismo tiempo con asombro y con admiración-. ¡Hasta parece un hombre!

Luego los discípulos empezaron a hablar de un compañero al que apreciaban mucho.

-Es muy bueno -decían-. Franco, leal, incapaz de traiciones, verdadero. Sabe agradecer los favores que recibe y jamás incurre en culpas de ingratitud. Es fiel a toda prueba: nunca abandona a quien lo quiere.

-¡Caramba! -exclamó entonces Hu-Ssong al mismo tiempo con admiración y con asombro-. ¡Hasta parece un perro!

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Reforma el 13 de octubre de 2000.


El perro de mi rancho se llama Nopisiái.

En sus días de cachorro se metía en el jardín de las dalias. Y le gritaba doña Lucha:

-¡No pise ahí!

Luego iba hacia el almácigo donde empezaban a crecer las diminutas plantas del chile, el ajo y la cebolla. Y le gritaba don Abundio:

-¡No pise ahí!

Y así se le quedó de nombre: el Nopisiái.

Voy por la huerta y el perro va conmigo. De súbito entre las patas le salta un conejito. El Nopisiái corre tras él y lo arrincona contra la barda de la galera grande. No tiene escapatoria el conejito. Ya alarga el Nopisiái patas y belfos para atraparlo. Yo le voy a gritar: "¡Quieto!", pero no alcanzo a hacerlo. El Nopisiái se frena. Ha visto que el conejo es un gazapo, un asustado conejito niño, y no lo toca. Voltea a verme como en consulta y obedece mi voz de regresar.

Le doy unas palmadas y me quedo pensando por qué nosotros los humanos no respetamos la vida que comienza, si ante ella hasta los perros de rancho se detienen.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Reforma el 23 de mayo de 1994.

Chuchitos

Iba San Virila camino del convento cuando vio a un sapito que había salido de su charco y no acertaba a regresar a él. Seguramente la pobre criaturita iba a morir bajo el ardiente sol canicular. San Virila, lleno de compasión, hizo un ademán y en torno del sapito surgió un pequeño lago de aguas frescas y cristalinas.

Nadie vio aquel milagro. Y sin embargo el santo se avergonzó de haberlo hecho. Hizo otro movimiento con su mano y el lago de aguas claras desapareció. Entonces Virila tomó al sapito y lo llevó a su charco.

-Esto me enseñará -iba pensando San Virila mientras volvía a su convento- que los milagros no son necesarios cuando nosotros mismos podemos hacer el milagro.

¡Hasta mañana!...

Publicada en el periódico Mural del 10 de junio de 2004.


Amor incondicional.

Todos los perros saben como amar a un humano.


El petate de Lenin
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